Íncub(ad)o

En esta ocasión, Alicia Hernández Sánchez nos presenta este texto que lleva por título Incub(ad)o.

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Por Alicia Hernández Sánchez

Las gotas de agua bendita rociaron cada esquina y tablón de la casa recién inaugurada, excepto el cuarto de los recién casados. El párroco sugirió obviar la habitación de amplios ventanales —apenas cubiertos por pesadas cortinas que debían descorrerse para dar paso a la luz entrometida—, puesto que “lo que la Iglesia ha unido y bendecido no necesita más reafirmación”. Ruborosa y con el rosario en las manos, Edith recibió los dobles besos del párroco, hombre calvo de nariz ganchuda, y no discutió más. Su marido, al recibir en las mejillas estos besos que ardían como pellizcos, dirigió la mirada hacia el pasillo en penumbra. En el fondo estaba su habitación de recién casados, esperándolos. Bombeando, punzando. Pero por respeto al líder de la iglesia en aquel pequeño rincón del mundo, él y Edith no recorrieron aquel trayecto entre la entrada y la única habitación de la cabaña hasta que pasaron treinta minutos; treinta por la Sagrada Trinidad. Luego, tomados de la mano, flotaron hacia la cama de la mejor paja que pudieron pagar.

Al abrir la puerta de roble, la luz estalló dentro de la habitación como dedos flacos estirándose hacia alimento. Entraron, pero luego el marido gritó. Edith soltó un chillido. En los pies de la cama había un niño de ojos ambarinos, fulgurantes. Chupaba el dedo de un pie como si fuese un caramelo.

recibió los dobles besos del párroco, hombre calvo de nariz ganchuda, y no discutió más. Su marido, al recibir en las mejillas estos besos que ardían como pellizcos, dirigió la mirada hacia el pasillo en penumbra.

Con un jadeo, el marido despertó. El recuerdo se había vuelto pesadilla. Luchando por pasar saliva y limpiarse el sudor de las sienes, intentó levantarse; pero como siempre después de despertar de un mal sueño, encontró al niño hincado sobre él. Los pequeños codos de este, apoyados sobre el amplio pecho velludo del padre, añadían más dolor a sus respiraciones. Los ojos amarillos del niño le dirigieron un chispazo de reconocimiento al saberlo ya despierto, y luego se apagaron. El pequeño se quitó el dedo de la boca y le habló. Sigue durmiendo, papi. Ya me alimentará.

El marido oyó a Edith levantarse tras un suspiro. Era la sincronización de diez años de casados: sentirlo despertarse de golpe, estando en el lecho, siempre la despertaba también; y ella despejaba entonces la melaza de la medianoche tras un batir de pestañas. Inmediatamente ponía una sonrisa cansada sobre su boca. Sabían que ser padres iba a ser cansado.

Ven, Dak, decía ella, sin falta. El niño se alzaba entonces, liberando a su padre del peso de su cuerpo, y el marido siempre inhalaba como si el oxígeno fuera un concepto distante, algo con lo que sueñan las criaturas que habitaban bajo el lago del pueblo. El pequeño obedecía, bajándose del rimero de paja sin hacer ruido, presumiendo las plantas de sus pies, descalzas y negras. Una vez cerrada la puerta, se oía el rechinido del banco de madera de la cocina, seguido por el suspiro de Edith al recibir en los poros la brisa nocturna. Y luego, los hipidos, la saliva, el sibilante y rítmico sonido de unos labios al mamar.

Ambos volverían a la habitación con la cabeza gacha, como si hubiesen cometido una fechoría. Dak se limpiaría los bigotes de leche con la lengua antes de acomodarse a dormir a los pies de la cama de sus padres, y ya no volvería a molestar. Acomodados de nuevo bajo la piel de oso, el marido abrazaba a Edith entonces, cerrando su mano alrededor de uno de los suaves y esponjosos pechos de ella, donde todavía varias gotas blanquecinas humedecían su camisón de dormir. Este era el único modo de controlar la envidia.

—Ya no puedes seguirle dando leche— le musitó el marido a Edith, la siguiente mañana. Había tierra por arar, él ya llevaba la hoz al hombro, pero también llevaba años queriendo decirlo—. Nunca será un hombre.

—¿Cómo puedo negarle este milagro que me sigue marcando como madre?

Eso pensaba ella. Sus senos siempre estaban llenos, húmedos en las aureolas. Pero el marido nunca sabía como responder a la cháchara de poesía y milagros excepto con su burda comprensión de mundo. 

—Tengamos otro hijo, entonces. Oremos más.

