Doña Magos y La mesa del bar

Dos relatos de Ériq o Rulo Sáñez y que pertenecen a La novela zombi, libro que obtuvo el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2014

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Por Ériq o Rulo Sáñez

Doña Magos*

Ah, cómo es quejosa. Un día llegaba al mercado y se le cayó una bolsa con aguacates. “¡Doña Magos…!” A los tres días, o algo así, ya se la pasaba dale y dale con que se sentía morir. “¿Pero de dónde se anda sintiendo mala?”  “De todo, mijito, de todo.”  Dos años de que se cansaba mucho, de que le venían unos calambres horrorosos en la espalda. “¿Y ya fue al doctor doña Magos?” “No… No me hagas caso, yo estoy bien. Además tú no los sabes hacer, los nopalitos, cabrón bueno para nada. A mí tu abuela Lucha me enseñó allá cuando.” “Oiga doña Magos; déjeme ir por unos chicharrones y me cuenta.”

Hay veces que vienen los hijos y la oyen atosigando a sus nietos. “¿Ya comieron?, a ver, ¿qué comieron?” Uno de chamaco ya hace jeta de hueva y siente feo por las preguntas pendejas de la gente, porque luego uno hace preguntas que quieren decir otra cosa y nomás nos hacemos brutos todos, como si no entendiéramos. Y los hijos de doña Magos igual se hacen pendejos mientras ella obliga a los niños a tragar lo que les da, como si lo que sus mamás hicieran fuera comida para perros. “Sí,  sí comí. Comí… bistec, y papas…” “¿Y qué más? ¡Ah, verdad…! No han comido. Órale, siéntense que estoy preparando pata y una lengua en verdolagas. Tú, huevón, jala las sillas. Les digo, nomás espera que me muera para pasársela rásquese los huevos.”

Yo nunca he visto a las mujeres de estos güeyes pero la doña habla pestes de ellas, así que yo me imagino que todavía han de estar emparejados y se han de llevar muy bien. Si no, no les tendría tanta tirria. Los niños comen hasta durante dos horas porque sus papás los obligan a embucharse todo lo que doña Magos les sirve como segunda comida. Mientras, yo me escapo a ver a mi chava, a la Mónica, a la salida de la prepa. Luego me dice que no puede y pues la entiendo.  Me dice que pa’ cuándo me deja la vieja aquella el puesto. Mi suegra le cuida al chamaco y nos tomamos unas chelas; si no está ella pues yo solo. Ése es todo mi descanso en la fonda. Llevamos juntos un rato y el Juliancito ya va para los dos años. Cuando los hijos de doña Magos la visitan y me regreso de comer ya les anda por irse. “Pero ahorita te ves bien, mamá.” “Ay, sí, pero toda la semana estuve malísima, no me podía ni levantar. Ya voy de salida pero ahora como que me quiere dar no sé qué.”  Cuando los hijos se van, se sale a cotorrear con la seño de las hierbas, una ya muy viejita. Esa sí, para que vean.

             Un día se llevaron al hospital a doña Magos. No tenía nada. “Ay, esos pinches matasanos; se tiene una que estar muriendo pa’ que le hagan caso.”

Mi jefe tiene el puesto de los pollos; cuando él andaba de cargador con un viejillo, el doncito se murió y ya. Tan sano que estaba, dicen todos.  Qué padre estaría que doña Magos se muriera. Así, sin chistar, sin sufrir. El día que se fue don Pancho, el de los pollos, todos le lloraron en el merca, y todavía se acuerdan de él cuando a mi jefe se le sale eso de vocear los pollos con el mismo tonito de don Pancho. Sobre todo yo me voy a agüitar, que el otro día también sentía así como un calambre en el lomo: no vaya a ser… La Mónica se hace guaje y me dice que no sea maricón. Ojalá que no sea nada, porque desde hace un rato le ando diciendo a doña Magos que me va mejor haciendo fletes; que chance y me le voy. Entonces se pone peor y hace como que se desmaya cerca del tambo de carnitas. Con ella no cargo tanto y, aún así, ya ven, chonchas cazuelas cómo joden las rodillas… Pero pus uno siempre anda mal de algo. Ora que le pase un accidente, sus hijos y todos se van a sentir bien mal por sus achaques…  Yo, no. Ya sé guisar.

