Disparados a la luna

“Disparados a la luna”, del narrador Roberto Azcorra Cámara, es el relato que tenemos en Antabus este lunes.

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Por Roberto Azcorra Cámara

Estaba sentada mirando despegar los aviones. Permanecía estática, muy quieta, como si cualquier movimiento involuntario pudiera hacerle perder los detalles de las aeronaves en su movimiento sobre las pistas y el estruendo que producen al levantar el vuelo hacia la impoluta mañana. En los monitores, los nombres de las ciudades desfilaban como cortina romana; una voz anónima anunciaba la siguiente salida. Los pasajeros se enfilaban, algunos somnolientos, otros, ansiosos por abordar; en esa muchedumbre instantánea, ella no se inquietaba, parecía no importarle más que observar el vuelo de los aeroplanos. El delineador negro ya convertido en una sombra, el enrojecimiento de los ojos, el tipo de ropa, delataba la noche sin dormir. Del vestido negro que llevaba puesto, unos muslos pálidos, atléticos, sin rastro de celulitis, asomaban desafiantes. La mujer usaba una chaqueta de talla mayor que coincidía, en el largo, con la orilla del vestido. La aparente tersura de la piel descubierta contrastaba con el aspecto un poco demacrado que le daba el color artificial del maquillaje y las arrugas formadas en las comisuras de los ojos. El gentío abordó el avión maquinalmente, sin emoción visible, salvo la de los niños aferrados a las manos de sus padres. La sala se fue vaciando hasta quedarnos ella y yo, separados por dos asientos. La nave se distanció del túnel de acceso, movió perezosamente su cuerpo metálico enfilándose a la pista y, conforme se alejaba de los cristales del salón de espera, ella apoyó los codos en sus muslos Y sus manos sostuvieron el mentón. Dos sobrecargos, muy parecidas entre sí, de sonrisas congeladas, ocuparon un mostrador en la entrada; una, la de boca más amplia, le solicitó el pase de abordar a un hombre de pelo relamido recién llegado. El tipo parecía triste, como si estuviera saliendo de una funeraria o fuera a reconocer a un familiar muy cercano en la mesa del forense. El siguiente era mi vuelo: Santiago de Chile. Atrás quedaron el fracaso económico, la separación, las niñas. Santiago, una nueva oportunidad.

—¿Por qué nos mantenemos sobre la tierra y no salimos disparados hacia la Luna?

            La pregunta salió sin avisar, viajó de su boca perfecta hacia mi rostro a punto de ceder ante la edad. Giré la cabeza hasta verla de frente y pude observar en el brillo acuoso de su mirada que era una mujer joven. Y sonreía. La pregunta me pareció absurda, pero concluí que es la clase de información que todos suponemos obvia; quizás ella ignoraba el principio de gravedad y otras leyes. Sus ojos, de un café melancólico, esperaban.

            —Hay una fuerza que nos mantiene en la Tierra que se llama gravedad y otra que nos empuja hacia afuera, aunque es más fuerte la que nos sujeta que la otra —respondí extrañado por esa definición aprendida en la escuela y que podría aplicar a otras cosas.

Ella regresó a su posición frente al ventanal que dejaba ver en su esplendor a las bestias aladas moviéndose en las pistas.

La joven se arropó con la chaqueta.

Observé de reojo sus piernas. Ella sonrió al atrapar mi mirada en pleno vuelo.

            —¿Adónde vas? —preguntó con una cordialidad traviesa que produjo un cierto nerviosismo que, a mi edad, creía disuelto para siempre.

            —A Santiago —y pensé en las niñas que estarían durmiendo a esa hora, ignorantes que su papá se iría por mucho tiempo.

            —¿A quién abandonas? Porque el que parte siempre renuncia a algo. ¿Tú que dejas?

            —Todo —contesté.

            —Entonces eres como yo. En las mañanas, después de trabajar, me siento frente a esta pared de vidrio y observo la partida de los aviones. Los del aeropuerto son amistosos, me dejan pasar, ya me conocen.

            Sonrió.

—¿Alguna vez has pensado en abordar uno? —pregunté por reflejo más que por interés.

—Al principio sí, pero ahora no sé. Tener los recursos para viajar todo el año es asumir que estarás solo el resto de tu vida. Cada mañana me planteo esa posibilidad.

El hombre de pelo relamido estaba absorto en una fotografía. Lo observamos; ella sonreía, dijo que suele ocurrir con frecuencia: los que huyen observan fotografías por el temor de no regresar.

Silencio.

Volvimos a la posición inicial frente al entramado de concreto con luces intermitentes. Ella sosteniendo el mentón con la mano derecha; yo reconociendo mi reflejo traslúcido en el vidrio.

            Saqué de mi cartera la fotografía de las niñas y su madre. Era verdad. Los que huimos nos aferramos a las imágenes que nos obligan a recordar.

—¿Y qué evitas o buscas? —inquirió, volviendo la mirada hacía mí.

            No pude responder. Sus ojos castaños, su voz apacible y certera dirigida a mi rostro esperaban inútilmente.

—¿Quieres irte de verdad? Puedes posponerlo para otro día… —sugirió con la naturalidad de un médico que pregunta y ordena al mismo tiempo—. Te invito a mi casa.

Me sentí un estúpido al mantenerme en silencio, viendo sus labios moverse y formar la oferta.

Sin decir nada me puse de pie. Ella me imitó, sonriendo, siempre sonriente. Dio media vuelta y se dirigió a la salida. Yo la seguí disfrutando el ritmo de sus caderas, la forma de las pantorrillas que la movían hacia algún sitio que comenzaba a desear. Los demás pasajeros parecieron llegar juntos, apresurados. Las dos mujeres del mostrador de la entrada me advirtieron que el vuelo estaba a punto de partir mientras revisaban los pases de abordar de la turba. Ella esperaba. La miré. La voz uniforme del altavoz anunció la próxima salida a la ciudad de Santiago. Pensé en la fuerza de gravedad y porqué no salíamos disparados a la Luna.

—Quizá la próxima vez —deletreé para que ella entendiera mi excusa.

Extendí el pase a la mujer de la aerolínea y entré al túnel de acceso, recordando la boca que aguardaba del otro lado, sonriendo.

Narrador. Fue parte de la comisión editorial de la revista Navegaciones Zur. Imparte talleres de cuento. Ha sido becario en el área de cuento en el estado de Yucatán. Su trabajo ha aparecido en varias antologías de cuento contemporáneo. Es compilador de la antología de literatura yucateca “Litoral del relámpago” (Ediciones Zur, 2002), su trabajó se incluyó en la colección de literatura negra La Casa Ciega Vol. 5 en España (EDAF, 2006). Es autor del libro de cuentos “Disparados a la luna” (Ficticia, 2009) y es co-autor de la dramaturgia “Don Quijote, Historias andantes” (2013) para Teatro de La Rendija y Silka teatro andante. Su trabajo narrativo ha sido traducido al inglés para la revista literaria Midway Journal de Minneapolis y The Laurel Review de la Universidad Northwest State de Monssouri. Ha publicado en diversas revistas literarias.

Foto de Fondo creado por wirestock – www.freepik.es

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