Los pixanes, de Karlos Chuuk

Te invitamos a leer este cuento de Karlos Chuuk (Canicab, Yucatán) y a descargar el libro de cuentos “Crimen y territorio”.

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Por Karlos Chuuk

Te recordamos que puedes descargar el libro completo haciendo clic aquí.

El casero me dijo que una tarde se habían presentado a la pensión un par de blancos con cara de empresarios, acento de casta e indagando por mi hermano. Por precaución, les dijo que no se hallaba, pero a la mañana siguiente vio desde su ventana que mi hermano y los mismos tipos abordaron una Lobo roja. 

Tu hermano parecía tranquilo. Dijo algo más, pero ya no lo escuché. Mi total atención estaba en la calle de enfrente y aunque no iba ser posible distinguirlo debido a la intensa niebla, me dio por imaginar una Lobo roja entre los vehículos estacionados. 

De entre los libros que había en la habitación de mi hermano encontré una lista con nombres que reconocí. Los apellidos provenían de nuestra comunidad. La mayoría eran amigos de la universidad, otros tenían cierta relación con la defensa y la resistencia. 

Ocupé toda la tarde para realizar llamadas. En algunos casos logré contactarme con los señalados, en otros obtuve, por medio de un conocido, la dirección y su lugar de trabajo. ¿Por qué elaborar una lista y poner en riesgo a gente que no tuvo nada que ver con los hechos violentos ocurridos en nuestra comunidad? ¿Más que facilitar la búsqueda, la lista no tenía acaso la función de confundir y alejarme de mi hermano? Quizá lo segundo podría tener más sentido si fuera otra persona y no precisamente yo, el poseedor de la lista. 

¿Por qué elaborar una lista y poner en riesgo a gente que no tuvo nada que ver con los hechos violentos ocurridos en nuestra comunidad? ¿Más que facilitar la búsqueda, la lista no tenía acaso la función de confundir y alejarme de mi hermano?

Me pareció insensato y peligroso elaborar una lista con esos nombres. El factor común entre los señalados fue su apoyo a las movilizaciones y también su posición crítica y opuesta a los intereses del Estado. Nada comprometedor. Hice una bola de papel, pero antes de prenderle fuego con el encendedor el casero me detuvo el brazo y dijo que yo no perdía nada con visitar a los señalados. ¿Tienes alguna otra pista o información? Me preguntó. 

Fue también suya la idea de que yo memorizara esa misma noche los nombres y luego deshacerme inmediatamente de la lista. Pasaron unas horas y al notar mi ansiedad y desesperación, se ofreció a aprenderse una parte. Debido a mi paranoia, en ese momento dudé en compartirle la mitad de la lista y dije que me faltaban pocos nombres, aunque no había pasado de la cuarta parte. La verdad yo no confiaba todavía en él. El origen de mi desconfianza partía de la idea de que él no utilizaba la lengua materna para comunicarse conmigo. Le pregunté la razón y me respondió que el motivo tenía una causa profunda. 

¿Has tratado alguna vez de arrancar de raíz el henequén? Es una cosa de miedo, los hilos parecen no tener fin, solo imagina las superconexiones que existen en un plantel de henequén. Todo es una red. Todo está conectado. Para responder de forma honesta a tu pregunta necesitaría muchos años. Si no tienes prisa juro que en algunos años te la daré. 

Su respuesta no borró mis dudas y mantuve el argumento de que me faltaban pocos nombres, sin embargo, esa misma noche lo vi leyendo poesía en la lengua materna con la ayuda de un diccionario. Tal escena me conmovió. ¿Por qué poesía? Le pregunté. 

Porque es lo único que se escribe en nuestra lengua, ¿no es genial?, me dijo. Cerró el diccionario y fue hacia la cocina. Escuché cómo se abrían cajones y también sonidos de cristal. Yo seguía paranoico, así que hice el menor ruido posible hasta acercarme al marco de la puerta que divide el comedor con la cocina. Asomé la cabeza y lo vi sacar una botella de un compartimiento de la alacena. Regresé a la mesa del comedor con una cara de vergüenza. Sirvió dos vasos y vertió licor de miel en cada uno. Del carajo, dijo, de la verga, dije, luego de habernos bebido el licor. 

El casero me preguntó si yo celebraba a los muertos desde la visión de Finados o si prefería esa mamada propagandista que anuncian en todos lados. 

Le dije que las celebraciones de comida de ánimas es para gente pendeja. Los Finados celebran la memoria, lo otro es para gente de verdad muy pendeja, le respondí. Sin preguntarme, sirvió una ronda más. 

Fumamos un rato en silencio. Luego me compartió el largo relato de la migración de su familia a esta ciudad. Cuando terminó su narrativa empecé a visualizar y tratar de entender su imagen infra del henequén. Era absurdo seguir dudando, así que partí en dos la lista y le entregué una mitad. 

Visité a todos los que aparecían en la lista, pero nadie supo decirme del paradero de mi hermano. También le pregunté al dueño del bar donde mi hermano solía ir después del trabajo, a la chica que él frecuentaba las tardes de domingo, pero nadie pudo darme algún indicio sobre su paradero. 

