Los peces

David Granados (Monterrey, 1974) presenta un cuento sobre el amor y la enfermedad.

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Por David Granados

El dolor no daba tregua. Afuera el rechinar de metales y vidrios se mezclaba con la lluvia que caía como plomo. Era una lluvia oscura que cortaba la vista de un tajo, parecida a un cuchillo húmedo que insistía en borrar los edificios. En una noche normal, adornarían el paisaje que Elías alcanzaba a contemplar a través de la ventana de su cuarto.

Llevaba algunos meses sin encender la televisión, no era asiduo a la tecnología y sobre su mesa de noche descansaba un teléfono móvil que sólo conservaba para llamar al hospital en caso de alguna emergencia. Por lo mismo, la tormenta que azotaba la ciudad le sorprendió. Llevaba días sin poder levantarse de la cama. El cáncer había hecho su tarea con una precisión milimétrica. Once meses atrás el diagnóstico le cayó como una losa sobre la espalda: cáncer de estómago en etapa cuatro. La enfermedad, como un río que sigue su caudal fue avanzando y conquistando algunos órganos más hasta dejarlo postrado y dependiente de Ana, la vecina enfermera que lo visitaba cada día para ayudarlo en la medida de lo posible a sobrellevar la espera.

En su buró, las cajas de medicamento escoltaban su teléfono móvil. Llevaba algunas semanas sin tomarlos y el único paliativo que conservaba era las inyecciones de morfina que Ana le aplicaba dos veces al día. Pero Ana no se había aparecido desde la mañana. Cada día, antes de irse a trabajar, Ana lo visitaba para inyectarlo, para ayudarle a asearse y a darle el poco alimento y los suplementos alimenticios que él tanto odiaba. Por la noche ella regresaba para volverlo a inyectar y platicar un poco sobre lo que había pasado en el hospital donde ella trabajaba.

Dos días después de mudarse al edificio se encontró con Ana en el pasillo. De eso ya pasaron cuatro años. Ana regresaba a su departamento después de cumplir un turno de 18 horas en el hospital. Se veía cansada. Elías se dirigía a su nuevo trabajo, ella lo saludó con cortesía y él respondió lo mejor que pudo.

—Espero lleves paraguas, no debe de tardar en caer la lluvia — le dijo Ana — . No sé si seas de aquí, pero por si no, te advierto que en esta ciudad podemos tener frío, calor y lluvia en un mismo día.

Él le agradeció el informe meteorológico. Precisamente se acababa de mudar a la ciudad aceptando una nueva oportunidad de trabajo. No conocía a nadie más que a su nuevo jefe, y Ana que con su amabilidad le ayudó a sobrellevar los nervios que implicaban esta nueva etapa en su vida.

La cordialidad se convirtió en una amistad genuina. Ella se había mudado al edificio hace ocho años, dejando atrás un matrimonio fallido. Su trabajo en el hospital le absorbía gran parte del día. Ella fue la que dio el primer paso, un viernes en la noche ella fue a su departamento, cuando Elías abrió la puerta se encontró con Ana cargando un recipiente.

—Hice una pasta para cenar, y pensé que te gustaría probarla.

Cenaron y platicaron hasta pasada la medianoche. Poco después las cenas de los viernes se hicieron una tradición entre los dos vecinos.

El dolor se mantenía implacable, igual que la lluvia que golpeaba sin piedad la ventana de su cuarto. De pronto las tinieblas se hicieron con la habitación. Era muy común que la energía eléctrica fallara en días de lluvia, Elías lo había vivido infinidad de veces desde que se mudó al edificio. Hizo un esfuerzo para buscar a tientas entre los medicamentos que saturaban la mesita y por fin se hizo con ella, una pequeña lámpara de mano. La encendió y dirigió la luz hacia el techo, luego la deslizó por las paredes que no conocían de retratos ni de adornos. Al alumbrar la ventana, la lluvia parecía rebelarse contra la luz. A Elías le figuraba una accidentada danza entre el cristal y el exterior que capturó su atención. Por unos segundos se mantuvo atento hasta que su mente regresó en el tiempo.

***

Era una habitación pequeña, pero cumplía su propósito. En aquel tiempo rondarías los trece años de edad y habías desarrollado una enemistad temprana con el mundo. La escuela era la única razón para salir de aquellos muros que te mantenían a salvo de algo que no podías explicar pero que te agobiaba de día y de noche. Era una neblina sin nombre que te oscurecía la mejor etapa que el ser humano puede tener.

La vida avanza a pesar de la rutina y el encierro, pero dentro de aquellas paredes eso no importaba tanto, porque la vida de afuera dolía más. Aquella noche, como era una costumbre, te encontrabas solo. Solo con tus peces que era lo más parecido a una compañía. En esos años encontraste un refugio en la contemplación de las dos peceras que adornaban tu cuarto. En ellas gastabas todo el dinero que alguien como tú podía ahorrar, y para entonces ya las había colonizado con doce peces de diversos tamaños y colores. Esa noche, desde tu cama escuchabas en la radio la canción Glory of love de Peter Cetera, que saturaba las estaciones gracias al estreno de la película Karate Kid 2.

