Benjamín Labatut: «Nuestra materia prima –las palabras y las historias– son altamente reactivas, incluso radioactivas»

Una entrevista con el escritor chileno Benjamín Labatut, quien publicó ‘Un verdor terrible’ en Anagrama, una obra cuyos textos exploran y se sumergen en la ciencia y sus personajes históricos utilizando como recurso la literatura

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Por Josué Tello Torres

¿En qué se convierten los hechos y personajes históricos cuando pasan bajo el proceso de escritura de ficción o no ficción? ¿Qué diferencias o similitudes existen cuando lo anterior se proyecta desde la literatura y no a través de los libros históricos o científicos? ¿Qué es la realidad y la verosimilitud? ¿La historia científica y la subjetividad? Estas fueron algunas preguntas que comenzaron a surgir mientras avanzaba mi lectura de Un verdor terrible (Anagrama, 2020) del escritor chileno Benjamín Labatut.

El libro cayó en mis manos cuando veía La Segunda Guerra Mundial a todo color en Netflix, donde en los primeros capítulos del documental se aborda el Pervitin, la metanfetamina de la que se habla en Azul de Prusia; en este primer texto, Labatut desarrolla un hilo de acontecimientos a partir de la molécula de cianuro de hidrógeno. Eso me engancho. Además de cómo involucra a William Burroungs, Hermann Göring, Heinrich Böll, Adolf Hitler, Johann Conrad Dippel, Van Gogh, Mary shelley… -bueno, la lista de personajes que transitan en el primer texto de 40 páginas es extensa-, y crea una interconexión con estos personajes y su intervención con la molécula a lo largo de la historia. Un contraste con los historiadores y científicos que hablan en el documental, pero con la sensación de que la misma historia se estuviera desarrollando en líneas paralelas.

Los 5 textos que componen Un verdor terrible construyen una atmósfera que arropa y que, si fuera un sendero nocturno, hacen que las pisadas se sientan seguras porque el camino se alumbra a cada paso. Con esto no digo sea una lectura fácil o rebuscada, porque es un libro que exige y interpela de manera constante al lector; así como lo hacen algunos libros inclasificables de Mario Levrero o Enrique Vila-Matas.

Partiendo de lo anterior, este es el resultado de la entrevista con Benjamín Labatut.

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¿Qué detonó la escritura de los relatos en este libro?

Hace diez años atrás viví una experiencia inexplicable. De ahí nació mi interés en las ideas e historias que hay en este libro, y que hablan de la epifanía, de las cosas que escapan del sentido común, o de los descubrimientos que nos llevan más allá de nosotros mismos.

En el libro trato de analizar el sentimiento que nos ha invadido a todos, esa sensación de que la realidad se ha desquiciado, de que ya no es posible comprender las cosas que suceden, como si los bordes de la ficción y la realidad hubiesen empezado a sangrar. Pero este es un proceso que comenzó hace mucho tiempo: yo rastreo su origen al momento en que las ciencias en general, y la física en particular, se volvieron conscientes de su propia limitación, cuando nos dimos cuenta (o más bien cuando volvimos a tener conciencia) de que el mundo es un lugar mucho más extraño de lo que pensábamos.

Las ideas que me fascinan son aquellas que simplemente no podemos entender. El agujero negro de Schwarzschild, la mecánica cuántica, la prueba que Mochizuki propone la conjetura a + b = c, todas esas son ideas que parecen ser más de lo que podemos manejar, y tuvieron efectos, maravillosos o devastadores, en las personas que se acercaron a ellas por primera vez.

¿Cuál fue el proceso de construcción, documentación y escritura de Un verdor terrible? ¿Qué sucedió durante ese tiempo?

Descubrí y redacté todas las historias en paralelo. El libro nació de una búsqueda de ideas, y esas ideas luego me llevaron a las historias.

