La fiesta dedicada al Cristo de las Ampollas de la Catedral de Mérida durante el Porfiriato

Aprovechando la reciente celebración del Cristo de las Ampollas de la Catedral, te presentamos este texto de Carlos A. Mendoza Alonzo al respecto de su tradición.

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Por Carlos A. Mendoza Alonzo

La fiesta dedicada a la imagen del Cristo de las Ampollas de la Catedral de Mérida es una de las más suntuosas, tradicionales y populares de Yucatán. Iniciada en el pueblo de Ichmul, una pequeña comunidad ubicada al sur del estado de Yucatán, por el presbítero De la Huerta en el siglo XVII, pronto alcanzaría notoriedad entre la feligresía yucateca, hasta el punto de ser trasladada su imagen en 1645, tras la muerte de dicho cura, a la catedral de Mérida para tener mayor alcance su veneración. Su historia ha estado envuelta en milagros y peripecias que incluyen su destrucción en 1915, junto al retablo principal de la Catedral de Mérida, en el marco de la revolución mexicana[1].  Sin embargo, su devoción continuó con la misma fuerza hasta la actualidad.

Leopoldo González Martín, señala que, después del traslado de la imagen del Cristo de las Ampollas a la Catedral de Mérida en 1645, es en la segunda mitad del siglo XIX y la primera década del XX cuando su culto adquiere nueva preminencia[2], debido a diversos factores que incluyen bonanza económica en Yucatán y el interés de las autoridades eclesiásticas de consolidar su devoción ante el incipiente paso de la modernidad propiciada por el gobierno de Porfirio Díaz, sin embargo, su celebración tuvo matices distintas a las demás fiestas patronales. La intención, pues, de este texto es mostrar de manera general las características de una fiesta religiosa, la dedicada al señor de las ampollas, en el marco del periodo histórico denominado como el Porfiriato.  

A mediados del siglo XIX las fiestas dedicadas a los santos sufrieron una gradual transformación en cuanto a su original sentido religioso. Las actividades propias del culto a la imagen del santo patrón, como misas, procesiones y rosarios fueron perdiendo preeminencia ante las actividades comerciales y diversiones. A dicho proceso se le denomina secularización[3]. Por lo tanto, el sentido religioso fue sustituyéndose por un espacio de interacción entre lo comercial y lo litúrgico, siendo el primero el de mayor interés para la concurrencia.

Estos nuevos fundamentos de las fiestas patronales, en gran medida, fueron instituidos gracias a la presencia de los comerciantes, quienes aprovechando la asistencia de devotos en las fiestas a la imagen del santo patrón de los distintos poblados que conforman la geografía yucateca, fueron introduciendo en el marco de las celebraciones sus diversos productos a precios muy bajos. En los últimos días, la propia denominación de fiesta se cambiaba a feria, lo que significó la reducción de aranceles a los productos de transacción. Al mismo tiempo, los comerciantes fomentaron el incremento y la variación de diversiones con la finalidad de atraer más visitantes. Esto se maximizó con la aparición de la prensa comercial en la segunda mitad del siglo XIX, ya que a partir de ella se promovió una gran diversidad de invitaciones estructuradas por los comités de las diferentes fiestas patronales, destacando siempre en sus publicaciones cuestiones referentes a lo profano dejando a un lado las relacionadas a lo religioso, ofreciendo una gran gama de diversiones y entretenimientos, y olvidándose de la esencia devota que tenía en principio estas fiestas. Todo lo ya señalado fomentó la popularización de las fiestas patronales y el cambio de denominación y de concepción de fiesta a feria.

Además, todo este proceso de “transformación” de las fiestas patronales, trajo consigo una serie de discursos, unos a favor y otros en contra de su realización. Este discurso estaba marcado por el contexto mismo de la época. Porfirio Díaz al situarse en el poder en 1877 y gracias en gran medida a la evolución económica vivida desde la segunda mitad del siglo XIX, deseó llevar a México al nivel económico y cultural a la altura de países desarrollados como Estados Unidos y Francia, desde una visión modernizadora basados en los ideales positivistas de orden y progreso. De igual forma, se intentaba construir un nuevo modelo de ciudadano que estuviera instruido con base a un orden moral y dirigido a un “buen comportamiento” ante las normas urbanizadoras, donde el tiempo libre se debiera aprovechar en actividades útiles y provechosas para el bien común y así no intervenir ni alterar el orden establecido y de esta forma alcanzar el progreso. Por lo tanto, el ser ciudadano porfiriano debía estar separado del juego y del ocio, al ser considerados estos como antítesis del sistema moralizador pretendido y causal de la alteración del orden.