—He ido a orar cada semana a la iglesia— dijo Edith—. El párroco dice que solamente tendremos los hijos que Dios quiera darnos. Y si Dak será todo lo que tendremos, está bien, ¿entiendes? Siempre seré su madre, hasta morir. Debes aceptar que tú también no serás otra cosa más que su padre, hasta morir.

El marido no supo qué más decir. No supo transmitirle la sospecha terrible de que, cada noche en que la abrazaba antes de volver a conciliar el sueño, sus manos morenas medían, apretaban, jugueteaban y así confirmaban lo imposible: los pechos de su esposa parecían decrecer en tamaño. Año tras año, se chupaban y consumían a sí mismos como una fruta pudriéndose. Antes habían parecido bollos hirvientes, untados de mantequilla; un sabor más en la efervescencia de su cuerpo. Quizá el tiempo comenzaba a pasar su factura, pero ella era más joven, mucho más joven que él.

El marido se marchó a arar. El olor a humedad ácida sería suplantado por el de tierra caliente apenas echar a andar. Entre la cosecha y la caricia de las hojas sobre su nuca, bajo el sol que a latigazos le generaba costras y luego le daba una piel más dura, podía olvidarse de las sombras de su cabaña; sombras que remarcaban los pómulos de un niño que no se parecía a ninguno de los dos. Un niño con la nariz muy ganchuda.

Al dormir, Edith respiraba en pequeños intervalos, silbidos cálidos. Antes, cuando no estaba embarazada y dormía con su rostro perdido entre una corona de rizos rubios, ella hablaba. Sinsentidos, refranes confundidos. Reía entre murmullos. Pero, pasados unos meses, comenzó a conversar. A su marido le parecía encantador. Dejó de llegarle la sangre entonces, y el marido había alzado a Edith en brazos, en júbilo: hasta le había dado vueltas en el umbral. Meses más tarde, cuando su vientre se había vuelto otra especie de sol más redondo y brillante, Edith podía recitar páginas enteras de la Biblia, charlar (aunque estuviese dormida) con un interlocutor al que el marido nunca pudo oír o tocar.

No supo transmitirle la sospecha terrible de que, cada noche en que la abrazaba antes de volver a conciliar el sueño, sus manos morenas medían, apretaban, jugueteaban y así confirmaban lo imposible: los pechos de su esposa parecían decrecer en tamaño.

Chik, chik. El sonido de los labios de Dak al mamar era agudo y brevísimo. La leche perlada debía estar deliciosa, porque Edith tenía marcadas en las costillas, con moratones, las siluetas de los dedos de su hijo. El niño vivía hambriento.

Chik, chik. Cuando Edith todavía no sabía que estaba embarazada, siempre amanecían resfriados. Buscaron más pieles, clavaron clavos y cortinas, se encogieron sobre sí mismos, pero no había manera de esquivarlo. Las noches eran gélidas, y el único consuelo del marido era su mujer regordeta y murmurante, quien reía en dirección a la ventana con una docena de trabas; instaladas por el marido para impedir que esta se abriera. En la mañana las doce trabas estarían corridas en la dirección contraria, no obstante. 

Chik, chik. Los ojos de Dak eran amarillos, como el sol dorado que azotaba la cosecha. Como pozos de miel densísima. El marido no podía esperar a sacarlo de esa penumbra, sacarlo a trabajar y ganarse el pan. Pero el niño era flacucho, de brazos y piernas tan blancas como sus dientes, y caminaba siempre arrastrando los pies descalzos, con el dedo metido en la boca. Nunca podría trabajar. Nunca sería un hombre.

Una noche más. Edith regresó a dormir, por fin. Dak se acomodó a los pies de la cama, y su madre se pegó al pecho cálido del marido. Él deslizó los dedos por los huesos de la cadera de ella, subió apenas tanteando el ombligo, y luego llegó al pecho. Apretó, midió. Luego le tocó a él apretar los dientes.

Llevaba años sin ir a la Iglesia, pero a la mañana siguiente, le pidió a Edith que le trajera una cruz, la más grande y hermosa que hubiera. No podrían pagarla, apenas les alcanzaba para los diezmos, pero se comprometió a hacerlo antes del otoño. La mejor temporada para calabazas se acercaba. Su esposa, entre resoplidos, aceptó. 

¿No quieres enseñarme a usar la hoz, papi?

El marido miró al niño de ojos dorados. No quería invitarlo dentro del único santuario que tenía: las plantas sentían, presentían; también tenían dotes de conversación. No se atrevió. Así que lo dejó sentado sobre el banco de la cocina y le dio un par de piedras para que se entretuviera; con la excusa de que lo hablarían una vez regresase su madre del pueblo. La luz del exterior hizo refulgir los ojos de Dak antes de que el marido cerrara la puerta, dejándolo detrás.

