Así son ellos

En este texto, Mauricio Lombardi nos invita a seguir las expectativas de Hernán Yupanqui en un breve texto que continúa con la colaboración entre E. Antabus y el Máster en Creación Literaria.

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Por Mauricio Lombardi

Hernán Yupanqui está convencido de que están ahí para felicitarlo. Cualquier otro día habría pensado, al ver al final de la calle a los vecinos amontonados en la puerta de su casa, que algo terrible había pasado: otro robo, el asma, problemas con Adelita. Pero hoy no. Hoy Hernán Yupanqui ha salido en la televisión. El mismísimo Ministro le ha dado la mano y una tarjeta con su número personal. Quizá Carmen haya puesto a la niña frente al televisor y las dos lo hayan visto en el noticiero, piensa Hernán Yupanqui. Quizá Adelita lo haya reconocido.

Lo de la tarjeta del Ministro solo se lo va a decir a Carmen, porque si no los vecinos se la arrancharían de las manos para llamarlo a pedirle sabe Dios qué favores. Que arregle la calle, podría ser, porque el Lada sufre con cada hueco, piensa Hernán Yupanqui, y porque sus vecinos, como dice Carmen, son unos flojos y unos conchudos. Seguro le pedirían una pantalla gigante para ver fútbol, y qué vergüenza, imagina Hernán Yupanqui, si al Loco Edson le da por llamar al Ministro todo borracho. Habrá que esconder la tarjeta, quizá atrás del ladrillo suelto que se desprende, o en la cuna de Adelita, piensa Hernán Yupanqui, porque de qué serán capaces los vecinos.

Cuando apaga el foco del cartel de taxi ve que allí no falta nadie. Están todos. Hernán Yupanqui va más lento por los baches y los charcos y el barro, pero también porque quiere hacerse esperar. Si Adelita está dormida, si Carmen le deja, se va con los muchachos a la cancha y cuenta la historia como las cuenta Miguelón: con gracia y parado sobre la caja de cervezas. Y claro que hoy Carmen le va a dejar, está convencido, Hernán Yupanqui.

Repite Hernán Yupanqui en voz alta las palabras del Ministro: “representa usted el verdadero espíritu honrado del noble trabajador peruano”. Usted.

Imagina Hernán Yupanqui sus caras cuando les cuente cómo reconoció al Ministro en el espejo retrovisor, cómo hablaron de política de igual a igual, cómo se olvidó en su taxi la bolsa de papel con todos esos dólares, y cómo él consiguió devolvérsela. Repite Hernán Yupanqui en voz alta las palabras del Ministro: “representa usted el verdadero espíritu honrado del noble trabajador peruano”. Usted.

El único faro del Lada ilumina primero al Loco Edson y después a Miguelón y después a Carmen, que coge a Adelita de la mano. Hernán Yupanqui se molesta, por que qué hace la niña afuera tan tarde, con esta humedad y sin el oxígeno, piensa Hernán Yupanqui cuando la primera piedra destroza el cristal. Cuando la segunda revienta el espejo lateral y las siguientes caen como granizo, Hernán Yupanqui ya no piensa, pero arrastrándose fuera del carro, entiende: envidia. A su alrededor solo ve pies descalzos y zapatos embarrados, porque así son ellos, piensa Hernán Yupanqui, unos flojos y unos conchudos y unos envidiosos y unos sucios. Pero por qué Carmen también lo mira con tanto odio, con tanta envidia, por qué no abriga a Adelita, por qué en lugar de eso Carmen levanta la piedra más grande sobre su cabeza, es lo único que no entiende, Hernán Yupanqui.

Mauricio Lombardi ha sido periodista y reportero en medios escritos, radiales y televisivos. Ha sido docente universitario, monologuista y actor. Ha sido estudiante de dos maestrías en Barcelona, y como hombre blanco mayormente heterosexual se asume privilegiado. La mayoría de sus escritos, que son muy pocos, buscan sin éxito reflejar esa sensación de culpa existencial, a la que se añade la culpa inherente de su crianza católica en Lima, Perú. Mauricio Lombardi ha sido también futura promesa, novio modelo y último lugar.

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