Miqui Otero: «Somos como perros en una noche de petardos»

A un año de la publicación de ‘Simón’ (Blackie Books), la novela que obtuvo el Premio Ojo Crítico de narrativa 2020 llega a librerías de América Latina para reafirmar a Miqui Otero como un escritor esencial de nuestra lengua

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Por Josué Tello Torres

Llega la década de 1990 en Barcelona y la ciudad se mueve con la euforia de los Juegos Olímpicos; en la radio parecen inagotables las voces de Freddie Mercury y Montserrat Caballé; la imagen colectiva del gol de Koeman, que le da la primera Champions League al equipo de la ciudad, es reemplazada un par de años después por la del incendio del Gran Teatro del Liceo. Aquel tiempo arropó la infancia y juventud de Miqui Otero, escritor nacido en 1980 y que, desde Hilo musical (Alpha Decay, 2010), es comparado por su estilo con autores como Juan Marsé, Francisco Casavella y Eduardo Mendoza. En ese periodo de los 90s y en un hogar donde no abundaban los libros, Otero recuerda que a pesar de eso «había la inquietud por parte de mis padres, que era algo común en la generación de adultos de aquella época, en la que se decía que lo que no habían leído ellos sí que lo iban a leer sus hijos.» Además de la suscripción al programa Círculo de Lectores, Otero conformó una biblioteca personal con obras que compraba en el Mercat Dominical de Sant Antoni a precios bajos.    

A casi tres décadas de aquellos años, Miqui Otero se encuentra en su estudio, un espacio con las luces de techo apagadas pero que, a pesar de la penumbra, dejan observar libros, fotografías, hojas sueltas, cuadros, una lámpara de piso, una guitarra y un Señor Cara de Papa acompañado de otros objetos en las repisas de su librero. Desde su hogar, el autor de La cápsula del tiempo (Blackie Books, 2012) y Rayos (Blackie Books, 2016), platica sobre Simón, una novela que toma como punto de partida los Juegos Olímpicos de 1992 y traza un arco narrativo hasta los atentados de 2017 en Barcelona. Simón, el personaje que acompaña al lector entre ese periodo y que da título a la novela, deambula por aquellas librerías de segunda mano; crece buscando a Rico, aquel primo que le prometió una vida de novela y desapareció; pasan los años e incursiona en las cocinas de restaurantes por el talento que desarrolló desde pequeño en el bar familiar; descubre el dinero, la amistad, el amor, fracasa, huye, regresa. Simón es «un fascinante homenaje a los libros como refugio, educación sentimental, forja de amistad y herramienta para soñar futuros.», en palabras de Irene Vallejo.

Los años de formación

Simón ha obtenido el Premio Ojo Crítico de Narrativa 2020, un reconocimiento que en los últimos años han ganado escritoras como Irene Vallejo, Sara Mesa, Aroa Moreno y Juan Gómez Bárcena, además de que en el último año te han entrevistado bastante en medios españoles y has presentado la novela en eventos virtuales y presenciales, ¿en qué momento de tu vida te toma el lanzamiento de Simón en Latinoamérica? ¿Qué sientes al regresar a esta novela después de un año?

Es un poco extraño, pero sería idiota no regresar a mi novela desde su publicación en España porque me inspira mucho respeto Latinoamérica. No había tenido la suerte de una buena distribución de mi obra hasta ahora y estoy muy motivado de hacer las entrevistas que tenga que hacer. Pero tienes toda la razón, me pilla después de un año de haber hablado sin parar de esta novela, pero piensa que no es el único frente porque se está traduciendo a otros países y me encuentro explicándole a los traductores del alemán, italiano, francés y portugués cosas muy localistas, cosas que debo explicar de cero y esto es muy divertido. Simón no quiere marcharse y eso influye en todo. Cuando estoy escribiendo otras cosas, relatos, textos para antologías, de repente siento que se me pega algo, el tono de Simón en lo que escribo y en parte es por eso, porque no lo he abandonado, pero me tendré que acostumbrar.