Es por ello que las autoridades y la prensa porfiriana implementaron un discurso negativo hacia las fiestas patronales, criticándolas por distintas cuestiones, alegando que en ellas se llevaban a cabo actos inmorales y desagradables, como los juegos de azar, corridas de toros y peleas de gallos, actividades contrarías a los ideales ya señalados.

Contrario a todo este proceso, la fiesta religiosa dedicada a la veneración del Santísimo Cristo de las Ampollas en la Catedral de Mérida, tuvo como particularidad no inscribir en el marco de su festividad la mezcla de actividades profanas con el conjunto de culto representado en oraciones, misas y procesiones, teniendo como entereza un ánimo festivo meramente “espiritual”, poseyendo como entidades de devoción a los gremios. Esto se señala con base a las numerosas invitaciones que año con año se publicaban, mostrando el programa a seguir en el proceso de veneración hacia el Cristo de las Ampollas, en el que aparece como total protagonista las fechas de las misas a efectuarse de acuerdo al gremio que le correspondiese. Ejemplo:

Solemne fiesta anual.

que hacen los Gremios de esta Ciudad al Santísimo Cristo de las Ampollas, en el orden siguiente.

Día 28. Solemne bajada: los Sres. Alarifes: orador, Sr. Cura D. Narciso Manzanilla.

Día 29. Sres. Talabarteros: orador, Sr. Pbro. Don José C. López.

Día 30. Señores Curtidores: orador, Sr. Pbro. Don Crescencio Carrillo Ancona.

Día 1º de Octubre: Señores Sastres: orador, Sr. Pbro. D. Benito Quijano.

Día 2. Señores Zapateros: orador, Sr. Pbro. Don Crescencio Carrillo Ancona.

Día 3. Sres. Plateros: orador, Pbro. D. Carrillo Ancona.

Día 4. Señores Barberos: id.

Día 5. Señores Herreros: id.

Día 6. Un devoto: orador, Pbro. D. José M. Molina.

Día 7. Señores Carpinteros: tres funciones, á las cuatro, las ocho y las once de la mañana: oradores, Sr. Cura D. Saturnino Vela, Pbro. D. Crescencio Carrillo Ancona y Pbro. D. J. C. López.

Día 8. Las señores Mujeres: dos funciones: oradores Pbro. D. Crescencio Carrillo Ancona y Pbro. D. Benito Quijano.

Día 9. Señores comerciantes: orador, Presbítero D. Crescencio Carillo Ancona.

Día 10. Los Sres. Músicos: orador, id[4].

En la prensa porfiriana existen una gran cantidad de crónicas que son testigos del fervor con que se celebraba al Cristo de las Ampollas de la Catedral de Mérida, siempre presumiendo el “orden y la moralidad” con que se realizaba la fiesta, suprimiendo las corrida de toros en el acto y, en algunas ocasiones, reduciendo el uso de la pirotecnia, en el que se destacaba la utilización de otros tipos de entretenimientos que no iban en contra del orden que se pretendía establecer en función del espacio público

Es una prueba de adelantos de la cultura y civilización populares, el que las corridas de toros se hayan suprimidos en la fiesta religiosa que con mucha concurrencia y solemnidad se celebra en el centro de la capital del Estado, y que se haya disminuido mucho el consumo de la pólvora en ella; limitándose sus diversiones costeadas por los gremios, á las armonías de la plaza de la música en la plaza por la noche, á la elevación de globos aerostáticos, y alguna vez á fuegos artificiales pintorescos mientras una muchedumbre, compuesta de todas las clases, pasea en el jardín, alumbrado en todo su extensión por los focos centrales de la luz eléctrica, y por los vistosos farolillos con que los gremios aumentan la claridad; y si al mismo tiempo la luna brilla en nuestro cielo tropical, el espectáculo es más bello y arrobador para la concurrencia, que goza y se alegra en estas noches deliciosas. La juventud recibe y conserva de ellas muy gratas y duraderas impresiones, pero la vejez se entristece pensando que poco tiempo le queda para seguir deleitándose en estas escenas que hacen amar la vida.