Caía la noche con los reflejos del vino tinto, y las altas pasturas del campo, que se doblaban y estiraban como dedos, apuntaban hacia el lago del pueblo. Era tan viejo que lo habían nombrado ya dos veces, y a veinte generaciones se les habían olvidado ambos nombres. Había terminado otra jornada de trabajo, y el marido esperaba en el umbral de su casa, con la mano vendada; pues se había cortado accidentalmente al manejar la hoz. Finalmente distinguió, en el sendero serpenteante que llevaba hacia el pueblo en las montañas, la silueta de su mujer. Otra sombra venía detrás de ella.

El marido inhaló, exhaló. Su hijo, a su lado, miraba con curiosidad la hoz colocada detrás de la puerta. Las figuras se acercaron. Eran Edith y el párroco. No había cruz a la vista.

—¿Puedo entrar a su adorable casa, señor?

Edith parloteaba, asentía, pero el párroco tenía los ojos fijos en el marido. Este asintió y se dio la vuelta para abrir la puerta más y dejarlo entrar, pero sólo para estar más seguro, dejó que Edith entrara, acomodara sus cosas, saludara a su hijo, se disculpara por el desastre y se alisara la falda, para contar diez segundos más. Finalmente decidió decirlo. Se giró hacia la figura del párroco, quien alisaba su túnica oscura.

 —Puede pasar— cantó.

Solo entonces, el párroco puso el primer pie en el umbral.

El marido se deslizó hacia la izquierda, sin cerrar la puerta. Los ojos dorados de Dak lo siguieron, relucieron con renovado interés al ver que la hoz quedó oculta tras los amplios hombros del marido de Edith. El niño se quedó sentado en el pequeño tapete sobre el que comía, muy quieto, introduciendo mendrugos de pan a su boca. 

—Como le decía a Edith, señor— comenzó el párroco—, no hay necesidad de una cruz más, las que tiene aquí son suficientes. Pero, si quiere renovar su fe y bendecir esta casa una vez más, he traído agua bendita— el párroco alzó su bolso, lo sacudió. El tintineo de varios frascos de cristal aleteó entre los oyentes—. ¿Me permite? 

—Por supuesto— el padre titubeó un instante nada más—: Pero, ¿podría ver uno de estos frascos? Sólo para admirarlo. Lo devolveré.

El párroco asintió, dejando salir una risilla. Le extendió uno de los frascos, y el marido lo tomó con sus manazas resecas. Una vez hecho esto, el padre alzó los brazos y, con gestos magnánimos, comenzó a recitar las oraciones en latín, a arrojar agua con precisión. Tras cada movimiento de su codo, daba una zancada y se giraba hacia la derecha, rociando gotas sobre la mesa, el mantel y las paredes grises, y así sucesivamente.

El marido inclinó la cabeza y comenzó a recitar una oración entre dientes, con el frasco entre sus manos. Edith seguía al párroco como un pequeño cachorro, riendo y parloteando, contándole todos los chismes del pueblo.

Chik, chik. El marido recordaba aquella noche, en la que entendió quién era el interlocutor de su mujer; a quien nunca pudo oír y tocar. Pero solo una vez, el milagro de los ojos. La maldición de ver.

Chik, chik. No sólo los labios al mamar generaban este sonido, sino las bisagras de una ventana que, lentamente, se abría hacia fuera. El marido, aquella noche ya hacía tantos años, se había despertado por la primera pesadilla que había tenido en toda su vida. Un hombre tan laborioso no tenía necesidad o tiempo de preocuparse por la fantasía, por los misterios de la noche, pero aquella vez se despertó con un grito atorado en la campanilla de la boca, el cual nunca llegó a tocarle la lengua. Se despertó y decidió ir a la cocina para despejar su mente, beber un poco de agua. Dejó a su mujer dormida. 

Chik, chik. Cuando cobró conciencia de aquel sonido constante, el marido primero creyó que eran grillos. Unos grillos muy extraños. Pero entonces recordó la ventana y los tornillos que la mantenían sujeta a sus goznes, las trabas: todo este armatoste hecho de metal. Era su posesión más cara, había sido regalo del rico del pueblo; quien tuvo la clemencia de darles en la fiesta de bodas algo que impediría que entrara el frío y dejaría salir al calor. Y durmieron muy felices al lado de esta ventana, hasta que. Hasta que.

Chik, chik. Cuando cobró conciencia de aquel sonido constante, el marido primero creyó que eran grillos. Unos grillos muy extraños.