La mesa del bar*

Tal vez sólo una mesa como yo podría contar algo sobre el joven aquel. Soy quien estuvo más cerca de él  durante los años en que vino.  Conmigo compartió más que las migajas caídas o el sudor frío de una cerveza. Cuando hablaba, en esas tardes en que el viento  atravesaba el bar sin nadie más para cruzarse en su empeño,  el joven estaba hablándome a mí. Su mirada estaba en otra parte y sólo yo lo sostenía en la realidad. Me sujetaba como un barandal y en varias ocasiones parecía darme las gracias: parpadeaba,  miraba sus manos aferrándose a mí y las ponía sobre mi parte lisa, como si extendiera un plano; y su calor  y esas palmadas leves hacían que la aspereza de sus manos fuera casi confortable.

            La primera vez que entró al bar llegó acompañado de unas diez personas. Se acomodaron en la sección donde las otras mesas de metal suelen juntarse.  Fue de los últimos en sentarse y tuvo que ir por una silla.  Iba mejor arreglado. En sus movimientos había una prudencia excesiva. Sus piernas estaban en posiciones difíciles de comprender para una mesa o una silla. A veces parecía que algo andaba mal con todo él. El  joven parecía estar conciente de esto.  Cuando alguien le dirigía la palabra se notaba que no estaba seguro de cómo responder. La animosidad de los otros y sus conversaciones hacían que su voz se diluyera en respuestas breves y poco interesantes.  El mesero les llevó cervezas, tortas, hamburguesas y crepas. En ese momento me llamaron más la atención los otros, los ruidosos, como es costumbre. No volvería a estar con tanta gente nunca más. Conforme pasaron las semanas, incluso los meseros empezaron a notarlo a él por la ausencia de la gente carismática de las primeras ocasiones. La gente más extrovertida sólo viene una vez al bar.

            Fue cuestión de unas 5 visitas para  saber que ya nadie lo acompañaría. Podía estar dos o tres horas leyendo, escribiendo cosas que lo enfurecían. Por la forma de mantener la pluma en la hoja, podía sentirse que también le gustaba dibujar. La mayor parte del tiempo sólo estaba sentado, tranquilo,  mirando  hacia mí y a veces levantando la mirada un poco. Veía el televisor de vez en cuando, como haciendo lo que los meseros suponían que debía hacer.  Solía mirarlos muy poco y, a pesar de estar solo el bar, no alzaba la voz para pedir una cosa u otra. Sólo hacía ruido con los objetos a su alcance; leves cambios, un arrastrar de su libreta, un uso ligeramente torpe de los cubiertos, y alzaba la mirada con intriga. Entonces la mujer que normalmente estaba al pendiente de que llegaran clientes y atendía la caja le llamaba al mesero más cercano y éste venía a nosotros.  Cuando estábamos sin vigilancia,  nuestros cuerpos se entrelazaban y la silla se nos unía. En el momento en que alguien se acercaba o cuando otros clientes comentaban algo en un tono de complicidad, su cuerpo se volvía extraño de nuevo y con él sus movimientos.

 El mesero que más lo atendía no lo llegó a despreciar sólo porque cuando el joven estaba muy ensimismado el mesero llegaba a verlo actuando como cualquier gañán. Parecía una representación a distancia, cuyo efecto se estropeaba con la proximidad. Sería una actuación para sí mismo, pero su comportamiento más inarticulado, más falso, se daba en la presencia de otros hombres, no en su soledad, que era nuestra.