Antes de entrar de lleno a tu novela, me gustaría preguntarte sobre tu formación como lector, saber qué libros había en casa y sobre ese primer acercamiento a la literatura.

No es que hubiera muchos libros en casa, lo que rondaba era muy básico, no había casi nada, pero tuve dos acercamientos importantes a la lectura. El primero, y que era algo bastante común en esta generación de niños en la que crecí entre los ochentas y noventas, fue el programa Círculo de Lectores, un proyecto que arrancó ya en serio a finales de los sesentas y logró que hubiera una red de librerías mayor y meter los libros en casas en donde no se leía. Era muy habitual que los padres, que no necesariamente eran lectores, se hicieran socios a una cuota muy barata que les permitía uno o dos libros al mes. Por el otro lado, y esto sale en la novela a pesar de que la novela no es autobiográfica, estaba el mercadillo de libros de segunda mano que aparece frecuentemente en Simón. Era un mercado de libros de lance, de libros de viejo, que había en mi barrio y que todavía existe; las ediciones allí eran muy baratas, pero más que lo barato o lo caro, una de las claves que yo creo que ha influido en mi manera de leer e incluso de escribir, es que no había un orden dentro de esas tiendas ambulantes. Encontrabas clásicos junto a libros que no lo eran, tenías que fiarte mucho en la intuición, donde todo lo bueno, lo malo, lo antiguo y lo nuevo podía tener un precio muy similar. Yo podía estar cogiendo, sin saber, un libro de Balzac y al mismo tiempo un álbum de Astérix. Esa fue una de las razones por las que, digamos, me hice lector, a través de un acercamiento desprejuiciado a la literatura.

Podríamos decir que también fue un acercamiento inocente, porque a esa edad, por lo regular, no se consume o lee crítica literaria que, sabemos, responde a diferentes factores que rodean al mercado del mundo editorial.  

Totalmente, no miro un suplemente literario hasta muy mayor. No era algo que me importara demasiado, en absoluto. Algo común a esos dos puntos de encuentro con la lectura, eran los libros clásicos como lo puede ser un novela realista del siglo XIX, porque los encontraba tanto en el mercado como en Círculo de Lectores, ya que siempre los están reeditando en todo tipo de ediciones: más baratas, más lujosas, etcétera. Gracias a esto yo empecé a leer a Dickens, Balzac, Stendhal, Dumas o novelas clásicas de Stevenson siendo muy joven, muy pequeño. En esas tiendecitas, también había libros que pasaron sin pena ni gloria y que yo los cogía porque sus ediciones eran muy chulas; de repente encontré novelas que me gustaron mucho en su momento como Rebeldes de Susan E. Hinton, una novela que me impactó, así como los casos del ladrón elegante Arsène Lupin, de Maurice Leblanc; es decir, así como leía el folletín francés y las novelas por entregas, intercambiaba al mismo tiempo cromos de futbol o leía tebeos que me encontraba. Cuando entré en contacto con otros lectores, ya en el instituto, comencé a tener este otro canon alternativo de lecturas, esas por las que todos pasamos y que tiene que ver con los beats, con John Fante, John Kennedy Toole y La conjura de los necios, esas novelas que son como ritos iniciáticos. Es curioso porque pasé de cambiar cromos de futbol, tebeos y Astérix a leer clásicos sin darme cuenta de lo que estaba leyendo. Eso marcó también mi escritura, que intenta ser una forma atenta para el lector pero busca ser ambiciosa.

La escritura de los acontecimientos

Cuando comenzaste el proceso de escritura de Simón, ¿qué diferencias o similitudes encontraste en comparación con tus novelas anteriores?

