Nirvana en una bolsa de papel

Presentamos «Nirvana en una bolsa de papel», un cuento de Andrés Machado (Mérida, 1996).

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Por Andrés Machado

La primera vez que vi al pájaro fue una mañana como cualquier otra. Desperté, corrí las cortinas, abrí las ventanas y tendí la cama. Es un hábito que sigo haciendo hasta el día de hoy. Apenas me levanto, estiro las sábanas de mi cama. Esta práctica la escuché de un psicólogo que entrevistaban en un podcast. Dijo algo así: “Si quieres realizar un cambio en el mundo, empieza limpiando tu puto cuarto”. Ahora que lo pienso, creo que no lo dijo de esa forma. Pero bueno, me estoy desviando del tema principal. Esta anécdota no es acerca de un psicólogo famoso o mis hábitos mañaneros. Es acerca de un pájaro, para ser más específico, un pájaro muerto. Después de estirar mis sábanas, me incline para empujar la cama al rincón. Levanté la mirada y vi algo en el techo de mi vecino. Sobre la cornisa noté unas pequeñas patas apuntando al cielo. La postura del pájaro me dio la impresión de que tomaba los rayos del sol. Me acerqué a la ventana para verlo de cerca. No sé por qué, pero me acordé del ensayo de una obra en la que participé en el colegio. Era para el Día de Muertos y nuestro maestro nos dijo que Kurt Cobain, antes de sus presentaciones en vivo, solía tomar una bolsa con algún animal muerto y olía su interior. Para ilustrar mejor la imagen, juntó ambas manos, como si sostuviera una bolsa abierta, las acercó a su rostro y dio una inhalada ruidosa. Después, nos sonrió. Recuerdo que en aquel momento su actuación me estremeció bastante (obvio, por algo daba clases de teatro). Según él, Kurt realizaba ese ritual para alinearse con una energía sombría y así poder canalizarla en el show de Nirvana. Tenía sentido. Aunque ese no era el tipo de energía que estaba buscando, menos si tenía que lidiar con ese olor cada vez que esté en mi habitación. No podía alcanzar al pájaro con la mano, me quedaba lejos. Pensé en subir al techo, saltar al de mi vecino y bajarlo en una bolsa. Pero, me dio flojera hacerlo ese día, planeaba salir a correr en la mañana, después de mucho tiempo que no hacía ejercicio, y sabía que después no tendría ganas de bajarlo. Decidí dejar al pájaro muerto en paz. Tal vez el viento lo arrastraría más lejos o un zopilote se haría cargo de sus restos.

            Al día siguiente su cuerpo seguía en el mismo lugar. Empezó a apestar y su olor entraba en mi cuarto con cada ráfaga de viento que pasaba. Está bien, tú ganas, pensé. Tomé una bolsa de plástico, fui a la bodega al fondo del jardín y busqué la escalera de aluminio. La saqué al jardín, la extendí hasta su máxima capacidad, ajusté los seguros y asenté uno de sus extremos sobre el techo del segundo piso. Después la sacudí un poco para asegurarme de su estabilidad. Parecía firme. Miré la escalera de punta a punta y dudé unos instantes. Caí en cuenta de que nunca había subido al techo de esa casa. No es que le tenga miedo a las alturas, pero subir este tipo de escaleras me pone un poco nervioso. Me armé de valor y pensé que no tenía por qué preocuparme, me considero una persona medianamente precavida. Con esta mentalidad atravesé los primeros peldaños. Pero cuando llegué a la mitad, mi confianza comenzó a menguar. En ese punto evité mirar al suelo y solo me concentré en ascender de forma lenta y segura. Cuando menos lo esperé, ya había llegado al otro extremo. Me aferré a la cornisa, tomé impulso y me incorporé en el techo. Lo primero que llamó mi atención fue el uniforme color terracota del impermeabilizante. También noté los compresores de los aires acondicionados, una serie de tubos y cables entrecruzados, y el tinaco. Me resultó extraño ver las copas de los arboles cercanos a casa. Vistos desde arriba perdían toda su majestuosidad y adquirían una apariencia cómica. Hacia el este observé la mancha urbana que se hacía más densa en la lejanía; hacia el oeste era todo lo contrario: una gran extensión de monte y vegetación con una que otra pequeña construcción apareciendo por ahí. Miré el techo de mi vecino, era tan similar al de mi casa que parecía la continuación del mismo espacio. Mismo impermeabilizante, compresores y tinacos. Incluso la suciedad y el polvo se parecían. El pájaro muerto cerca de la orilla era una de las pocas cosas que hacía una diferencia. A pesar de que la distancia entre las casas era menor a un metro, tomé impulso para dar un salto hacia el otro techo. Una vez sobre la casa del vecino, caminé hacia el ave en descomposición. Su olor era desagradable, pero conservaba todas sus plumas y seguía entero. No alcancé a ver ninguna mancha de sangre ni herida, por lo tanto, no pude dar con la causa de la muerte. Parecía una paloma, lo cual se me hizo extraño, porque no había visto esa especie por esta zona. El color del plumaje me pareció bonito. Su tórax estaba cubierto de plumas negras, mientras que las de su cabeza, alas y cola eran de color blanco. Parecía que llevaba puesto un chaleco oscuro. Me lo imaginé con vida, recorriendo los pasillos de una boutique de ropa para animales pequeños, buscando una prenda para comprar. Quién sabe, tal vez compró ese chaleco para una ocasión especial.