Azul de Prusia traza la ruta de una molécula: el cianuro de hidrógeno. Leí que se había detectado en la costra que recubre el cometa Halley, y que algunos lo consideran un precursor de los aminoácidos que componen nuestro ADN: siguiendo esa diminuta molécula, absolutamente mortal, encontré un hilo que unía la ciencia, el arte, la historia y la alquimia, y que culmina en las cámaras de gas del Holocausto.

Con La singularidad de Schwarzschild, fue igual de azaroso: escuché una charla sobre la teoría de las cuerdas, y el presentador comentó, de pasada, que un soldado alemán, en el frente ruso de la I Guerra Mundial, había sido el primero en resolver las ecuaciones de la teoría de la relatividad general de Einstein, mientras su cuerpo era carcomido por una enfermedad necrotizante. Y que en esa solución había aparecido el primer agujero negro.

El corazón del corazón es producto de una noticia que leí en una revista: un matemático japonés había publicado una prueba que nadie era capaz de comprender. Sus colegas no podían probarla ni refutarla. Hasta el día de hoy, todavía está en ese limbo.

El texto final nació de la rivalidad entre dos gigantes: Erwin Schrödinger y Werner Heisenberg. Ellos crearon, con sólo seis meses de diferencia, dos versiones equivalentes pero contradictorias de la mecánica cuántica. Pero lo que me fascinó es que Heisenberg lo había hecho mientras caminaba en una isla desierta en altamar, con la cara deformada por un ataque de alergia, leyendo a Goethe, mientras que Schrödinger se pasó una semana encerrado con una amante en un resort de esquí, trabajando con los aros de perlas de ella metidos en los oídos. Las circunstancias en que nacieron ambas teorías, y la forma que tenían las ecuaciones –sensual la segunda, rígida y abstracta la primera- estaban completamente relacionadas: me parece que eso refleja la forma de la mente de sus creadores.

Fotografía cortesía de Anagrama

¿Cómo supiste cuál era la voz narrativa idónea para darle vida a las historias?

Las voces, el registro de los textos, y el tono que tienen, surge en gran parte de los documentos que encontré durante la investigación. Yo sólo sigo mis obsesiones y dejo que la información disponible (que suele ser bastante escaza, debido a las temáticas que me interesan) dicte la forma del texto, o determine su narrador. Como las fuentes que uso son artículos científicos, memorias de conferencias ignotas, volúmenes que recogen el legado de personas que la historia ha olvidado, o que nunca vio en primer lugar, el producto final está infectado de una textura extraña, de una suerte de realismo que la gente confunde con la no-ficción. Muchas veces, el narrador que empleo lo encontré en el registro de otro. Yo trabajo por acumulación, “cherry-picking”, como dicen los gringos: robando lo mejor de los demás, sacando las manzanas más rojas de árboles que ya casi nadie lee porque no son documentos literarios, sino científicos o históricos.

Después de leer el primer texto, pensé inmediato en La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, de Siri Hustvedt, este libro de ensayos donde la autora crea un puente entre el arte y la ciencia, y en el que también escribe sobre esta enemistad añeja entre los científicos y artistas, ¿tuviste algún obstáculo al momento de tomar a la ciencia y a los científicos como argumento en las historias? ¿Pasó por tu cabeza apegarte a la verdad histórica construida alrededor de Haber, Grothendieck, Einstein, Schrödinger, Heisenberg y compañía?   

La dificultad no radica en apegarse a la realidad –eso lo puede hacer cualquiera- sino en separarse de ella lo justo y necesario para tratar de apuntar hacia significados más hondos, más oscuros, más extraños. La ficción implica ensuciarse las manos. No basta con decir, ¡Pero si esto es real! ¡Esto realmente pasó! Hay que mojarse el potito, como decimos en Chile: hay que atreverse a inventar, a torcer, a moldear la historia para poder utilizarla como un arma. Hay que minar los materiales de la realidad y derretirlos para hacerte un par de balas, y luego te disparas esas balas contra la cabeza. Con el caos resultante, con esa masa sanguinolenta de ideas, fantasías y hechos, toca crear algo nuevo, ojalá algo tan alucinado como la realidad misma, que muestra sus dobleces, paradojas y horrores si una la mira muy de cerca.