Chik, chik. No supo en qué momento se levantó corriendo de aquel banco. El pasillo que lo separaba de su esposa parecía estirarse como la ubre de una vaca. Cuando abrió la puerta, no vio ningún niño de ojos dorados, porque Dak no existiría hasta dentro de nueve meses, pero sí vio las facciones que ahora reconocía cada noche. La nariz ganchuda, la calva, los ojos…

Chik, chik. La sombra que se apiñaba sobre su mujer bebía también de ella, la poseía con fiereza que no tenía nada que ver con el ruido. Edith parecía una muñeca de trapo, con piernas y brazos abiertos, boca sonriente y abierta. Sus piernas estaban enredadas en la paja, la piel de oso echada a un lado. La mujer hablaba sin despertar con un interlocutor que en ese instante, se supo visto.

La cosa que sobrevolaba la cama, sin tocar jamás el suelo, no tenía nada que ver con lo humano. Pero se sabía disfrazar muy bien.

El marido recordaba las historias que contaba el párroco anterior a este, el anciano gentil que un día apareció muerto en el umbral de su casa, con la garganta rajada. Recordaba las historias, las épocas en las que tenía fe. Por ello, cuando el íncubo que violaba a su mujer se giró para verlo, al marido nunca se le olvidó la calva o sus facciones casi andróginas. El demonio sonreía burlonamente bajo esa luz mortecina. 

Una cruz en su habitación habría evitado esto, la aceptación de la existencia del terror. Pero el marido decidió olvidar y concentrarse en su familia. Casi olvidó, pero entonces surgieron aquel par de ojos dorados, que todavía inspeccionaban el mundo con fría calculación. Una cruz habría bastado, solo una, o bendiciones de verdad. Pero por lo mientras bastaba con terminar el rezo. 

Mojándose la mano con el agua hecha bendita por él, el marido alzó el brazo y luego azotó la frente de su hijo con la palma abierta. Dak chilló. 

Edith gritó, desde el pasillo. Corrió como saeta hasta llegar al suelo de la pequeña sala, donde el niño giraba y se retorcía como cebo ensartado en una caña de pescar, y mostraba todos sus dientes de leche en un gesto de dolor ácido. ¡Mami, mami!, gritaba al niño, contorsionándose como gusano. Edith se alzó, histérica, buscando explicaciones, pero el marido cogió la hoz.

Edith alzó las manos.

Tras solamente cuatro zancadas, el hombre irrumpió en la única habitación, donde el párroco ya no fingía hablar en su versión retorcida de latín y sonreía al lado de la cama de paja. La luz plateada de la luna lo iluminaba por detrás. Había demasiados dientes en esa boca, demasiada sorna. Y el marido supo entonces que el disfraz fue casi perfecto.

Con un lanzamiento perfecto, le atinó al párroco; haciendo explotar el frasco de agua bendita sobre su calva. Este alzó los brazos ante el lanzamiento, quiso hacerse a un lado, pero no le dio tiempo. El frasco estalló en metralla de vidrio en su rostro, y los hábitos del demonio inmediatamente se prendieron en fuego. Una lengua larga y trífida surgió de las profundidades de la garganta y se lanzó como un dardo hacia el atacante, pero el marido lo esquivó. Tras un movimiento grácil y transversal, perfeccionado en segar la cosecha cada año, el marido rebanó la cabeza pelona del párroco, que cayó sobre la cama tras un golpe sordo.

Dak dejó de gritar.

Horas más tarde, cuando padre e hijo veían hundirse al cuerpo del párroco en el lago de aguas oscuras —el niño había tenido el acierto de ponerle piedras en los bolsillos y rellenarle el espacio entre las costillas con la cabeza achicharrada—, el marido propuso ponerle al lago Chapuzón del Párroco. Dak, riendo entre destellos de sus ojos dorados, sacudió la cabeza, argumentando que ése era un nombre terrible. Tenemos tiempo para pensar un buen nombre, le dijo su padre, haciéndole cosquillas en los pies.

Edith, escoba en mano, se limpió el sudor de la nariz ganchuda, y entre  gritos los llamó de vuelta a casa. Sus senos chupados como pequeñas pasas oscuras habían dejado súbitamente de dar leche.

Alicia Hernández Sánchez (Ciudad de México, 1996) se licenció en Comunicación y Medios Digitales en el Tecnológico de Monterrey y es graduada del 12º Máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra. Usa el pseudónimo Alicia Maya Mares. Ha publicado en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México, en las revistas digitales Carruaje de Pájaros y Efecto Antabus, y tiene una columna mensual en la Revista Palabrerías que le lee a sus cuatro gatos.

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