La Ciudad del Infinito

Anantapur, al sureste de India, ha dejado de ser un desierto. Ahora es donde SolRe Percussió viaja cada verano para hacer talleres de percusión a niños con diferentes perfiles de diversidad funcional de la Fundación Vicente Ferrer.

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Por Anaïs Faner Anglada

—El tema de las castas está abolido, pero todo el mundo sigue trabajando con castas —dice Kyra, en tono mezzo forte, a través de su dispositivo móvil Android.

Kyra dice que ahí no va a agredir culturas, a cuestionarlos, a convencerlos, a ser la dueña de la verdad, la sabelotodo, la que piensa que ellos son «un cubo donde poner una cultura», sino a dar y a recibir. Dice que ahí se da cuenta de las cosas superfluas, de las naderías, y que no quiere volver a Barcelona porque coincidirá con Navidad, la fecha más consumista del año. Dice más: que en Anantapur, en el estado de Andhra Pradesh, se trabaja con el boca a boca, que hay mucha ignorancia, y que las mujeres trabajan, pero que dejan de hacerlo al casarse. También que el número de personas con discapacidad es altísimo porque se casan entre familiares –con estos manidos datos uno podría viajar hasta la dinastía Habsburgo y su rey hechizado: la cumbre de cuatro generaciones abrazando la endogamia.

—Hace años Anna Ferrer dijo que en la India la discapacidad es una casta más. Ahí los discapacitados son rechazados, incluso, por sus familias. Son un estorbo. Los dejan de lado. Los alimentan mal. Ahí son el cojo, el tonto y el ciego.

La voz telefónica de Kyra sigue diciendo. Dice que ahora está viviendo en el campus que la Fundación Vicente Ferrer (FVF) tiene en Anantapur, junto con otros diez profesionales bilingües, aunque también hay psicólogos, traumatólogos, doctores, enfermeros, y otros voluntarios. También dice que no ha tenido ningún problema con la digestión, porque solo come pollo un día a la semana y lo demás son lentejas, garbanzos, cacahuetes y frutas. Su canción sigue: hace unos meses los chicos del pueblo le dibujaron el tercer ojo, le pusieron una guirnalda de caléndula y la recibieron al son de tambores de una banda de percusión catalana. Y de esto último, Uri Soler, director de SolRe Percussió, también se acuerda. Se acuerda de ella: Kyra. Brasilera. 64 años. Madre soltera. Voluntariado como profesora de inglés a jóvenes indios de la FVF. 

Hace años Anna Ferrer dijo que en la India la discapacidad es una casta más. Ahí los discapacitados son rechazados, incluso, por sus familias. Son un estorbo. Los dejan de lado. Los alimentan mal. Ahí son el cojo, el tonto y el ciego.

—Vicente Ferrer decía que en Anantapur no había agua ni para bautizar —esclarece Uri Soler.

Cuando Vicente Ferrer llegó en 1969, Anantapur estaba declarada la región más deprimida de la India de las mil y una noches. No existía futuro para la vida de los hombres: duraría el tiempo de cocción de un brócoli. Su población debía migrar. Anantapur tenía de todo, menos una cosa: agua. Tenía secarales baldíos, inhóspitos, rojizos. Campos de girasoles infecundos. Carreteras sin adoquines. Lluvias ilusorias, descompasadas, de graznido mohíno. Analfabetismo. Gente a la intemperie. Sed. Pero ya no. Ya no hay «chabolas cutres», sino casas de veinte metros cuadrados, centros comerciales y tiendas, y tiendas menos tiendas. Cincuenta años más tarde, la gente no ha emigrado y la mayoría de ella vive –sobrevive– de la agricultura. Si se supone que Dios puso la manzana al mundo, Ferrer fue el hombre que transformó milagrosamente un desierto impermeable en vida. Aparecieron los pozos, los embalses, el agua de coco y los tonos verdes, con árboles frutales de mango y plátano. En medio de la desolación, el misionero dio sentido al nombre Ciudad del Infinito, que así es como se traduce Anantapur del telugu, la lengua local, y consiguió pegarle con resina el prefijo «semi-»: pasó a ser una zona semidesértica. Una ciudad rural poco turística.