¿Crees que en algún momento la ciencia y la literatura, las ciencias sociales en general, logren mantener un puente que comparta conocimientos?  

Me parece que siempre hubo puentes entre la ciencia y la literatura. La literatura siempre ha fascinado a la ciencia, y la ciencia toma mucho de la literatura: el nombre de los quarks, por ejemplo, viene de una frase de Finnegans Wake (Three quarks for Muster Mark!), y ese libro está lleno de personajes que sólo aparecen –como los quarks– de a tres, aunque sean uno y el mismo.

La ciencia y la literatura son formas de pensar el mundo, y hay múltiples heurísticas que viajan de una disciplina a otra. Hay muchos autores y autoras inspirados por la ciencia: Delillo, Atwood, K. Dick, Burroughs, Orwell, Le Guin, Shelly, pero mi favorito es Edgar Allan Poe: en 1848, dos años antes de morir, escribió Eureka, un largo poema en prosa que consideró su obra maestra. El libro fue destrozado por la critica, vendió 500 copias y se lo tomó como una prueba más de su descomposición mental, y sin embargo está lleno de ideas que hoy forman parte del canon científico. Poe escribió que todo comenzó́ a partir de una partícula primordial que se divide en un flash instantáneo y crea la totalidad de la materia, ochenta años antes de que el padre Lemaître hablara del Big Bang. También habló de una futura contracción del universo (el Big Crunch), de la equivalencia entre materia y energía (Einstein), y de la identidad entre luz, calor y magnetismo (que sólo fue formalizada por Maxwell en 1865), además de la existencia de una fuerza repulsiva que contrarresta la gravedad, similar a lo que hoy llamamos energía oscura.

La ciencia y la literatura avanzan por caminos paralelos. Poe llegó a estas ideas mediante la alucinación. La ciencia tiene sus propias sendas, pero también es una especie de delirio organizado.

«La dificultad no radica en apegarse a la realidad –eso lo puede hacer cualquiera- sino en separarse de ella lo justo y necesario para tratar de apuntar hacia significados más hondos, más oscuros, más extraños.»

Igual recordé un texto de Alejandro Zambra en Tema libre, cuando un periodista le pregunta a un personaje que también pudiera ser Zambra: “¿Cuánto de ficción y cuánto de realidad hay en tus libros?”, y él, el personaje, le responde con ironía: “Mis libros son 32 por ciento autobiográficos”. Evidentemente no te haré esa pregunta, pero, de lo que he leído en prensa y reseñas, pareciera haber un interés inexplicable por saber cuánto de realidad hay en Un verdor terrible, como si esa respuesta ayudara a descifrar un mensaje oculto o les diera verosimilitud a los textos. ¿Cómo se escribe, o cómo escribes, desde la ficción, la realidad y lo verosímil?    

Es mucho más fácil de lo que puedes imaginar: la clave está en la fascinación. La palabra viene del latín fascinus, que significa “falo divino”; o sea, lo importante es que te calientes con la realidad, que te seduzca el misterio, que no estés interesado sólo en la información, sino en aquello que ni las ecuaciones ni las palabras pueden tocar. El hambre de sentido, que nos afecta a todos, en mayor o menor medida, es la mejor guía a la hora de ahondar en la realidad en busca de buenas ficciones. Está todo ahí, pero si no tienes una obsesión personal, si no has afilado y trabajado tus propias obsesiones como para poder sacarle una tajada a la realidad, sólo te vas a topar con los hechos del mundo, que están muertos y no cautivan a nadie.

¿Qué recuerdas de aquellos días en La Haya, Buenos Aires y Lima? ¿Cómo influyeron en el lenguaje? ¿Qué cambió cuando te estableciste en Chile?  

