Vivir 15 minutos en el futuro, el paracosmos de Gerardo Sifuentes

Mateo Peraza entrevistó al escritor Gerardo Sifuentes para hablar de «Paracosmos», título publicado recientemente por la Editorial Paraíso Perdido

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Por Mateo Peraza

Durante más de una década Gerardo Sifuentes (Tampico, 1974) dirigió Muy Interesante, una revista mensual dedicada a la divulgación científica que generó un arraigo importante en los lectores mexicanos desde la década de los ochenta. Antes, trabajó como periodista de publicidad y de espectáculos; estudió ingeniería industrial y fundó, a sus 21 años y junto con un grupo de amigos del Instituto Tecnológico de Puebla, un fanzine dedicado a la ciencia ficción y el cyberpunk. El autor de Paracosmos —libro de cuentos publicado hace unos meses en la Editorial Paraíso Perdido— busca en sus argumentos las grietas de la realidad, sus posibles transformaciones, mientras que su escritura se encuentra instalada 15 minutos en el futuro.

Entrevistar a Gerardo Sifuentes a través de una reunión de Zoom es un hecho con múltiples interpretaciones. Para mí, reportero, es una experiencia nueva: hasta ahora, a poco más de un año del inicio de la pandemia, bastaba una llamada por celular o pactar reuniones físicas en espacios abiertos para conseguir testimonios; para él, que desde su juventud vive 15 minutos en el futuro, cuestionándose las derivas del presente, es un acto irremediable: el aislamiento se materializó como una de las muchas predicciones que han vislumbrado los autores de ficción especulativa. Además, Sifuentes dirige “Cyberpunk a tope”, un newsletter en donde aborda cómo la tecnología se apodera del espacio cotidiano hasta niveles irrisorios. En la entrevista me dirá riendo: “Leí que un auto Tesla atropelló a un dron la semana pasada”. Su arte es como la tarea de un médium: una exploración constante de los vaticinios y los límites, pero sosteniéndose en la información disponible.

Candidato a maestro de comunicación con una amplia experiencia en periodismo científico, ganador de varios premios por textos de ficción, Gerardo Sifuentes narra en sus cuentos los escenarios para los que no alcanza la razón: los excesos, cuando la ciencia adquiere una dimensión incontrolable, así como elementos que están frente a nosotros, brillando en nuestro día a día pero cuyo trasfondo posee implicaciones aterradoras. Ver hacia el futuro es imaginar una hipérbole del contexto inmediato y de sus implicaciones tecnológicas, culturales y ambientales. Autores como Philip. K Dick y J. G. Ballard, los predilectos de Sifuentes, especularon en sus libros con escenarios que poco a poco se dibujan en la actualidad.

De acuerdo con el investigador de la BBC, Robert Silvey, un paracosmos es un detallado universo de ficción creado por un autor. En el caso de Sifuentes y su libro más reciente, integrado por nueve cuentos donde se construye una realidad alterna, los argumentos se imbrican a partir de crossovers: los personajes y las situaciones se enlazan en diferentes historias, cuyo cariz, principalmente cotidiano, mantiene la premisa medular del género: todo esto puede suceder antes de lo que crees.

A lo largo de la historia, los escritores de ciencia ficción han actuado como militantes de una ideología: defienden sus discursos y los posicionan; escrutan la realidad para cuestionarla; sobreviven pese al rechazo de la élite. Desde las precarias revistas pulp, pasando por la creación del fandom y la utilización del género como propaganda política durante la Guerra Fría, la ciencia ficción ganó un lugar en el canon a costa de calidad e innovación. Creció en lo literario, se masificó en lo cinematográfico y, en ciertos espectros, se consolida frente a nosotros como el sueño o la pesadilla que definirá nuestro destino.

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¿Cómo surge tu interés por la ciencia ficción?

Afortunadamente crecí en una casa donde había libros. Mi papá está convencido de que leer es una gran herramienta. Él tenía muchos clásicos y bestsellers de los 70 y los 80. Entre todo eso me topé con Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Lo leí cuando tenía 14 o 15 años y me enganchó la idea de que eso fuera ciencia ficción. Yo sabía que había cine de ciencia ficción, pero no literatura. También veía un programa, que se llamaba la Dimensión desconocida, donde me fascinaban esta clase de historias. Y de ahí para el real: a los 19 años, cuando ya escribía mis primeros cuentos, me enteré de que había un premio, que era el Premio Puebla de Ciencia Ficción, y quise participar; en unos cuatro o cinco meses escribí unos diez cuentos (muchos de ellos me dan pena leerlos ahora), los mandé y uno quedó como mención honorífica. A los 19 años me convertí en el escritor más joven en ser incluido en la antología Más allá de lo imaginado, editada por Federico Schaffler, de Nuevo Laredo, Tamaulipas.

