Poemas de Diana Lobo

En la última entrega del dosier FIL Cali, te traemos la potente voz de Diana Lobo, poeta colombiana.

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Por Diana Lobo

Meta ficción

He pensado en el deseo
y toda esa retórica cursi
que en vano ha sido escrita
durante miles de años.

Estoy convencida
que nunca una mujer real
fue tocada por una metáfora.

Me gustaría invitarte a
quemar en la hoguera
ese papel que no nos nombra.

Ya sabes,
lo engañosa que ha sido la literatura
con nuestra imagen.

Nadie dice que no sea bella,
pero nunca hemos estado allí.

Nos estoy inventando otra vez
como si Adán, en el principio del mundo,
hubiese sido expulsado por innecesario.

Te despertaré bien de mañana
para que salgamos de una buena vez
de está fantoche fantasía masculina.

Queremos un mundo a solas,
sin que nos persigan los ojos adúlteros
que desconocen que entre mujeres
también se come rico.

Déjalo todo listo para mañana,

vamos a romper todas
las páginas de los libros.

Los rotos

Me gustan las personas rotas,

son, sin excusa.

A sus almas vagas del tiempo,

se les reconoce en el rostro,

lo rotas,

lo partidas,

me gustan los rotos,

sobre todo los que en cada sitio dejan un trozo de sí mismos,

se rompen como cristal que no conoce del fin,

me gustan los invisibles que nadie ha invitado a sus fiestas,

los partidos por su vida, los que han recibido puñetazos,

los que siempre rompen sin prudencia.

Los que se rompen cuando ven a alguien morir,

y no pasan de largo como el montón,

me gustan porque se les nota en la cara;

la desfiguración,

la ruptura de la piel,

me gustan los rotos, los rompidos, los fracturados.

El río de las Tumbas

Yo no sabía
sí aquello que bajaba
por el río Cauca
era una efigie natural,
o el cuerpo moribundo
de las ilusiones.

Yo no sabía
que ese animal inofensivo
picoteaba
y picoteaba
encima de nuestra historia.

Heráclito decía
que no es posible descender
dos veces por el mismo río.

No sabía,
que el río es diferente,
pero sus muertos
siempre son los mismos.

No importa
si tenía nombre, si tenía madre,
si tenía entre sus pertenencias
solo un número telefónico.

El río siempre trae de todos modos, un secreto.

Alguien que empuñó su mano,
y miró fijamente a los ojos

antes de apretar el gatillo.

Los pescadores cuentan
que todos los días caen desde lo alto
y que hay un lugar sagrado,
en el que desembocan todas las ilusiones.

Las familias esperan impacientes
su llegada,
las familias buscan una seña
que identifique sus ilusiones
desaparecidas.

Yo no sabía por ese entonces,
que el río,
podía ser
fosa
y
al mismo tiempo, alimento.

(El título Río de las Tumbas es un “plagio” de una película colombiana del año 1964 del director Julio Luzardo) 

Tres velas por mis muertos

Brindo al cielo una vela por mis muertos,
los bendigo hoy en el nombre del padre,
aunque al padre,

se le hayan olvidado los nombres de sus hijos.

Doy al reino de los muertos una vela,
por mis desterrados.

Brindo mis velas en nombre de cada uno de mis pares,
para que el tiempo y la distancia no eliminen las palabras,

y no me quede en silencio

sin gritar en libertad mis reclamos.

Otra para los indiferentes,
los pobres que no saben de su pobreza del espíritu,
y no sienten el peso del remordimiento,
ellos celebran en los velorios de nuestros muertos,

y los ignoran,

pisan la muerte y no se dan por enterados.

Tres velitas por favor,
por los vivos;
por el hombre caminando tranquilo en el parque,
por la mujer con voz de corriente de río
que no conoce de represas,
menos de fronteras hechas de cemento.

Y que las velitas nos acompañen,
antes de que lleguen los de siempre

a silenciar la luz,
con el soplo eterno de la bala.

Simulación de mi muerte

Yo que nunca me visto de blanco
exijo la invitación a mi entierro,
me disfrazaré de bella
con ese color entre dulce

y terrible que enviste la muerte

Aceptaría los sermones del padre,
sentiría lástima por los que me amaron,
rezaría un padre nuestro como

por no quedar mal con mi familia.

Yo que no me visto de blanco
exigiría un ataúd negro,
sencillo.