El casero me permitió quedarme en la habitación de mi hermano y no pagar renta hasta que yo encontrara un trabajo. Empecé a visitar los bares del centro de la ciudad. En esos lugares descubrí que conversar con gente que tenía el mismo color de piel y que dialogaba en la misma lengua que yo hacía menos desalentadora mi búsqueda. 

Decidí emplearme en el bar al que concurría mi hermano, pues me abría la posibilidad de contacto con mucha gente y podía escuchar lo que platicaban. 

Pasaron varios meses hasta que decidí mandar a imprimir un par de camisetas con la foto de él. La tarde que me la puse, varias personas se me acercaron a la barra para decirme “Sáansamal ku p’ikil” una frase que sin contexto no dice nada. Tardé unos segundos para entender que el contexto era mi hermano. Las personas que se acercaron ofrecieron pagar el costo de una camiseta para que se las hiciera y cuando ya las tuviera impresas se las entregara y así pudieran llevar la imagen del rostro de mi hermano a todas horas y en cualquier lugar. 

El dos de noviembre al salir de la pensión, me encontré al casero bajo el techo del porche. Cosa inusual y más a esa hora. El hombro derecho lo apoyó en una de las columnas. Supuse que esperaba a alguien. Esa mañana una ligera niebla se arrastraba entre las calles. Discretamente me apoyé en la otra columna y me puse también a fumar. Al momento de retirarme de la pensión, el casero me explicó que ese día muchas personas de nuestra comunidad acudirían allí. 

Empezaron a llegar. Los asistentes se dirigían directo al interior de la casa. Yo permanecí bajo el porche. Cada vez que se abría la puerta, el griterío me llegaba nítido. No presté atención a lo que sucedía allá. En lo único que pensaba era en la Lobo roja, en mi hermano y en los tipos que se lo llevaron. Entonces, alguien tocó mi hombro. Giré. Era el casero. 

Los asistentes se dirigían directo al interior de la casa. Yo permanecí bajo el porche. Cada vez que se abría la puerta, el griterío me llegaba nítido.

—Tú y yo somos los siguientes. 

—¿Para qué? —Pregunté. No me respondió. 

Cruzamos el vestíbulo y nos internamos en una habitación en la que nunca antes había yo estado. El mobiliario fue acomodado en un rincón. Una veintena de tipos nos esperaban. Algunos bebían y otros fumaban. Por la excitación del momento lo que siguió me resulta difícil recordarlo, pero creo que sucedió así: lo primero que noté fue el aspecto en la cara del casero; sus labios estaban rígidos, las cejas contraídas y las líneas en la frente bien definidas. Yo no había participado en una pelea desde la primaria. Él empezó a empujarme. Yo no respondía. La gente continuaba en silencio. Siguió empujándome. Cuando me puse en guardia miré a mis costados porque me generó la sensación de que la gente gritaba en mis orejas. Ese descuido lo aprovechó para propinarme un cabezazo en la nariz. Instintivamente me llevé las manos a la cara. Él bajó la defensa al ver mi condición, yo aproveché ese momento para incrustarle mi puño derecho entre ceja y oreja. A partir de ese instante los recuerdos son imágenes avanzando en cámara lenta. Mi puño encajándose en su boca, la saliva saliendo de ella. Él golpeando mi pecho y cada contacto era como un retumbo de tambor ahogado.

Cuando terminamos sentía los huesos desencajados. De mi nariz manaba la sangre. Pero simultáneamente me sentía feliz, ligero, como si hubiese soltado una gran carga.

Hoy se cumplen cuatro años de aquella pelea. Los mismos años que lleva desaparecido mi hermano. El casero se ha pegado un tiro esta mañana. No creí que ese viejo revólver que tantas veces me presumió de pertenecer a su bisabuelo y de haber matado unos cuantos blancos en la Guerra Social pudiera funcionar. Cuando entré a su habitación, la mitad de su cuerpo yacía sobre la mesa, gotas de sangre rebotaban en el piso. Las ventanas estaban abiertas y se podía ver una parte de la ciudad. Simbólicamente murió dándole la espalda. Llamé al dueño del bar donde yo trabajaba. Le expliqué del balazo y también de las extrañas manchas de sangre en el marco de la ventana. Decidimos, para evitar una investigación, no avisar a la policía que de seguro sacarían un comunicado con mentiras, falsos crímenes y discursos de odio hacia nuestra comunidad. Lo enterramos en el jardín. Nadie notará su ausencia. Nunca le pregunté qué lo motivó a tener ese enfrentamiento conmigo, ahora en perspectiva, creo que lo hizo para recordarme que todo es una lucha.

Carlos Chuc (Canicab, Yucatán). Estudió en la Escuela de Escritores de Yucatán. Actualmente cursa el segundo año en la Academia de Lengua Maya Tzamná. Ha trabajado en publicidad. Es un lector de cuentos y seguidor del Atlante FC. Textos suyos aparecen en el libro Lo breve, si bueno… cuentos de Hipogeo, publicado en el verano de 2015.

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