Gimnopedias

Celia Pedrero reseña «Julio Cortázar y Cris», un libro de Cristina Peri Rossi, la reciente ganadora del Premio Cervantes (2021)

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Por Celia Pedrero

A los espartanos, donde quiera que estén.

¿Otra vez Cortázar? No. O sí. Pero más bien, ahora es Cristina Peri Rossi, la memoria, la amistad y el amor, que es lo mismo, o casi,  eso que tuvieron ellos que Peri Rossi,  ese vino añejo que sabe tan bien, y que en un semidesnudo relata la vida juntos y a distancia en un libro entrañable, puerta a medio abrir donde nos asomamos en silencio para que no deje de contar, hilar recuerdos en una prosa fina y caudalosa, laberinto de diálogos, anécdotas, de historias de la historia, de intimidad.

Acá debería de ir una riel entre el párrafo anterior y el próximo, vagón de enlace entre ideas. Jugar con andenes y desvíos para evitar el descarrilamiento. Un texto guardagujas, arreolísticamente. No se me dio. Sigamos.

Escritura íntima. ¿Puede considerarse todavía íntima después de haber sido publicada? No lo sé, pero todavía nos queda la lectura íntima.  Lo pienso mejor. En este libro y en otros pocos, la intimidad se da en un pacto baldío entre autora y lectora, no se busca ni se espera nada, como en los encuentros inesperados. Para quien busque el chisme lo encontrará, rancio y oxidado. No es el libro, es el lector, es el tamiz de su mirada. En los últimos años he odiado en lo que se ha convertido la autobiografía, o la “no ficción”, sea lo que sea eso. ¿Acaso existe algo real, puro, no matizado aunque sea por un milímetro o segundo de ficción? He de ser justa y precisa, reniego de ese afán de contarlo todo, de confesión no pedida, del alarde de revolcarse en una infancia y juventud de traumas. Precisa, escribí precisa: de textos anodinos e insulsos. Más precisa: anodinos, insulsos y mal escritos.

Cigarros y lluvia con.

Así comienzo: el descreimiento y la contradicción, ya que también soy agua de estos dos mares: escribo y leo textos desde la memoria, y lo peor, imparto talleres de escritura autobiográfica. Simple, la contradicción es mi purgatorio. Sin embargo, puede que me salve en mi próxima reencarnación: he leído,  tal vez no mucho, pero sí más de lo que he mediocrescrito. Ojalá no tenga que decir: Carajo, otra vez Celia. ¿Masinó maestro Monsreal?

Pero en tanto llega la reencarnación, escribo este ejercicio bajo el látigo de mi  generoso amigo M. Maso diría la Luna. Sí, soy bien maso. Cada vez que regreso desde la indisciplina a conectar mis dedos con las ideas, releo o más bien escucho a Gerardo Rod, con la fe que me dan sus palabras: “¿Debo  escribir esto? Debo. Tengo que hacerlo. Toda escritura es una imposición, se escribe porque no es posible otra cosa. Las razones siempre están más allá de lo literario. Y como cada relación amorosa, como cada relación sexual, el texto, al hacerse inevitable, impone su propio discurso. Por eso un texto no es más, se quiera o no, que un ejercicio de estilo o un estilo de ejercicio. Una forma que encuentra su fondo y viceversa. Teoría del cuento, teoría de amor, teoría de teorías”.

Y comienzo a escribir. Llegó el libro Julio Cortázar y Cris a mis manos, como llegan los objetos fosforescentes e inesperados, de otras manos, las de mi amigo F que siempre atina con sus lecturas compartidas.

En la portada, una fotografía de los dos, ella con una sonrisa de seis dientes grandes, él con la sonrisa en los ojos, ella, una camisa oscura, él con una blanca. Ella con los brazos cruzados, él con un brazo adelante y  el otro detrás de una silla. Los dos miran a la izquierda.  ¿A quién ven? ¿Qué ven? ¿Al presente que dejó de ser futuro o al pasado que será? Al tiempo sin tiempo. Eternos en esta portada.

Leo el último capítulo: XV Carta a Julio, treinta años después. Cristina escribe: “Morir es la forma definitiva de estar aunque ya no podamos caminar juntos por las calles de París o de Barcelona. No lo hacemos físicamente pero lo hacemos de otra manera”.  Así se escribe sin mayores explicaciones, condensado hasta su forma mínima el recuerdo en sentencia: Morir es la forma más definitiva de estar. Subrayaría todo el libro (pero el libro no es mío) las frases de él, en las de ella, las de ella, pequeñas espirales, caracoles que titilan en el océano blanco:

 “¿Quién que lee no es un melancólico, quién que escribe no lo es?”

 “A veces se llega sin llegar y se parte sin partir, como en el amor: cuando dos se separan, uno ya se separó primero, otro no consigue separarse por mucho tiempo y es como si el cuerpo anduviese por un lado y los sentimientos por otro, cosa obvia, por lo demás, a partir de Bergson y de Einstein: ya no podemos creer ni en el espacio ni en el tiempo”.

 “Somos los últimos románticos, te dije un día, y vos, que te creías surrealista, asentiste con picardía”.

“…Me dijiste que los cronopios siempre sobrevivían, aferrados a un mástil en forma de poema, aferrados al ambivalente goce de escribir, amar y especialmente —sonreír—».

