Solo el nosotros solo es esquizofrénico

Presentamos una crónica de Valentín Eduardo sobre su vida con ezquizofrenia, los prejuicios de la medicina y la sociedad y los impactos que genera en su vida cotidiana.

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Por Valentín Eduardo

Para Daniela Rea

De nuevo amo y no amo,

y deliro y no deliro

Anacreonte de Teos

En una noche ya típica para mí, después de orinar, lavarme manos, dientes y cara, y acomodarme con César, mi novio, me acuesto entre once y media y doce p.m. En posición fetal, recargado en mi costado derecho, con una almohadilla doblada entre las piernas, a la altura de las rodillas flexionadas. Aunque de mayor estatura, soy la cuchara pequeña. Descanso. Dormimos bajo el peso de dos cobijas, en el mejor colchón que nuestro salario pudo pagar. Con todo, mi sueño es malo. Mi mente no descansa en armonía con mi cuerpo. Por mi esquizofrenia, se ve interrumpido tres o cuatro veces cada noche, desde hace más de un año. Entonces cambio de posición, ya sea boca abajo con la almohadilla que pasa de entre mis rodillas a soportar mi cadera, o boca arriba, acomodando a mi novio en mi pecho, del lado del corazón; voy al baño, tomo agua, le pido que me abrace de nuevo. Lo hace. Conforme avanza la noche y se acerca la mañana, experimento lapsos de sueño más cortos. Soy consciente. A veces, como último recurso, me volteo sobre el costado izquierdo y abrazo a mi novio que se ha volteado antes; de esta forma, aplastando mi corazón, consigo dormir un poco más. Otras, simplemente, regreso a mi posición inicial con la almohadilla entre las piernas, resignado. 

La primera vez que dije que estaba enfermo, naturalmente, fue en un consultorio. Iba en la preparatoria, el Instituto Nueva Galicia, allá en Culiacán. Tenía 16 años y acababan de diagnosticarme con esquizofrenia dos psiquiatras. Tomaba Olanzapina para las alucinaciones, sin experimentar mejoría. A ello se sumaban los efectos secundarios: aletargamiento, somnolencia, dificultad para concentrarse y mantener la concentración, partiéndome la vida en un antes y un después, incluido el “sobresaliente” desempeño académico que tuve hasta entonces. Por tratarse de una escuela privada con pocos alumnos, este cambio no pasó desapercibido por mis profesores. Fue por su recomendación que un día me llamaron con la psicóloga, quien me hizo responder uno de esos cuestionarios para determinar el estado psíquico de una persona, luego, a dibujar a mi familia. Recuerdo experimentar ansiedad cuando me di cuenta que dibujé a todos menos a mí, por falta de tiempo. Tras la prueba, en la que respondí “estar enfermo” en la mitad de las preguntas, salió el tema de mi esquizofrenia. Hablamos un poco. Me dio una imagen que no voy a olvidar: “zopilotes revoloteando sobre tu cabeza” para describir las alucinaciones. Allí están acechando la muerte y el despojo. En ese momento, yo necesitaba desahogarme, pero nunca supe cómo y, si bien ella trató de ser empática conmigo, solo hacía su trabajo. No volvió a llamarme.   

Abro los ojos, comprendo que llegó mi hora. Me incorporo y, al hacerlo, despierto a César, que me pide que lo tape. También entiende. Casi siempre son entre las 7 y 8 de la mañana; “está bien”, pienso, y salgo del cuarto haciendo el menor ruido posible. 

Antes de mudarme con mi novio a Puebla el año pasado, de tenerlo todas las noches apoyándome, comencé a experimentar sueño interrumpido en mi rancho, Culiacán, a dos meses de haber dejado la Imipramina, somnífero y último medicamento psiquiátrico que tomé. Desde entonces, todos los días, sin importar lo que haga o deje de hacer, amanezco justo con el cuerpo recuperado, no descansado, para levantarme de la cama y ponerme a trabajar. Como Sísifo, entre la espada y la pared, yo elijo esto: vivir mis síntomas bajo mi propio régimen disciplinario, más estricto y eficaz que el de la psiquiatría, más vital también. 

Por el sueño interrumpido, en las mañanas siento que me falta el aire. Lo comenté con una doctora, me dijo que era ansiedad y recetó lo mismo que tomaba: Imipramina. Debe ser la presión, pienso. Como entro y salgo del sueño, mi ritmo cardiaco se altera y, por las mañanas, es normal que lo sienta. Lo que hago es echarme agua fría en la cara, recién me levanto, y preparar té verde o jamaica, buena para la presión. Ahora sé que muchas personas con esquizofrenia padecen del corazón, ya sea por los síntomas o los medicamentos, además de que nuestro sistema inmune es más delicado. Recientemente, se publicó un estudio que apunta a la esquizofrenia como el segundo factor de riesgo de mortalidad por COVID-19, solo detrás del rango de edad superior a los 65 años. Antes de la pandemia, con cada cambio de clima me enfermaba de la garganta. De niño, padecía asma.