No recuerdo prácticamente nada. Tengo un extraño bloqueo, sin duda producto del trauma que significó para mi el cambio. No tengo más que un puñado de recuerdos de mi infancia, pero lo peor de todo, es que desconfío totalmente de ellos. Recuerdo el cinturón que usaba la niña a la que le di mi primer beso en Holanda, porque me hizo una herida en el estómago, de lo fuerte que me abrazaba mientras bailábamos. Recuerdo -paradójicamente- cuando me golpeé la cabeza y perdí mi memoria y la noción del tiempo. Recuerdo haber sido un niño solo, tímido, triste, que leía mucho, y que caminaba por parques vacíos que eran de un verde feroz, muy distinto a lo que estaba acostumbrado en Chile, mirando cisnes blancos que flotaban por los canales, con mucho cuidado de no pisar un mojón de perro (que los había en todas, todas partes) o la jeringa usada de un yonki. Pero yo era (y sigo siendo, en algunos sentidos) un niño fantasioso. Me costaba distinguir los sueños de la realidad, así que las historias que me cuento a mi mismo sobre mis años en el extranjero, son muy poco confiables.

¿Tenías en aquella época biblioteca en casa? ¿Cómo era y qué leías?

En mi familia nadie lee. No había ninguna biblioteca en mi casa. Yo tenía un puñado de libros, cosas que yo mismo compré en ferias del colegio, y que leía y releía. Eso no ha cambiado con el tiempo: mi biblioteca es pequeña, y sólo leo a un puñado de autores.

Me pudren las novelas, me aburren los cuentos, en general no me gusta la escritura “creativa”, salvo por contadas excepciones.

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¿En qué momento te decantas por la escritura? ¿Cuál fue el detonante (si es que hubo)?

Tengo el diario de vida que mi madre, uno que escribió desde que yo nací. Según ella, yo leía como un obseso desde muy pequeño, y escribía historias también, desde más o menos los seis años en adelante. Pero sólo me hice escritor cuando ya era grande: el último año de la universidad anuncié (con una mezcla de orgullo y vergüenza) que iba a ser escritor, como quien dice que va a ser asesino a sueldo o político. Fue algo muy difícil para mí, porque mis escritores favoritos, los autores que yo admiraba, por lo general habían terminado muy mal. O habían perdido la cabeza, o se habían pegado un tiro, o sencillamente habían muerto, sin pena ni gloria, totalmente desconocidos. Entonces yo entré en la literatura muy consciente del riesgo que implicaba, y hasta el día de hoy no he bajado la guardia. Porque esta profesión, si se puede llamar una profesión, es peligrosa: estamos jugando con partículas elementales. Nuestra materia prima –las palabras y las historias– son altamente reactivas, incluso radioactivas. Así que siempre existe la posibilidad de que una llegué, golpee un pedacito de tu ADN, y te convierta en otra cosa, en un mutante inútil, en un monstruo, o, dios no lo quiera, en un escritor respetado.

¿Qué llegó primero a tu vida, la ciencia o la literatura?

Como crecí leyendo los libros de Douglas Adams, como La guía del autoestopista galáctico, las dos cosas llegaron al mismo tiempo. Para mí nunca han sido cosas ajenas.

En una tierra de poetas, ¿qué te encaminó a la narrativa? ¿Qué significa para ti la poesía?

La poesía significa muy poco para mí. Casi nada, para ser sincero. Obviamente, hay un montón de autores que me fascinan: Diego Maquieira, Juan Luis Martínez, César Vallejo, Pound, Violeta Parra, T.S. Eliot. Pero la verdad es que no abro un libro de poesía hace como una década.

¿Qué diferencias hubo, si es que las hubo, en los procesos de escritura entre La Antártica empieza aquí, Después de la luz y Un verdor terrible?

