Benny Goć

Isabela Ramírez Payán, narradora de Cali, nos presente este texto como parte de la colaboración con la UPF.

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Por Isabela Ramírez Payán

Benny Goć me conquistó escribiendo poemas con los dedos en la arena de la playa, picándome el ojo y torciendo un poco la boca mientras hacía un chasquido con los dientes. Al final dibujaba corazones chuecos y estrellas y flores. Se sacaba dos anillos dorados de fantasía de los meñiques y se abría los botones de su única camisa de tigre, que le combinaba con la uniceja y el pelo azabache. Tenía un diente dorado al lado del colmillo izquierdo. Me lo mostraba con mirada fugaz, metiendo el labio de abajo, y corría a la cancha de vóley. Me hacía reír. Nos veíamos los miércoles cuando jugaba vóley playa con su equipo de trabajo, los domingos y lunes grababa, y los martes les dictaba clases de expresión corporal a los actores. 

Me contó que la primera vez que hablamos, canceló una reunión a última hora. Saliendo para la playa dejó su disculpa: Es un amor más viejo que la Tierra. Los planes para la película siguen iguales, mis muchachos. Aquí dejo los temas de los que iba a hablar, cuéntenme qué opinan y mañana reviso. Besos. Cumplía con el primero de los pocos días que tenía para enamorarme. Planeaba irse de Madeiro porque quería cambiar de vida. Ese día ya no me escribió en la arena. En un secreto gritado -para que me dejaran oír las olas y la brisa-, me dijo que las nubes y las montañas eran una misma unidad, y que eso seríamos nosotros.

De ahí en adelante no nos separamos más. Benny se fue a vivir a mi casa, de a pocos y por siempre. Fuimos a una fiesta en la mansión de Rogelio Rativa. Allá estuvieron hasta Rosaura Mora y las primas. Entre tanta gente, yo solo veía a Benny. Estaba en todo. Él toteado de la risa y Luchi Sagasta diciéndome que me secara las babas que estaba chorreando. De pronto éramos parte de un círculo de personas con vaso en mano, charlando, cuando nos preguntaron cómo nos conocimos. Yo mismo vi cómo el sol le hizo estas pecas –dijo tocándome el hombro. Yo grababa Sex and Tales y ella se bronceaba y jugaba con los tiburones que buscaban comida en la orilla. Me enloquecía esperando los miércoles para verla ahí, acostada boca abajo, metiéndoles algo a la boca que se esforzaban por tragar, pero le querían ver las tetas separadas en esos triángulos diminutos del color de la tierra. No la mordían porque olía a aceite de coco, ese que le tiene esta piel tostada. A ellos no les gusta el coco, ni el ceviche de piña con aceitunas negras y tomates cherry. Solo a Carmenza Banguera se le ocurre que a un tiburón martillo le gusta la fruta. Benny me hace reír. Me enloquece. 

Yo mismo vi cómo el sol le hizo estas pecas –dijo tocándome el hombro. Yo grababa Sex and Tales y ella se bronceaba y jugaba con los tiburones que buscaban comida en la orilla.

 Brindamos. Hubo buenos discursos. Claro que el de Benny era improvisado, rayado en una servilleta arrugada que se sacó del bolsillo y que apoyó sobre la rodilla encima del sofá de terciopelo de la sala. Ahora tengo certeza de la distancia que divide mi camino, antes loco por las tetas, ahora loco por las letras. Rativa suspiró fascinado y apretó los ojos. Yo intervine pidiendo un aplauso por los homenajeados. Rativa se volvía un magnate del cine porno a lo Boogie Nights luego de recibir el premio AVN, merecido Óscar de la pornografía. Benny, su director por tantos años, ahora se retiraba. 

Lo veo cada noche buscando aire en mi terraza, entonces me paro al frente, de espaldas para que me abrace, y los dos vemos la luna que brilla afuera y que nos tira rayos plateados al cuerpo. Desde la terraza se ve el mar, la sombra negra de los barcos, Benny abre los dedos alrededor de sus siluetas y no los cierra hasta que baja la mano directamente a las hojas blancas del cuaderno. Me cautiva. Se pone a escribir. 

