Más rojo que Marte

Presentamos Más rojo que marte, un cuento del escritor Alan Román.

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Por Alan Román Méndez

Me ayudó a construir un sistema solar y desde entonces me enamoré de él. O supuse que era enamoramiento porque nunca me había sentido así. Un día en el kínder una niña decidió que éramos novios y me tomaba de la mano en los recreos, pero no me importaba, lo que quería era jugar fútbol con los demás. Ahora, desde que vi a David recortando el foam, pintando a Marte con el rojo más intenso, y sabiéndose de memoria el orden de los planetas en el sistema solar, supe que quería una vida a su lado, o bueno, un recreo tomando el ponche que venden en la secundaria después de ganar la reta. 

 David venía del grupo D, llegó con otros tres compañeros al principio de ciclo. Decían que pidió el cambio porque lo molestaban mucho. Fui al primero al que le habló y nos llevamos bien. Pero Irving, mi mejor amigo, se puso muy pesado con él, como si le cayera gordo desde que lo vio entrar al salón. Yo creo que porque jugaba mejor que él y sabía poner centros. A veces me sorprendía viendo a David correr por la cancha pidiendo el balón. 

 —¿Que le ves? ¿Eres joto o qué?

 —No. —Normalmente los otros compañeros eran los que nos molestaban a Irving y a mí por estar todo el tiempo juntos—. No digas mamadas

—Pues es que te le quedas viendo, wey. Oye, ¿si vamos a hacer juntos lo de la maqueta?

—Simón. En tu casa en la tarde.

Pero para esa actividad la profesora de Geografía armaría los equipos al azar para integrar a los nuevos compañeros, y aunque Irving lo sabía, chasqueó la lengua cuando resultó que David y yo trabajaríamos juntos.

El día de la entrega nuestra maqueta era la más padre, la verdad. Tenía las órbitas en 3D, nuestro planetas eran los más grandes y nuestro Marte el más rojo, además del título con un tipo de letra como cursiva que David sabía hacer.

Irving llegó, miró la maqueta y se sentó detrás de mí, como siempre, pero no me saludó, y realmente no me habló hasta que sonó el timbre del recreo. Llegó a la cancha cuando los equipos ya estaban formados, y como nos faltaba uno, se metió en mi equipo. Yo era buen defensa porque no me importaba dar patadas e Irving me seguía bien el juego. Ya se veía más tranquilo, sonreía, me pasaba el balón, me decía que me había barrido bien, y hasta se subió a la bolita que hicimos para celebrar un gol que anotó David.

 Cuando regresamos al salón nos tocaba Geografía, pero la maqueta estaba sobre mi mesabanco completamente destruida, con los planetas arrancados, las órbitas rotas y el título de letra cursiva rayado con plumón negro.

 —Son unos mamones. Para mí que fue El pollo, siempre nos está cagando el palo—Irving trataba de calmarme en lo que llegaba la profesora.

Comencé a respirar agitado, hacia puños y lo único que quería era gritar y saber quién lo había hecho. 

Al final nos dieron una semana más para presentar, no encontrábamos los planetas, si los hubieran dejado en la basura por lo menos los reutilizaríamos y además casi todos en el salón tenía ese tipo de plumón negro.  David me tomó el antebrazo con la mano y me dijo que no me preocupara, que nos iba a salir mejor todavía.

—Te pusiste rojo.

Irving hablo muy serio otra vez, pero tenía razón. Sentía como un calor subía por todo mi rostro, aunque David ya no me estuviera viendo. Volteé hacia otro lado para no ver la cara de Irving y miré algo en su mochila. Rojo, también, una bola de foam se asomaba junto con varias partículas blancas. Nuestro Marte estaba en su mochila. Irving se dio cuenta de mi descubrimiento y lo agarró rápido. Estaba a punto de gritar, pero él lanzó la bola de foam dentro de su boca como una palomita.

No masticó para tragarlo más rápido, pero dio un gemido y abrió mucho los ojos. Intentó hablar, pero solo salían alaridos ahogados. Comenzó a manotear por todo su mesabanco, a golpearlo. Grité para que nos pusiera atención la profe.

Estaba poniéndose rojo, más rojo que Marte. Se cayó al suelo y mientras seguía moviendo las manos llegó a un morado que ya no se parecía a ningún planeta. Me acerqué a él, pero el doctor de la escuela, que llegó tarde, como siempre, nos sacó del salón. El último color que recuerdo de Irving es un blanco que comenzaba a pintar su rostro mientras dejaba de manotear. 

Alan Román Méndez, nacido en Mexicali, Baja California. Licenciado en Docencia de la Lengua y Literatura. En su escritura explora la narrativa corta y el ensayo. Sus textos han sido publicados en diversas revistas latinoamericanas.

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