Fue la que me llevó más tiempo porque es una novela más ancha, más ambiciosa. Hay quienes dicen que una novela de cuatrocientas y pico páginas es larga, pero también puede ser estrecha; es decir, puede explicar pocas cosas y da igual que sea larga. Simón es lo que yo llamo ancha porque arrasa muchos temas y épocas y es difícil cuadrar todo ese rompecabezas. Estuve más tiempo escribiéndola, me tuve que tomar más periodos de concentración, pero tengo la suerte, de momento, de que aquí en España me va cada vez mejor, eso me ha ayudado a disponer más de mi tiempo para escribir. Y eso no es gratuito, el tipo de novela que sale en un país o que sale en una generación, tiene que ver con los mecanismos de producción, lo que la persona tiene que hacer para ganarse la vida. En el momento en el que tú te puedes plantear la disposición de más tiempo, puedes ser más ambicioso. Simón me pilló, al momento de que empecé a escribirla, con 36… 37 años y era el tiempo también de atreverse a hacer algo más grande.

Entre los Juegos Olímpicos de 1992 y los atentados del 2017 hay 25 años, y en este periodo vemos a Simón pasar de la infancia a la pubertad, de la juventud a la edad adulta, ¿cómo funciona tu proceso de documentación? ¿Cuáles son tus intenciones al abarcar un tiempo prolongado dentro de tu novela?  

Lo de tomar notas no es algo que haga al principio y deje de hacer mientras escribo; es decir, tomar notas, darle vueltas al asunto o documentarme, es algo que sucede antes, cuando surge una intuición de lo que quieres hacer, pero que también sucede y se intensifica mientras escribo. Tenía una serie de intuiciones para la novela, tracé una serie de temas y mientras iba cocinando la idea, estaba leyendo sobre esos temas. Desde que pongo la primera frase y hasta que acabo la novela sigo leyendo de esos temas; supongo que a todos los autores les sucede, en mi caso llega un momento, cuando ya estoy bien encarrilado, en el que absolutamente todo lo que me voy encontrando es susceptible a acabar en mi novela; de hecho, a mí me regalaron una camiseta en donde se leía eso: «Ten cuidado o acabarás en mi novela.» Porque hay un momento en el que eres como urraca, donde estás pendiente de cualquier cosa que brille para pinzarlo y llevarlo a esa novela.

Entre Rayos y Simón pasaron cuatro años, no estuve escribiendo esos cuatro años, incluso estuvo a punto de salir en 2019 la publicación final, sólo que me puse a cambiar cosas y entonces se acabó el semestre y decidieron que el momento idónea para su publicación sería hasta otoño y por eso pasó un año más, pero el proceso de escritura y corrección fue de tres años.

¿Qué tipo de retos te planteas entre un libro y el siguiente?

Cuando me planteé escribir una novela en la que transcurren 35 años, había cosas que sabía, eso que pasaba entre la ceremonia de los Juegos Olímpicos del 92 y los atentados de La Rambla del 2017. Quería que hubiera ángulos muertos en la historia; es decir, que hubiera elipsis y avanzara cada dos años. Cuando tú te planteas un esqueleto tan grande, ya sabes a qué a tenerte para llenarlo, es culpa tuya si la cosa se complica. De hecho, Simón tuvo manuscritos mucho más extensos, el primer borrador era verdaderamente largo y no es por la coquetería o la vanidad de decir «Quiero escribir una novela de madurez» eso sería estúpido, sino por pequeñas cosas que yo creo te hacen reaccionar de forma irracional. Llevaba unos años viendo –no solamente yo, sino todo el mundo– cómo las opiniones tienen que ser breves, claras, monolíticas, ser de sí o no, viendo cómo se generan las propias dinámicas de dos bandos en redes sociales, absolutamente irreconciliables, opiniones aceleradas y creo que de casi de forma irracional, en mi subconsciente, iba generando la idea de cocinar algo a la contra, absolutamente contracultural en el sentido de que fuera algo lento, que tuviera ideas y puntos de vista contradictorios, que permitiera muchas voces distintas, etcétera. Creo que me salió la novela así, es por eso la extensión y anchura de Simón.

