Los perros son nuestros esclavos. Sobre El amigo, de Sigrid Nunez

Mateo Peraza (Mérida, 1995) reseña El amigo, de Sigrid Nunez, una novela galardonada con el National Book Award en 2018.

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Por Mateo Peraza

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Hace poco conversaba con una amiga sobre las diferencias radicales que existen entre perros y gatos. Los primeros son sumisos, hermosamente torpes, muchas veces bobos y asfixiantes; están acondicionados para ser los secuaces impertérritos de nuestras decisiones más absurdas: les ponemos nombres genéricos, los dirigimos con cadenas atadas a su yugular, los tratamos y amamos como hijos, los vemos defecar sobre espacios transitados y podemos ignorarlos o embolsar su mierda para luego lanzarla hacia la casa de los vecinos.

Por el contrario, los gatos son reservados, autosuficientes, se vuelven dueños del espacio y no respetan lo que asumimos como nuestro. Son el lado más salvaje de la domesticidad y no se rigen por las normas del refuerzo positivo o negativo de la humanidad. Puedes vivir con un gato sin quererlo, el gato puede vivir contigo sin quererte. Los perros son esclavos de nuestro afecto. Se deprimen hasta puntos mortales si no reciben atención.

Tras leer El amigo, de Sigrid Nunez (Anagrama, 2019), una novela galardonada con el National Book Award en 2018, el tema de esta reseña son los perros y lo que significa reflejarnos en ellos cuando históricamente fuimos quienes los extirpamos de la vida natural y quienes los hemos transformado –en algunos casos— en razas diminutas capaces de caber en una bolsa de mano, o en seres biológicamente limitados para respirar o nacer por parto natural. Observar a un perro no reduce nuestro narcicismo como raza, sino que lo acrecienta. Como con otras tantas especies, los creamos y les dimos un fin terrenal que responde únicamente a nuestros intereses. En un mundo donde hemos delegado las mayores responsabilidades existenciales a la industria, los perros son ornamentos, material de estatus, o el apéndice que nos ayuda a sobrellevar la soledad.

En ese sentido, el argumento de la obra va sobre lo siguiente: un patriarca manipulador, escritor celebre y neurótico que ha marcado para mal la vida de las parejas con las que ha estado, se suicida. Su mejor amiga y examante, destrozada por su muerte, decide adoptar a un viejo y gigantesco gran danés llamado Apolo, que el hombre encontró abandonado poco antes de terminar con su vida.

Algunas reseñas ponderan la novela como una obra de ternura que “toca el corazón y ensancha la mirada”, pero considero que es una muestra de nuestro narcisismo como especie: la protagonista cuida a Apolo porque encarna uno de los últimos actos de compasión del escritor –quien en apego a su carácter megalómano no considera su situación personal antes de heredarle al perro—. Ella no se encuentra en un momento propicio para cuidar a un animal viejo; sin embargo, asume la tarea en respeto a su memoria o como una última instrucción de su mentor.

Asimismo, lleva la situación al límite: mantener al perro, núcleo de la nostalgia y el duelo, la hará correr el riesgo de perder un departamento en una zona acomodada. A lo largo de la historia notaremos que las mujeres carecen de nombres y se les denomina Esposa 1, Esposa 2 y Esposa 3. Notaremos también que la impronta paternalista del escritor muerto es lo más valioso en la vida de la protagonista, quien en la temporalidad de la historia ya ha cosechado sus propios logros como novelista y maestra de escritura creativa. Esto no importa. Pese a su éxito, le resulta imposible escapar del peso avasallador de la ausencia.

Ante esto, ¿por qué insistir en reutilizar al estereotipo del mentor literario? No lo sé. ¿Por qué reproducir una visión majestuosa del escritor muerto a través de una raza tan grande y magnífica como un gran danés cuando se merecería más un pug o un maltés? Tampoco lo sé, aunque la idea es clara: así como Apolo, un perro viejo pero lúcido, el escritor es presentado como un gigante derrotado. Al menos ese es el cariz que propone el paralelismo.

Luego de reflexionar que el papel del escritor en su vida fue principalmente deleznable, la novela me produjo un rechazo profundo hacia el duelo de la protagonista. La manipuló, como había manipulado a otras parejas; la dejó sola y a la expectativa de más atención, como si fuera una perra abandonada, usando los mismos trucos narrativos que hacían que sus novelas se vendieran masivamente.

Considero valiosos los capítulos en donde la protagonista, quien narra la historia en primera persona, repasa la presencia de los perros en la literatura y la historia. Un panorama informativo casi siempre crudo, dentro del cual abundan las referencias hacia quienes hablaron de los perros como paliativos emocionales y sexuales —Virginia Woolf, J. R. Ackerley, Milan Kundera, entre otros—, es decir, como el sucedáneo que rellena los desperfectos de la locura humana.  

Páginas: 208

Publicación: 2019

ISBN: 978-84-339-8038-0

Editorial: Anagrama

Reportero. Ha publicado en Efecto Antabus, Tierra Adentro y Punto de Partida.

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La ilustración de cabecera es un detalle de la portada del libro de Anagrama

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