Coro desde el corazón de los Pirineos: Canto yo y la montaña baila, de Irene Solà

Alicia M. Mares escribe sobre Canto yo y la montaña baila, de Irene Solà

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Por Alicia M. Mares

“Yo no soy la única que volvió al bosque. Siempre hay gente de paso en el caminito por el que huimos. Cada día el mismo trocito. Con sus cosas a cuestas, con la cara seria. Yo les dije alguna vez que vinieran a bañarse al río, que en la montaña no hay guerra, que las guerras se terminan pero las montañas nunca se terminan, que la montaña es más vieja que la guerra, y más sabia que la guerra, que si estás muerto ya no pueden matarte otra vez.”

Remontar a un cielo que ni siquiera la montaña alcanza a tocar. Conocer a Camprodon a través de todas las voces que lo pueblan. Una obra coral: eso es esta novela. Canto yo y la montaña baila (2019), le ganó a la narradora catalana Irene Solà el Premi Llibres Anagrama de Novel·la de dicho año. Ambientada en Camprodon, un pequeño pueblo insertado en el corazón de los Pirineos, la novela se destaca por su prosa poética monumentalizada en frases cortas y, estructuralmente, en el hecho de que cada capítulo tiene un narrador diferente.

Esta es un arma de dos filos. Por un lado, estos saltos en el tiempo y cambios de narrador son capaces de darle whiplash al lector. Es difícil conectar con los personajes u ordenar mentalmente el argumento; traeré la palabra rompecabezas a colación porque sí lo amerita. La historia comienza con la muerte de Domènec, padre de familia que perece a mitad de una noche de tormenta con la cabeza partida por un rayo. Y estos, mientras caen en canto fatal, nos lo cuentan.

“La navaja, fuera del bolsillo de Domènec, brilló como un tesoro, como una piedra preciosa, como un puñado de monedas. Nos vimos reflejadas en la hoja de metal como en un espejo. Como si nos abriera los brazos, como si nos llamara. Los rayos se meten donde se les antoja, y el segundo se metió en la cabeza de Domènec.”

El hilo conductor es la familia que integran Domenéc, Sió y sus dos hijos, Mia e Hilari; así como las tragedias, huidas y hazañas que acontecen después. Pero los eventos están tan dispersos y son narrados por tantos personajes que es fácil perder de vista la trama. Para muchos no es fácil rendirse a imágenes preciosas creadas por frases que fluyen a pesar de ser tan cortas; yo a momentos sentí que la tensión se desmoronaba.

No obstante, y del otro lado del filo metálico que transitamos como lectores, esta oralidad eminentemente poética tiene su centro —si viéramos la novela como un árbol, la bellota de la cual brotó estaría pues— en la montaña misma. Cada personaje habita y le da voz a la naturaleza que le rodea y, al exaltar desde su perspectiva este simple existir (sin miramientos, perdón o prisas), consigue hacernos escuchar un eco. El de la magia. Y sé que es muy cursi pero lo traigo a colación porque, de nuevo, lo amerita. En Canto yo y la montaña baila conoceremos, de mano de decenas de personajes, esta magia no desvencijada por la mano humana e inmune a cualquier huella.

Un perro, un corzo, un oso, un fantasma, diferentes personas a través de distintas décadas de sus vidas, la lluvia, una seta, la tierra: todos guardan un fragmento de la historia dentro de sus voces. Solà tiene el oído para transformar en fuga la cacofonía; donde lo importante es comprender el todo. El todo que brota y va rielando cuesta abajo desde la cima de la montaña.

Ahora bien, estas descripciones paisajistas se emiten desde la melancolía, pero sin volver baladíes el realismo de la muerte y las vísceras. Al fin y al cabo, es el ciclo de la vida. Y como siempre, duele.

“Y Dolors me dijo que habían muerto dulcemente, y que ella se había despedido de ellos de mi parte. Y como todavía estaba aturdida de no dormir y de tener en brazos a una niña que era mía, nuestra, me pareció muy triste y no tan triste al mismo tiempo. Como un intercambio. Como una ley de vida. Unos se van para dejar sitio a los que vienen.”

Inmortalizar como pintor, bailar al ritmo de esta obra coral, atisbar una esquirla de eternidad. Puedo seguirles lanzando frases como estas pero quizá ya no me toleren. Diré: el aire legendario y pirenaico que conseguimos inspirar tras una calada particularmente honda es la antítesis de los cuadros de naturaleza muerta: acá en Camprodon todo está vivo, todo baila. Cada narrador busca su razón de ser o su redención sobre la misma tierra; se vuelven naturaleza tan quieta que hasta está viva.

Solà tiene el oído para transformar en fuga la cacofonía

Y la montaña tampoco pierde la oportunidad de decírnoslo.

“Si hiciera el esfuerzo de evocar el crujido ensordecedor, la profundidad incandescente, roja e incontrolable. Si rememorase el choque lento y terrible, la violencia ciega y aniquiladora, las sacudidas y los terremotos, las columnas de humo y de polvo, los desgarrones que se precipitaban hasta el fondo de la roca líquida y caliente”.

En cuanto a personajes, la única cuya historia pude seguir —y sentir— fue Mia. Marcada por la pérdida pero manteniendo no obstante su estoicismo, su arco termina en un clásico de las grandes historias: el reencuentro y el perdón.

La narrativa de Solà está hilada por frases cortas llenas de connotaciones, sugerencias, contrastes y comparaciones que no vacilan entre el ingenio y la aflicción, la dulzura y el abandono. El todo —convergencia de vida y muerte, animales y hombres, azar y destino— no cabría en estas 200 páginas, pero sí consigue inyectarnos con una bocanada de aire azul y limpio, nativo de cumbres nevadas.

Me quedé con las ganas de leer esto en su catalán original, de no soltar esta nostalgia de a donde nunca he ido.

“A veces me imagino las casas como estrellas de una constelación. Los pueblos como la leche de la Vía Láctea. Y cuando se deja caer una casa a trozos es como si se apagara un puntito del firmamento. Entre todos formamos una cola estupenda de la Osa Mayor alrededor de la carretera.”

Páginas: 200
Publicación: 2019
Editorial: Anagrama

Imagen ilustrativa: portada de Canto yo y la montaña baila

Alicia M. Mares (Ciudad de México, 1996) se licenció en Comunicación y Medios Digitales en el Tecnológico de Monterrey y es graduada del 12º Máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra. Usa el pseudónimo Alicia Maya Mares. Ha publicado en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México, en las revistas digitales Carruaje de Pájaros y Efecto Antabus, y tiene una columna mensual en la Revista Palabrerías que le lee a sus cuatro gatos.

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