Agradezco cada mañana por vivir y levantarme de la cama con Benny a mi derecha. Todos los días, Benny me sube su ser hasta mi corazón. Estuve varios días caminando en las mañanas, él se quedaba durmiendo. A media hora de distancia se unen el mar y el río. Ambos queremos respirar otro aire, ir allá o a donde sea. Luchi Sagasta y el marido dicen que desde hace tiempo le tienen un regalo, no viven tan lejos, y desde hace rato están que vienen porque les conté que una pareja de búhos hizo nido en el jardín. Luchi y el marido tienen un pontón afuera de su casa. Estoy pensando en decirle que nos invite, más bien, para asomarme con ella por una ventana de marco azul cielo en esa casa color lila, y que Benny se pueda acostar en la hamaca y oler los aguacates, mientras cuenta historias. Que el marido de Luchi se ría, que suspire. Yo también le voy a contar a Luchi cómo nos enamoramos, todo lo que hacemos cada día, cómo lo dejo entrar en mí. Una charla de amigas. También para que dejemos a los búhos en paz por unos días, mientras le preparo una sorpresa de regreso a Benny. Logré la invitación para el fin de semana próximo, Benny se puso feliz. 

Hace unos días me manché los dedos de las manos con limón y el sol. Ahora tengo partes café clarito y otras, café oscuro. Benny me los chupa todas las noches, diciendo que, una de estas mañanas, ya no van a estar. Que la saliva me cura. A mí me gustan y no quiero que se me quiten, pero no le digo nada, porque me gusta que me chupe los dedos. Me gusta cómo Benny ve el mundo y a él le gusta cómo lo veo yo. Me lo dice siempre cuando estamos viendo los corales y la espuma del mar.

–Benny, ¿qué te vas a llevar? Hagamos la maleta. Yo ya hice unas zanahorias con miel y pimienta y que llevemos hielo, que tienen poquito, no me dejés olvidar. 

Me gusta cómo Benny ve el mundo y a él le gusta cómo lo veo yo. Me lo dice siempre cuando estamos viendo los corales y la espuma del mar.

Benny alcanzó a empacar cuatro pares de gafas de sol, cuando salimos a buscar ratones algodoneros y lagartijas para dejarles a los búhos. Nos metemos a un bosque negro y ahí pasamos horas. Llegamos a la casa y encontramos la puerta abierta. Benny entra y me dice que espere ahí, que él va a revisar cada cuarto, por si alguien ha entrado. Me meto a la cocina y organizo a los ratones en el muro rojo. Voy a preparar comida para ellos y las lagartijas, para que los búhos se los coman gorditos. De pronto siento a alguien detrás. 

Me despierto sentada en una silla sin patas, escuchando “mucha mierda, mucha mierda”, y entiendo que estoy dentro o fuera de un teatro. Al frente veo no sé cuántos hombres haciendo un baile, a la misma altura de mi silla. Apoyo mis brazos en los de la silla y, con toda la fuerza que pueden hacer los músculos de mi antebrazo y mi alma, me levanto estirando el cuello y mirando para ambos lados. Busco a Benny, pero no lo veo. Escucho una guitarra. Un solo largo y extenso, como una letanía surrealista, preocupante. 

Se me acerca una mujer y me dice que hay alguien que me necesita para reacomodar sus chakras. Le pregunto si el personaje se apellida Goć. Me dice que no sabe, que anda un loco por ahí gritando mi nombre y mi cara, que lo vio pasar medio borracho cantando una canción. Espero que la canción sea Timbalero, la del Gran Combo, que le encanta a Benny. La empiezo a tararear y la equivocada mujer me reclama: Ningún Gran Combo, el Gran Teatro del Mundo es lo que es ese hombre. Si hubiera tiempo que perder, lo perdería explicándole que Benny no anda borracho porque nunca altera sus estados de conciencia con nada que no sea amor. Alguien lo emborrachó. Mejor me voy.

Recojo a Luchi y al marido para que me acompañen a donde Rosaura Mora. Rogelio Rativa siempre nos ha dicho que algo raro tiene ella. Llegamos a la casa y no nos invita a pasar, nos recibe en un hall que tiene en la entrada, señalando unos sofás percudidos que se nota que nunca usa. El marido de Luchi empieza con unas preguntas bien estructuradas, como habíamos planeado, porque él la conoce más. Trabajaron juntos hace años, con Benny. Antes de responder la primera, me lanza una mirada salvaje de “quién sabe en qué se metió cuando le vendió el alma a la poesía” y yo le digo que no se haga la vendejabón, que yo no me quiero meter en eso, pero que yo sé que las Mora mantienen bebiendo, y que a Benny lo vieron borracho. Que ahí sí me disculpe, pero algo tendrán que ver. Suelta una carcajada llena de tufo. Yo aguanto la respiración por un minuto y el marido de Luchi sigue con las preguntas. El tufo de Rosaura parece que no me hizo bien, porque, en medio de las preguntas, me parece muy buena idea pararme del sofá puerco y gritar que Benny no se ha ido, que me diga dónde encontrarlo o que me va a conocer. Creo que me veo desesperada. Entonces termina el diálogo diciéndome que ella entiende que es horrible vivir en la línea de la incertidumbre. Que le pregunte a Rativa. 

