Los nombres que invocamos

Jesús M. Koyoc Kú presenta una crónica en donde confluyen las tradiciones, la familia y valor de recordar a quienes ya no están.

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Por Jesús M. Koyoc Kú

Quema. Frente a mí parece estar el mismísimo sol a menos de un metro de distancia. Escucho la madera tronando. Se desmoronan las piedras que hace un momento terminé de arreglar y se caen deshaciendo la pila. Con una mano intento sostener la lona que está frente a mí al mismo tiempo que trato de mantener el equilibrio: de desmoronarse el borde del horno, mi pie caería al fondo, sobre las piedras hirvientes. No quiero imaginar siquiera a qué temperatura están. Cerca de mí escucho el machete de nuevo: se estrella contra una de las ramas del árbol. Una. Y. Otra. Vez. Levanto la vista y veo que menos de la mitad de la rama se aferra al árbol hasta que escucho muchas voces que no logro entender, veo a mi hermano que se acerca. Luego puedo distinguir lo que dice:

 Pa, espérennos, tenemos que acabar lo de la lona primero.

Ponle un block ahí, dice mi tío V, que está parado al otro lado del pib, el horno que se usa para cocer la comida de los finados. Improvisamos algo -es decir, otro algo, ya que desde las once de la mañana estamos intentando dejar todo listo para cuando sea hora de enterrar los pibes– para detener la lona que está sobre el horno en el suelo en caso de que llueva. Hace mucho rato que está nublado y sopla un viento que por lo regular trae un aliento de lluvia. Mis tíos miran al cielo un par de veces y uno de ellos grita:

 Agarra otro block, ponle una cuña con una piedra pequeña.

Su voz llega distorsionada a través del fuego que crepita y el humo que se levanta calentando las piedras que han de servir para cocinar la comida del día de muertos. A mis espaldas escucho a mi papá bajar de la escalera de mano sobre la que estaba montado para cortar las ramas de pixoy con un machete que apenas tiene filo y del que se ha quejado ya varias veces. Cruzando la calle vive mi abuela, la casa en donde ya se están preparando los pibes. Mi hermano y yo terminamos de ajustar lo necesario y dejamos caer la horqueta que ha de sostener la lona lo demasiado lejos como para que no se encienda por el fuego. Nos alejamos y supongo que ambos agradecemos dar unos cuantos pasos atrás lejos del humo y el calor intenso -al menos yo lo hago. Miramos las llamas levantarse cada vez más. La pila de leña, de unos sesenta centímetros de alto, se consume poco a poco y el montón piramidal de piedras sobre ella va cambiando de color poco a poco: ahora es negro, pero, quizá, si todo sale bien, alcanzarán el rojo vivo. Miro el humo que se eleva por las grietas de la pequeña estructura que hemos armado unas horas antes y pienso en lo que debieron sentir mis abuelos cuando tenían mi edad y participaban de este ritual familiar -más comunitario de lo que creía o quería aceptar hace unos tres, cuatro años- y también pienso en los abuelos de mis abuelos y en los abuelos de esos abuelos, en cómo las siluetas y las formas se distorsionan a través de la humareda aún a mediodía, y siento que están conmigo, mirando ese fuego que se levanta y les indica el camino que han de seguir.

*

Llegué a Halachó a mediodía del día anterior. Es uno de noviembre y en esta parte del camino real se hacen pibes desde el día 30, así como también se hacen ocho días después, para el biix u ochovario, que es cuando las ánimas vuelven a sus hogares: dicen que de vuelta no se pueden llevar ninguna comida con caldo, porque si se les cae no la pueden recoger, contrario a lo que pasaría con los pibes. Aquí no se habla de Janal Pixan, un nombre inventado desde la capital yucateca, gracias a los concursos y muestras de altares que se organizan desde hace mucho tiempo en el corazón de la ciudad de Jo’ (también conocida como Mérida); aquí se refieren a estos días como los finados. El viaje por sí mismo fue difícil: al llegar a la terminal de taxis colectivos que viajan de Mérida a Halachó, me encontré con una nueva normalidad no tan distinta a los días anteriores a la pandemia: la distancia social es solo un concepto cuando once personas deben juntarse para viajar en una van donde antes cabían 15 -16 con el chofer- y pagar un pasaje 25% más caro de lo normal ya que hay que costear la gasolina del pueblo a Mérida, o de lo contrario esperar un tiempo incierto a que el taxi colectivo reúna la gente suficiente para hacer el mismo trayecto. Aún así espero más de dos horas sentado entre gente que se baja el cubrebocas a la mínima provocación, en el menor de los casos, otra más que no lo usa aunque lo lleve en la mano. Hay también músicos que entran y salen de la terminal, tocando diferentes instrumentos y canciones de diferentes géneros y estilos. En algún momento, mientras intento distraerme con un video o un libro, escucho una voz que grita:

No tengas miedo, si no te voy a hacer nada, al contrario, yo te voy a cuidar, no te alejes. Y alcanzo a ver a un hombre con una playera que tiene un hueco cerca del cuello y que le va larga, que se acerca a un grupo de mujeres y mira directamente a una. Nadie se levanta ni se acerca. Una de las mujeres mira fijamente al hombre unos segundos y luego niega en silencio y se aleja un poco; el hombre continúa su camino:

No tengas miedo, te vengo a cuidar, acabo de salir de los separos, no tienes un peso por ahí, es para mis tortillas.

Pero nadie le da un peso, el hombre se mueve entre las filas de gente y las bancas de espera, hasta que se tropieza con alguien que lleva un buen rato ahí sentado:

¿Qué te pasa? ¿A propósito pusiste tu pata ahí o qué?

El hombre que está sentado solo levanta la vista ligeramente y niega con la cabeza sin sacarse los audífonos. El otro le vuelve a gritar:

¿Siempre pones tu pata así, para que se caiga la gente? ¿Qué te pasa, eh?

Y sigue avanzando, pidiendo uno o dos pesos para sus tortillas, según dice. Al rato sale por donde entró y la espera vuelve a ser lisa -tan lisa como puede ser en una terminal como en la que estoy sentado. Al cabo de un rato llega el taxi colectivo y me subo adelante. Ya arriba, la experiencia es diferente. El viaje es muy suave, con el horizonte nublado y mi tableta reproduciendo La chica que saltaba en el tiempo, una película de Estudios Ghibli que descargué la noche anterior. Al cabo de un rato intento dormir, pero la música a todo volumen del chofer apenas me permite hacerlo unos cuantos minutos y abro los ojos después de que cruzamos el arco de entrada a la villa de Halachó, que de acuerdo al censo de 2010, contaba ya con poco más de 19 mil habitantes. El chofer del taxi colectivo esquiva varios baches (que no han resanado a pesar de que se acercan los tiempos de elecciones: saben quienes habitan el pueblo que es el momento de aparentar que en tres años se hizo algo) y pasa por lugares que conozco y que son tan diferentes que hace unos seis o siete meses, aunque parezca que no: la exestación de trenes, donde dobla a la derecha y pasa frente a las canchas de baloncesto y fútbol rápido; luego el Bodega Aurrerá que abrió hace un par de años; luego una de las tantas pizzerías de la villa, y finalmente la esquina en donde vuelve a doblar a la derecha para internarse en la estación de taxis. De ahí bajamos y cada quien toma el rumbo que puede o quiere. Pienso en caminar a casa de mi abuela y abuelo, donde se reúne la familia, pero me siento un poco aturdido por la breve siesta que tomé y al salir de la terminal de taxis abordo un mototaxi al que simplemente le digo, A San Salvador, por favor, que es el nombre del barrio en el que está la casa, y el conductor comienza a avanzar. 

¿Hay mucha gente en Mérida?

 ¿Mande?

 Que si hay mucha gente en Mérida.

 Un chingo. Está llena la terminal.

 ¿Ah sí?

  Sí.

El resto del trayecto vamos en silencio, voy viendo la fachada de la iglesia, frente al palacio municipal con una torre del reloj que está seguramente adelantado o atrasado; la poca gente que a esa hora camina por la plaza o se sienta en sus bancos. En ese momento me doy cuenta de que el conductor del mototaxi no trae cubrebocas y me siento un poco desprotegido, aunque tampoco digo nada.

 ¿Vas al parque?

  No, aquí con don Avión.

Al bajar pago la tarifa acordada y entro finalmente en casa, por la puerta lateral que también da al patio, hacia un lado, y a la cocina, hacia el otro. No hay nadie en esa habitación. Miro más hacia el fondo y veo que ahí están sentadas mi abuela y mi madre, además de mi abuelo. La primera parte del viaje está lista.