A medida que los gremios han ido suprimiendo en estos últimos años el uso de la pólvora, se van empeñando en el aumento de la suntuosidad y buen gusto del adorno y solemnidad de las funciones religiosas en el templo: inundan de flores y de lámparas todo el ámbito sagrado, establecen allí las más armoniosas orquestas, y solicitan la voz de los más selectos predicadores del Evangelio, cuya palabra elocuente se escucha por los fieles con piadoso recogimiento[5].

Al respecto de todo ello, el historiador Crescencio Carrillo y Ancona Obispo de Yucatán de a finales del siglo XIX escribe sobre la fiesta del Cristo de las Ampollas lo siguiente

Esta comienza el 28 de Septiembre y es la más clásica y devota de todas las fiestas religiosas de su clase en Yucatán; porque siendo la más clásica y popular, casi nada se ha mezclado en ella de esas escandalosas profanidades con que el mundo sensual ha convertido por donde quiera en ferias de placer, las augustas y santas solemnidades de la Región[6].

Todo lo antes señalado fue tomado en cuenta por escritores de La Revista de Mérida que dentro de las diversas crónicas que escribieron sobre la devoción al Cristo estipularon posturas de la importancia de esta fiesta, argumentando que como la de las Ampollas inspiraban el “progreso” y la “moralidad” al respetar el orden, considerado este último como fuente básica para una “sociedad culta”, entre otras exposiciones que presentan como justificación de la importancia de su realización y las demás fiestas religiosas de su tipo.

En una publicación de La Revista de Mérida fechada en 06 de octubre de 1891, y firmada por J. R. A., se describe una crónica que nos revela este debate:

LA FIESTA DEL Señor de las Ampollas.

La intolerancia religiosa, varias veces, con completa ceguera, ha censurado á los gremios de esta Capital, por las fiestas profanas y manifestaciones de alegría, que hacen con motivo de la popular fiesta del Santísimo Cristo de las Ampollas. Si los que tales censuran lanzan, se propusieron deshacerse de todo fanatismo, de toda irracional intransigencia; si se propusieran examinar las cosas con imparcial criterio y ánimo sereno, en vez de censuras, expresarían alabanzas; en vez de pedir que se abstuvieran de hacer esas manifestaciones, los estimularían para que las aumentasen. Esto sin ser católico, ni nada religioso, sino con ser amante de todo los que signifique amor al orden y á las relaciones sociales.

Es de notar, que no hay en esta ciudad, ninguna asociación que establezca relaciones entre nuestros artesanos; que estos viven todo el año sin conocerse un aun verse, sino cuando se reúnen para acordar las solemnidades y diversiones del día que le corresponde en la fiesta referid. ¿Cómo se verifica esta reunión ó “conjunta”? ¿Qué diversiones acuerdan? ¿Cómo las llevan á efecto? Examinaremos todo esto y se verá la verdad de los que desde el principio afirmamos.

No es una reunión en que se despierten ó animen malas pasiones la que llevan á cabo; ni es tampoco una reunión en que se alientan ambiciones inmoderadas é inconvenientes, ó se hagan nacer odios y rivalidades, ni se haga desempeñar á la intriga ó falsía ningún papel, como generalmente sucede cuando se convoca para alguna casa respetable con el mayor orden y la cordialidad más satisfactoria. Si acaso, alguna que otra libación exagerada que hace subir á un punto la alegría, pero que no destruye el orden y cordialidad reinantes.

En dicha reunión se acuerda que cada uno de los componentes del gremio contribuya con algo que no impone ningún sacrificio, para costear las diversiones del año siguiente ¿Qué hay de inmoral ó exactor siquiera en esto? ¿Se sabe que algún artesano se imponga sacrificio para llenar lo que ofrece? ¿Se sabe que alguno quita el pan á su familia, para darlo á la fiesta, como hace el que necesita dinero para jugar ó embriagarse ó para satisfacer una ambición política? No. Muy al contrario: nunca es amargo para los artesanos el cumplimento de ese su compromiso; dan su contribución sin sentirla, la que se emplea en los regocijos más inocentes y alegres. Nunca tienen que lamentar un engaño, ni que su dinero se haya distraído de su objeto ó empleado en fines contraproducentes. Tienen un tesorero que da cuenta de la inversión de sus caudales, obteniendo aprobación unánime.