Antes de responder la primera, me lanza una mirada salvaje de “quién sabe en qué se metió cuando le vendió el alma a la poesía” y yo le digo que no se haga la vendejabón, que yo no me quiero meter en eso, pero que yo sé que las Mora mantienen bebiendo, y que a Benny lo vieron borracho.

Luchi se levanta y se le enfrenta. 

–Pero, ¿vos qué es lo que te creés, Rosaura? ¿Pensás tener a Carmenza de aquí para allá, sin decirle nada? Nos decís ya, si vos o tus primas saben algo, porque yo sí le prendo candela de una a este rancho, no vayás a creer que no. 

–Mirá Luchi, lo que te diga es mentira –le contesta Rosaura. 

Consternada, solo se me ocurre meterme al carro y gritarles que nos vayamos a donde Rativa. 

Llegamos a la mansión de Rogelio a la hora del almuerzo. Él nos da la bienvenida, amarrándose un lazo de una bata de seda, que es lo único que trae encima, en la que no se distinguen los animales, las rayas, los círculos y las flores, mojada por la orilla de la piscina; nos invita al sofá de la sala prolongando su saludo ¡Dichosos los ojos, mis preciosuras! Pregunta dónde está Benny y yo le digo que lo estoy buscando. Le pido ayuda, jurando que alguien del porno sabe dónde está y qué le pasó. Rativa se cruza de piernas y se abre de brazos, dejándose ver el pecho, y habla tranquilo: –Mirá, Carmenza, las cuentas claras y el chocolate espeso. A mí me encanta que Benny se haya metido de poeta, pero hay gente que no lo va a dejar salirse de esto, así como así. 

–¿Cómo así, Rogelio? ¿Es que hacían algo ilegal?

Rogelio, que es tan risueño, no se ríe, se me acerca y me responde con un aire dulce: 

–A Benny lo quieren para dirigir teatro, y esos teatreros son pesados, Carmencita. Pero no te me achantés. Él no se deja mangonear así tan fácil. 

Que me diga de una vez si lo mataron y yo empiezo a organizar y a difundir su obra en las playas, en las carreteras, donde sea. Finalmente, a nadie le importa si esos poemas los escribió Benny Goć, lo importante es que les queden a todos en la cabeza y que después se les metan al alma. 

–Yo tengo amigos de confianza en teatro, los podemos llamar –me propone Rogelio y yo claro que acepto. 

En un sofá estamos él y yo, y al frente, Luchi con el marido. Rogelio coge su celular y le marca a un nombre que no alcanzo a ver, pero no me importa quién sea, lo pone en la mitad de la mesa central y activa el altavoz. 

–Míster Rogelio –dice una voz metálica.

–¿Cómo vamos, mi hermanito? –le responde Rativa, con toda la tranquilidad del caso. 

–Contáme rápido que voy a empezar audiciones.

–Mirá, bajámele al tonito, quería preguntarte si sabés dónde anda Benny Goć y si…

Queda en la mitad de la frase porque el otro le cuelga, miro a Luchi y ella se sienta entre Rogelio y yo, y me abraza. Rogelio junta las palmas de las manos en la frente y dice que a ese ya lo tiene entre ojos. Que tranquilas, que va a llamar a otra persona que sí es seria. Hace lo mismo que en la otra llamada y contestan: 

–Buenas tardes, señor Rativa. 

–Efe Ache, ¿cómo va la vida?

–Todo en orden ¿y usted?

–Te voy a pasar a Carmenza Banguera.

Lo recuerdo de la fiesta. Cojo el celular. 

–Hola, Efe Ache. Te conocí en la casa de Rativa, con Benny. ¿Sabés él dónde está?

–No señora Banguera, pero ya voy a apuntar todo lo que me diga y lo paso al noticiero y a los anuncios de los teatros. Hágame la descripción completa, por favor. 

No sé qué decir. Buscar a alguien es pensar en qué tanto se conoce a esa persona. Yo a Benny lo conozco desde hace miles de años. Le conozco todos los poros de la piel, los lunares, le reconozco el olor en cualquier kilómetro del mundo. Amarlo es un estado de placer crónico. Y en buscarlo se me puede ir la vida. Él no se iría sin decírmelo, jamás. Le suelto solo una frase:

–Mirá, Efe Ache, Benny no es rezandero, pero, sin dudarlo, contesta amén si un anciano lo bendice. Es la luz y la sombra del mundo. 

Por un momento, todos nos miramos, creyendo que se había cortado la llamada, porque Efe Ache se queda mudo. 

–¿Me podría dar una descripción de su contextura corporal, su vestimenta y las circunstancias en las que huyó? 

Benny no huyó, Efe Ache tan atrevido, pienso.