*

El día de mi llegada llovió por la mañana. No recuerdo, en mis más de veinticinco años, una vez que hubiera pasado algo similar. Quizá porque, cuando éramos más pequeños, nunca pasamos los finados en Halachó. A lo mejor una o dos veces, y ninguna de ellas estuve involucrado en la preparación de los pibes: siempre me levantaba muy tarde o creían que era muy pequeño para participar en serio. Pero esta vez sé que fue muy difícil hacer el horno en el suelo, que ahora está en el patio de la casa de uno de mis tíos, y que, peor aún, la lluvia había humedecido la tierra y la leña. Todo eso les tomó más de seis horas a mi tío F y a mi papá, hasta que lograron encender la pila de leña y calentar las piedras sobre las que se cocerían los pibes. Ese es el tema principal en la comida.

 Sí, se tuvieron que quedar más de dos horas.

 ¿Y cuánto es lo normal?

  Pues si está muy caliente, si las piedras están al rojo vivo, solo una hora o una hora y cuarto, máximo.

  Aquí a lado no se les cocieron varios, tuvieron que enterrarlos otra vez.

Por la noche mi tía L me pide que la acompañe a encargar la masa. Caminamos un par de cuadras hasta llegar a la casa de la doña Mica, que también vende pozole y chile verde en un triciclo por las mañanas. Sale una de sus hijas desde una casa que está al fondo de un solar y mi tía hace negocios con ella en medio de la oscuridad en la que los finados han de encontrar las mesas que les esperan llenas de comida:

¿Cuánto me llevaste hoy?

 Creo que quince kilos.

 Ah, bueno. Pues que sea lo mismo. No, mejor no. Mañana ponle dos más, que sean 17 kilos de masa.

Bueno, ¿quiere que se los lleve o los pasan a buscar?

No, llévalos, por favor.

Y hablan de un saldo del que yo no sé nada y luego acuerdan precios y horas de entrega. Mi tía y yo volvemos a la casa de mi abuela pero antes hacemos una parada en el taller de velas de mi tío F, y en la casa de junto, donde mi tía A atiende desde hace varias semanas un mostrador que por momentos se llena de gente. Mi tío P y su cuñado, a quien contrató para esta temporada alta, corta velas que acaba de bajar de uno de los peines donde se enfriaban hasta hace un momento: ya hay gente que las espera. Platicamos un rato y puedo ver cómo sus ojos hinchados buscan la medida adecuada para cortar cada una de las velas y luego las amontona para que uno de mis primos las lleve del taller al mostrador. No se habla mucho. Solo dice que no trabajará por la noche, que mejor se acostará a dormir pronto para levantarse muy temprano y trabajar por la madrugada.

*

Cuando despierto el domingo por la mañana la cocina ya está llena. Están ahí algunas de mis tías y tíos; también mi abuela, mi abuelo, y mi mamá y papá. Desayunan alrededor de la mesa de siempre, tomando chocolate o café de olla o atole nuevo y comiendo restos de los pibes del día anterior o tamales que ha traído mi tía D o panes que antes han disfrutado quienes ya no están en este plano. Pienso en El fin del homo sovieticus, en donde la maestra Svetlana Alexiévich recoge el testimonio de una persona que hablaba de la importancia de las cocinas en la Unión Soviética y como la gente se reunía ahí a compartir tiempo durante la noche. La entiendo mientras me siento a la mesa para comer algo de lo que hay ahí. Me sirvo un poco del pan de elote que no comí el día anterior y me lo empaco entre pecho y espalda mientras espero a que una porción bastante decente de pib se caliente sobre el comal.

La familia habla de lo que habrá de pasar más al rato. El resto de la mañana es extraño: intento dormir un poco más, ya que la noche anterior no lo hice muy bien -porque duermo en la cocina y ya sabemos lo que la cocina significa en este texto, en este universo. No puedo. Al poco rato me vuelvo a levantar: ya hay que comenzar a preparar las cosas para la comida del domingo uno de noviembre. El día anterior, el 31 de octubre, fue la noche de la niñez, y el primer día del onceavo mes del año está destinado a recordar a nuestras ánimas adultas. Desde temprano trajeron la masa -otra de las cosas por las que no dormí bien: a eso de las seis o siete de la mañana escuché una voz que decía:

Buenaaaas, bueeeenas.

Creo que es la masa.

Ya vooooy, ahoritaaaa.

Mi madre y mi tía L respondieron con las voces pastosas por el sueño y alguna de ellas, no sé quién ni me preocupaba realmente, se levantó para recibir el pedido hecho la noche anterior. Me levantó al baño y veo que todo está claro ya: son las seis y media de la mañana y mi abuela, que el día antes había prometido levantarse a esa hora, aún duerme. Salgo del baño y vuelvo a echarme en la hamaca y lo siguiente que escucho es precisamente a mi abuela que le dice a uno de mis tíos:

Se me hizo tarde, hoy me dormí. Me levanté después de las siete.