Lo fundamental fue pasar a escribir en base a la investigación: me pudren las novelas, me aburren los cuentos, en general no me gusta la escritura “creativa”, salvo por contadas excepciones. Cuando me di cuenta de que podía llegar y escribir sobre mis propias obsesiones, que son, hay que decirlo, bastante abstractas y abstrusas -sin la necesidad de colarlas en cuentos, o de tener que esconderlas dentro de otras ficciones más convencionales- me cambió la vida.

¿En qué momento decides que una historia ya no da para más, que ha llegado a su fin?

Es bastante obvio, en mi caso, porque prefiero las formas breves. Incluso te diré que tengo la tendencia de querer acabar mucho antes de lo que corresponde: mato a mis protagonistas rápido, me aburren las historias convencionales, y detesto tener que pasar por todo el famoso circulito que la gente ha sido condicionada a esperar, producto de las películas. Ojalá pudiésemos saltar directamente al final. Un texto ideal, para mí, terminaría antes de empezar. O no acabaría de comenzar, como Una novela que comienza, de Macedonio Fernández.

¿Cómo afrontas el proceso corrección?

Mis libros son pura corrección. Incluso más que escritura. Yo no sé si escribo bien, pero soy muy bueno para corregir. Eso lo aprendí de mi maestro, el poeta chileno Samir Nazal, que me enseñó a leer y diseccionar la prosa como si fuera poesía, línea por línea, palabra por palabra, sonido por sonido, hasta que te rechinan los dientes y quieres mandarlo todo a la mierda. Es una forma muy antinatural de escribir, pero como no tengo talento natural, no me queda otra que el camino del esfuerzo.

¿Cómo trabajas con la editora o editor?

La persona que más me ha ayudado a editar es mi agente, Constanza Martínez, a quien agradecí en los reconocimientos del libro, porque realmente fue fundamental para darle forma a Un verdor terrible. Es una mujer muy inteligente, pero sobre todo muy porfiada. Me tiene algo de cariño, pero ningún respeto: en ese sentido, es una lectora/editora ideal, porque no deja pasar una. Muchas veces hemos terminado a los gritos, y si bien las peleas las suelo ganar yo, ella suele tener la razón.

¿Qué impresión te generó cuando supiste que Un verdor terrible se traduciría a varios idiomas y se publicaría en varios países?

Lloré durante una semana. Luego caí en un rapto de onanismo compulsivo. Llamé a todas mis exnovias. Me burlé, cruelmente, de todos mis enemigos, tanto en Chile como en el extranjero. Me corté una muñeca para ver si aún sangraba, o para asegurarme de que aún era humano, y luego salí a la calle y le pegué una patada a un perro quiltro, sabiendo que, ahora que la fama estaba a un paso, podía vivir con absoluta impunidad. Después de eso, volví a mi casa, abracé a mi esposa, le di un beso a mi hija, le rasqué la panza a mis perros, y empecé a enumerar a todos los escritores que alcanzaron el éxito en su momento, y que ahora no los conocen ni en su propia casa.

¿Estás escribiendo algo nuevo? ¿Se puede saber de qué se trata o las lecturas que arropan ese proyecto?

Escribo sobre la inteligencia, humana y no humana. Escribo sobre el hombre más brillante y singular del siglo XX, y de su inevitable reencarnación en el siglo XXI. También escribo de la nueva locura que parece haber infectado al mundo, y que hace que nos preguntemos, con cada vez mayor frecuencia, aquello que uno piensa cuando despierta dentro de un sueño lúcido: ¿Todo esto, todo este delirio, es real?

Páginas: 224.
Publicación: 2020.
Editora: Silvia Sesé.
Editorial: Anagrama.

Josué Tello Torres (Cancún, 1992). Profesor, periodista y editor cofundador de la revista Efecto Antabus. Ha publicado crónica, reportaje y reseñas literarias en Pie de Página, Revista Clarimonda, Poscultura¸ entre otros.

Las imágenes que acompañan la entrevista son cortesía de la editorial Anagrama

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