La Caída

Alicia M. Mares nos presenta la traducción de un texto de Evan Steuber. Puedes también leer el original en la entrada.

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Por Evan Steuber

Traducción de Alicia M. Mares

Puedes leer la versión original de este texto haciendo clic aquí.

Comenzó con el nacimiento de mi hija y aumentó a partir de ahí. Para cuando ella tenía quince era temeraria adrede y se lanzó desde la percha de nuestro techo. Tomaba café en ese momento; las quemaduras salpicaron mi regazo en el salto para salvarla. Naturalmente, le pregunté por qué no había usado la escalera.

Ya estabas tú ahí. Se encogió de hombros y subió la escalera de nuevo, y me vi obligada a faltar al trabajo aquel día.

Cuando mi jefe perdió su fondo de retiro confesó que planeaba saltar por la ventana de nuestra oficina en el centro de la ciudad. Yo había trabajado ahí por años y apreciaba que él nunca me hubiera acosado sexualmente. Le pregunté entonces si tenía alguna hora en mente y me contó sus planes tentativos.

Aunque intenté reclutar a los bomberos, resulta que no responden a saltos planeados, solamente a los inminentes. No tendríamos tiempo para apagar los incendios, dijeron.

Igual de bien. Mi jefe iba tarde a su cita. Estuve parada abajo en la acera, esperando por horas. Al atardecer finalmente brotó de las costillas de aquella estructura todavía negra. Él era un pedazo roto y escabroso, despatarrado contra el azul y el naranja rojizo; tenía el traje hinchado, ondeante; la boca abierta mientras sus mejillas se llenaban de aire.

Al atraparlo, mi cuerpo se colapsó sobre sí mismo. A él no le pasó nada.

No tenías por qué hacer eso, dijo.

Tú no tenías que saltar.

Bueno, dijo él. Espero que no pretendas hacerme pagar tus gastos en el hospital.

Fueron necesarios recortes para que él pudiese recuperar su fondo de retiro. Me dijo que estaba despedida. Recibí la factura del hospital dos meses después y la arrojé a la basura.

Esa fue la gota que colmó el vaso para mi marido. Dijo que mi hábito de atrapar estaba destruyendo nuestras vidas. Y consiguió la custodia completa: dijeron que yo era un peligro para mi hija.

Me mudé a India para perderme en las multitudes. Fue un pésimo plan. No puedes imaginar a cuánta gente atrapé ahí; se caían por todos lados. Y estaban enojados. ¿Qué no sabes la diferencia entre alguien que quiere que lo atrapen y alguien que quiere que lo dejen ir? No, no la sabía. No habría importado de todas maneras. Intentando eliminar la tentación y escapar del calor, acabé en Antártica. Casi me ahogué cuando una foca cayó al agua entre coletazos.

Volví a casa cuando me enteré que mi madre se había caído y fracturado la cadera en la ducha. Pasé un año entero encerrada con ella en el baño, repitiendo una y otra vez el incidente. Veía su envejecido cuerpo resbalarse, intentar sujetarse del plástico resbaladizo que la rodeaba; mis brazos siempre estarían ahí para alcanzar y envolver su frágil forma. Me dijo que me olvidara del asunto. ¿Pero cómo podría, sabiendo con exactitud cómo debió haber sucedido todo?

Pronto llegaron la lluvia y la nieve, mis palmas alzadas mientras yo corría de ida y vuelta para salvar a cada gota de la fuerza del suelo, pretendiendo absorberla yo misma. En otoño, me tendí bajo el árbol del patio que estaba frente a la casa que odiaba. Me cubrió el amarillo, me cubrió el naranja hasta que me volví la tierra. La cosa se puso tan mal que apenas y me podía levantar, temerosa de lo que pudiera caérseme a mí. Pelo muerto, piel y pequeños insectos. Hojas, pelusa y migajas.

Me había vuelto una alteración para el orden natural de las cosas. Yo era el suelo.

Entonces se me ocurrió un plan. En el centro, encontré el edificio más alto. Ignoré el elevador porque quería sentir a mis pies aporrear los escalones de concreto, paso a sonoro paso. Jadeando y enrojecida y empapada en sudor, trastabillé hasta la azotea, donde el viento congeló mi transpiración y me aguijoneó la piel. Sobre el borde, allá abajo, había una masa de gente ya esperando, sus cuerpos entrelazados, quietos y fuertes, mientras que el mío estaba solitario, débil y tembleque. Cada pedazo de mí se había vuelto tan pesado, como la historia compactada del mundo. Ya había consumido todas las cosas que se desprenden del cielo y de nuestros cuerpos para posarse más abajo. 