Tampoco sé a quién le habla ni qué hora es y me empeño en perder la consciencia casi de inmediato. Así que mientras alcanzo a mi hermano, que ya ha comenzado a llevar le leña del patio de casa de mi abuela al de mi tío. Cuando llego, mi papá y mi tío F están ya limpiando el horno del día anterior. Sacan las cenizas y las piedras.

¿Te acuerdas de ayer, cuñado?

Sí, hasta la tierra estaba húmeda.

Nada sirvió, ni el truco del cloro.

Nada. No podía ni encender la vela.

Estaba mojada la leña.

Y además verde.

Conversan mientras mi papá saca las piedras que han cocido los pibes del día anterior y mi tío F recoge un poco del carbón que quedó de la pila de leña. Dice al aire mientras le observo:

 Lo puedo usar para asar carne después.

Mira, ya hasta la tierra está seca, todavía sigue un poco caliente.

Y es cierto: escucho a mi papá y me acerco a donde está el horno en el suelo y, en una mañana en la que más bien será recordada por nublada y ventosa, las cenizas y la tierra del horno están unos cuantos grados por encima de la tierra a su alrededor. Mi hermano y yo comenzamos a acercar la leña que él va descargando de la carretilla cuando alguno de nosotros levanta la vista y mira el cielo nublado.

Parece que sí lo va a tirar.

 ¿Crees que llueva, cuñado?

Siií, yo creo que sí. Está soplando cañón el viento.

Levantamos la vista y eso parece: el fantasma del día anterior se levanta sobre nosotros en forma de nubes estratiformes.

Le dije a tu tía que vamos a poner la lona, por cualquier cosa.

Mi tío F me dice que vaya a buscarla y en el camino recuerdo que el día anterior, justo cuando terminábamos de enterrar los pibes, comenzó a caer una llovizna:

¡Que se metan los que están calurosos!

Mi madre o mi tía se encargaron de decir eso mientras corríamos a resguardarnos de la lluvia y otras tantas personas se quedaban acomodando unas láminas de hierro en una especie de estructura improvisada hecha exclusivamente para eso: proteger la comida de nuestros finados. Afortunadamente, ni siquiera eso impidió que el día anterior se cocieran como debían. Ya de vuelta en casa de mi tío, comenzamos a juntar las piedras adecuadas.

No puede ser cualquiera, tiene que ser una que sea dura.

¿Y cómo sabemos que son esas?

Es fácil: solo las avientas contra otra piedra y si no se rompe entonces esa es la buena. Traten de reunir unas que no sean muy grandes y que tampoco tengan tierra.

¿En dónde?

Ahí atrás pueden ir a buscar, hay muchas.

Y eso hacemos mi hermano y yo, después de que mi tío y mi papá nos han dado las instrucciones adecuadas. No hace mucho sol y el viento nos refresca bastante, así que aunque sudamos un poco no pasamos gran bochorno. Vamos echando las piedras sobre un saco -una pita- que antes tenía azúcar o algo parecido. La tierra sigue lodosa, así que nuestras chanclas y zapatos se hunden muy fácilmente y siento el peso del lodo que me quiere regresar a donde iré seguramente y caminar se vuelve un poco más difícil.

*

En esta parte del Mayab no es muy común poner fotos en la mesa – ni siquiera le llamamos altar. Ponemos velas, una por cada persona a la que queremos recordar, y decimos su nombre mientras las vamos colocando alrededor de la mesa. Esta vez, mi abuelo y mi abuela nos dicen sus nombres a mi hermano y a mí: al final, hay que poner casi treinta velas: trece para mi abuelo, doce para mi abuela. Escucho nombres de mi familia que nunca había escuchado. Aprendo quiénes son. También aprendo que hay que poner una vela más para las almas del purgatorio. En algún momento se unen mi mamá, mi tía, y mi prima.

¿Y esta para quién es?

Anastasia Herrera.

¿Y esta?

Pablo Kú.

Y así vamos, llamándolos uno a uno para que sepan encontrar el camino cuando encendamos las velas, para que nosotros sepamos en qué parte de la mesa está cada una de las ánimas. Incluso apagarlas tiene una forma. El día anterior, cuando ya se ponía el sol, mi abuelo me pidió que apagara las velas. Como si no lo supiera (quizá no recuerda que hace unos años lo vi apagar las velas y le pregunté porqué se hacía así) me grita con la voz apresurada:

¡No las vayas a soplar!