 Ahora que mencionas la extensión, justo me encuentro leyendo El anarquista que se llamaba como yo y Ni siquiera los muertos, no lo había pensado pero ahora me da la impresión de que responden a eso que dices, lo de cocinar una novela cuya línea temporal sea prolongada; en el caso de la novela de Pablo Martín Sánchez, el arco narrativo ocurre entre 1890 y hasta mediados del siglo XX, en el de Juan Gómez Bárcena, la historia parte la conquista de América hasta el muro de Trump. En ambas se percibe esa evolución y profundidad tanto del lenguaje como de las ideas de los personajes.  

Tiene todo el sentido. Estamos expuestos todo rato a destellos y a ocurrencias muy breves y dispersas, somos como perros en una noche de petardos. Estamos todo rato mirando a todos lados, recibiendo impuls a veces muy talentosos, pero necesariamente muy efectistas para llamar la atención. Yo creo que a veces necesitamos un regreso a lo lento, como el cuadro total del tiempo que da una novela si se lo propone. No necesariamente se tiene que hacer con las formas que he seguido, pero se ha hecho en varios siglos con éxito. Le ha pasado a mucha gente, el de apagar este ruido un momento, intentar entender un tiempo más o menos grande, una forma lenta y contradictoria, amena pero compleja. Creo que la pandemia ha ayudado a leer este tipo de novela, con vidas afeadas y empequeñecidas, ha ayudado a que la gente valore el meterse en un mundo complejo como lo que sucede con estas novelas que mencionas.

«Fue la que me llevó más tiempo porque es una novela más ancha, más ambiciosa. Hay quienes dicen que una novela de cuatrocientas y pico páginas es larga, pero también puede ser estrecha; es decir, puede explicar pocas cosas y da igual que sea larga.»

Entre Chirbes, Zambra y Casavella

Me gustaría retomar una idea que mencionaste sobre la corrección de tus textos, para esto te quiero compartir una frase de Chirbes que se encuentra en sus Diarios recientemente publicados por Anagrama: «Creo que un libro está terminado cuando me suena bien, sin más […] Lo que significa que el orden del libro, que uno tanto cuida desde dentro, acaba revelándose fuera, en ese acuerdo con el exterior: no se nos aparece feliz como parte de la relojería literaria, sino porque se incorpora a la vida: el libro nos suena bien o no nos suena, nos llega o no.» ¿En qué momento Simón sonó bien?

Es complicado decirte porque intervienen varios factores. Lo que tengo claro es cuando no suena, siguiendo el hilo de lo que lanzaba Chirbes, lo que siempre tengo claro es cuando algo no funciona. En Simón, por ejemplo, habían lanzado una pequeña edición no venal de 1,000 o 1,500 ejemplares para libreros y periodistas, pero que intenté secuestrar, pretendía que no la enviaran porque quería seguir cambiando cosas aunque ya estaba cerrada la novela. Aún ahora, cuando voy a una librería y me piden que firme la edición no venal, me pongo nervioso porque creo que no estaba lista la novela porque acabé cambiando una serie de cosas. Creo que es una mezcla en la que te tienen que ayudar desde afuera, como cuando quieres sacar a un niño de una piscina y él quiere seguir nadando y no es una decisión del niño decir «voy a salir», sino que es una mezcla de cosas en la que sus padres le insisten, le dicen que tendrá frío, que sus dedos se arrugarán por el efecto del agua y es entonces acaba saliendo. En mi caso es parecido, es una mezcla donde influye el exterior, de que tiren de mí, que consideren que esa obra está lista para que llegue al lector. Me pasaba con Simón, leía las primeras 30 páginas y, volviendo a lo de Chirbes, sentía que sonaba, que sonaba bien. Eso te anima a soltar definitivamente la novela. Siguiendo lo de Chirbes, de que la novela lo completa el elector, eso es evidente sobre todo si la novela es buena, si la novela deja respiraderos y da lugar para que el lector complete el cuadro. Hay una frase famosa… famosa no lo sé, pero es de Roland Barthes y que dice que «un texto es en realidad una partitura», que cada lector lo interpreta de una forma diferente así como se puede interpretar una nota musical, interpretar de una forma más alegre, más lenta, más rápida o melancólica, y eso también tiene que ver en el punto en el que se encuentra el lector, las lecturas que haya hecho y eso es parte del triunfo de una novela, cuando se lee de una manera distinta.

