La pérdida es amor congelado pero también amor en potencia en Tarantela, de Abril Castillo Cabrera

Alicia M- Mares nos trae una reseña de Tarantela (Antílope, 2019), de Abril Castillo Cabrera.

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Por Alicia M. Mares

Lucas y yo no necesitamos esos remedios vanos.

Quitamos lo que no es necesario, lo que es adorno. Nos quitamos la piel y nos mostramos. Si algo le sobra a la palabra hermano es la hache. Así que la desprendemos y ahí va en el aire. Él no la necesita. Ni yo. Mi ermano me enseñó a vivir sin ache.”

Subrayo aquellas frases que resuenan apenas leerlas, aquellas cuya luminosidad requieren refuerzo y te hacen sacar lapicero para subrayarlas. Y en una novela de sensibilidad como esta, donde la pérdida es traductor del amor y viceversa, fue inevitable irse rindiendo ante la belleza de la prosa.

Se me ocurre esta metáfora: una lluvia de meteoritos diminutos. Poco adecuada, me dirán, porque el agua y el color azul son motivos centrales de Tarantela (Ediciones Antílope, 2019), pero es que es así. Una pequeña luminaria en el cielo cae, con estela de fuego; deja un cráter pequeño. Poca huella, de acuerdo, sigo leyendo. Pero le siguen más meteoritos, y más, y más, y al final una como lectora acaba perforada. Destrozada por la limpieza de estas palabras, que al acumularse unas tras otras generan sentimientos tan incisivos que el llanto surge sin anunciarse.

“Una familia es como un río.

El agua se contamina y va llegando a distintos cauces.

Si no lo limpias, cada generación se baña otra vez en el mismo río.”

“Las calles con nombres de ríos no siempre fueron calles. Antes tenían agua, me contaba él. Por eso en la Ciudad de México se dice: Cuando el río suena es porque agua lleva. En otros lugares dicen: Cuando el río suena es porque piedras lleva.”

Sí, está claro el uso del agua, los ríos y las conexiones familiares como hilos conductores del libro. Se explorarán de distintas maneras casi hasta el punto del agotamiento.

Ahora bien, la portada previene que “Tarantela es una novela con forma de galaxia”. Y el núcleo de esta es la muerte del tío de la protagonista, Jano, quien falleció después de haber ingerido veneno para ratas (talio). A pesar de que esto pasó cuando ella era muy pequeña, es el centro de gravedad de las historias del resto de la familia: de sus tristezas y sueños, de la “maldición” que los envenena.

Pronto los símiles —entre la muerte del hermano de su madre y el distanciamiento entre ella y su propio hermano— comienzan a aparecer.

Porque por un lado, tenemos la historia de la pérdida, la crónica de perder a Jano y cómo eso causó eventos en cadena: la abuela que se arrugó por tanto llorar, el abuelo que llevaba un fichero donde registró la enfermedad de su hijo; el hecho de que la protagonista se volviera hipocondríaca:

Jano es un miembro mutilado. Un miembro fantasma. Efectos del miembro fantasma:  A veces me duele el estómago aunque no esté enferma.

Y por otro lado, está la historia de la protagonista y su hermano Lucas, quien nació enfermo y, al crecer, tiene ciertos problemas mentales. El instinto de protección de ella, como hermana mayor, dolería igual si fuera menos evidente.

“Tanto  mi mamá como mi papá tienen cuatro hermanos, le explico a Lucas mientras vamos por la carretera.

Pero en la mía éramos cinco hermanos, me corrige mi mamá.

Pero en la mía siempre fuimos cuatro, dice mi papá.

Nosotros en el fondo siempre seremos cinco, rectifica mi mamá.”

‘Tarantela’ es la crónica de una muerte y cómo esta siempre nos sigue sucediendo.

La autora entiende cómo funciona el lenguaje, como crear parábolas y metáforas con prosa sencilla que duelan quizá más que la poesía. En ese sentido no tiene piedad.

“En el hospital, Jano era el Sol, pero antes en la casa era otro planeta. Todos quieren que vuelva a ser planeta y regresar a ese universo paralelo donde el abuelo es quien pone orden y cuida a al vez. El veneno fue como cruzar un hoyo negro del que nadie sabía como regresar.”

