Asfixia

Monica Améndola (Rio de Janeiro, 1974) nos presenta un cuento donde una alteración en el espacio cotidiano lo cambia todo.

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Los días inútiles son como una costra

de mugre sobre el alma.

Hay una asfixia lenta que sonríe,

 que olvida, que se calla.”

Jaime Sabines

Por Monica Améndola

Despertar. Un día más a la prolongada cuenta del encierro. Como todas las mañanas, la ronda de saludos se limita a mis únicas compañeras: una pequeña explosión de verde frescura en el patio interno. Si en algún momento del pasado me hubieran dicho que mi primer acto matutino sería decir hola a un puñado de hojas, pensaría que era un disparate, algo completamente sin sentido. Y, sin embargo, aquí estoy, esperando secretamente alguna respuesta del helecho del rincón, que se ve cada vez más frondoso. 

Me sigue causando curiosidad la pequeña plántula que brotó de la nada en la maceta de los jitomates. ¿Será alguna semilla adormecida despertando de un sueño reparador, una guerrera resistente probando suerte en nuevos territorios? Pronto lo sabré. Lo cierto es que crece con un ímpetu muy particular, desafiando estos tiempos de mesura y paciencia. 

Toc, toc, toc, toc. Escucho los pasos del cartero que se aleja apresuradamente, dejando claro que no quiere ningún contacto. En el umbral de la puerta encuentro una caja grande, algunas cartas. Hubiera querido saludarlo, preguntarle cómo va sobrellevando toda la situación, pero entiendo su prisa, y la tenacidad en mantenerse distante. 

Examino rápidamente los sobres, nada de gran importancia. Cartas comerciales, cuentas por pagar. Un pasquín que se coló trae noticias nada alentadoras: escasez de alimentos, aumenta la insatisfacción de la gente, se organizan manifestaciones con escasos valientes. Abro la caja grande, y ahí están los abarrotes. Vuelvo a pensar en mi despensa, repaso mentalmente la comida guardada en el sótano, y según mis cálculos, podré estar bien por tres meses más. ¿Qué haré después? …

Las semanas transcurren con una fluidez ya intangible, mi única referencia del paso del tiempo ha sido acompañar el crecimiento de mis verdosas amigas. La pequeña que llamó mi atención sigue expandiéndose a un ritmo veloz, ya brincó de la maceta a tierra firme, y parece determinada a colonizar cada pedazo de muro decrépito a su paso, cambiando los tonos grises de las paredes por un paisaje esmeralda que me alegra la vista. Me doy cuenta de que mi reserva de alimentos está llegando a un límite crítico, pero no me atrevo a salir en búsqueda de provisiones. La situación pasó de inestable a francamente caótica. Ya no recuerdo cuando fue mi último contacto con alguna otra persona, tal vez el cartero que dejó las últimas entregas, tal vez un vecino perdido por el barrio, que al verme cambió rápidamente de rumbo para evitar cualquier encuentro. En la radio hace mucho que se dejaron de escuchar noticias. La única transmisión que se repite, cíclicamente, es la de los números oficiales: “cuatro … ocho … quince … dieciséis … veintitrés … cuarenta y dos … chsss … chsss … cuatro … ocho … quince … dieciséis … veintitrés … cuarenta y dos … chsss … chsss … cuatro … ocho … quince …”. Meses atrás, tenían algo de sentido; ahora, es sólo un conteo al azar.

El fin de tarde es caluroso, el aire está cargado de humedad. La estación de lluvias se aproxima y todo el entorno parece estar sincronizado, en espera de la caída de las primeras gotas. Aprovecho que la temperatura bajó un poco al anochecer, y salgo a una rápida exploración por el vecindario. La ausencia de los ruidos del cotidiano hace eco con la desolación que me rodea. Confirmo mis sospechas: mi casa es ya la última habitada en estos rumbos. La desbandada colectiva ha dejado su rastro, y aprovecho el desorden para rescatar de los hogares cercanos algunos utensilios y latas de comida olvidadas en las prisas por el desalojo. Me detengo un momento a revisar el botín, y de pronto, un ruido súbito me hace brincar sobresaltado: detrás de las cajas del fondo, un gato color miel aparece, con ojos tristes y movimientos cansados. Se acerca con precaución, temiendo el rechazo, pero soy incapaz de espantarlo. A estas alturas, cualquier compañía es bienvenida. 