—Ahí hay muchos contrastes. Hay algo moderno y el patio de delante lleno de mierda. La suciedad es otro idioma. Hay desechos por todos lados. Ellos cogerían esto —Uri señala el vaso de agua con una rodaja de limón que ha pedido en el bar Navas, en Vilassar de Mar, al lado de la sede de SolRe Percussió— y lo tirarían a la calle. 

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Así es la India, este lugar con un sol tan picante como su comida, mayoritariamente vegetariana: según Uri Soler, hasta el agua del súper tiene un punto verde que señala que es vegetariana. Así es el país de los mil dioses. La tierra santa del hinduismo, del budismo, de los infinitos templos y gurús espirituales.

—Para ellos el Padre Ferrer es un dios y una persona de piel blanca es un discípulo —Uri hace un silencio de corchea—. Nos adoran. Nos saludan con un hola, y no un namasté

Así es la India, este lugar con un sol tan picante como su comida, mayoritariamente vegetariana: según Uri Soler, hasta el agua del súper tiene un punto verde que señala que es vegetariana.

Así es también Anantapur. Pero primero hay que llegar a Anantapur. Para viajar ahí se coge un vuelo hasta Bangalore, la Silicon Valley de la India, y de ahí son cuatro horas más en tren. Después, se sube al tuk-tuk, un enano e incómodo medio de transporte que tarda unos quince minutos y, si eres buen regateador, unas 80 rupias. Vamos, que un viaje corto por la India equivale al tiempo que pasa mientras pones la lavadora y esperas el pitido agudo y tiendes la ropa y luego la colocas a lo Marie Kondo.

***

SolRe Percussió es una empresa catalana dedicada a la percusión y otras actividades urbanas. Una de sus actividades más ambiciosas es Lupresti, proyecto que se creó en 2016 y ya lleva tres ediciones. El primer año fueron siete voluntarios; el segundo nueve; en 2019, once; y –si la serie consecutiva de impares sigue su ritmo– en 2020 serán trece. 

—Cada verano vamos a Anantapur para hacer durante un par semanas un taller de percusión a niños de Vicente Ferrer con disparidad visual, física o huérfanos. Pretendemos mejorar sus condiciones de vida a través de la música, recaudar fondos para construir viviendas y dotarlos de herramientas y conocimientos para promover la comunicación, la integración y la autoestima —entona Uri Soler.

Uri Soler, que hace veinticuatro años que toca percusión y quince que la enseña a tocar, está a punto de terminarse el vaso, pero antes explica que siempre ha desconfiado de las ONGs, pero que con la FVF, y por lo tanto, también con Kyra, ha visto de primera mano la fuerza del trabajo codo con codo. También explica que en la India llega un punto en que se conocen tantas historias que es imposible quedarse con una en concreto. Pero, por poner un ejemplo, recuerda una chica que tenía lumbalgia y no podía estudiar: la familia le decía que no podía estudiar. Entonces, la FVF buscó la manera para que estudiara, porque la fundación trabaja más en enseñar a pescar que no en dar comida.

—Cuando dejas un lugar, el proyecto acaba, pero nosotros aseguramos su continuidad. Les dejamos instrumentos, algún tom-tom y cajas, y volvemos con niños apadrinados —dice alguien mientras un rizo le cae en la frente y se lo queda mirando ensimismado, como quien estuviera pensando en un redoble de tambores.

Este alguien es Uri Soler. ¿O era Uri SolRe? 

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SolRe ha ido hasta el Colegio Paideia, cerca de la Estación de Barcelona Sants, para dar un taller de percusión a jóvenes con discapacidad intelectual. 

—¿Haz ido a Martorell? Zoy de ahí. Zoy Ana. Tengo dieciocho. ¿Cómo te llamaz? Tengo un ezguince y no puedo tocar. Tienez que ir a Cádiz, por zu puezta de zol. ¿Volveráz? Guapa, tu collar mola. ¿No te guzta rap? ¿Rock? ¡Erez guay! —parece que Ana se va a quedar en silencio, pero retoma su voz de altavoz resonante y sigue, con muchos po-po-pom-pom de fondo en el centro de otro tipo de Ciudad del Infinito.

Anaïs Faner Anglada (Ciutadella de Menorca, 1997). Licenciada en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente cursa el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Información de contacto: anaisfaneranglada@gmail.com

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