Con todo, no tengo miedo a la muerte. Me sirvo el agua de jamaica, sin azúcar. Sentado a la mesa plegable que usamos de escritorio y comedor, enciendo mi computadora y me dispongo a trabajar… se abre el archivo. Es un corrido que estoy trabajando: “Día de San Valentín, ahí nomás en Las Riberas, / conocí a una muchacha, menudita y de a de veras”, eso de “menudita” es norteño, pero no me gusta, lo cambio a “una suerte”, que me gusta menos, solo para ensayar variaciones. Luego “Yo venía del trabajo, caminando aquella tarde / por la Plazuela Obregón, y el gentío con su alarde”, el octosílabo acentuado en posición 4 y 7 no me gusta al oído, busco una variación. Pienso en el péndulo de Valéry entre música y sentido. Soy poeta y estudié Letras Españolas, no me quiero dedicar a la academia, al régimen académico. Me gusta leer y escribir, pero no creo en la institución. En ninguna. También estoy trabajando en una serie de ensayos/crónicas desde y para, si no el entendimiento, la pregunta por mi esquizofrenia. El primero ya publicado, habla de mi camino por la psiquiatría y puede leerse aquí

Todavía hasta abril del año pasado que estaba en Culiacán, el plan era entrar en agosto a la maestría en Puebla. César ya me veía cobrando lo de un SNI III (que tampoco es tanto) y a él como una esposa trofeo, ocupado en escribir novelas rosas. Afortunadamente para mí, el encierro me dio lo que necesitaba: en el punto de quiebre de la crisis, y los esfuerzos de gobiernos más o menos democráticos por contenerla, el tiempo del mundo se detuvo y, por primera vez desde que experimento alucinaciones, se acopló al mío. Algo que, hasta ahora, solo la música, las letras y la experiencia del amor me habían dado. De manera que pude replantearme lo que yo quería en un tiempo coincidente con el que vive mi conciencia. Un presente suspendido, las dos caras de Jano mirando el pasado y el futuro sin llegar a verse nunca. Solo en ese sentido, tiene razón de ser la metáfora del “yo dividido” para retratar la esquizofrenia. Mi conciencia es una, aunque “yo” no lo sea. Nadie lo es. 

Abro redes sociales. Son mi distracción después de haber concentrado intensamente escribiendo o leyendo. Facebook es mi favorita. Ya sé que no está de moda, pero yo tampoco, así que no me importa. Para mí, es un flujo de conciencia compartido, en el que estamos sin estar comprometidos, en una comunión tan banal como la vida misma en este sistema productivo y de consumo; donde soy otro y el mismo, como Borges quería, uno siendo muchos, con nombre, apellido y foto de perfil, indiferenciados, “multitudes”, diría Whitman. Y, sin embargo, soy el que soy. 

Yrjö O. Alanen, psiquiatra especialista en esquizofrenia y psicoterapia, declara en su libro La esquizofrenia (para evitar ambigüedades), que ésta “puede concebirse como la más profunda y, como tal, la más trágica resolución a los problemas de la vida humana”. Yo le llamo a eso “capitalismo”, o mejor, “Estado”. Como sea, no podríamos estar de acuerdo. Desde inicios del siglo XX, la psiquiatría parte de la idea general de “psicosis” (demencia precoz en Bleuler) para definir la esquizofrenia como “enfermedad mental grave” (cf. OMS, Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos [NIMH], la Mayo Clinic). Incluso alguien como Ronald Laing, visto como iniciador del movimiento “anti-psiquiátrico” en Inglaterra, no difiere en este punto. En cambio, una persona diagnosticada que vive con esquizofrenia, al otro lado de la psiquiatría, paciente o expaciente como yo, no tendría por qué pensarse con ese vocabulario de denigración. 

La historia y conciencia de sí misma de cada persona alucinante, diagnosticada o no con esquizofrenia, visible o no, es única e irrepetible, más allá de las categorías del discurso psiquiátrico, con pretensiones de verdad absoluta, que poco a poco hemos ido adoptando en el discurso e imaginario colectivo, por lo menos desde el siglo pasado, a través de los dispositivos culturales en el capitalismo, del periodismo a las artes, de la publicidad a la academia, de la derecha a la izquierda. Si bien, cuando comencé a experimentar alucinaciones, yo también me consideré un “enfermo”, ahora vivo mi vida mental sin compararla con los “neurotípicos”, desde mi conciencia sola y un “yo” reventado y disperso por todo el espacio multidimensional (virtual, físico, temporal) que comparto día a día. Solo el nosotros solo es esquizofrénico.

  • 1 Alanen, Yrjö O., La esquizofrenia. Sus orígenes y su tratamiento adaptado a las necesidades del paciente (1997), traducción española de María Eugenia Sanz, primera edición actualizada, Janssen Cilag, Madrid, 2003, p. 107.
  • Véase: Laing, R. D., El yo dividido (1960), traducción española de Francisco González Aramburo, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1964.

Valentín Eduardo (Culiacán, Sinaloa, 1994). Esquizofrénico profesional desde 2010. Poeta y ensayista. Licenciado en Letras Españolas por la Universidad de Guanajuato. Ha publicado los libros: Día cero (Crisálida Ediciones, 2020), de poesía, y La otra herencia de Borges: imagen de autor y ethos discursivo para el periodo 1974-1981 (Universidad de Guanajuato, 2020), de ensayo. Ha colaborado en revistas literarias y medios electrónicos tales como (Dis)capacidades, Cardenal, Los demonios y los días, De-lirio, Página Salmón, Golfa, entre otros. Becario del Festival cultural Interfaz en 2018. Coordinador del Laboratorio de creación literaria “GolfaLab” en Guanajuato de 2018 a 2019. Actualmente cultiva germinado en una granja de pollos.

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