–Yo estaba en la cocina de mi casa y él estaba en el segundo piso. Estábamos esperando a terminar de empacar las maletas para ir a la casa de unos amigos. Tenía puesta una bata blanca que en verdad era una sábana que rasgamos ayer mismo en la noche, para ir a cazar ratones y lagartijas.

En la arena de la playa no se ven mis lágrimas, pero ahí están. Quiero verlo llegando con la corriente del Mediterráneo. Miro hacia el mar y veo el movimiento de sus manos. Todo es Benny tocando los rayos del sol.

No quiero hablar más. Me imagino su cara, sus manos que me escarban el estómago y me sacan las ganas de vomitar por no encontrarlo, y me revuelcan y me acarician las tripas y me meten no sé qué, porque cuando me vuelve a cerrar la piel, ya me siento liviana, simple, blanca.

–Efe Ache, gracias, yo veré, mijo –dice Rogelio mientras coge el celular y cuelga. Me da una palmadita detrás del hombro, pasándole por encima a Luchi. Le damos las gracias y lo hacemos jurar que me llama si sabe algo. 

Luchi y el marido me invitan a dormir a su casa. Prefiero dormir en la mía, por si aparece, entonces los invito a ellos y dicen que sí. Claro que no duermo. Comemos y pienso en Benny. Él solo se alimenta de lo vivo. Su espectro se refleja ante mí, me tranquiliza saber que, si estuviera muerto, Madeiro no seguiría oliendo a él. 

Al día siguiente, después de meterme la peor desvelada que he tenido desde que lo conozco, desayunamos piña con queso vegano y vamos a la playa a saludar a los tiburones. En la arena de la playa no se ven mis lágrimas, pero ahí están. Quiero verlo llegando con la corriente del Mediterráneo. Miro hacia el mar y veo el movimiento de sus manos. Todo es Benny tocando los rayos del sol. Jugamos un rato y lo veo caminando hacia nosotros, les pregunto a ellos si me lo estoy imaginando y el marido de Luchi corre hacia él. Benny corre a llenarme la cara y el cuerpo de unos besos secos que no me raspan, sino que me alivian la piel. Estuve muchas horas soñando con este precioso encuentro. Benny empieza a hablar y le brillan los ojos, el pelo, los dientes. Le brilla el arcoíris de distintos colores de energía sanadora, que tenemos todos, pero en este momento el de Benny brilla más. Habla muy rápido. No entiendo nada de lo que dice, me imagino que ellos tampoco, pero todos nos reímos. Está hablando medio enredado. Luchi y el marido lo abrazan y se alejan un poquito.

–¿Dónde estabas? Casi me desangro en la desgracia de tu pérdida. Fue horrible, Benny.

–Mi amor, en ese bosque encontré unas flores blancas y te quise dar la sorpresa de llevarlas y comerlas juntos. Después de revisar los cuartos, llegué a la cocina con las flores y te desmayaste. ¿Te cogieron puntos en la cabeza, mi amor? En ese desmayo creo que te la abriste. Lo único que sé es que después nos fuimos a ver una obra en el Teatro Solar, y desde ahí te me perdiste y he estado buscándote. No sé por qué, pero no sabía dónde estaba la casa. Esas flores me hicieron algo.

Me di cuenta de lo enamorada que estoy de Benny Goć el día en el que logré empezar a leer su mente, cuando entendí la diferencia entre una risa suya de fascinación y una de disfrute. Acepto su naturaleza, y el la mía. Las flores nos hicieron un efecto distinto a ambos. Él tuvo un tipo de amnesia por muchas horas, pero se acordaba de mí. Yo tuve un tipo de amnesia durante quién sabe qué obra de teatro, y durante su búsqueda, que me pareció eterna, aunque duró una tarde y una noche. No pensé nunca en las flores blancas que le había alcanzado a ver en las palmas de las manos, dentro del bosque. 

Nos devolvemos a la casa y Luchi y el marido le entregan a Benny el regalo que le tenían: un libro de poesías del Kama-sutra en húngaro. Nos alistamos los cuatro para ir a la playa y desde el jardín nos miran los búhos. De lo otro no hablamos más, nos reímos y nos abrazamos con el alma, que es lo único eterno. 

Isabela Ramírez Payán nació en Cali y vivió diez años en Bogotá. En ambas ciudades se ha desarrollado a nivel espiritual, mental, académico y profesional. Es Comunicadora Social, Periodista y Socióloga, apasionada por el sector cultural, especialmente el arte y la fotografía. Actualmente vive en Barcelona, donde cursa el Máster en Creación Literaria de la UPF.  Contacto: ramirezpisabela@gmail.com LinkedIn: www.linkedin.com/in/isabela-ramirez-payan Instagram: https://www.instagram.com/isabelaramirezp/

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