Para entender a un hermano hay que entender al otro, para entenderse una misma hay que entender que la pérdida es amor congelado pero, al mismo tiempo, amor en potencia. Esta navegación entre constelaciones por la cual nos lleva Abril Castillo Cabrera está plagada de one-liners, de reflexiones sobre la vida familiar y cómo todos estamos unidos por hilos invisibles; de descripciones muy vívidas del mundo, tanto en olores (cebolla sofrita), colores (azul de Prusia), y sonidos (el clic clac de la pluma del abuelo subiendo y bajando, durante el funeral). La narración oscila entre presente y pasado con una simple alternancia de adjetivos y siempre maneja un lenguaje claro que jala al lector sin esfuerzo.

Gran parte está ambientada en el hospital que alojó a Jano, en la casa de los abuelos en Ciudad de México. Hay recuerdos valiosos en el parque de Los Viveros, en los viajes en la carretera México-Cuernavaca.

No todo es narración “pura”, sino que hay pequeños detalles históricos acerca del origen de la danza Tarantela e investigaciones científicas, anotaciones médicas (sobre todo del talio). Además está la sub-trama en la que la protagonista rememora sobre sus relaciones amorosas: El Gorila (sí), y Gael. Su vida como adulta sucede casi siempre en el vagabundeo de las calles, en sus delirium tremens de querer entrar a la farmacia, o en su propio departamento.

Aunque los ambientes son secundarios. Lo que importa es lo que empezó o se terminó en ellos.

“Tal vez así como estaba mal su cuerpo, estaba mal su mente y no conectaba con el exterior.

Me gusta pensar que Jano sí sabía exactamente qué estaba pasando. Y que ése es el final de la historia: que ellos dos se hayan conocido. Y que si hubieran sido adultos los dos, tal vez se habrían dado la mano.”

Sí, es una novela eminentemente emocional, donde el tránsito entre un pensamiento y una bella frase hacia una conclusión es más importante que narrar acciones. Muchos ‘ojalá’, muchos ‘hubiera’ y maldiciones que quizá son coincidencias. ‘Tarantela’, no obstante, no va sólo de posibilidades y lamentaciones: el final destella con la promesa de que el amor permanecerá. Frente a todo.

“Eso es el silencio.

Una línea que se aleja de nosotros.

Un espasmo que descansa y luego vuelve.

Siempre vuelve.

Una idea.

Un dolor.

Un duelo que no acaba nunca.

Un veneno que no se cura.

Un río que no se seca aunque sólo tenga tierra. Su agua se ha vuelto lluvia que se ha ido y un día volverá. Las nubes la traerán de vuelto y el río otra vez será río que suena porque agua lleva.”

¿Ven cómo volvemos a frases ligeramente revolucionadas, a la conclusión de los motivos? La estructura podría parecer azarosa; saltar de una escena y una reflexión a otra, luego contemplar a esta familia —que ha aprendido apenas a vivir con el duelo— en diferentes épocas. No es fácil poner los pies en la tierra.

Pero nosotros circundamos estos ríos de narrativa sin saber para dónde vamos, confiando en la autora y en todos los hilos emocionales de la historia; y bam: al final estos nos obsequian el golpe final. El meteorito supremo.

“Ermano, eres con quien puedo ser como soy y aunque eme odies a veces siempre me volverás a querer.

Eres con quien puedo bailar sin pensar qué paso estoy haciendo.

Eres mi tarantela.

Lo que me sacude el veneno de estar viva.”

Subrayé tantas frases, tantas más. Ya entiendo por qué incluso la segunda edición no se encontraba por ningún lado.

Páginas: 200
Publicación: 2019
Editorial: Ediciones Antílope

Imagen ilustrativa: portada de Tarantela

Alicia M. Mares (Ciudad de México, 1996) se licenció en Comunicación y Medios Digitales en el Tecnológico de Monterrey y es graduada del 12º Máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra. Usa el pseudónimo Alicia Maya Mares. Ha publicado en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México, en las revistas digitales Carruaje de Pájaros y Efecto Antabus, y tiene una columna mensual en la Revista Palabrerías que le lee a sus cuatro gatos.

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