La tierra árida de huesos resecos. Reseña de “Crónica del desagüe” de Ezequiel Carlos Campos

Claudia Matilde P. Jiménez (Sombrerete, Zacatecas) nos presenta una reseña sobre Crónica del desagüe (Instituto Zacatecano de Cultura, 2020), de Ezequiel Carlos Campos.

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Por Claudia Matilde P. Jiménez

A pesar de la familiaridad que se tiene con los libros, en lo particular me sigue sorprendiendo cómo es que la pasta dura o blanda puede contener dentro, en sus páginas ocres, un sinfín de temas y emociones; qué decir del espíritu que comparten los poetas y la poesía, renovándose como se renuevan los días, adapta su forma al lenguaje, se reafirma en cada palabra y vive en las fronteras de lo real, el enamoramiento, los sueños e incluso la muerte.  

Crónica del desagüe es un libro que Ezequiel Carlos Campos (Fresnillo, Zacatecas, 1994) nos entrega este año, con la mixtura de retazos convencionales de la poesía y partes formales de una crónica, su obra se convierte en un texto híbrido, un rompecabezas en que, al leerlo, encontramos un paisaje terroso, con gamas cálidas y frías, después de todo el brillo de los minerales contrasta con el tono mate de la sangre del desierto, carente de la cantidad de agua necesaria para que tenga la fluidez líquida y el brillo de la vida.  

La estructura de este libro está trazada por cuatro apartados: “Peñasquito”, “Desagüe”, “Salaverna” y “Naufragio”. El desequilibrio es un estado al que tememos porque no lo sentimos natural. El cuádruplo contrasta con el desorden causado por las empresas mineras, a la vez, ofrecen un recorrido por los hechos que desembocaron en un pueblo que perdió su manantial, carente de flora y fauna, donde quedan pocos hombres que evocan un lugar muy distinto al que ahora es tragado, con muchos de sus recuerdos, por el “monstruo del meteorito”. Como muchas desventuras, la historia inicia indicando buena fortuna, mas ese espejismo pronto se transforma en pérdida, porque los pobladores del norte de Zacatecas se quedaron sin agua.  

En la parte del libro con esencia de crónica, podemos apreciar cómo la vida va menguando hasta quedar una tierra árida y huesos resecos, la intervención de la mano del hombre que, segada por la supuesta riqueza, sobreexplota el territorio sin importarle los resultados finales. La historia de minería relata abuso y muerte: el uso de pájaros para advertir gases venenosos en los adentros de la tierra, derrumbes que cuestan la vida de trabajadores y familias lamentando el sacrificio vano de sus jóvenes. En Mazapil, aparte de estas injusticias, el desvío del agua por parte de la empresa, abona la angustia, agudiza las muertes, los suicidios, la enfermedad: “A la clínica municipal llegó otro niño / con molestias en la piel por el arsénico, mercurio y plomo”. 

Crónica del desagüe es un libro que Ezequiel Carlos Campos (Fresnillo, Zacatecas, 1994) nos entrega este año, con la mixtura de retazos convencionales de la poesía y partes formales de una crónica, su obra se convierte en un texto híbrido, un rompecabezas…

Se evidencia un juego de calumnia y corrupción, no importa que el disfraz tenga que usarlo el agua misma con tal de conseguir desviar la verdad de las circunstancias: “Les hemos dicho a los de la mina / que el agua de las casas está salada. / Nos muestran la equivocación: / traen una transparente, / como nunca la habíamos visto”. En Salaverna, una división más atenúa la pobreza y la desolación, auspicia a la vez un lúgubre porvenir: “La falta de postes de luz / evoca la oscuridad del universo (…) Mientras a lo lejos, la mina brilla por las luces prendidas toda la noche”. Irrisorio que la penumbra consuma a los pobladores mientras una musicalidad, generada por las máquinas de trabajo en masa y la explosiones controladas, termina con la sangre del mundo: el agua; asimismo hurta parte de su dermis: la plata y el  oro. 

A partir de los hechos investigados, Carlos Campos vislumbra un tiempo lejano y cercano a la vez, a personas queriendo apagar la sed con un elemento sustituto: viento. Bocanadas de viento habituales, las cuales evocan el mito del agua, al agua como un personaje caprichoso en forma de vasto mar que pedía respeto para poder entrar en él, empero, el trato desmedido y el consumismo empequeñecieron su magnitud y apagaron su melodía de olajes. La dimensión que tenía se encogió hasta convertirse en una gota esquiva que para prolongar la vida “(…) Se escondía / por miedo a extinguirse / si el sol –o el hombre– / la encontraban”.   

Aplaudo el interés del poeta por internarse de esta magnífica forma en un tema en boga y de vital importancia, bocetando el devenir seco que se extiende desde un municipio ignorado, hasta las manchas urbanas que se posicionan en los mapas. Qué decir de los estados de la república en los cuales el día cero, más que un rumor, es un espectro que se materializa significativamente. O, en los países donde la falta de agua es una realidad que se ha vivido y vive, con poca o nula esperanza de encontrar una solución a esta carencia. 

Crónica del desagüe debiera ser un parteaguas que ayude a desmentir y reescribir la realidad, no solo del municipio vecino de Mazapil, sino también que fomente un cambio a las licencias que se aprueban para grandes empresas en y para la protección ecológica, después de todo la tierra siempre contiene tesoros explotables de los cuales se pueda conseguir una ganancia, no obstante la mayor ganancia que podemos obtener es no vivir en un mundo de “Horizonte café, seco, / donde los hombres recorren el mundo / ya no en barco, sino a pie”. 

Páginas: 94

Publicación: 2020

Editorial: Instituto Zacatecano de Cultura

Claudia Matilde P. Jiménez (Sombrerete, Zacatecas). Cursó la Licenciatura en Letras (UAZ) y la Maestría en Investigaciones Humanísticas y Educativas en la línea de Literatura Hispanoamericana (UAZ), su orientación de investigación es perfilada a lo fantástico y lo surrealista, enfocado a la autora Amparo Dávila y la artista plástica Remedios Varo. Realizó estancias en el Colegio de México y en la Universidad de Buenos Aires en el 2018. Fungió como directora de la revista E-bocARTE en un periodo de cinco años consecutivos. Ha sido ponente de diversos congresos de los cuales sobresalen el Coloquio Internacional Clarice Lispector en 2018 y el Congreso Internacional de Semiótica en 2019. Participó como ponente en El último verano. Homenaje luctuoso a Amparo Dávila, en 2020. Dentro de su formación plástica, su obra ha sido expuesta en la ciudad de Zacatecas, Fresnillo y Durango, siendo parte del colectivo Kakoon. 

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