 —¿Quién eres?

Al escuchar esa pregunta di un pequeño salto en mi lugar. Levanté la mirada y traté de encontrar de donde provenía la voz. A mi derecha vi a un niño de unos doce años, reposando la espalda contra el tinaco del vecino. Vestía una gorra, una camiseta negra sin mangas, unas bermudas amarillo fosforescente y unas sandalias de pata de gallo. En sus manos sostenía unos binoculares. Miré su rostro y me llamó la atención sus ojos rasgados.

 —Hola. Soy el vecino de aquí a lado —dije tímidamente.

—¿Y qué haces en el techo de esta casa, vecino? — a pesar de que lo dijo en un tono desafiante, su expresión era la de alguien tranquilo.

—Subí para deshacerme de este pájaro muerto —dije apuntando los restos del animal.

 —Ah, ya. Sí, al pájaro ya lo había visto antes —contestó sin mucho interés—. ¿Por qué tan preocupado en moverlo de su lugar?

—Resulta que está muy cerca de la ventana que da a mi habitación y está empezando a apestar.

—Está bien, pero deberías de tener más cuidado. Si mi abuelo te ve por aquí no dudaría en llamar a la policía o algo peor —me advirtió.

—No te preocupes, tu abuelo ya me conoce. Mi tío y él son amigos. De hecho, la casa que habito no es mía, en realidad es de mi tío —le aclaré—. Por cierto, también deberías de tener cuidado. Es peligroso asustar de esa forma a personas que se encuentran en un lugar alto.

—Lo siento. No era mi intención asustarte —dijo apenado.

—Está bien, no pasa nada—me callé un momento, pensando en que decir—. ¿Vienes muy seguido a la casa de tu abuelo? Nunca te había visto por aquí.

—Mi mamá y yo lo visitamos todos los domingos para asegurarnos de que esté bien. Ellos se quedan adentro platicando y mientras tanto yo exploro los alrededores.

 —O te quedas en el techo viendo cosas con esos binoculares —dije.

—Así es. Mi abuelo los usaba para cazar patos y cada vez que vengo me los presta.

—¿Qué estabas observando antes de que me vieras?

—Ven, sígueme —caminó detrás del tinaco de la casa. Lo seguí y lo vi sentado enfocando los binoculares a la distancia. Me senté a su lado y me pasó los binoculares.

 —Mira hacia ahí —dijo apuntando un lugar en el oeste—. Hay una casa abandonada por esa zona.

Me tomó unos segundos encontrarla, pero apenas vi la construcción destartalada llena de grafitis, la reconocí. Enfrente de la casa había una camioneta roja y un grupo de adolescentes tomando cervezas.

 —Estoy viendo la casa. He estado en ella antes. Ahí mismo grabé un video con un amigo —le dije mientras le devolvía los binoculares.

—¿Un video? ¿Qué clase de video? —preguntó el preadolescente acechando la casa de nuevo.

  —Un video cómico. Un sketch. Mi amigo y yo tenemos un canal de YouTube en donde subimos ese tipo de contenido.

  —¿De qué va el video?

  —Se llama “Tu amigo de la preparatoria al que le va bien” —expliqué—. Básicamente es la historia de como visito a un viejo amigo de la escuela y descubro que vive en un lugar horrible. Sin embargo, simplemente me dice que le va bien para no pasar un momento incómodo y no verse como un perdedor. No sé, algo así más o menos. No tiene mucho sentido si solo te lo cuento.

 —¿Da risa?

 —Sí, es bastante gracioso. Creo que captura muy bien la esencia molesta de ese tipo de encuentros. Pero… tal vez es demasiado real.

—¿A qué te refieres con demasiado real? —despegó los ojos de los binoculares para verme.