Cristina comienza tajante en la primera página  “No fui al entierro de Julio Cortázar. No estoy en la foto”. Y de ahí parte para negar la muerte del gran cronopio. La muerte de un amigo nos deja desamparados. Es como el espacio que deja un brazo cercenado, pero aún lo sentimos, el dolor fantasma. No está muerto. A través de las páginas lo dice una y otra vez, no está muerto, y entre tanto recuerda con ternura, con humor, a veces con ironía. En la primera parte los capítulos recorren los viajes, los mutuos exilios, la convivencia con las parejas, Aurora, Ugné y Carol, los amigos comunes, la enfermedad tan manoseada por el morbo, y finalmente los poemas escritos para ella, reclamos más, reclamos menos, el ego que siempre acompaña a la musa-artista y al artista. La lectura nos permite transitar a las afinidades entre ellos, ya muy conocidas por los lectores de Julio: dinosaurios, caleidoscopios, películas, ópera y jazz, y las “inverosímiles” coincidencias o destinos en sus vidas: desde el primer encuentro de Cortázar con un libro de Cristina en una librería, único ejemplar, hasta la inesperada voz de Julio en un comercial de Seat en una televisión que nunca se encendía. Nuestras vidas están llenas de azares,  están y pasan como las nubes, solo que nunca miramos hacia arriba. En el libro El cuaderno verde, entre el azar y el destino, José Gordon recuerda que para Paul Auster la narración de las coincidencias es una obligación moral. En el libro, en la vida de ellos y en la nuestra, por qué no, las azarosas coincidencias son lo más real, como los sueños.

En la segunda parte, se reproducen fragmentos de algunas cartas, en algún capítulo señala Cristina que conserva todas, después dice que le robaron la mayoría, alguna estudiante de las que siempre asistían a su departamento, más adelante que siempre sí, las tiene todas. Empieza mi desconfianza. Luego encuentro una errata, “La última vez que vi a Julio Cortázar, a fines de noviembre de 1984…” en la siguiente página escribe: “… Manuel Vicent recrea uno de los episodios más dramáticos y tristes en la vida de Julio Cortázar: cuando en noviembre de 1983, ya enfermo y una vez caída la dictadura militar, viajó a Buenos Aires”. Me molesto como cuando en una película hay descuidos de continuidad, ya no puedo disfrutarla. La peluca en la sopa. En muchas páginas comenta sobre las tías de ellos, intercambiables, las tías de los dichos y refranes, Agustina, la tía de ella, Celina, la de él, a la cual nombra como Celia en otras páginas. Entonces me apaciguo, que la tía de Julio se llame como yo me regresa a mi habitual dulzura, siempre hay herratas y orrores en los libros, me digo. Anjá.

Los cigarros se acabaron, la lluvia también. Es hora de ir cerrando. Releo mis notas. Hay mucho que no he contado sobre el libro: el juego “Esa historia escribila vos”, los ingeniosos, divertidos, nostálgicos y tristes diálogos entre ellos, la alternancia de éstos con la narración para los lectores, el compás con que los ejecuta, el ritmo ligero de su prosa, los hallazgos como el libro Jazzuela de Pilar Peyrats o las reiteradas menciones a que Cortázar era un antihomofóbico, innecesarias según yo, comprensibles, también yo.

Cada lectora encontrará mucho más de lo que yo reseño, y de eso se trata, para mí, por supuesto, la lectura de un libro es una botella en el mar con una hojita  adentro. Cada quien imagina o interpreta lo que quiera. Y en el caso de la escritura íntima… como dijo, creo que Hume, “Si la realidad no tienen nada que ver con mis palabras, peor para la realidad”.

En homenaje a César Paladión, reproduzco para despedirme este relato que disfruto mucho con ese humor grouchezco muy de Corrggtázar:

…Porque las historias tienen dueño, tienen destinatarios, las historias y la realidad se mezclan, vos decías: “Nadie puede saber dónde acaba la realidad y empieza la fantasía”, límite, frontera que te gustaba tanto cruzar en tus relatos, “pero en la vida hay que tener cuidado —decías— porque si no, se puede acabar como el Tito Monterroso”. “¿Cómo acabó el Tito Monterroso?”, podría preguntarle un lector, un admirador ingenuo. Entonces con mucha seriedad, Julio le contestaba: “El Tito terminó ESCRIBIENDO: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, cuento que nadie entiende. Y el primero que no entiende soy yo”. Y el lector o el admirador ingenuo se quedaba sin saber si Julio le estaba tomando el pelo al Tito, a él o al dinosaurio.

Cumplí mi querido M, editor sin tregua, ya es 30 de noviembre, son las 2:24 de la madrugada. Hace 38 años Julio estaría durmiendo o preparándose, según el cambio de horario, para su último viaje a Argentina, la tía Celia lo estaría esperando para decirle “Pero sin vos no cambias, aunque ya pasó su tiempito”. Al otro lado, con mucho mar y tiempo de por medio, en Barcelona de 2014, Cristina estaría escribiendo “Por eso, cualquier día, en cualquier momento, nos volveremos a encontrar, porque yo me sé la fórmula de Einstein y vos sos inmortal, como siempre dijiste”.

Último round

Cristina: “… Uno de nuestros favoritos: Erik Satie, las Gimnopedias”.

La escucho y pienso en los espartanos: en los amigos que están, y en los que  ya no están, pero que estuvieron mientras escribía. Morir es la forma más definitiva de estar, repito mientras mis dedos pasan de las teclas a la mesa de larga madera y se deslizan siguiendo los acordes de Satie.

 Pd. En este texto no hay ninguna cita de Walter Benjamin.

Otra pd. Amable lector, cuando lea lectora, también se refiere a usted.

Traducción: Cristina Peri Rossi
Páginas: 128
Publicación: 2014
ISBN: 9788496932876
Editorial: Ediciones Cálamo

Celia Pedrero escribe a pesar de ella misma. No tiene licenciatura, ni maestría ni doctorado, ni perrito que le ladre, tampoco tiene gato, pájaro, ni marido. Lo que sí tiene son algunos cuentos en antologías. Dice que algún día, si el coronavirus no se le cruza en su camino, publicará un libro. 

Procesando…
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