El retorno

Ulises Guzmán Hernández nos presenta este texto con el que recibió una mención honorífica en el Fóbica Fest. Alondra Demari Guzmán Hernández nos comparte su perspectiva del texto por medio de la ilustración de cabecera.

No hay comentarios

Por Ulises Guzmán Hernández; ilustración de Alondra Demari Guzmán Hernández

Ya viene el cortejo fúnebre. Ninguno lleva zapatos y en los pies se observan callos, dedos faltantes, uñas arrancadas; sus pisadas dejan la estela escarlata de la muerte y la pena. Cargan en sus hombros una pequeña caja con lo que era el hijo de la mujer que se apoya en ella, grita y clama al cielo.

El desgaste del niño fue repentino. Pasó de dar piruetas en el patio a padecer una intensa fiebre que lo hacía delirar. Su madre aplicaba paños con agua fría en la pequeña frente, labios y espalda, mientras observaba las profundas marcas que la hamaca dejaba en su piel ardiente.

Un hombre que iba frente del grupo empujó la reja negra de la entrada, que se abrió con un chirrido. La comitiva pasó junto a un árbol reseco cuyas ramas se retorcían hacia el cielo como dedos artríticos. 

La madre del niño clamaba todas las noches a dios por su recuperación. Nunca se había rezado con tanto fervor en esa ni en ninguna otra casa. Su voz atravesaba la oscuridad llegando a los oídos de quienes permanecían en vela por la angustia. Padre nuestro que estas en el cielo, santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino. Pero no hubo ningún reino.

El enterrador ya había cavado la fosa, tierra húmeda apilada a ambos lados del pequeño agujero. Sus ojos estaban cubiertos por el velo blanco del glaucoma y sus labios se contraían por los dientes faltantes. Al escuchar la llegada del cortejo sonrió y abrió las aletas de su nariz olfateando la muerte.

Los días pasaron y las oraciones no surtían ningún efecto. Con la garganta desecha, la madre comenzó a pronunciar cosas que no podían llamarse plegarias. Los crucifijos desaparecieron y fueron reemplazados por extraños símbolos rayados a cuchillo en las paredes y luego se propagó por la casa una atmósfera densa que inducía al sueño y las pesadillas. Pero el niño seguía consumiéndose ante sus ojos.

 Asentaron en el suelo el ataúd y la mujer se arrodilló junto a él. Pronunció de nuevo aquellas palabras extrañas y todos los presentes pudieron ver que el cementerio se cubría de neblina mientras sentían los vellos de la nuca erizarse.

 Luego de varios días de aquellos nuevos rezos, la agonía del chico amainó. Su respiración áspera dio paso a una más profunda y calmada, sonreía en sueños y hablaba sobre los jardines en los que se abren flores negras. Pocos días después murió. Imposible describir los gritos de su madre. Pero aún con todo ese dolor, continúo rezando.

 En el momento exacto en que pasaron las correas por debajo del ataúd para bajarlo a la fosa, la mujer levantó las manos al cielo y gritó. Estuvo un momento en esa posición, como si se hubiera congelado, y después cayó tiesa en aquel yermo. Inmediatamente después se escucharon golpes sordos dentro de la pequeña caja de madera. Hubo gritos, desmayos, miradas atónitas. Los golpes se hicieron cada vez más fuertes hasta que uno de los hombres se acercó a abrirla.

 Durante el velorio, la madre permaneció sentada al lado izquierdo del cadáver, con un vaso de agua entre las piernas. Mojaba los dedos medio y anular de su mano izquierda y los pasaba por los morados labios del cadáver. Había puesto un hilo negro en la frente y un pétalo reseco de rosa en cada uno de los párpados. Poco a poco la fueron dejando sola con sus rezos y con su hijo.

 Debajo de la tapa yacía el niño con los ojos abiertos y las manos pulcramente asentadas en el regazo. Se sentó como un autómata y miró a la concurrencia. Su semblante parecía más propio de un magistrado que de un crío. Vengo del otro lado, dijo, he visto lo que hay más allá de la muerte. Todo aquel que quiera saber, quédese.

 Hubo quien hizo la señal de la cruz y los que le dieron la espalda, pero fueron más los que se arrodillaron ante él. El niño levantó la mano izquierda como un profeta y dijo acérquense a mí, dejen que los niños lo hagan. Habló, lo hizo durante mucho tiempo y nadie se movió de ahí aun cuando la oscuridad cubrió la Tierra y únicamente se escuchaban los sollozos y el ruido de las criaturas de la noche.

Ulises Adonay Guzmán Hernández (Mérida, 1990) estudia y enseña literatura; ha publicado en diversos medios digitales, cómo SinEmbargo MX, Juaritos Literario y Norteatro, entre otros. Obtuvo una mención en el Bazar de Horrores 2021 en el marco del Fóbica Fest. Colaborador y uno de los fundadores de Testigos Podcast

Alondra Demari Guzmán Hernández (1998), Mérida, Yucatán. Actualmente es estudiante de la licenciatura en Literatura Latinoamericana. Sus ilustraciones han participado en revistas como Metáforas al Aire en su No. 6, en el concurso de ilustración Punto de Partida No. 225 organizado por la Universidad Nacional Autónoma de México y en la revista Estrépito en su No. 2. Ilustró el cuento «Cuando las faltas coinciden» de Meryvid Pérez. Disfruta de dibujar insectos, sus sueños y pesadillas. Su trabajo se puede encontrar en instagram como @_Galois_ y en facebook como Galois. 

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.