Invitaría a los desconocidos
con una apreciación más sincera

de mi vestido blanco,
ellos no dirían: “qué hermosa se ve”

como dirán mis viejos amigos

y no perder así

la costumbre del halago

que sienta tan bien.

A mí que tanto detesto las parafernalias,
aceptaría
ver tintados mis labios,
puestos en gastos,

escucharía las confesiones

ilegítimas de cada paseante.

Pido que me inviten a mi entierro, 
como cualquier espectáculo

al que no se puede faltar,
entre tantas molestias,

espero mucho café en la recepción,
no toleraría el aburrimiento

general de mis visitantes,
menos, sí estoy estrenando el vestido blanco
que me hace lucir bella.


Igual se ven los bellos del silencio

que parten a una mejor vida.

Amén.

Un blues que se incendia

En medio de un blues
hicimos el amor
como dos condenadas
en el patíbulo de la muerte.

Yo quería recordar este momento,

vos querías olvidarte del mundo.

Quiero que sepas
que entre mi lengua y tu cuerpo
se enciende un carnaval musical,
y los besos que nos damos

son los pecados deliciosos
que los verdaderos tristes desconocen.

Hicimos el amor,
y una canción

me hacía querer tocarte mejor
y más,
porque nunca se sabe

si lo que dicen las canciones
es augurio, o es pena.

Y si fuera a morir pronto
preferiría que fuera tocando
a una mujer,
como lo hace el guitarrista
que con su instrumento
se deja completo.

Mientras se prenden los
rascacielos
y ya no sabemos,
si el mundo es una canción triste,
una muerte prematura,
o un incendio que nos abrasa,

hasta dejarnos secos.

Bendito poeta de andén

Bendito poeta que siempre tienes un

chorro de aguardiente para dar,

benditos tus reclamos de indignación

contra el capitalismo,

la hegemonía de clase y de raza,

benditos tus odios y letanías de versos pluscuamperfectos,

ilegibles.

Benditas tus elegías al muerto,

a los amigos que te duelen antes de morir en la cicuta.

Santo patrono de las libertades lingüísticas,

porque te cagas en el lenguaje,

y no te importa no ser invitado al convite mercantil

de la palabra en exhibición.

No te importa que te saquen

de los auditorios por tu carcajada

siniestra que a todos les da miedo.

Bendito seas,

porque te salís de la ropa con facilidad,

y te muestras furioso cuando es justo o no.

Bendito poeta que nunca

niegas un cigarrillo al necesitado.

Serías capaz de matar a tus amigos de aburrimiento

leyendo tus poemas de buseta,

extravagantes metáforas,

que nadie ha visto en su vida.

Vos que te rodeas de otros amigos poetas,

y siempre hacen fiesta donde les pesque la noche.

Sos capaz,

de poner el último centavo del

almuerzo para que tus amigos sean felices.

Bendito poeta de andén,

de métricas inacabadas

estrofas estropeadas

y onomatopeyas deliciosas,

gemidos que atraviesan la moral de los pudorosos

y los dejan muertos

de la vergüenza.

Bendito poeta de la ciudad,

quiero escuchar tus gritos de furia,

de Jattin,

de libertad poética.

Fuera de las exhibiciones

pulcras de los libros

que se venden o no se venden,

pero se ven bonitos como los

poetas que los escriben,

sin una raya,

sin un cabello que los despeine,

sin ninguna fisura en el alma visible,

todo tan limpio.

Bendito seas.

Diana Lobo. Licenciada en Literatura por la Universidad del Valle, Cali, Colombia. Estudiante de la maestría en Crítica y Difusión Mediática de las Artes en la Universidad Nacional de las Artes, Buenos Aires, Argentina. Primer puesto en la categoría de adultos en el IX concurso de poesía inédita de Cali, 2014, con el poemario “Expulsión del mundo”. Fue publicada en la antología “Palabras que emigran” de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle; en la Agenda Mujer Colombia, 2015; y en las memorias del XVII Festival Internacional de Poesía de Cali, 2017. En el 2019, obtiene el segundo puesto en la categoría Obra Abierta con el poemario “Anomalía”, en el marco del XIX Festival Internacional de Poesía Inédita Cali 2019; ese año también apareció “Hambre”, un texto suyo, en la revista Monolito.

Foto de Árbol creado por GarryKillian – www.freepik.es

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