Raíces, de Beth Guzmán

Valentín Eduardo reseña Raíces, de Beth Guzmán (Tepatitlán, 1995).

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Por Valentín Eduardo

En busca de libertad absoluta, las raíces son un estorbo para la poesía contemporánea: “se declara la renuncia a Dios, al vientre materno y al futuro”, escribe Jan Castelán para el prólogo de Raíces, ópera prima de Beth Guzmán (Tepatitlán, 1995), poeta, docente y promotora de lectura, a quien tuve el gusto de conocer en otro mundo, por allá del 2018. Desde ese primer momento, su poesía me cautivó en su musicalidad, sensorialidad y, sobre todo, generosidad de espíritu. Otra cosa, no obstante, se lee en Raíces

Ocultas a simple vista, tanto en su realidad primaria en la naturaleza, como en su reelaboración metafórica para el ser humano, su origen y su destino, las raíces se alimentan de su medio y crecen sin que nos demos cuenta. Siempre habían estado ahí, lo sabíamos, podíamos intuir su forma, pero estaban ocultas ya fuera en la tierra o en la memoria, o bien, a hombros de la poeta, como una voz que te susurra al oído. ¿Antepasados? ¿Traumas? Lenguaje. Un “advenimiento anunciado” en palabras de Castelán. 

Raíces como recuerdos amarillos, como obsesiones (el número siete, el cuerpo como sistema de excrecencias, el color amarillo, el lenguaje), rehúye una lectura unívoca. Cada uno de los 16 poemas que integran el libro encierra sus propias contradicciones, desde el recuerdo de un Narciso que “Dijo que por fin volaría y se ahogó en la fuente”, hasta la lucubración más infantil en medio de la tragedia: “La pistola hizo bum o click o bang”, y que recuerdan la sustancia de la que está hecho nuestro día a día. 

Poesía escrita por mujeres, en cuyas voces la poeta se encontrará a lo largo del libro: “Creo / amo / espero / en ti / mujer de todas las caras”, poesía escrita, a su vez, para mujeres, sin intermediarios, por primera vez en la historia de la literatura, cómo no, en un momento histórico que demanda su compromiso con la causa feminista y de uno como hombre, escuchar, que no es lo mismo que celebrar, pues también requiere de un compromiso al que todos debemos estar a la altura. Morras leyendo morras, como dicen.

En “Mujer de rojo”, por ejemplo, la voz anti-lírica interpela al acosador, ahora objeto de deseo: “toréame ésta”, e invierte la cosificación: “Fagotízate”. No quiere ser Ariadna, y el precio que paga es convertirse en el Minotauro, a los ojos de Perseo: “Una se viste de rojo / le ponen cuernos / y se la quieren echar”. La denuncia es explícita: “Una se vista de rojo, / de azul / de verde / pensando en él, / claro”, el hijo rojo del se metamorfosea: “me visto con mi propia sangre”, pero también con las espadas de un Ícaro indefenso.

Frente al acoso diario que sufren las mujeres en todos los espacios compartidos, la “Mujer de rojo” como símbolo que se reapropia de la cosificación, “toréame ésta”, en un claro gesto paródico del machismo y el culto fálico de la mexicanidad. Frente al acosador, la denuncia: “Fagotízate”, en una reapropiación de la violencia masculina cuyo precio, si bien alto: verse a sí misma con los ojos de la bestia, tú, yo, cualquier hombre, y el dolor que esto implica, nunca igualará al de una mujer víctima de dicha violencia. Ojo, vatos.

Heredera del surrealismo y decadentismo no esteticista, en la que las imágenes oníricas, sinestésicas y “escatológicas” (con perdón de Hegel) abundan: “Huelo a sudor de culo, de pies, / de pechos y entrañas”. Libro como colección de poemas que distingue a la propuesta de la tendencia de los libros unitarios por tema o estructura. Poesía del cuerpo atravesado por la violencia, eludido por el intelecto a ratos. Poesía confesional, no necesariamente intimista, o no más allá de los que las raíces son íntimas a la planta, en la tierra que la sostiene o, en el libro, en los hombros donde la poeta las carga y la cargan, ineludibles, susurrándole al oído, hablando de ti y de mí, no con nosotros. En lugar de esperar a ser nombradas, se deciden nombrar a ellas mismas. Su nombre: poesía. ¿Poesía feminista? Las lectoras lo dirán.

Para las y los interesados, el libro puede ordenarse aquí.

  1. En “Raíces”, p.15
  2. En “Asalto”, p.24
  3. En “Estudio”, p.24
  4. En “Mujer de rojo”, pp. 26-27
  5. En “Transporte público”, p. 44

Bibliografía

Guzmán, Beth. Raíces. Ediciones el viaje, Guadalajara, 2020.

Valentín Eduardo (Culiacán, Sinaloa, 1994). Esquizofrénico profesional desde 2010. Poeta y ensayista. Licenciado en Letras Españolas por la Universidad de Guanajuato. Ha publicado los libros: Día cero (Crisálida Ediciones, 2020), de poesía, y La otra herencia de Borges: imagen de autor y ethos discursivo para el periodo 1974-1981 (Universidad de Guanajuato, 2020), de ensayo. Ha colaborado en revistas literarias y medios electrónicos tales como (Dis)capacidades, Cardenal, Los demonios y los días, De-lirio, Página Salmón, Golfa, entre otros. Becario del Festival cultural Interfaz en 2018. Coordinador del Laboratorio de creación literaria “GolfaLab” en Guanajuato de 2018 a 2019. Actualmente cultiva germinado en una granja de pollos.

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