Cannabis

Carlos Gómez Camuzzo (La Habana, 1952) nos presenta un cuento breve y crudo.

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Por Carlos Gómez Camuzzo

Creo que la peste dentro del coche proviene de un animal en descomposición, tal vez una rata. No lo atribuyo a la marihuana porque su olor es agradable, al menos para mí, además Diógenes Huerta, mi marido, no quiere que fumemos dentro del auto, seguramente a su querida le molesta. Esa puta con carita de niña buena de seguro se mete algo más fuerte, además del pito de mi marido. La última vez que el desmadrado me vio fumando dentro me golpeó la boca y dos de mis dientes saltaron al panel del auto. 

Ese día juré que iba a matarlo, aunque estaba tan drogada y llorosa de ira que al despertar lo olvidé. Esa mañana todo siguió igual; quizá sólo soñé el juramento, porque durante el desayuno él llegó de la calle como siempre, sin decirme dónde estuvo, pero me pidió perdón por el golpe. Yo volví a meterme en la cama por la mala noche, al mediodía sentí a Diógenes dentro de mí. No me resisto ya a sus antojos porque los golpes enseñan; me hago la dormida y espero a que termine. 

Algo extraño ha sucedido en estos días. Uno de los clientes me suministró una yerba muy fuerte y casi pierdo el sentido. Tal vez aspiré también algo más cabrón. Mi mente ha borrado una buena parte de lo que pasó. El efecto de ese jodido cannabis o lo que sea me ha trastocado los sentidos. En el trabajo, mis compañeras me preguntaron por qué estaba tan encabronada y distraída. Magda, la patrona, me sugirió que descansara unos días porque el negocio se estaba afectando a causa de mi mala leche. 

Hoy descubrí el misterio de la peste dentro del coche. Aproveché el receso en el prostíbulo y me dediqué a hurgar a fondo. Fumé lo suficiente antes de empezar, sobria no sé hacer otra cosa que dormir. Era una mañana muy oscura, no recuerdo si iba a llover o mis ojos languidecían por la droga. 

Era ya cerca del mediodía cuando debajo del asiento trasero descubrí un cadáver. Estaba engurruñado, igual a como me puse el día que Diógenes me pateó el vientre al decirle que estaba preñada. El cuerpecito tendría unos sesenta centímetros; no pude ver su rostro porque lo cubría una costra de sangre. Era muy pesado para el tamaño que creí tenía; quizá el efecto del Cannabis me confundió. Con gran esfuerzo pude meterlo debajo de la llave de agua del jardín. 

Me pareció saber quién era el enano, tenía cierto parecido con alguien a quien conocí, pero las heridas y los gusanos que salían a borbotones de su boca me hicieron dudar; además, estaba tan drogada … 

Nació el veinte de julio de mil novecientos cincuenta y dos en la ciudad de La Habana, Cuba. Estudió la Licenciatura en Historia del Arte y trabajó como administrador de los museos nacionales de Artes Decorativas y Napoleónico. Posteriormente como especialista en bienes museables. Emigró a Mérida en el año 2009 y trabajó en una lavandería con un salario miserable. Posteriormente obtuvo una plaza en la redacción de los periódicos POR ÉSTO. Su atracción por las letras lo llevó a talleres literarios para aprender a escribir cuentos, entre ellos el taller Hipogeo, de Víctor Garduño, el taller de Carlos Marín Briceño, así como los talleres de Mateo Peraza y Joaquín Filio, jóvenes y talentosos narradores. Publicó cuentos en una plaquette del grupo Atorrantes en la FILEY-2018 y en el presente año publicó tres de sus cuentos en la segunda antología del grupo mencionado, un libro titulado PERVERSIONES. Odia escribir, dice que lo hace por satisfacer su inmenso ego.

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