La gente que viene del mar

Un viaje en carretera, la felicidad de estar acompañados. En este cuento de Wilberth Jesús Peniche Jiménez (Mérida, 1994) un instante lo cambia todo.

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Por Wilberth Jesús Peniche Jiménez

El tiempo en carretera es la más variable de las magnitudes. En topografías rebeldes, los kilómetros se encogen y las horas se estiran al infinito. No es así en terrenos planos, como los de la Península de Yucatán, en donde, si vas desde Mérida hasta San Francisco de Campeche, puedes recorrer casi doscientos kilómetros en apenas dos horas y un poco más, casi como efecto onírico de una ilusión espacio-temporal. 

Íbamos por la carretera interestatal cuando ella encendió la radio para aminorar el silencio. Giró la manilla explorando la oferta auditiva. Canciones populares, la narración de un partido de béisbol, un programa de chismes y de pronto, un bolero: 

(estribillo) 

No soy una persona de agua; ay, mi Dios 

Soy una persona de tierra; te lo juro, amor 

Tierra seca, de la tarde en sus faldas 

Tierra mojada, en el rocío de las mañanas 

(coro) 

¿Dónde habremos de encontrar? 

A la gente que viene del mar 

¿Qué buque parte hacia allá? 

Al país de la gente del mar 

(estribillo) 

Los de agua dulce, se sienten en el rocío 

Los de agua dulce, nacen en los ríos

La lluvia los arrastra hasta aquí 

Mueren en la cuenca, de este mundo gris. 

(coro x2) 

¿Dónde habremos de encontrar? 

A la gente que viene del mar 

¿Qué buque parte hacia allá? 

Al país de la gente del mar. 

Ella llevaba días con síntomas de intoxicación. De esa que te da por comer comida de la calle o mariscos del mercado. Pero, no se notaba, no tenía un aspecto diferente ni le brillaban menos los ojos. Que brillaban mucho, todo el tiempo. 

— Me siento escamada. Bueno, no escamada, pero sí con ronchitas. 

— Deberías ir al médico, ¿no? 

— No, se me va a pasar. 

Yo llevaba otros tantos días con los ojos lagrimosos y la cara pálida. Nada raro en los lugares con climas tropicales; donde, de cada diez personas, ocho están enfermas en un día normal. Llueve en periodos largos y luego la precipitación se ausenta por periodos más largos inclusive. Siempre hay partículas en el aire; humedad, polen de flores, polvo de las constructoras, pólvora de las armas de los cazadores. 

Coincidimos por primera vez en un lugar y tiempo en el que antes habíamos coincidido con otras personas, pero nunca nosotros. O así se sentía para ambos. Con frecuencia, incluso, repasábamos la serie de eventos que nos llevaron a conocernos. Era una especie de juego que hacíamos durante el desayuno. El punto de partida era el día de la primera conversación extendida, durante una tarea en la universidad. Esa conversación fue producto de una suerte loca, lo sabíamos ambos. Pero, los eventos anteriores a eso servían de fichas de ajedrez.

El jugador en turno debía hilar acciones y decisiones que creía que el otro había tomado en sentido inverso desde ese punto. Cosas generales: corriste tu asiento hacia mí, pensaste durante un par de minutos en cómo debías saludarme, guardaste el libro que leías, bajaste del autobús que va por la ruta larga. El otro jugador debía estar atento a una adivinación errónea. Ganaba quien hilara más oraciones consecutivas. La siguiente vez, se iniciaba en donde se terminó el juego anterior. 

Estábamos convencidos, en realidad, de que en algún punto trascenderíamos nuestras propias vidas e hilaríamos eventos mucho más remotos. Quizá hasta el origen de nuestra especie o del mismo universo. 

— Entonces, ¿sí iremos? — me preguntó. 

— ¿A dónde? 

— A donde me dijiste, la laguna. 

— Ese es el plan. Almorzamos y luego nos seguimos de largo. 

La Laguna de Términos se compone de un bioma peculiar. Pertenece a la cuenca hidrológica más importante de México y es vecina de otras zonas importantes; Calakmul y Centla. En ella explotan los índices de biodiversidad. Ahí, la naturaleza misma, se ordena en una configuración poco habitual. 

— Tuve ese sueño de nuevo — le dije. 

— ¿Cuál? 

— En el que te mueres y el mar se vuelve rojo. 

— ¿El de la sombra? 

— Ese. 

— Es que, no debes de cenar tan tarde. Cuántas veces tengo que decírtelo —me recriminó. 

La vida en las ciudades va en sentido contrario. Durante el día, las personas salen de sus refugios y se mueven en su hábito hogareño en busca de lo esencial: agua, comida y perpetuar la especie. Durante la noche, duermen.

En la Laguna de Términos, la vida sigue el orden natural. Durante la noche y en las primeras horas de la mañana, los animales bajan de entre los manglares hasta el enorme humedal para beber y cazar un poco. Se resguardan y duerme en el día. 

En las últimas horas de luz, la vida acuática emerge y danza en libertad. Y se sumergen de a poco, según cae la oscuridad. No obstante, hay una pequeña franja de tiempo; en la que, entre las hierbas y con los ojos brillosos, pero todavía con miedo de bajar, los mamíferos terrestres hacen contacto visual con los marinos, con una complicidad tal, que uno pensaría que se están retando. 

