Caja de memoria

¿Qué sucede cuando estamos en la absoluta soledad? ¿A qué nos aferramos? Eduardo Omar Honey (México, 1969) presenta un cuento sobre el olvido y la violencia.

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Por Eduardo Omar Honey Escandón

Alberto se despierta. Los periódicos han sido insuficientes para mantenerlo caliente. Se remueve sobre el cartón que usa de cama. Acomoda los periódicos inútilmente. Incluso las llamas del tonel metálico que tiene a dos metros no alcanzan para darle calor. Molesto, se sienta sobre el manchado cartón y rebusca entre sus capas de ropa de colores, formas y épocas distintas.

Finalmente la encuentra: una angosta botella verde apenas más grande que su mano. La destapa y bebe un trago. El pésimo sabor y los grados de alcohol obligan una mueca en el rostro de Alberto. Luego deja ir la mirada al fuego que sobresale del tonel. No se inmuta ante los diablos que danzan en las flamígeras lenguas. Sabe que mientras no las incite allí permanecerán. Una de las llamas suspende su frenético baile, se asoma fuera del borde del tambo y expande un rostro con ojos enfurecidos que observa brevemente a Alberto.

De súbito la verde botella sube de nuevo a la boca de Alberto para tapar la visita inesperada. No puede ni desea verle. Su mirada desciende a la par que un trago más recorre quemando su garganta. No devuelve la vista al tonel y prefiere mirar a los demás durmientes alrededor del improvisado fuego. Son cinco, sucios y malolientes como Alberto. Por igual, cada uno tiene una cama compuesta por una o varias cajas de cartón desarmadas y emplean capas de periódicos como cobertores. Todos duermen con ronquidos ocasionales.

Un ramalazo de viento helado golpea la callejuela donde se hacinan. Varios periódicos vuelan y desaparecen en la oscuridad al fondo. Entonces Alberto nota que el que se hace llamar Joaquín tiene entre sus manos una pequeña caja.

No es una caja cualquiera, es SU caja, la caja de Alberto. Este no quiere precipitarse. Deja la botella a un lado y hurga capa tras capa en su ropa. Saca objetos y telas que no recordaba haber guardado. Encuentra también dos botellas más de ese pésimo alcohol. Pero no está SU caja.

Le llega un recuerdo atávico donde alguien que parece su padre le señala, tras darle una brutal paliza, que siempre debe estar seguro antes de acusar a otra persona.

Se pone de pie y se quita el primer abrigo. Hurga en los bolsillos, los pliegues y saca algún papel o envoltura. Sigue con el segundo abrigo, la chamarra, un rompevientos y varios suéteres. Costras de polvo y basura caen a su alrededor pero sigue sin aparecer la caja. El ramalazo del helado viento se vuelve un bosque cortante que aúlla en el callejón y le dice que siga, que no se detenga, que verifique.

Deja en el suelo un chaleco, varias camisas, unas desvencijadas botas, un enorme pantalón, varios pantalones sucesivamente angostos, algo que fue un short y queda con una playera y restos marrones de un calzón que quizás fue blanco.

No, no tiene la caja. Molesto brinca la montaña de ropa y le arrebata a Joaquín el objeto que tiene entre sus manos. Lo abre: dentro sigue la añeja foto de una niña, una mujer y un hombre vestido de traje. También está un dije de primera comunión y un anillo de matrimonio. Alberto se emociona y las lágrimas dejan negros surcos en su mejilla. Ecos de memorias difusas se deslizan por su mente y rasgan como siempre, desde ese evento, su corazón.

El viento se silencia pero las llamas han sido incitadas. De nuevo la del rostro de la furia se asoma y lo invita a acercarse, a ser abrazado. Alberto niega con la cabeza y le señala con un índice en la boca que calle. Regresa donde están las capas geológicas de su ropa y localiza una corbata que cayó de un bolsillo. Se la pone al cuello y, torpemente, hace un nudo.

Luego reparte las prendas por el exterior del círculo de durmientes. Bendice a unas y otros con el licor de las botellas. Se mueve al centro y toma el madero donde vive la llama que ya desespera. La levanta para invitar al viento y la arroja al montón de ropa que está más cerca.

Los demonios del fuego gritan en silencio ante el nuevo aquelarre y danzan con enormes pasos acompañados por el helado céfiro que aúlla con rencor y alivio.

Alberto no les hace caso y abre de nuevo SU caja. Mientras es abrasado por la llama que ahora le sonríe, intenta recordar quienes fueron los de la foto y si alguna vez lograron ser felices.

Eduardo Honey (México, 1969) Ing. en sistemas. Publica constantemente en plaquettes, revistas físicas, virtuales e internet. Cuentos suyos han sido premiados e incluidos en diversas antologías. Imparte talleres de escritura. Pertenece a la generación 2020-2021 de Soconusco Emergente. Prepara su primera novela.

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