Los aguaceros han sido intensos, y la naturaleza parece agradecer. Mi pequeña planta favorita ya no puede ser llamada así. Ha logrado instalarse en todo el patio, desplazando lo que encontró a su paso. No hago esfuerzos por controlarla, porque su frenesí creciente de alguna forma me resulta inspirador. Además, ha llegado hasta la ventana de mi recámara, creando una cortina frondosa con su ramaje, y por momentos, funciona como un escape a la monotonía de colores melancólicos que me rodea. 

La escasez de comida me ha dejado sin muchas opciones, y he decidido colocar trampas improvisadas esperando atrapar algún pájaro despistado. Probablemente gracias a mi suerte de principiante, al final de la tarde escucho un ruido sordo seguido de un aleteo desesperado: ahí estaba mi cena de lujo, la primera en un largo tiempo. Termino mi banquete inesperado, y salgo a llevar las sobras a mi compañero felino, es hora de que tenga una comida decente para reponer fuerzas. Espero algunos minutos, pero no hay señales suyas por ningún lado, ni un ronroneo, ni un maullido. Es un poco extraño, pues ya nos habíamos acostumbrado a compartir momentos de quietud en las noches, sentados lado a lado. 

Al amanecer, encuentro su pequeño cadáver enredado entre el follaje afuera de la ventana de mi cuarto. Arranco con furor las ramas enmarañadas, mi corazón se dispara y un zumbido agudo me ensordece, puedo sentir la adrenalina llegando hasta la punta de mis dedos, mientras las preguntas rondan incesantes: ¿quién hizo esto?, ¿no estoy solo?, ¿algún vecino habrá regresado a su hogar?, ¿o algún vagabundo errante queriendo ocupar una de las casas abandonadas? … me lanzo en un recorrido frenético por los alrededores, pero no encuentro ningún vestigio, ni una pista. Al caer la tarde, hago un entierro simbólico, seguido de una nueva ronda de inspección. Nada. Debo aumentar las medidas de protección. No puedo darme al lujo de bajar la guardia. 

Aunque trato de resistir y mantener la vigilancia, el sopor invade mi cuerpo adolorido y cansado, decido recostarme. La noche se siente pesada, inquieta, sin alivio. Me hundo en una serie de sueños impacientes, vagando entre realidades alternas. Parecen tan tangibles, que por instantes me dejo engañar, pretendiendo creer que ese universo onírico es el verdadero. Escucho ruidos que me despiertan, algo parece moverse dentro de la casa. Me levanto tambaleante, enciendo todas las luces, y por más que busco, no veo a nadie, no encuentro rastros de invasión. Regreso a la cama, hago un esfuerzo por dormir nuevamente. Una y otra vez se repiten los sonidos perturbadores, entrecortando mi descanso, obligándome a alternar el sueño con la vigilia, sin que logre ubicar su origen. Tal vez no sean más que extensiones de mis pesadillas. 

Finalmente, agotado, caigo en un sueño profundo. Los ruidos ya no me asustan, se han convertido en un arrullo suave e hipnótico. Me invade una plácida embriaguez, la sensación de bienestar que me rodea empieza a transformarse en un abrazo, cada vez más tangible. No quiero pensar de donde salen esos brazos que me envuelven, solo deseo dejarme llevar. En un último momento de lucidez, abro los ojos para descubrir horrorizado que mi pequeña planta favorita, en un arrebato de crecimiento desenfrenado, ha tomado todo el cuarto, toda la casa. Sus ramas me inmovilizan, la savia entra por mis venas, paralizándome en un estupor final. El follaje espeso me ahorca, y mi última exhalación se integra al pulso de la naturaleza. 

Monica Améndola Pimenta (Rio de Janeiro, 1974). Licenciada en Biología con doctorado en Ecología, exploradora de las artes visuales a través de la fotografía, ha colaborado en publicaciones literarias recientes. Instagram: @moni_amendola.

Procesando…
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