Me gustaría seguir con Chirbes, pero ahora con Mimoum, y es que sentí que había una suerte de conexión con Simón, en específico con la similitud del rol del Marruecos que retrata Chirbes y la Barcelona que tu retratas, en la idea de ciudad que no se desvela como protagonista sino como un espacio que vive bajo las sombras de los personajes, que susurra acontecimientos de manera natural pero sin exponer esos secretos que a veces guardan las ciudades. ¿Cómo decides el rol de Barcelona en tu libro?

Sí, es la idea de Dumas de que la ciudad y el momento histórico es el clavo donde cuelgas el lienzo. Esto que dicen de que la ciudad es un tema no lo comparto; la ciudad es donde se manifiestan una serie de inercias históricas e íntimas de los protagonistas. En el caso de Barcelona, como hay una larga tradición de novela en esta ciudad, pues se ha creado casi una serie de subgénero como de novela de Barcelona y que tiene que ver con lo que han hecho autores como Casavella, Marsé o Mendoza. Como es mi ciudad, es la ciudad que yo entiendo, se me hace reactiva literariamente no por su solera de mundo editorial ni nada por el estilo, sino por cómo se muestra y esconde el dinero, por ser una ciudad pequeña pero conocida mundialmente, por su pasado industrial, por ser una ciudad lo suficientemente grande para no tener el ambiente claustrofóbico de un poblado rural, pero no lo suficientemente grande para que dos personas, dos personajes, no estén condenados a reencontrarse. Por todo esto me interesa esta ciudad como punto de partida, aunque en Simón yo partía de la base de hacer que el protagonista se fuera mucho antes, de hecho gran parte de la novela pasa fuera de la ciudad, tenía muy claro dos conos: el atentado y los juegos olímpicos, no era nada nuevo porque es un poco la estrategia que siguió Eduardo Mendoza en La ciudad de los prodigios con las dos exposiciones universales como la del 88 y la del 27, el colocar dos momentos históricos muy reconocibles, donde la ciudad da un estirón muy claro y se prepara para esos momentos de una determinada forma. La elección de la ciudad viene por ahí, de empapar un poco de referencias de novelas de mi ciudad pero también haciéndolo desde una sensibilidad actual y desde un punto generacional de mi edad y educación que es diferente.

¿Existe algún peso sobre ti cuando se te compara con escritores de una larga trayectoria literaria?

A Simón la han comparado mucho con gente como Marsé o como el propio Casavella, para mí es un honor enorme, pero no es exactamente lo que hacían ellos. Sus novelas están planteadas de otra forma, el tono es distinto… En una entrevista a uno de mis escritores vivos favoritos, Alejandro Zambra, le preguntaban sobre la influencia de Bolaño en él y decía que sus personajes se parecen a los de Bolaño como un hijo se parece a un padre… Con esto quiere decir que tiene una serie de rasgos comunes, heredados y genéticos, pero también una necesidad de distanciarse de esa figura porque de algún modo le da sombra. Esta reflexión que hace Zambra sobre Bolaño yo la adopté, citándola obviamente, para cuando a mí me preguntaran por los grades novelistas de Barcelona.

Qué bueno que mencionas a Zambra, y es que tengo un cita que me gustaría compartirte porque está relacionada con las preguntas que te han hecho sobre Casavella, donde se te plantea sobre si Simón es autoficción y que si Casavella es Rico. Zambra escribió en Tema libre un texto en el que un periodista le pregunta a un personaje de Zambra que qué tanto de autoficción hay en su último libro. Zambra evade, bueno, el personaje de Zambra evade la pregunta hasta que la responde por la incomodidad de la insistencia, y dice que hay un 35 por ciento de mi vida en la novela…

Zambra es fascinante. 