¿Cuál era el argumento de ese cuento?

Era sobre realidad virtual, pero estoy hablando de 1994, cuando internet apenas existía y no todos tenían acceso a él (hasta donde recuerdo solo las universidades). Yo compraba una revista que se llama Muy Interesante y me inspiré en un artículo. Curiosamente diez años después empecé a trabajar en ella. No fue que yo me lo propusiera, sino que siempre estuve en el camino de la ciencia ficción y la divulgación de la ciencia.

Leí en una semblanza que a tus 21 años fundaste, junto con un grupo de amigos, un fanzine dedicado a la ciencia ficción y el cyberpunk.

Cuando entré a estudiar ingeniería industrial en el Instituto Tecnológico de Puebla formé un grupo de aficionados a la ciencia ficción, y dos de ellos, dos de mis mejores amigos — José Luis Ramírez y Caín Kuri— decidimos hacer nuestra propia revista en fotocopias, un fanzine de divulgación de la ciencia, cyberpunk y ciencia ficción. Y desde entonces no me he separado de eso. Creo que las noticias de ciencia nos sorprenden y que parte de esa sorpresa, la forma en que interactuamos con la tecnología, lo comunica muy bien la ciencia ficción. Te puedo decir que desde los 19 años —ahora que tengo 47— he vivido de eso, y me encanta. Lo que ves detrás de mí son comics, libros, por ahí tengo juguetes. Simplemente he vivido inmerso en esto y me da mucho gusto.

¿Puedes mencionar algún autor que haya sido importante para tu formación?

En la ciudad de Puebla conocí a dos de los escritores más importantes para mi formación: Gerardo Porcayo y José Luis Zarate. Tiempo después me mudé a la Ciudad de México, donde tuve contacto con otras dos personas importantes para mi formación: Pepe Rojo y Bernardo Fernández (Bef). Hay varias personas a las que les agradezco por haber estado en mi camino. Hemos compartido muchas cosas, entre ellas el amor por la ciencia ficción.

Estamos tan sumergidos que, en definitiva, hay que hablar de tecnodiversidad: formamos parte de un sistema retroalimentado

¿Qué búsquedas u obsesiones satisfaces con la ciencia ficción y cuáles con el periodismo científico? Dentro de Paracosmos y pienso en el primer cuento, La ronda de los animales en primavera, y el último, La prueba de lovelace se utiliza una técnica de falso documental, una suerte de reportaje ficticio. El personaje siempre narra desde una perspectiva no diría reporteril, pero sí de documentación, en un tono que remite a la divulgación científica.

Gracias al trabajo que desempeñé durante quince años en Muy Interesante pude experimentar mucho con el periodismo de la ciencia. En Estados Unidos, en Europa, en el mundo anglosajón y a últimas fechas en China, está muy vinculado el uso de la ciencia ficción como vía de divulgación para explorar las últimas novedades científicas y tecnológicas. En Muy Interesante tuve oportunidad de experimentar con formas. Hay un cuento en Paracosmos, titulado Cosmos 13, en el que originalmente esa serie de viñetas, esos fragmentos sobre la llegada de los extraterrestres en la era de la hipercomunicación, estaban integradas en tres artículos de largo aliento sobre lo más reciente en exploración espacial. Entonces me basé en un paper desarrollado en la universidad de Minnesota, con un investigador de la Nasa: un metanálisis sobre todos los estudios que han surgido sobre la posibilidad de vida en otros planetas. Tomé este metanálisis y desarrollé los distintos escenarios para integrarlos al cuerpo del texto. Vi que funcionaba como un texto de divulgación, y, por separado, también funcionaba como un cuento.

Al tomar la ciencia como base es como si la ficción nunca se desbordara por completo de la realidad, lo que lo vuelve un poco aterrador. ¿Lo habías hecho antes?