— ¿Crees que veamos delfines? — me preguntó, con una voz que rogaba que le respondiera afirmando. 

— La verdad, no sé. No es tan fácil 

— Pero, sí se ven, ¿no? 

— Sí, sí. Eso dicen. También dicen que hay manatíes. 

— Se me ocurrió un cuento, ¿quieres escuchar? — y yo le respondí que sí, pues siempre me encantó escuchar sus cuentos. 

— Ok, es solo una idea, pero va más o menos así. Un jaguar se asoma a la laguna y ve un delfín… No, no. Ve un manatí. Entonces, el jaguar le propone un juego. Si el manatí gana, el jaguar se arrancará un colmillo y se lo dará como premio al manatí. Ahora, si el jaguar gana, se come al manatí. 

— ¿Qué juego es? 

— Espera, ahí voy. Es nuestro juego. Adivinar las cosas que hizo el contrincante hasta antes de conocerse. 

— Interesante. ¿Cómo acaba? 

— Llegan hasta muy atrás. En la historia de su linaje, incluso. Hasta el punto donde eran una misma especie. Entonces, olvidan sus diferencias. Pero, un cazador los mata. Bueno, al manatí lo mata un pescador. 

Detuvimos el automóvil unos cientos de metros antes del gigantesco puente de asfalto y acero. Cerca del mirador. 

La temperatura en esos meses no estaba representada por el típico calor caribeño que atrae a los turistas extranjeros. Por el contrario, había aire frío en los últimos días. No era un buen tiempo para nadar, ni un buen lugar tampoco, las lagunas no son como los lagos. El agua es muy salada y el fondo es fangoso. 

— ¿Y si nos tiramos? — me dijo mientras esbozaba una sonrisa burlona. — ¿Estás loca? Nos vamos a enfermar. 

— Pues, si no quieres, yo sí. 

Ella se quitó la bufanda y la camiseta de mangas largas. Solo dejó una blusa corta de tirantes frágiles y un pantaloncillo de mezclilla. Los zapatos y calcetines salieron volando sin pedir permiso. Se tiró al agua. 

Yo estornudé tres veces antes de poder gritar su nombre. Me apretujé la nariz con la camisa y temblé de nerviosismo. Discutí internamente durante cuatro o cinco minutos. 

Decidí no tirarme. 

Veía su cuerpo bailando en el agua. Moría de miedo cuando se alejaba y la perdía de vista. Cuando se acercaba, me llenaba de calma. 

Formaba una pintura preciosa: el atardecer que teñía la laguna, el puente detrás, el mangle a la izquierda, las aves que bajaban y las que se iban, un viejo pescador yéndose en su bote frágil, y ella, moviéndose como un pincel por todo el cuadro. Ojalá hubiera sabido pintar. 

De pronto, un estruendo ensordecedor. Primero vi las aves huyendo, luego el agua agitada, de último vi su cuerpo quieto, flotando. Me lancé. No supe contar los minutos y segundos hasta llegar a donde estaba ella. La tenía de frente, bañada en un manto rojo y con la mirada perdida. Yo no podía articular palabras, estaba sin aliento y estornudando sin parar. 

— ¿Por qué hiciste eso? — le dije. Y sentí que flotamos por horas. Hasta que su cuerpo se hundió por completo. Y mis brazos y piernas dejaron de moverse.

El pescador me arrancó del agua, de la laguna, de ella. Me tiró con tanta fuerza sobre el bote que no pude reaccionar. No sentía odio, tampoco miedo ni tristeza. El cuerpo me pesaba mucho y la mente divagaba. Las imágenes me inundaron, como en una de esas viejas máquinas que rebobinaban los casetes de VHS. Vi el momento en el que la conocí y las decisiones de ambos hacia atrás. Nos vi naciendo; en el mismo país, en los mismos años y siendo de la misma especie. 

— Lo siento, lo siento mucho, joven. ¿Usted está bien? Creo que la alcanzó un balazo 

— ¿Está bien? — me repetía el viejo desesperadamente. — Ahorita que lleguemos a la orilla llamamos a la policía — continuó. 

Un escalofrío me recorrió la espalda y me hizo ponerme de pie. Por fin sentí la incómoda sensación de las botas mojadas. No sé si fue el tambaleo de la lancha, la confusión del momento o los gritos del viejo; pero, algo me tiró de nuevo y caí sentado. Pude ver la laguna iluminándose y un montón de luces atestiguando y brillando desde el manglar. 

Me moví automatizado. No recuerdo siquiera qué pasó después. Reaccioné hasta que estaba conduciendo. De frente tenía una larga carretera y una seguidilla interminable de señalamientos. 

— ¿Cuánto tiempo llevo aquí? — pensé. 

Vi de reojo el asiento del copiloto. Una blusa de mangas largas, una bufanda y, debajo, un folder con hojas resguardadas. Detuve el automóvil para llorar. Sonaba una canción: 

¿Dónde habremos de encontrar? 

A la gente que viene del mar 

¿Qué buque parte hacia allá? 

Al país de la gente del mar

Wilberth Jesús Peniche Jiménez. (Mérida, Yucatán, 1994). Biólogo que trabaja con bosques y cambio climático. Ha escrito artículos y reseñas literarias para medios digitales.

Foto de Fondo creado por evening_tao – www.freepik.es

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