Reescribiendo el estigma y lo sacro: Quien teme a la muerte, de Nnedi Okorafor

Alicia M. Mares presenta una reseña de Quien teme a la muerte (Crononauta, 2019), obra ganadora del World Fantasy Award.

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Por Alicia M. Mares

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Distanciándose un poco de sus conocidas space operas, Okorafor nos presenta una historia distinta  y con carices más fantásticos en Quien teme a la muerte (Crononauta, 2019). La célebre autora de origen nigeriano traza un mundo cuya magia latente apenas camufla el futuro post-apocalíptico de su ambientación: un Sudán distante, dividido por conflictos raciales y conquistas cada vez más violentas. En este mundo nace nuestra protagonista: una niña ewu cuya piel y cabello son del color de la arena; niña marcada por el estigma de haber nacido de la violación sistémica. Su madre, después de sobrevivir al trauma y a un desierto inclemente, la nombra Onyesonwu, que significa “Quien teme a la muerte”.

Y sí, este mundo es tan serio como aparenta, pues un grupo dominante, los nurus, guiados por un poderoso y cruel chamán —e inspirados por su texto sagrado, El Gran Libro— cada vez se acercan más a lograr el genocidio de los okekes. Onye es, pues, doblemente racializada: no solamente pertenece al grupo que los nurus desean exterminar, sino que incluso dentro de su gente okeke, es vista como una paria o signo de mal agüero (debido al color antinatural de su piel y por lo que su concepción significa en esta sociedad tan estrechamente tejida, en este mundo mayoritariamente machista).

“Los okekes tienen la piel del color de la noche porque fueron creados antes que el día. Fueron los primeros. Más tarde, mucho después de eso, llegaron los nurus. Proceden de las estrellas, y por eso su piel es del color del sol.”

Aquí ya comenzamos a comprender el porqué de la extensión de la novela. Este es un mundo extenso donde los conflictos raciales, sociales y de género permean la existencia de nuestra protagonista; pero a la vez, es una historia que conocemos muy bien. La estructura del Viaje del Héroe se yuxtapone aquí a la maravillosa ambientación africana, donde la mágica escritura nsibidi, los pueblos místicos que viajan con tormentas de arena, la metamorfosis eshu en animales y los edificios conscientes dejan relucir la creatividad de Okorafor.

Onyesonwu, al mejor estilo de los héroes de antaño, deberá reconocer y aceptar el poder en sí misma (que supera todo lo conocido y cartografiado, típico de las historias donde los protagonistas son Los Elegidos), deberá adentrarse en la vasta selva, encontrar un mentor que se “rebaje” a enseñarle a una mujer y, algún día, descubrir la extensión de sus capacidades. En el camino, Onye pasará por diversos obstáculos —su estatus de paria, la muerte de su padre adoptivo, la ablación, los conflictos con sus amigas, Luyu y Dita, y el secreto que Mwita, su amigo y amante, nunca quiere confesarle—, pero más que nada, deberá hacer paces con su existencia y detener a aquel que inició todo: su padre. El gran mago nuru que ha devastado aldeas de okekes y ha impuesto dolor inconcebible con sus frecuentes violaciones sistémicas.

A partir de la mitad del libro, la novela deja atrás el establecimiento del mundo y el desarrollo de carácter de Onye y se centra más en el trayecto. Onye —ya una mujer con estudios en la magia y conocimiento del mundo místico de la vasta selva— junto con su comitiva emprenderán un viaje por el desierto, la meta final siendo la gran ciudad donde vive el villano principal. Ciudad a ciudad, tenderán un cerco sobre las crueles actividades del padre de Onye, quien es un mago incluso más dotado que ella y no simplemente se sienta a esperar a que lo maten. Sabe bien que su hija va tras su rastro.

Onye es una protagonista muy completa: su carácter no carece de defectos y su historia de malas decisiones. Tener demasiado poder podría consumirla y la tienta, pero nunca pierde de vista lo que importa. El amor por su madre, la confianza en Mwita, el vaivén entre recelo y amistad por sus amigas, el odio por su padre y el miedo a su propia naturaleza le dan muchas dimensiones. Es explosiva y a veces infantil; mientras la historia progresa, el peso de su misión —la importancia de lo que desean rectificar— no la vuelve más precavida. Y eso le cuesta. Sus transformaciones en buitre y exploraciones de la vasta selva la abofetean con la certeza de que sabe cómo y cuándo morirá. No obstante, el tiempo se les acaba y los conflictos con su sexualidad acomplejada (atada por un hechizo terrible vale decir) y las dudas de sus amigos hacia ella hacen la segunda parte del libro más lenta. Pesada. Esta será de naturaleza más episódica y se guiará más por conflictos entre personajes que por una visión clara de cómo lograrán su meta.

“Según mi madre, todas las cosas ya están fijas. Según ella, hay una razón para todo, desde las masacres en el oeste hasta el amor que encontró en el este. Pero la mente oculta detrás de todo, a la que yo llamo Destino, es fría y dura. Es tan lógica que nadie puede decir que es una buena persona si se inclina ante ese sino.”

Quien teme a la muerte no se distancia de muchos de los clichés del género —el Elegido ultra poderoso, el Viaje del Héroe, el rol del mentor, los conflictos amorosos, la travesía y las ominosas declaraciones de las profecías— pero lo balancea muy bien con las pinceladas de esta cultura que a muchos nos resulta ajena. Okorafor nos mantiene interesados con la intriga de ver aparatos tecnológicos desechados en cuevas malditas, con oasis y sofocos, vuelos y entierros, con las descripciones vívidas de comida y bebida (quién no querría comer unos dátiles después de esto), los lazos que unen a Onye con su padre y madre, el misticismo del Pueblo Rojo al viajar con las tormentas de arena, con la maravilla de los eshu cambiaformas, el consejo de Ogas, la duplicidad mágica de los gemelos, con cada nueva iteración de lo que puede hacer la magia y cómo cada ciudad la apropia y aprovecha. Nos quedamos con la sensación de que Onye está cimentando el camino para las mujeres que vienen detrás de ella, quienes quizá no serán rechazadas apenas muestren capacidad para ejercer la magia.

Aun así, vale la pena dar un trigger warning: hay violaciones, mutilaciones, el trasfondo del genocidio y, con frecuencia, comentarios que demeritan a la mujer. Quien teme a la muerte reúne muchas estructuras argumentales asociadas con la fantasía juvenil, es cierto, pero le imprime la gravedad de un mundo crudo y serio.

No me aproximaré más al final. Desafiará las leyes de la magia y del tiempo pero no será feliz. Al final lo que importó fue la reescritura de lo sagrado, el embate al destino, y el trayecto.

“El Destino es tan inamovible como un cristal quebradizo en medio de la oscuridad.”

Páginas: 460

Publicación: 2019 (original 2010)

ISBN: 978-84-947958-9-3

Editorial: Crononauta

Alicia M. Mares (Ciudad de México, 1996) se licenció en Comunicación y Medios Digitales en el Tecnológico de Monterrey y es graduada del 12º Máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra. Usa el pseudónimo Alicia Maya Mares. Ha publicado en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México, en las revistas digitales Carruaje de Pájaros y Efecto Antabus, y tiene una columna mensual en la Revista Palabrerías que le lee a sus cuatro gatos.

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