La voz de Peter sonaba triste. Eso pensabas mientras alumbrabas con tu linterna las peceras. Por alguna razón esto te desconectaba de las ausencias que cargabas en tu menuda espalda. La luz cortaba la oscuridad y alumbraba a los coloridos peces que ajenos a todo recorrían sin descanso el mundo contenido entre los cristales. Las horas perdían su peso mientras vaciabas tus pensamientos junto a ellos. De pronto, el ruido te regresó a la realidad. Al asomarte por la ventana reconociste el auto de los vecinos de enfrente. Parecían llegar de alguna fiesta y te mantuviste observando a la familia hasta que sus integrantes se fueron bajando del auto para entrar en medio de charlas y risas a su casa.

Como buen adolescente, el hambre te llegó a esa hora y te hizo ir a la cocina. Antes de abrir el refrigerador para ver si había algo comestible, tomaste la fotografía que colgaba de la puerta entre dos imanes. Era ella sonriendo, vistiendo un traje de baño color azul y recargada en el viejo Mustang de tu padre. En el fondo se podía ver la playa. La historia de la fotografía la sabías de memoria, fue el primer viaje que tus padres hicieron después de casarse. No habían tenido dinero para una luna de miel y tuvieron que esperar dos años para poder ir a la playa.

Tu madre tenía la mejor sonrisa del mundo.

«Ahí, en esa foto estás tú también», te lo dijo cuando colgó la foto en la puerta del refrigerador.

Pero ella ya no estaba, el cáncer se la había llevado. No de un golpe, la muerte disfruta saborear su comida. En el refrigerador quedaba algo de jamón y mientras te preparabas un sándwich, el motor del viejo Mustang anunció su llegada. De inmediato apagaste la luz de la cocina y te metiste a tu cuarto para asomarte a la ventana. Ahí estaba él, recargado en el volante mientras el auto se apagaba de golpe al soltar el embrague. Ahí permaneció poco más de un minuto. Después, haciendo un gran esfuerzo para mantenerse erguido, se dirigió a la puerta para entrar a la casa.

Podías escuchar sus intentos por abrir la puerta y sus vacilantes pasos, ya sabías lo que pasaría a continuación. Te tiraste a la cama y encendiste de nuevo la linterna. Los peces seguían en su monótono vaivén. Una lástima te invadió las entrañas, un viejo dolor reflejado en los cristales se estrelló en tus ojos. La música continuaba en su esfuerzo de distraerte pero no había marcha atrás en la decisión que tomaste. Sabías que en la sala estaría tu padre, dormido, abandonado en el sillón y con la fotografía entre sus manos. El aire parecía escaparse de tu cuarto para dejarte más solo. Sentiste en tu pecho un golpe, como si los muros y la casa entera se derrumbaran sobre ti. No sabrías explicar lo que estaba pasando pero el impulso ya estaba en marcha, y así, sin pensarlo más, incluso sin saber por qué, te levantaste de la cama para ir a derramar el llanto en la taza del baño mientras cada uno de tus peces se perdía entre las aguas…

***

La lluvia seguía castigando a la ciudad. La violencia del viento se mantenía intacta. La energía eléctrica seguía sin restablecerse y el dolor se hacía cada vez más intenso. La linterna se hacía cada vez más pesada en su mano, incluso la atmósfera de aquella habitación parecía más densa y hundía a Elías en su cama. Ana no llegaría esa noche, tal vez la lluvia la obligó a quedarse en el hospital o en algún otro sitio en donde pudiera estar a salvo. Ya no importaba. La lluvia y la luz de la lámpara se fundían en la ventana y jugaban con la mente de Elías. Los peces empezaron a deslizarse por el vidrio de la ventana. Ahí estaban sus peces naranjas y azules, nadando entre el cristal que separaba a Elías del mundo con el que nunca pudo reconciliarse. A su mente vino la sonrisa de su madre y la tristeza de su padre. Recordó sus intentos por salir de aquellos muros.

Mientras los peces nadaban entre la lluvia y el cristal, recordó aquella noche en la que se despidió de ellos, la luz le recordó la mirada de Ana, su amiga y enfermera que nunca lo vio con la lástima con la que él vio a sus mascotas aquella noche. Recordó sus cuidados y aquellas cenas de los viernes mientras su cerebro empezaba a prepararlo para el final. De pronto la lluvia cambió de tono mientras el dolor se alejaba de su cuerpo, la violencia de las gotas quedó atrás, como un falso recuerdo y dio paso a una melodía, era aquella canción que sonaba cada noche en aquel año de tristezas acentuadas, pero había cambiado, lo recorría cada centímetro de su piel y lo revestía de algo nuevo, algo que no podía explicar y era parecido a una respuesta, que aunque tarda en llegar, le cae bien a la memoria. La luz de la linterna estalló en su mano y el techo se llenó de colores líquidos, el agua parecía entrar a la habitación y con ella entraron sus peces para seguir su vaivén por el techo y las paredes. Elías intentó levantar su brazo derecho para acariciarlos, pero su brazo y su mano dejaron de responder junto cada músculo de su cuerpo.

Los peces lo rodearon y al cerrar sus ojos pudo sentir en el rostro las caricias de Ana, y en esas manos estaban todas las caricias del mundo.

David Granados (Monterrey, 1974). Desarrollador web y escritor emergente. Ha tomado diversos talleres y curso presenciales y en línea. Fue publicado en dos ocasiones por Editorial Canto del Libro y es dueño de una librería online.

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