—Me sentí muy identificado con el amigo de la prepa. Me quedó bien el saco, como quien dice —contesté con timidez—. Cuando empecé con esto de los videos estaba tan emocionado que me salí de mi anterior trabajo para dedicarle más tiempo al canal. Le pedí a mi tío si podía quedarme un tiempo en una casa que daba en renta y él aceptó. Al principio todo iba bien. Mi novia se vino a vivir conmigo, mi amigo y yo fuimos bastante consistentes con los videos. Pero no hemos tenido el éxito que yo esperaba y empiezo a dudar si tomé una buena decisión. Cada vez que veo a viejos amigos todos tienen trabajos estables y están empezando a formar sus familias. En cambio, yo me estoy haciendo viejo y no tengo nada.

  —Tienes a tu novia —dijo el nieto del vecino.

  —Sí, tengo a mi novia. Ella todavía confía que me irá bien en internet, pero no tardará en darse cuenta de que todo fue un fracaso. Y cuando eso ocurra no sé que pasará… Perdona si te estoy aburriendo con mis preocupaciones. Necesitaba desahogarme.

  —¿Por qué decidiste contármelo a mí?

  —No sé. Tal vez porque sé que no nos volveremos a ver.

  —¿Cómo puedes estar tan seguro de eso?

No le contesté. Todo el tiempo que me sinceré ante el muchacho me quedé con la mirada clavada en el impermeabilizante del vecino. Él se quedó viendo a la distancia con los binoculares. Me resulta más fácil así, hablar de este tipo de cosas cuando nadie me está viendo a la cara, es como si estuviera recitando un monólogo al aire. No levanté el rostro durante un tiempo, me quedé observando la basura acumulada en el techo de mi vecino. Pero, en medio del silencio, sentí que el aire se hizo más denso y un olor familiar se hizo presente. Levanté la mirada y me sorprendí al ver una espesa columna de humo elevándose sobre el lugar en donde debería de estar la casa abandonada. Rápidamente me levanté y me quedé viendo el humo que ascendía al cielo.

—Tranquilo, tranquilo. Llamé a los bomberos antes de que subieras al techo —me dio unas palmaditas en el pie, como si estuviera calmando a un cachorro alterado.

 —¿Tu ya sabías que esto iba a ocurrir?

—No lo sabía, pero lo presentí. Algo así como una corazonada —dijo separando los binoculares de sus ojos—. Normalmente no desconfío de la gente. Pero cuando vi a ese grupo de tipos llegar a esa casa, algo me pareció raro en su forma de actuar. Se les veía muy emocionados. La verdad es que no sé muy bien como explicarlo.

 Me quedé paralizado viendo la nube oscura que se alzaba hacia el cielo. En ese momento pude escuchar las sirenas de los bomberos a la distancia. Saber que la ayuda ya estaba en camino me tranquilizó. Un pequeño objeto moviéndose cerca de mi pie llamó mi atención. Bajé la mirada y me di cuenta que se trataba de un ratón. Algo no andaba bien con él, se veía desorientado y caminaba de forma errante. Después de dar unos pequeños pasos se caía de lado; parecía estar envenenado.

—Será mejor que regrese a casa —dije.

Lo primero que hice al llegar fue bañarme. Me sentía bastante agotado y normalmente un buen baño me ayuda a recuperar mis energías. Terminé, me vestí y miré la hora en mi celular. Eran las siete de la tarde, en cualquier momento debía llegar mi novia. Fui a la cocina y empecé a preparar unas quesadillas para la cena. Mi suegra vive en Chetumal y hace una semana nos enteramos que le dio cáncer. Mi novia me aseguró que no había razón para alarmarse, que se le había detectado a tiempo Aún así, pidió un par de días en el trabajo para ir a visitarla, yo mientras tanto me quedé a cuidar la casa. Me intriga mucho saber como habrá sido la interacción con su familia, no los visitaba desde que se vino a vivir conmigo. Su familia está conformada por académicos renombrados y ella me contó que me ven como un vago sin futuro que arruinará la vida de su hija. Es verdad que llevo un estilo de vida un poco caótico, pero no le voy a arruinar la vida a nadie, exageran. Aunque no lo puedo negar, la personalidad de mi novia ha cambiado bastante desde que se mudó conmigo, cuando hablo con ella parece que tiene la cabeza en otro lugar. Terminé de preparar las quesadillas y me tiré en el sofá de la sala para continuar leyendo Los detectives salvajes. Pero apenas abrí la página en la que me quedé, escuché el coche de mi novia en la entrada.

—Ok, ok. Pero escucha, aquí viene la mejor parte —se limpió los labios con una servilleta antes de continuar con su anécdota—. El tipo que entró al supermercado con una máscara de La Parka se tambaleó hasta el cajero y dijo: “Disculpe, ¿no habrá visto a Blue Demon por aquí?”.