¿Cuáles son los festejos profanos que hacen? Músicas, fuegos recreativos, bellísima iluminación en el jardín de la plaza “Independencia” y uso de cohetes tronadores. Todos los gremios se ponen en competencia: cada uno procura hacerlo mejor que el otro; todos procuran que el público se quede muy satisfecho. ¿Y por eso se les reprocha? ¿No son de las mejores diversiones públicas, las que se dan en esta fiesta? ¿No toda la ciudad en masa concurre á la plaza “Independencia” y goza de ella? ¿Es esto mal invertir el dinero? ¿Qué inversión se quiere que se le dé? Digan los censurados. ¿Está acaso en nuestro carácter guardar en una alcancía un centavo que tengamos sobrante? ¿Se quiere que ese dinero gastado tan bien en provecho de todos, se malgaste en satisfacer vicios y desordenes privados?

Muy notable es que en esta fiesta en que hay tantas y tan variadas diversiones dadas por los artesanos, resalte la moralidad del pueblo, y no haya que lamentar desórdenes, ni menos crímenes.

Se apunta la pólvora que se quema, como si tal fuera una falta; ¿en qué consiste la falta? ¿En el dinero que se gasta ó en el ruido que hace? Ni en uno ni en otro. Los países más cultos acostumbran solemnizar sus fiestas con salvas de artillería, en las que se quema pólvora y hacen mucho ruido; que, ¿acaso lo que buenamente se hace en las fiestas nacionales es malo porque se hace en es esta fiesta? El uso de cohetes tronadores es tradicional en esta fiesta y desgraciado el pueblo que no tiene tradiciones, si estas son tradiciones que no se pugnan con la moral, ni con las buenas costumbres.

Cuando veo á un grupo de artesanos llevando el estandarte de su gremio por las calles, acompañando de una banda de música, me digo: he aquí á los hijos de que mi país debe enorgullecerse; alrededor de la noble insignia de su arte, como protegidos por su honrado trabajo van haciendo alarde de su alegre desprendimiento; por alegrar á sus hermanos no temen desprenderse de lo que ganan. ¡Ojalá así estuvieran siempre unidos alegremente por la Religión!

Este grupo atraviesa tranquilamente por la ciudad esparciendo la alegría sin que salga de él un solo grito chocante ó destemplado.

J. R. A[7]

A 130 años de esta crónica, recientemente se celebró de nueva cuenta y de manera presencial a la imagen del Cristo de las Ampollas de la Catedral. ¡Qué nunca mueran nuestras tradiciones!


[1] Véase: Leopoldo Manuel González Martín, La devoción del Cristo de las Ampollas en Yucatán, entre los poderes de la Iglesia y el Estado (1850 – 1915). Tesis para optar al grado de maestro en Historia, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, Yucatán, México, 2014.

[2] Leopoldo Manuel González Martín, La devoción del Cristo de las Ampollas en Yucatán, entre los poderes de la Iglesia y el Estado (1850 – 1915). Tesis para optar al grado de maestro en Historia, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, Yucatán, México, 2014, p. 1.

[3] Véase: Pedro Miranda Ojeda. Diversiones públicas y privadas. Cambios y permanencias lúdicas en la ciudad de Mérida, Yucatán, 1822-1910. Hannover, Verlag Für Ethnologie, 2004.

[4] La Revista de Mérida, 27 de septiembre de 1878.

[5] La Revista de Mérida, 13 de octubre de 1886.

[6] Crescencio Carrillo y Ancona, El árbol de la luz, historia del Santísimo Cristo de las Ampollas. Edición del Gremio de comerciantes y hacendados, Yucatán, 1947, p 14.

[7] La Revista de Mérida, 6 de octubre de 1891.

Carlos A. Mendoza Alonzo. Originario de Cholul, Mérida, Yucatán. Licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Yucatán, estudiante del Master en Gestión de la Documentación, Bibliotecas y Archivos en la Universidad Complutense de Madrid, Coordinador General del Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Yucatán. Especialista en temas de Archivística eclesiástica, Historia de la iglesia yucateca y religiosidad popular. Correo: carlos_mendozaalonzo@outlook.com

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