Compañías

Daniela Armijo (Cananea) nos comparte «Compañías», un relato oscuro y misterioso

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Por Daniela Armijo

“Cuidado con el vestido azul, cuidado con el vestido azul”, repetía mi abuela cada vez que Leti, la señora de la limpieza, acomodaba en el clóset la ropa recién lavada. Leti sólo levantaba las cejas detrás de sus lentes de fondo de botella y seguía con lo suyo. Nunca entendí la obsesión de mi abuela por ese vestido. No era una de esas reliquias con patrones antiguos y elegantes, sino un vestido simple, de manga corta, estampado de flores y con tres botones en la espalda. Quizá los únicos detalles resaltables eran la brillantina —que el tiempo había transformado en un pegote de polvo opaco en los pétalos de las flores— y los flecos amarillentos que rodeaban el cuello y que siempre me parecieron desordenados. Ahora que lo pienso, tal vez sí era un vestido lindo, aunque en aquel entonces, a mis doce años, nunca me lo pareció. Mi abuela lo usaba para fiestas o reuniones con amigas, pero sobre todo disfrutaba ponérselo en la misa de aniversario luctuoso de mi prima Inés, que había muerto de neumonía a los tres años. Yo, nueve mayor, nunca conecté con ella. Inés era una bebé con la que ninguno de los primos quería jugar. Por alguna razón era güera, la única de la familia. Mis papás decían que había sacado los genes del bisabuelo Fer. No me dejaron ir al velorio, así que me quedé en casa de la abuela con mis primos. Leti nos dio pizza para cenar y nos dejó ver la televisión hasta tarde. Cuando ya todos en la casa dormían, escuché llegar a mi abuela, a mis papás y a mis tíos. Escondida tras la puerta vi a mi padre, en medio de sollozos y voces bajas, poner en la repisa de la sala una cajita de metal. Al día siguiente Leti nos dijo que ahí estaban guardadas las cenizas de mi prima Inés.

             Yo vivía en Tizimín y en mi familia se había decidido que me mudaría a Chetumal para estudiar la prepa, pero cuando pasó el accidente mis padres adelantaron los planes y me mandaron a vivir con mi abuela poco antes de comenzar la secundaria. Inés era la nieta preferida y toda la familia temía que la abuela no pudiera controlar su depresión.

            —Acompaña mucho a tu Tita —dijo mi madre al despedirse. Me dio un beso en la frente y cerró la puerta. Yo me quede sola en la sala, rodeada del perfume de vainilla que flotaba entre retratos familiares y figuras de porcelana.

            Cumplí: acompañaba a mi abuela al súper, al cine, a comprar dulces en el mercado, al doctor, a desayunar con sus amigas. La acompañaba a ver las noticias por la noche y a darse masajes de pies. La acompañaba, también, a las misas de mi prima. Era siempre el mismo ritual: mi abuela se levantaba muy temprano, hacía sus estiramientos, sacaba del clóset el vestido azul y lo extendía sobre la cama antes de meterse a bañar. Yo entraba a la habitación y mi voz atravesaba el vapor jabonoso que empañaba los espejos:  “¡Aquí te dejo el café, Tita!”, y asentaba la taza y las tres galletas María en el tocador. Después de la misa íbamos a desayunar al Vips del boulevard. Era domingo en provincia, así que más de una cara conocida se asomaba a nuestra mesa para saludarnos y recordar a la pequeña Inés.

            —Inés siempre está conmigo —decía la abuela, acariciando la falda de su vestido.

            Mi abuela murió a los ochenta y siete años, poco antes de que yo me graduara de la universidad. Para entonces ya no vivía con ella. Me había ido a Campeche. Regresé a Chetumal para ayudar a ordenar su casa, seleccionar qué cosas conservar y cuáles regalar o tirar. Abrí el clóset y descolgué toda la ropa para meterla en una caja. Cuando agarré el vestido azul, Leti me dijo:

            —Ese mejor entiérralo.

            Le pregunté por qué.

            —¿Qué crees que es esto? —Leti talló con un dedo la brillantina descolorida. Salió del cuarto y regresó con la cajita de metal que contenía las cenizas de mi prima Inés.

            —Ábrela —me ordenó.

            Estaba vacía.

            Leti se acomodó los lentes. Con el movimiento, sus ojos cambiaron de tamaño. Acarició los flecos amarillos cosidos en el cuello del vestido.

            —¿De qué color era el cabello de tu prima Inés?

            No pude responder nada.     

Mi mamá y yo nos abrazamos en la terminal. Tenía que volver a Campeche para terminar mi tesis.

            —Quiero que tengas esto, me dijo entregándome un paquete.

            Lo abrí en el camión: eran las cenizas de mi abuela. 

Daniela Armijo (Cananea). Sus textos han sido publicados en antologías (Lados B y BidiBidiBomBom) y revistas digitales (Círculo de Poesía, Marabunta, Baquiana, entre otras). Es coordinadora y editora del libro Flores en la herida: relatos de personas encarceladas (2020), proyecto desarrollado en Chetumal y apoyado por el FONCA.

Foto de Fondo creado por freepik – www.freepik.es

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