 Nos reímos. Tuve que fingir mi risa porque no me pareció  gracioso, pero no quería herir sus sentimientos. Así son nuestras plásticas ahora. Solo me cuenta historias extrañas que carecen de sentido o importancia alguna. Ni siquiera sé si de verdad ocurrió, solo me limito a reaccionar y hacer algunas preguntas para aparentar interés. Antes nuestra relación era todo lo contrario. Yo la enamoré con la idea de aceptar que las cosas más bellas de la vida se encuentran en lo absurdo e insignificante. Cuando empezamos a salir ella estaba leyendo Rayuela. Es complicado.

  —¿Y cómo está tu mamá? —se me ocurrió preguntarle después de un breve silencio.

   La pregunta pareció tomarla de sorpresa. Se atragantó un poco y tomó agua para aliviar la molestia. Carraspeó y dijo:

   —Bien. Está bien.

    —Me alegro.

 Terminamos nuestra cena en silencio y sin prisa. Ella recogió los platos y los dejó en el lavabo de la cocina. Yo mientras tanto encendí un cigarro y me puse a ver mi celular. Planeaba ver unos cuantos videos para inspirarme y pensar en nuevo contenido para mi canal. Antes de que pueda empezar algún video, mi novia se paró atrás de mi y asentó una mano en mi hombro.

  —Hay algo que quiero mostrarte —dijo.

Subimos a nuestro cuarto. Llegamos y apuntó hacia una pequeña maleta azul en el suelo. Nunca había visto esa maleta antes. Se quedó callada y yo seguía sin saber a que iba con todo eso, así que me agaché, corrí el cierre de la maleta y la abrí.

—Son recuerdos de Chetumal —dijo.

Adentro de la maleta había una amalgama de objetos pequeños y medianos. A primera vista pensé que todo era basura. Tuve unas ganas casi irresistibles de tomar la maleta y tirarla por la ventana. Pero me contuve. Debo escoger mis batallas sabiamente, pensé. De todo el caos que trajo de su visita, tomé un rollo de cinta adhesiva, una concha de mar y una pequeña cubeta verde con un gran agujero en el fondo. Agarré estos objetos y los asenté en la mesa de noche a un lado de nuestra cama. Uno nunca sabe cuando necesitará cinta adhesiva y la concha de mar podría funcionar como un buen cenicero. Agarré la cubeta verde, observé su cara a través del agujero con bordes irregulares.

   —Se me ocurre que alguien hizo ese agujero de un golpe —dijo por fin.

   —Sí, eso parece.

   —Debió de haber estado muy enojado.

   —Hay personas que no pueden controlar sus emociones —agregué.

 Después de mostrarme lo que había traído de su viaje, se desvistió y se metió en la cama. Yo me quedé en la sala viendo videos en mi celular. Fumé un par de cigarros más y aproveché para estrenar la concha como cenicero. Dieron las once y yo estaba agotado. Nada de lo que vi me pareció inspirador. Me levanté del sofá y la cabeza empezó a dolerme bastante, como si me exprimieran las sienes. Apagué las luces y me dirigí al cuarto con paso vacilante. Me acosté con mucho cuidado en la cama para no despertarla. Cerré los ojos y sentí que el cuarto me empezó a dar vueltas. Por un momento pensé que no podría dormir, pero sin darme cuenta perdí la consciencia.

 Tuve un sueño de lo más extraño. En medio de un fondo negro, un hombre de aspecto desalineado estaba sentado con las piernas cruzadas y reía maliciosamente como si se acordara de un chiste. Ocultaba algo entre las manos, las cuales tenía sobre su regazo. Agucé la vista y noté que tenía agarrado una bolsa de papel. Entonces me di cuenta que aquel hombre en realidad era Kurt Cobain. Acercó la bolsa a su cara y le dio una fuerte inhalada a su interior. Su expresión reflejó un intenso sentimiento de euforia y sus ojos se iluminaron con unas diminutas lágrimas. Ante de que pudiera exhalar el aire, su cabeza explotó en cientos de pedazos. Su cuerpo perdió toda rigidez, pero ya no estaba sentado en medio de la oscuridad. Ahora montaba una enorme paloma de color blanco y negro. El ave empezó a volar en esa oscuridad infinita, mientras el cuerpo de Kurt se sacudía violentamente como un muñeco de trapo. Se alejaron tanto que los perdí de vista.

Me desperté de golpe. Respiraba con dificultad y mi cuerpo estaba bañado en sudor. No sabía que hora era, pero el cuarto estaba sumido en la penumbra. Una descarga de viento nocturno entró por la ventana y el cuarto se llenó de un olor a putrefacción. Olvidé bajar al pájaro muerto en el techo del vecino. Carajo.

                                                                                                             

José Andrés Machado Soberanis (Mérida, 1996). Participó de 2016 a 2018 en el colectivo e escritura “Letrantes”. Licenciado en Derecho por la Universidad Modelo.

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