Lo empleo mucho en una clase que doy desde 2017 en el Centro de Diseño, Cine y Comunicación de la Ciudad de México. Hay un posgrado que se llama Diseño del mañana, donde doy una clase de diseño-ficción, es decir, el uso de ciencia ficción para crear escenarios donde se exploran las posibilidades de las diferentes propuestas que existen actualmente en torno a la ciencia, y se trata de aterrizar ideas creadas desde prospecciones del futuro y escenarios donde se explora si serían viables ciertas posibilidades. Usamos información científica generada en todo el mundo. Es como un laboratorio de ideas donde se complementa ciencia y ficción. La imaginación es una herramienta muy útil en la ciencia.

¿Qué piensas del futuro desde la ciencia ficción? En una entrevista con Armando Ruiz hablaste sobre las diferencias estéticas entre la ciencia ficción y el cyberpunk. El segundo, comentaste, sucede quince minutos en el futuro. Además hay una frase en tu libro que me llamó mucho, y que dice: “En realidad el futuro no tiene una forma determinada, tal vez ni siquiera un significado, por lo que constantemente hay que reinventarlo”.

Vamos a partir de algo: el futuro no existe, pero lo estamos construyendo todos los días. Somos los únicos animales que inventaron un concepto como el futuro. En estos días me veo en unos dilemas existenciales cabrones porque no sé qué va ser de mi propio futuro, el de mi familia, el de mis hijos, a la larga. El futuro cambia cada hora, lo tengo que plantear una y otra vez. Estuve 15 años en Muy Interesante, hasta noviembre de 2019. Por una jugada del destino ese mismo mes falleció mi suegro, y justo al mes siguiente mi suegra. Mi esposa quedó huérfana de golpe. Y fue un proceso que tuvimos que digerir en la familia, en un duelo colectivo. Ante todo esto tuve que replantear mi futuro porque no tenía ese trabajo, ya no estaban mis suegros, y cuando estábamos justo en el proceso del duelo, pensando en un replanteamiento, llega la pandemia. Ya pasó un año. Ahora lo veo en retrospectiva, reviso mis libretas y veo planes que no pude terminar. Asumiéndome como escritor de ciencia ficción y como profesor de prospectiva, es irónico que yo mismo no sepa qué pasará. Prefiero verlo como dimensiones paralelas que puedo explorar. ¿Qué pasa si me voy a Puebla o Guadalajara? ¿Qué tal si doy clases de tiempo completo? De pronto me veo haciendo los mismos ejercicios que les dejo a mis alumnos, aunque los de ellos no están enfocados en proyectos de vida.

Me comentaste que estás trabajando en una maestría en Comunicación, la cual tiene un enfoque muy apegado a las predicciones que expuso la ciencia un siglo atrás.

Sí, estoy terminando una maestría de comunicación en la UNAM, y mi tesis es sobre las videollamadas, cómo este concepto cumplió un siglo desde que alguien lo concibió tal cual. Te hablo de un texto de 1918. Aunque ya teníamos la tecnología, el boom de las videollamadas llegó con la pandemia. Entonces pienso que mi timing no estuvo mal. Vayamos a esto: he vivido sumergido tanto en el futuro que me parece irónico que yo mismo me vea en esta necesidad de una multidimensionalidad, de la multiplicidad de caminos, algunos que puedo llevar en paralelo. La digitalidad también facilitó la forma de interactuar, de dar clases, entre otros asuntos. Quiero pensar que yo ya estaba preparado para este futuro donde estamos tratando de experimentar con nuevas formas de interacción. Como habitantes de este planeta, como sociedad, tenemos que replantearnos muchas cosas.

Una pregunta morbosa: ¿crees en extraterrestres o multiversos? Parto desde los cuentos de Paracosmos. Y sobre lo primero me refiero a la posibilidad de vida microbiana en otros mundos, más allá de los argumentos de algunas películas taquilleras que hablan de razas alienígenas con explícitas intenciones destructivas.

Sí, pero a nivel microbiano. Hablemos de Júpiter: su atmósfera puede albergar formas de vida que no están basadas en el carbono, sólo que son incomprensibles para nuestro conocimiento de la bioquímica actual. Creo que existe esa vida, pero no como la concebimos, sin duda. En ese sentido, no tenemos los instrumentos ni el lenguaje para medirla, para saber cómo reacciona; además, apenas estamos en Marte, todavía hay mucho camino por recorrer.