Ya lo sé, abuelo, gracias, ¿con qué las apago?

 Agarra unos palitos y las presionas.

Y junta sus dos dedos índices como si fuesen los pedazos de madera y el aire entre ellos la llama de las velas que tengo que apagar.

 ¿Y digo sus nombres?

 No, eso solo cuando se escoran las velas.

El domingo, mientras encendemos las del día, le pregunto a mi abuela,

¿Por qué no se soplan las velas?

 Porque dicen que si lo haces espantas al difunto, como si lo estuvieras apurando.

Y luego dice que eso le dijeron cuando era una niña, pero no sabe si eso es cierto o no. Me siento cansado y pensé que podría recostarme un momento antes de que los pibes cumplieran su tiempo en el horno, pero no fue así. Cuando me doy cuenta, toca cruzar de nuevo la calle.

*

Mi tío F acomoda la leña. Hace una pila que luego será horizontal (o vertical, como se le mire) y luego pone una en el sentido opuesto.

Tiene que ser así para que pase el aire, mira: hasta abajo pones los más gruesos pero solo dos; ya luego va la leña más delgada[1].

Después de un rato de poner cabos de vela, periódicos, hojas secas, ramas, y otras cosas más, intercalándolos con la leña, mi tío F sale del horno para descansar. A los pocos minutos él y mi papá entran para apilar las piedras: mi hermano y yo miramos, al principio, y luego somos nosotros -mi hermano y yo- quienes terminamos de acomodar las piedras. Mientras hacemos eso, mi tío V trae una escalera de mano y mi papá la apoya junto a la barda que divide el terreno de mis tíos del de la gente de a lado: hay un árbol de pixoy para cortar ramas. Apenas empiezan a hacerlo, una de mis tías cruza acarreando más pixoy que han cortado del patio del vecino junto a casa de mi abuela, frente a donde estamos ahora. Luego llega la hora de la verdad. Los fantasmas del día anterior se sientan muy cerca del horno y por un momento dudamos de que vaya a resultar fácil. Mi tío F se acerca como sabiendo que de estos minutos dependen los siguientes años. Se agacha y enciende uno de lo cabos de vela que ha dejado suelto. Se consume y parece que los segundos se alargan con el calor del fuego que apenas busca afianzarse. El sol no deja ver mucho, pero mi tío está seguro de que ha encendido la mecha. Se queda unos segundos dentro de horno, mirando de cerca, asegurándose por tercera vez de que la llama está ahí, de que sobrevive y se abre paso hasta que se afianza, y luego salta fuera, pero se queda cerca, por si hace falta. Pero no la hace: se enciende el periódico que no se ve y luego la hojarasca, las ramas, el papel periódico, los leños más delgados que luego han de servir como conexión para los que son un poco más gruesos y finalmente los que están más verdes, esos que quedaron hasta arriba tocando las piedras por las que ahora sale el humo elevándose hacia la cara de mi tío y luego hacia la lona y luego hacia lo que haya entre ella el cielo y luego hasta donde el sol nos ciega la vista: el futuro está aquí, donde cocinamos para nuestro pasado. La leña encendió y pronto la llama está muy caliente. Al poco rato, podemos ver cómo se empieza a formar carbón, y luego se cae una parte de la pila de piedras que aún no debía caer. No importa mucho, dice mi papá o alguno de mis tíos, eso se va a calentar después. Yo estoy sentado a unos metros del horno y al otro lado están mis tíos, mi hermano, y mi papá. Puedo verles a través del humo y pienso en lo fácil que es darle una especie de halo místico a este momento: nosotros, encargados de esta parte de las tareas, mientras mi abuela, mi madre, y mis tías preparan la comida al otro lado de la calle; luego el recuerdo de los tiempo pasados, los hermanos, primos, tías, abuelas, que ya no volverán y para quienes cocinamos; el calor del fuego, el humo saliendo por entre las piedras, elevándose hasta más allá de la lona en un grito sordo que se pierde a los pocos metros.

