Desencuentros

Pamela Fuemar es una narradora de Zaachila, Oaxaca, que nos presenta este relato sobre Toño y las consecuencias de una expedición a la sierra.

Un comentario

Por Pamela Fuemar

Descubrió que una planta crecía en su cabeza cuando se miró en el espejo por la mañana.  

Meses antes fuimos a acampar a la sierra. Estábamos ebrios y Toño discutía por todo, quería que lo golpearan. Nos los hizo saber al darse cuenta que no nos molestaban sus mentadas de madre pero nadie quiso hacerlo, así que nos mentó la madre una vez más y se fue. No supimos de él hasta el día siguiente, cuando lo encontramos fumando cerca de la carretera. Tenía una herida en la cabeza que le regaba los pies, parecía no sentirla. Según contó, un hombre intentó asaltarlo cuando estaba lejos del campamento, pero al darse cuenta que no poseía nada se enojó y comenzó a darle palazos hasta dejarlo inconsciente. “Estuvo rico”, dijo, y se echó a reír. Siempre reía. Luego nos hizo prometer que no contaríamos nada acerca de lo sucedido y él vería cómo resolver el asunto del golpe. 

A partir de entonces Toño dejó de asistir a la escuela. Al principio, y como lo acordamos, no dijimos nada; luego un compañero contó que escuchó a los profesores y a los padres de familia discutir sobre nosotros, los involucrados, pero resolvieron que era mejor no meternos para no afectarnos más. No pueden decirnos nada, pensaba, él tuvo la culpa por irse, nadie lo obligó. 

Con el paso de los días empezó a expandirse el rumor de que, a causa del palazo, Antonio se había vuelto loco. Alguien más dijo que vio a su madre hablando con la directora de la escuela, tal vez para darlo de baja, lo que un profesor confirmó durante clase. Pasado un tiempo, tras el regaño de algunos maestros, se dejó de hablar del tema; es más, la ausencia de Toño ya ni se notaba.  

Aunque la culpa es grande y pesada, me persiguió hasta alcanzarme. No podía sacarme de la cabeza la imagen de mi amigo yéndose a quien sabe dónde en la penumbra de la noche, me reprochaba no haberlo detenido. Todo sería diferente si hubiera aceptado pelearme con él; probablemente el más lastimado hubiera sido yo, pero qué importaba, los golpes sanarían y Toño seguiría yendo a la escuela como de costumbre. Así, en mi intento por arreglar mi error, fui a visitarlo.   

Lo encontré solo en casa y me invitó a pasar. Mi presencia pareció alegrarle, aunque no mostró ningún gesto, nadie más había ido y verme ahí le resultó un alivió. “Pensé que me olvidaron”, dijo. Mientras hablaba me miró con sus ojos bien abiertos, y al verlos perdí el sentido del tiempo por unos instantes; tenían un color opaco, al igual que su piel, sus venas me parecieron raíces expandidas por todo su cuerpo y que ahora amenazaban con devorarlo por fuera. Toño era la construcción abandonada de un joven al que la naturaleza había empezado a reclamar. Justificó su mal aspecto diciendo que últimamente no podía dormir bien. Tenía sueños recurrentes, pesadillas más bien, en las que lo visitaba el mismo hombre que lo había golpeado y abría nuevamente su cabeza para introducir en su herida una especie de semilla luminosa. Entonces despertaba y miraba la cama llena de sangre, pero su supuesto sangrado era imposible, pues la sutura seguía ahí, intacta, haciéndose cicatriz y lo que antes le pareció que era sangre, se convertía en tierra.  

En otros sueños, el hombre le aseguraba que una vez germinada la semilla vendría por él para sembrarlo en la sierra. Toño susurraba esto por miedo a que alguien más pudiera escucharlo y mientras continuaba narrando, todo él temblaba y se derrumbaba: alguien lo había destruido. La persona que se encontraba delante de mí era sólo las ruinas de lo que quedaba de Antonio, algunas partes se las había robado. Para ese momento estaba convencido, casi por completo, que los chicos de la escuela tenían razón, el golpe había dañado alguna parte del cerebro de Toño provocándole paranoia.  

Antes de irme le dije que todo estaría bien, que nada de eso iba a pasar, que intentara dormir más, que vendría pronto. Así fue: las llamadas y visitas se hicieron más constantes, nunca nos llevamos tan bien como entonces. Me contaba que su cuerpo cambiaba drásticamente; lo sentía más rígido, oscurecido, y su piel comenzaba expedir un olor a tierra descompuesta; yo lo atribuía a una especie de trauma que le había dejado la golpiza. Sin embargo, le costaba trabajo recordar, por más esfuerzo que hiciera; lo poco que rescataba su memoria era el olor a lodo mezclado con el de algún animal muerto, el sonido de pisadas sobre hojas secas que se alejaban y a veces podía evocar al hombre, que no tenía cara de hombre sino de algo más. Llegado a este punto, Toño era incapaz de mantener la calma o el habla, intentaba describirlo por medio de ruidos pero me resultaba imposible entenderlo.  

Una mañana al despertar, Toño dejó de sentir su cuerpo: estaba rígido, pero seguía respondiendo con dificultad a sus deseos. Logró ir hacia el espejo y ahí estaban los primeros brotes de lo que parecía ser una planta. Cuando llegué hasta su casa, encontré su cuarto desordenado, lleno de tierra, a Toño tirado en el suelo, se había convertido en raíz. 

Volví a casa y me encerré en mi habitación, no había nada más qué hacer. Comencé a llorar en silencio hasta que madre llegó molesta. Me dijo que los padres de Toño la llamaron para decirle que entré a su casa sin permiso y tiré todo; además se habían estado quejando de mí los últimos días. Mamá me hizo prometer que ya no iría más a casa de mi amigo o la próxima vez que me vieran cerca tendría problemas, también debía dejar de inventarme historias de él.  

-Entiende, después de que Toño se perdió en la sierra,- me dijo- no lo han podido encontrar.  

Pamela Fuentes Martínez (Zaachila, Oaxaca, México, 2000). Estudiante del Colegio de Estudios Latinoamericanos en FFyL, UNAM.  

Foto de Viajes creado por diana.grytsku – www.freepik.es

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