¿Cuáles consideras que podrían ser los impactos de la tecnología en la humanidad a la larga? De entrada, en las diferentes redes sociales nos escindimos de nuestro yo físico y creamos un avatar, un personaje que responde a diferentes escenarios dentro del ámbito virtual. Esto me recuerda al cuento El planeta de los gatos, en Paracosmos, donde la personaje vive libre en la virtualidad pero postrada en su realidad física. O el cuento Prolang, de Ricardo Montesinos, que especula acerca de la existencia de un nuevo lenguaje capaz de mejorar el procesamiento cognitivo desde la elipsis y los símbolos. Guardando las distancias, ¿te parece que esto sucede en las redes sociales? Cada una impone su propio lenguaje: limitación de caracteres, en Twitter; el canon de la imagen, los filtros y la belleza postiza, en Instagram; la sexualización desde una semblanza, en Tinder.

Yo tengo un personaje en Twitter que me encanta. Le dije a mi esposa una vez: tengo “twitteramigos”, y un amigo me preguntó al respecto: ¿qué piensas de los “twitteramigos”? Creo que son los amigos que siempre quise tener en la secundaria y con quienes me permito tener un personaje. Soy un personaje ahí, en Twitter.  Sin embargo, en Facebook no he entrado desde hace cuatro o cinco años. No existo, no quiero existir ahí. Esto en cuanto a lo virtual. Otro punto: tengo un círculo a nivel cultural en el ecosistema de escritores, y otro en el caso del periodismo científico. Tengo formas de subsistir en cada uno de estos círculos. Lo interesante de lo virtual es que, como lo incluí en mi newsletter, formamos parte de la “tecnodiversidad”; antes se hablaba de la biodiversidad, es decir, de todas la especies vivas en un ambiente. Este concepto, de un filósofo chino, Yuk Hui, dice que tenemos una forma muy distinta de manejarnos en redes sociales. Hay un meme muy interesante que habla de cuatro imágenes: cómo eres en Linkedin, Facebook, Twitter, Instagram y Tinder. Lo peor de todo es que es cierto: en uno eres profesional, en otro feliz, en otro desmadroso.

Asumiéndome como escritor de ciencia ficción y como profesor de prospectiva, es irónico que yo mismo no sepa qué pasará.

Dentro de la tecnodiversidad, ¿qué pasa con quienes no tienen acceso a las redes? De hecho pienso que es una nueva forma de vulnerabilidad social. Las adquisiciones remotas, posibles para ciertos escalafones con acceso a aplicaciones y tecnología, son un mecanismo de protección en la época del COVID-19.

Esto también lo refleja la tecnodiversidad: las grandes desigualdades sociales y económicas. Un ejemplo es toda la gente que no tiene acceso. O: ¿por qué hay personas de cierta edad que no usan Twitter? ¿Por qué se piensa que Tik Tok es más para la Generación Z, mientras que Instagram es para los Millennials? ¿Por qué hay tanta gente sin redes sociales? Porque no tienen internet. Hay comunidades rurales con su propia red de telefonía mediante celulares Nokia. Estos modelos que parecen ladrillos para ellos son funcionales. Y no solo hablamos de lo virtual, sino también del acceso a automóviles. J. G. Ballard hablaba sobre el estatus en la sociedad inglesa a través de la adquisición de autos: eso tiene que ver con cambios sociales. Hubo una tendencia en la mal llamada clase media donde, durante la pandemia, comenzaron a comprar coches para no arriesgarse a desplazamientos largos y contraer el COVID. Ya no quieren usar Uber por temor a contagiarse. Es decir, la tecnología nos obliga a tomar decisiones de vida de acuerdo con nuestra realidad económica.

Se podría decir que la pandemia también reflejó las pésimas condiciones de trabajo en que se encuentran muchos sectores vinculados con aplicaciones, con avances tecnológicos y falta de regulaciones laborales.

Sin duda. La pandemia visibilizó, por ejemplo, las malas condiciones de trabajo en que viven muchos repartidores de comida o los choferes de aplicaciones. Ya se había observado esta explotación en Estados Unidos, pero ahora es más visible. Una cantidad importante de gente comenzó a utilizar durante la pandemia el servicio de comida a domicilio, y al final dijeron: estoy gastando mucho en comida, lo que derivó en otras tendencias como el fenómeno del panqué de plátano, que no hubo quien no lo hiciera. Para algunos comenzar a cocinar fue un gran logro. En un contraste generacional, ahora todo es más difícil: para la generación actual salir de casa, cocinar, ahorrar, tener un empleo, es más complicado por las condiciones de vida y la precarización. Otro tema: los algoritmos. Ahora con la pandemia nos damos cuenta sobre cómo intervienen en la vida íntima. Estamos tan sumergidos que, en definitiva, hay que hablar de tecnodiversidad: formamos parte de un sistema retroalimentado; Zoom es una extensión de nuestro cuerpo, el algoritmo es una extensión de nuestros deseos.