Evidentemente no te preguntaré qué tanto porcentaje hay de ti o Casavella en Simón, pero gustaría saber la relación e influencia de Francisco Casavella en tu vida, en la construcción de esa Barcelona que narras, entendiendo que es un familiar tuyo y que de este lado del Atlántico poco o nada se conoce de este autor. 

Incluso aquí, Casavella no ha podido salir. Es lamentable aunque yo creo que lo hará, es cuestión de tiempo, creo que era Orwell el que decía que el único crítico literario que vale es el tiempo y el tiempo, ese crítico literario, le va a dar la razón a Casavella y va a acabar siendo un escritor conocido en todo el mundo y puedo vaticinar que habrá un momento de descubrimiento.

Siguiendo con lo que decía Zambra, casi podría decir que hay en mi obra el tanto por ciento de autoficción como hay el zumo de naranja real en uno de naranja industrial… ¿el 8 por ciento? Jajaja. Resulta que el zumo industrial sabe a la fruta por una serie de procesos artificiales, pues eso es lo que hace un novelista, y eso debería saber un periodista que entrevista sobre una obra de ficción, pero a veces no lo parece porque hay una intención como de desenmascarar sí o sí al escritor detrás del personaje.

Regresando a Casavella, es evidentísima su influencia; quiero decir, es una persona muy importante para mí en muchos sentidos, pero lo es mucho desde el punto de vista meramente literario y de mirada sobre mundo. Es determinante de muchas maneras, de una manera práctica incluso. Él era primo segundo mío, lo que pasa es que mis padres y los suyos emigraron a la vez de Galicia, la relación se estrechó y era como de primos carnales. Es determinante al punto de que casi mi primera novela es una apuesta, como me leía los textos que iba haciendo desde que yo era adolescente, me reto directamente: «A que no sacas la primera novela antes de cumplir los 30.» Fue como una especie de apuesta de bar, como que de algún modo alguien que respetas mucho de una manera indirecta te está diciendo no que la sacarás a los treinta sino que tenías que ponerte a escribir, eso fue importante para mí. Algo que me ha influido mucho de él es esta mirada como luminosa y a la vez desconfiada, a veces parece que se tiene que escribir desde la ingenuidad y la euforia, desde el tono rotundamente feliz o desde el cinismo, el distanciamiento, desde lo social. A mí me enseñó a mirar el mundo de una forma así, que podía ser luminosa y desconfiada, que podía ser crítica sin dejar de ser ágil o rítmica, que podía seducir al lector, no seducir de una manera coqueta, sino seducir para que detrás de esa seducción vinieran una serie de ideas que pudieran tener una profundidad. Pese a de que de ninguna manera él es Rico, sí que hay cosas de la fascinación inicial, infantil, en la novela que están relacionadas con Casavella.

¿Qué libro crees que sería bueno para adentrarse a su obra?

Su libro rotundo, por el que ha pasado y dejado huella aquí, es El día del Watusi. Es un novela muy larga, bueno, es una novela que se publicó en tres entregas y que traza la España de la transición hasta los primeros años del siglo XXI, en este libro están todos sus dones y talentos. Pero como es una novela muy excesiva, yo siempre recomiendo entrar por El secreto de las fiestas, una novela breve, mucho menos ambiciosa, que incluso nace por encargo porque estaba en un momento bajo de su vida cuando le pidieron una novela juvenil. Pero es tan rematadamente buena en sus dimensiones que, insisto que es una novela que nace con la vocación de ser pequeña, luego se la hicieron reeditar en la colección de adultos de Random House. Cuando le pidieron este encargo, yo tenía la edad del protagonista y la leímos juntos, la comentamos mucho y es una novela a la que le tengo mucho cariño, tiene un valor brutal para mí y que es difícil de cuantificar, que es el encanto, que es una novela que está increíblemente bien hecha. Recomendaría comenzar por ahí.

Fotografía cortesía de Blackie Books

Todo está en los libros

Me gustaría continuar con Simón, en especial con una frase que se repite a lo largo de la novela: «lo sabemos porque todo está en los libros», ¿qué libros te hicieron “saber ese todo” para concebir esta novela?