A partir de ahí no recuerdo mucho hasta que la lona está puesta y la leña ya se ha consumido, haciendo que las piedras que antes eran una pila ahora sean una cama, la misma donde habrá de recostarse la comida que preparamos para nuestras personas finadas. El viento sopla muy fuerte y en cualquier momento temo que el poste que mi hermano y yo pusimos en los blocks se caiga y la lona aterrice sobre la cama de piedras hirvientes. Pero no pasa. El poste no se cae y en todo caso los nudos de mi tío V y mi papá hubieran salvado la situación. Con el viento, las nubes se alejan y cuando mis parientes del otro lado de la calle comienzan a traer los pibes, el horno está listo y el cielo está despejado. Con la ayuda de dos palas comenzamos a poner los pibes sobre las piedras calientes -que a diferencia de ayer están muy calientes y de color blanco- y luego alguien me dice:

¡Rápido! Antes de que empiecen a taparlos hay que poner unas piedras encima.

Y me pasa una pinza de cocina y comienzo a escoger las piedras:

 No muy grandes, porque si no se hunde la masa y se va a deformar el pib.

Y así lo hago: siento que la mano es una parte ajena a mí que comienza a quemar poco a poco mientras voy escogiendo las piedras más regulares -en tamaño y forma- y también escucho a dos o tres personas que me gritan

 ¡Ten cuidado, hijo! Está muy caliente, no te vayas a caer.

El calor deforma un poco sus palabras y alguien más se acerca con la pala lista para comenzar a cubrir la comida. Pero antes hay que poner unas láminas de acero, y luego las hojas de pixoy y luego tierra y más tierra: primero a grandes paladas, para cubrir todo tan rápido como sea posible; luego de a poquitos, acercándose a ver a detalle por dónde se escapa el humo que sale del suelo como si fuese una sola gran ánima que se escapa a cachitos del horno. Al cabo de unos minutos queda listo y nos ponemos de pie con las espaldas adoloridas, asegurándonos de que el horno ha quedado completamente cerrado.

*

Una hora y cuarto después, con las velas en el altar ya nombradas y encendidas en casa de la abuela, volvemos a cruzar la calle. Cuando llego, mi papá y mi tío, que se han quedado ahí, ya han abierto el horno de nuevo. Llega gente que no se había acercado en todo el día y comienzan a sacar los pibes del horno; usamos la misma pala con la que los enterramos y los sacamos poco a poco, teniendo cuidado de no llenar la comida de tierra, de que no se caigan, de no quemarse -y además de todo, asegurándose de que los pibes estuvieran cocidos. Algunos no lo están y en un primer momento parece que el horno no estuvo listo a la temperatura adecuada, pero después sabemos que hubo que meter cuatro o cinco pibes más de última hora. Alguien, quizá mi abuela o mi madre, dijo:

El horno se hace para un número de pibes; si se meten más de lo que se debe, es lógico que algunos no se cuezan.

Pero la occidentalidad ha facilitado esa tarea. Una de mis tías ha dicho el día anterior:

 Si se queman, ya estuvo, no hay forma de arreglarlo, pero si no se cocieron es fácil, se vuelven a meter al horno o se ponen en uno de gas.

Y si bien es cierto que el ritual puede parecer trastocado, también es mucho más conveniente para todas las personas. Además, sacarlos es mucho más fácil de lo que parece -el trabajo difícil termina cuando se tapa el horno la primera vez.

Pero después de sacarlos también hay algo complicado: esperar a que las ánimas terminen de comer.

Y más allá de eso, cerrar la boca para dejar de comer, cuando sea nuestro turno.

Notas al pie

[1] Días después de este domingo, hablo con Raúl Peraza, quien se dedica a la apicultura y melicultura, sobre su experiencia con el pib. Aprendí en un curso que dieron en Hunucmá hace tiempo. Nos enseñaron a cómo cocinar comida en el horno, en el pib. Hicimos cochinita, y otras cosas más, y claro que también pib. En ese curso, me cuenta, aprendió los nombres de los árboles que se pueden usar para cubrir el horno antes de sellarlo con tierra. Nos dijeron de tres: el pixoy (guazama ulmifolia); el jabin (piscidia piscipula), y el que aquí conocen como bek, que es el roble (ehretia tinofilia); también tienes que acomodarla para que cruce el aire porque si no se apaga el aire.

Jesús M. Koyoc Kú. Halachó, Yucatán, 1992. Ha publicado en diferentes medios como Punto de Partida, Crónicas de Asfalto, El Guardatextos, Revista Replicante, Tropo a la uña, entre otros. Ganador del Premio al Periodismo Heineken en 2018, Crónica. Segundo lugar en el concurso 48 de Punto de Partida de la Universidad Nacional Autónoma de México en la categoría de crónica. Becario del PECDA Yucatán 2017-18 en la categoría de narrativa.

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