En una conferencia para el Conacyt dijiste: para entrevistar hay que llegar con mucha ignorancia a hacerle preguntas a la persona correcta. En otra entrevista, sobre esa línea, mencionaste que la ciencia ficción habla del presente y el cyberpunk del futuro. No me quedó claro, así que con cierta ignorancia te pregunto de lleno: ¿qué es el cyberpunk? ¿Cuáles podrían considerarse sus rasgos estéticos?

El cyberpunk es alta tecnología y el uso que se le da a nivel de calle. Pienso en algo al azar: en China hay robots barrenderos y es la más alta tecnología pero a nivel de calle, haciendo el trabajo que bien puede hacer un humano. Algo cyberpunk es verlo quince minutos en el futuro. Si planteamos este ejemplo en México, algún gandalla ya habría encontrado cómo aprovecharlo. Mientras que, como estética, el cyberpunk es súper ochentero, habla de un pesimismo tremendo sobre el futuro de la humanidad, donde grandes corporaciones tienen el control de la vida cotidiana y donde tienes que invertir en tecnología para estar al día, para no quedarte atrás. Lo que tú y yo hacemos en este momento es alta tecnología. Pero, en los ochenta, esto que pasa ahora era el futuro, solo que se visualizaba desde televisores, lo que se llamaba videófonos.

¿Pero de qué manera el cyberpunk se posiciona quince minutos en el futuro?

Quince minutos en el futuro sería algo como esto: qué tal que alguien nos secuestra ahora y dice: estoy escuchando su conversación, he revisado sus computadoras, y si no me pagan en este momento voy a publicar unas fotografías comprometedoras. Eso podría suceder en los próximos quince minutos. Es como el ciberespionaje para conseguir las fórmulas de las vacunas. Yo tengo un dicho que no recuerdo a quién se lo robé: si hay un ataque cibernético y no deja rastro, fue chino; si deja rastro, pero no sabes quién es, fue ruso; si deja rastro, y de pronto lo ves en las noticias, pero sigues sin saber quién fue, es de Corea del Norte. Quizá la vacuna que nos toque fue producto de un robo hacker. El cyberpunk es la única corriente de la ciencia ficción que no sólo se realizó, sino que la estamos viviendo. Antes se hablaba de viajes espaciales, pero el cyberpunk regresó todo a lo cotidiano, a nuestro planeta, y comenzó a reflexionar de manera filosófica sobre cómo nos afecta la tecnología.

Además es un subgénero con muchas referencias a nivel cinematográfico. RoboCop, Terminator, Ghost in the Shell, Her

Claro, es tecnología a nivel de calle. RoboCop habla de la privatización de la policía, de las leyes, lo cual es terrible. Ghost in the Shell va sobre esa línea y Black Mirror da miedo porque puede ser real. Te dices: esto ya está ocurriendo, solo que aquí se usa una metáfora muy elegante. A veces las dimensiones, los límites entre la ficción y la realidad se cruzan. El cyber es por lo tecnológico, lo punk por lo subversivo y lo callejero.

Quizá forma parte de una tradición en cuanto a lo estético, pero ¿sería posible un giro de tuerca dentro del cyberpunk donde exista, aunque suene cursi, una esperanza entre los vínculos humanidad-tecnología?

Al cyberpunk se le ha llamado “distópico”, lo que es contrario a una “utopía”. El cyberpunk siempre examina el peor escenario posible. Sin embargo, en los últimos años, ha surgido un movimiento, que yo califico de controvertido porque está promovido por grandes empresas, que se llama solarpunk. Se trata de historias de ciencia ficción donde se usan energías ambientales limpias y que tienden más a la utopía. Por su parte el cyberpunk siempre es distópico, va en contra del determinismo tecnológico, cuestiona que todos los problemas de la humanidad se resuelvan con tecnología. Por ejemplo los algoritmos, que están sesgados; y en particular los destinados a pronóstico de crimen en Inglaterra y Estados Unidos están sesgados para considerar sospechosos a todo aquel que no sea blanco. Lo cyberpunk habla de qué tan máquinas nos hemos vuelto, qué parte humana podemos salvar, como en el caso de RoboCop.