Digamos que Simón muestra la cocina, muestra los ingredientes y muchos de ellos están en la novela. La novela nace con la ambición de coger a un personaje, un ser humilde, y llevarlo a conocer un rey. Tiene su origen en las novelas de espadachines del XVIII y en las del XIX donde todos son poetas. Esas novelas son las que influyen verdaderamente en Simón, las que aparecen nombradas como Scaramouche, La Pimpinela Escarlata, Los tres mosqueteros. Para mí también es importantísimo Balzac y Las ilusiones perdidas, Stendhal y su Rojo y negro, pero eso es casi como en la vocación que tiene la novela, como se quiere presentar. En mi tono hay muchas otras influencias.

En las primeras páginas de la novela se lee «encendía con sus subrayados frases que eran calambres y pasajes que eran pistas.» Los epígrafes que preceden a los capítulos de tu novela parecieran marcar un trazo sobre lo que les sucederá a los personajes, y esto me recordó a algo que ha escrito o dicho Enrique Vila-Matas, que a veces los buenos epígrafes, las buenas frases, obligan a uno a escribir un libro solo para agregar esas líneas antes escritas. ¿Qué significan para ti las frases?

De Vila-Matas lo que me gusta es cómo juega de forma lúdica con las citas, con la idea de citas, el cómo inventa citas y se las atribuye a un escritor célebre. Yo me pasé toda la promoción de Rayos citando «Nunca discutas con un imbécil porque te tendrás que poner a su altura y ahí él tendrá muchísima más ventaja.» Me pasaba años diciendo que esa frase era de mi abuelo, que me la había dicho en una fiesta popular, pero en realidad es una frase de Mark Twain. Del mismo modo que me gusta subrayar los libros y maltratarlos, me gusta jugar con la cita y no mitificarla de algún modo.

La novela atrapa desde la primera frase, es muy fuerte ese inicio: «Cuando todo esto acabe, vas a llorar.» Esas primeras dos páginas las releí porque pegan muy fuerte y tienen su encanto, pero cuando me dispone a seguir, volví a engancharme con el inicio del libro primero y que es muy al estilo de Historia de dos ciudades.

Esta manera de empezar la novela, que comienza en segunda persona como si fuera una suerte de proemio, se trata de una conversación entre dos personajes, sin embargo, la novela en sí arranca con «Parece mentira que con la cantidad de gente que cree tener la razón en el mismo momento y en todos los bares del planeta, el mundo no sea un lugar inmune a la enfermedad…» Este es un arranque intencionalmente decimonónico y claro que en la escritura de la novela estaba todo el rato Dickens. Tenía como la intuición de que podía ser como una jugada ganadora usar los mimbres o la forma de mirar, aparentemente amable pero muy ambiciosa, de retratar a toda una sociedad como Dickens y hacerlo con armas modernas. Pero no creo que sólo el que se hace llamar fan de Dickens puede hacer una novela dickensiana. Volviendo a Zambra, el arranque de Poeta Chileno es así –Miqui toma un respiro, vuelve la mirada al cielo y pronuncia de memoria las primeras frases de la novela del escritor chileno–: «Era el tiempo de las madres aprensivas, de los padres taciturnos y de los corpulentos hermanos mayores, pero también era el tiempo de las frazadas, de las mantas y de los pochos…» Empieza con esta especie de presunción de sabiduría del narrador y luego va a la escena concreta, íntima, y es un poco lo que sucede en Simón, empezar de una forma grandilocuente para luego ir al grano, porque para mí es así como funciona la novela, como que va rondando todo y luego enfoca a una vida.

Páginas: 448 
Publicación: 2020
ISBN: 978-84-18187-30-8
Editorial: Blackie Books

Josué Tello Torres (Cancún, 1992) Librero cofundador de Cometierra y editor cofundador de la revista Efecto Antabus. Ha publicado crónica, reportaje y reseñas literarias en Pie de Página, Revista Clarimonda, Poscultura¸ entre otros.

Imágenes cortesía de la Blackie Books

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