            Era un estudiante, por seguro. Uno muy malo. Su mochila estaba repleta de papeles que no significaban nada. Nada para él. Estaban todos rotos, doblados, arrugados. Era imposible saber cuál había sido su fin práctico o si alguna vez lo tuvieron.  Me parecía que sólo los había leído y no sabía que era lo que tenía que hacer con ellos. No eran basura, pero él parecía no saber si lo eran o no. Era como si una maraña de pensamientos estuvieran atrapados en total incongruencia y él fuera un testigo de su valor, sin mayor dolencia que ser conciente de su sinrazón y sin mayor placer que la contemplación silente. Como yo. 

            Escribía, comía poco, leía, bebía y se ponía a dibujar; en ese orden. Pocas veces, después de una hora de tensión injustificada, pedía una cena abundante y la comía despacio y con refresco. Entonces no escribía nada, no leía nada. Mi atención se volcaba en otras mesas y el tiempo pasaba plácidamente, al menos para mí.

            Me agitaba más al escribir pero eso no me molestaba tanto como cuando cerraba su libreta y se disponía a ordenar un trago fuerte: chocaba los vasos con un grosero ademán que nadie atendía, excepto yo. Me parecía sumamente grotesco.  Lo hacía a propósito, estoy segura.                  

            Llegué a la conclusión de que siempre me elegía a mí por afinidad pero jamás le pareció que algo andaba mal el día en que me cambiaron de sitio y él siguió sentándose en el mismo lugar como si nada. No estaba más incómodo ni más alegre. Debo decir que, como aquella primera vez que lo vi,  los días en que no se sentó conmigo yo tenía menos angustias y me entretenía con las conversaciones de los comensales que llegaban y me usaban con normalidad. Desde la distancia, sus ojos profundos y su aspecto desvalido eran dignos de risa. Su lugar, como llegó a decir alguien sentado conmigo, era el manicomio. Su cabello, su ropa y sus movimientos endemoniados  eran cosa de risa.  Los otros asiduos al bar, al igual que el resto de la gente, se olvidaban de él con facilidad, aunque su presencia sin la compañía de gente agraciada siempre lo hizo blanco de toda clase de comentarios maliciosos. Desde lejos yo podía ver que, tras todas estas burlas, él podía sentir que se le estaba cayendo su teatrito de persona normal.

Cuando volví a mi posición anterior, él había cambiado más, o tal vez yo ya no podía verlo tan compasivamente como antes.  Se seguía aferrando a mí como a un barandal pero su silencio era insoportable. La languidez con la que hacía todo y no hacía nada era de no aguantarse. Yo no experimentaba tanto disgusto ni cuando cerraban el lugar y me colocaban sillas encima.       

Esa noche había tomado mucho más que de costumbre. Nadie le hizo caso a sus primeros sollozos y, cuando se puso a llorar tratando de no hacer un ruido excesivo,  estaba tan atento a sí mismo que no se fijó en la manera en que la encargada de la caja lo despreciaba.  Yo estaba harta. Sus tibias lágrimas escurrían hasta caer sobre mí y eran tan desagradables como las manos sudorosas de los oficinistas cuando dan palmotadas. Su peso era como una pila de platos esperando ser acomodados, su forma de tambalearse como en una cornisa hacia el fondo de sí mismo me resultaba exasperante, patética. Así, en el delirio de su vértigo, me doblegué y los dos caímos en un estropicio de metal oxidado y platos rotos. Yo fui reajustada y él no volvió a poner un pie en el bar nunca más. Los que estaban ahí esa noche creyeron que lo hizo a propósito pero lo cierto es que, al menos en esa ocasión, la que estuvo mintiendo fui yo.

Ériq o Rulo Sáñez (CDMX, 86) Narrador y poeta. Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2014. Premio Nacional Punto de Partida 2010.Textos suyos han aparecido en El Universal, Letras Libres, Revista Este País y Círculo de Poesía. Autor de “La Novela Zombi. Ficciones” (Conaculta, 2014). 

*Estos relatos forman parte del libro “La novela zombi. Ficciones” (Conaculta,2014), a la venta en librerías. También puedes descargarte el PDF sin costo enviando un mensaje a  theemancipatedmeme@gmail.com

Ilustración de portada: “Las puertas de la percepción”, Dulce Aguirre, Estados Unidos, 2012.

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