En Breve historia de la ciencia ficción, Luis E. Íñigo Fernández dice que la ciencia ficción es un género representado por el conjunto de manifestaciones que exploran el impacto sobre el individuo y la sociedad ante la posibilidad de avances verosímiles en distintas ramas del conocimiento. ¿Tú qué piensas como creador? ¿Cuáles serían algunos rasgos del género?

La ciencia ficción propone soluciones, pero primero tiene que plantear un problema. El protagonista es el que lo resuelve a través de la tecnología o dentro de un contexto con grandes avances tecnológicos. Por esto el cyberpunk tiende a lo negativo, al lado oscuro. Y por lo general, para que un cuento sea entretenido, el protagonista tiene que enfrentarse a una situación, verse inmiscuido en un contexto que te obligue a prestarle atención. Al final son temas muy humanos. Es nuestra humanidad la que se enfrenta a la tecnología. Hay un capítulo en Love, Death & Robots que me remite mucho a esto, sobre una lavadora que se vuelve artista. Se titula Zima Blue y habla sobre cómo el valor que le damos al arte es algo sumamente humano.

Dentro de Paracosmos me fascinó el cuento La prueba de lovelace. ¿Por qué optaste por revivir a Guillermo González Camarena? ¿Lo ves como un científico revolucionario de su tiempo?

Camarena es una figura que tiene algo trágico. Murió en un accidente de auto cuando iba hacia a Veracruz para instalar una estación de televisión. El canal 5 lleva sus siglas, que son XHGS. Es una figura que mezcla lo trágico y lo científico dentro del imaginario mexicano. Al final, a mí me gusta la ciencia, y creo que en México hay pocos héroes científicos. En la ciencia ficción se juega mucho con las posibilidades. Y yo quise plantear en este cuento: ¿qué habría pasado si González Camarena no hubiera muerto?, ¿qué pasaría si se hubiera interesado por las computadoras? A partir de eso surgió la historia. Yo pienso a González Camarena como el Bill Gates mexicano del pasado. Entonces, ¿qué pasaría si hubiera encontrado la forma de seguir vivo? Si México se volviera una potencia tecnológica, hubiera sido muy chido que sucediera a través de González Camarena.

Así como J. G. Ballard, sé que tu escritura tiene una gran influencia de Philp.K Dick, un escritor al que admiro en lo personal. ¿Cómo llegaste a él? ¿Qué piensas de su literatura?  Dentro de su locura y sus excesos, considero que es alguien que vaticinó mucho de lo que vivimos actualmente.

Me lo presentaron los escritores que conocí en Puebla. Antes, sin haberlo leído, lo ubicaba por películas que seguían este orden de ideas “dickeanas”: cuestionamientos sobre la realidad, la manipulación de los medios, las realidades alternativas. Te hablo de la década de los noventa. Hay un cuento suyo en particular, “La fe de nuestros padres”, donde habla de un mundo dominado por China; es un cuento de finales de los sesenta. Y ahora China de alguna forma domina al mundo. Pensando en ese cuento y en Dick, yo también tuve una etapa de experimentación con psicodélicos, en particular con LSD, que se me hace la cosa más maravillosa del mundo. Hice esta conexión con él por varias razones. Y, sin querer hacer una apología de los excesos, creo que me ahorré muchas sesiones de psicoanálisis con una microdosis de LSD. Sentí que llegué a comprender, a través de eso, lo que trataba de decir Philip. K. Dick. Tanto él como Ballard siguen estando vigentes. El primero desde el cuestionamiento de la realidad, y el segundo por analizar las señales que nos dio la tecnología, al pensar sobre cómo influyen en nosotros como sociedad. Para mí fue revelador no tomarme en serio pero estar alerta, muy alerta, de todas las señales que hay. Es una metáfora bonita cuando vas por la carretera y los letreros dicen: ponga atención a las señales. Si les prestáramos más atención, podríamos encontrar soluciones a los problemas. Tenemos que salir del eterno retorno, de los bucles, para replantear la realidad.

Páginas: 112.
Publicación: 2020.
Editor: Antonio Marts.
Editorial: Paraíso Perdido.

Mateo Peraza Villamil (Mérida, 1995). Reportero. Ha publicado en Efecto Antabus, Tierra Adentro y Punto de Partida.

Las imágenes que acompañan la entrevista son cortesía de la Editorial Paraíso Perdido

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