Aguantando la respiración, imaginé a la multitud atrapándome y soportando ese peso. Y por un momento el pensamiento bastó.

The Fall

By Evan Steuber

It began with my daughter’s birth and escalated from there. By fifteen she was reckless with intent and threw herself from the perch of our roof. Drinking coffee at the time, I was splashed with burns in my leap to save her. Naturally, I asked why she didn’t use the ladder.

“You were just standing there.” She shrugged and scaled the ladder again, and I was forced to miss work that day.

When my boss lost his retirement fund he confessed he planned to jump from the window of our downtown office building. I’d worked there for years and appreciated that he never sexually harassed me. I asked if he had a time in mind and he relayed his tentative plans.

Though I attempted to enlist the firemen, they won’t respond to planned jumps, only imminent ones. “We wouldn’t have time to put out fires,” they said.

Just as well. My boss was late for his appointment. I stood below on the sidewalk waiting for hours. At dusk he finally sprung from the ribs of the still black structure. A broken, jagged piece dislodged and spread-eagled against blue and red-orange, suit billowed and rippling, mouth open and cheeks filled with air.

Catching him, my body collapsed in on itself. He was fine.

“You didn’t have to do that,” he said.

“You didn’t have to jump.”

“Well,” he said, “I hope you don’t expect me to pay your medical bills.”

Cuts were necessary if he was to recover his retirement fund. He told me I was being laid off. I got the doctor’s bill two months later and threw it in the trash.

That was the last straw for my husband. Said my catching habit was destroying our lives. He got full custody. They said I was a danger to my daughter.

I moved to India to get lost in the crowds. It was poorly planned. You can’t imagine how many people I caught there. They were falling all over the place. And they were angry. “Don’t you know the difference between someone who wants to be caught and someone who wants to be let go?” I didn’t. Wouldn’t have mattered anyway. Attempting to remove the temptation and escape the heat, I ended up in Antarctica. I almost drowned when a seal flopped in the water.

I came home when I learned my mother fell and broke her hip in the shower. Spent a good year locked up in her bathroom replaying the incident. Saw her aged body slip and grasp at the slick plastic surrounding her, my arms reaching out to envelop her fragile form. She told me to forget about it. But how could I, knowing exactly how it should have happened.

Soon it was rain and snow, my palms raised as I rushed back and forth to save each drop from the force of the ground, absorbing it into myself. In autumn, I lay beneath the tree in the front yard of the house I hated. Yellow and orange covered me until I was the earth. It got so bad I could barely stand for fear of what might fall from me. Dead hair, skin and small insects. Leaves, lint and crumbs.

I’d become a disruption to the natural order. I was the ground.

So I came up with a plan. Downtown, I found the tallest building. Ignored the elevator to feel my feet pound down onto each concrete step. Panting and red and soaked with sweat, I stumbled onto the roof where the wind froze my perspiration and stung my skin. Over the edge there was a mass of people waiting below, their bodies interlaced, still and strong, while mine was alone, weak and shaking. Each piece of me had become so heavy, like a compact history of the world. I had consumed all the things that settle from the sky and our bodies. Holding my breath, I imagined the crowd catching me and supporting that weight. And for a moment the thought was enough.

Evan Steuber es oriundo de Kentucky, donde pasó sus primeros veintitantos años trabajando en restaurantes y tiendas minoristas, conociendo al amor de su vida y obteniendo una educación. El cuento de Evan, “Pronombre Confusión” (publicado originalmente en Lumina Online) se incluyó recientemente en la antología Best of the Net de 2019. Su trabajo creativo se puede encontrar en otras revistas, como Apofenie, DREGINALD, Crack the Spine y The Gravity of the Thing. Twitter: @justevanjs

Alicia M. Mares (Ciudad de México, 1996) se licenció en Comunicación y Medios Digitales en el Tecnológico de Monterrey y es graduada del 12º Máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra. Usa el pseudónimo Alicia Maya Mares. Ha publicado en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México, en las revistas digitales Carruaje de Pájaros y Efecto Antabus, y tiene una columna mensual en la Revista Palabrerías que le lee a sus cuatro gatos.

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