Regresan el humo, la brasa y la ventana

Paola Carrillo Viteri (Latacunga, 1993) nos presenta una crónica sobre su regreso a Ecuador tras la muerte de un ser querido. Un hecho inmediato —sentarse a escribir— detona una narración sobre la memoria, la vida y la nostalgia por el pasado.

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Por Paola Carrillo Viteri

Al final de la entrada podrás encontrar la versión en audio de este texto en voz de la autora.

No llegué. La abue Pepi se murió mientras yo volaba de España a Ecuador. Escribo esto sentada en el escritorio en el que estuve tantas veces antes. Tantas veces que solo puse los dedos en las teclas y ellos empezaron a moverse, como poseídos por las lágrimas que salían de mis ojos cuando quería contar algo y mi cabeza iba más rápido que mis labios. El corcho que está frente a mí tiene fotos y dibujos nuevos que muestran a la persona que fui en el pasado más próximo. Ahí está, señoras, la Paola que se graduó de Periodismo con sus amigos, ese día en el que se metieron a la cabina para hacerse fotos: Lautaro, Paola, Esteban y Mafer. ¿Quiénes son esos que hacen caras raras frente a la cámara con gafas inmensas, coronas y gorritos? Está la Paola que se disfrazó de Lilu Dallas, del Quinto Elemento, para la última fiesta de Halloween, del Soho House Barcelona; cuando la vida aún no se tornaba apocalíptica. Y, hablando de apocalipsis, sería imposible no contarles que estoy encerrada en mi casa porque tengo que cumplir con un Aislamiento Preventivo Obligatorio que, como su nombre lo indica, es obligatorio porque si salgo soy una potencial arma de destrucción. Y bueno, señoras, estoy aquí cumpliéndolo porque no me apetece ser una terrorista, todavía. 

Esta mañana —como es normal en Ecuador—, el sol entra perpendicularmente por la ventana de mi habitación y me calienta el hombro derecho. Qué rico se siente tener luz natural en el espacio en el que se ve pasar los días. No lo había notado antes, señoras, pero, en estas latitudes sudacas, es impresionante la velocidad con la que sube el sol para dirigirse a lo más alto del cielo. A esta hora, las 10:01, el sol también me calienta la planta del pie derecho. El tiempo corre rápido y así de rápido se fue mi abue, de un día para otro, como les decía siempre a sus vecinas, sin dar tanto problema. 

Si soy sincera, les confieso que, después de un año de no haberme sentado en este escritorio, me había olvidado de casi todo lo que se sentía. Me había olvidado de lo que era girar la cabeza hacia la ventana y ver un trozo inmenso de cielo azul con nubes contundentes que cubren el Ilaló —el monte que veo desde aquí— y, que hasta este instante que busco en Google, no sabía que era un volcán inactivo. Sí, señoras, vivo al lado de un volcán que en cualquier momento podría despertar. Y es que ahora que lo pienso, es lo más común que nuestro cerebro se acostumbre a su entorno en poco tiempo. No sé exactamente cuándo me acostumbré a la vida en Barcelona, al viento frío que empezaba a correr a inicios de octubre, al olor de las castañas a la brasa, a las voces de los transeúntes que todas mezcladas —por ser cientos en un mismo lugar—, producían un solo barullo flotante. Qué rápido me acostumbré, señoras, a una habitación sin ventana en la que alcanzaban apretadas una cama de una plaza y una cajonera. En fin, me acostumbré como se acostumbraron todas las Paolas que en algún momento dejaron de derramarse el helado sobre la ropa y empezaron a peinarse solas y se enamoraron y se mudaron tantas veces viendo a su abue Pepi mover la mano, diciéndoles adiós. 

Ahora en mi casa de Quito somos cuatro: mis hermanas Jasmine y Ana María, mi papi y yo. Mi mami está en Latacunga con mi abuelo que acaba de enviudar. Para ella son días de trámites, de remover recuerdos, de esperar que cualquier rato se le cruce su mamá por el pasillo. Anteanoche, hablamos con mi abuelito por videollamada. Estaba precioso, pero con los ojitos tristes. “Estás más linda de lo que eras y más linda de lo que te teníamos en mente”, me dijo cuando nos despedimos y casi me derrumbo, señoras —otra vez— como cuando mi mami me contó que la abue Pepi le llamó el viernes, antes de que venga, y le dijo “has de estar feliz porque ya mismo viene la Paolita”.

Escribo para expresar lo que mi cerebro siempre olvida y lo que mis labios a veces no alcanzan a verbalizar. Sentada en este escritorio que parece un congelador del tiempo, señoras, trato de asimilar que la realidad ahí afuera no tiene nada que ver con lo que dejé hace un año. Mi abuela está muerta, la vida sin mascarilla no existe, el contacto físico se censura y la diversión se prohíbe. Todo pasado se pierde junto a las fotos que aparté de mi corcho. Se quema con los papeles que dejé en la brasa. Asciende con el humo y se mezcla con el aire que llega desde la lejana cordillera.

Paola Carrillo Viteri (Latacunga, 1993). Periodista, poeta, cuentista y narradora ecuatoriana. Ha publicado cuentos, poemas y artículos en las revistas Efecto Antabus, Casa Palabras, VERD2.0 y SOHO Ecuador. Licenciada en Periodismo y Máster en Creación Literaria, de la Universitat Pompeu Fabra. Roba su inspiración de callejuelas, ventanas y bosques. Contacto pcarrilloviteri@gmail.com Twitter: @Pao_cvi

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