Herencia

Carlos Ferráez nos presenta este texto que habla sobre los vínculos y también forma parte de la colaboración entre la #UPF y esta casa.

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Por Carlos Ferráez

Salimos temprano, antes del amanecer, en los caballos rumbo a Ucú. Mientras mi hermano iba al mercado yo pasé por el herrero. Le di la moneda de cobre que me había dado mi papá y me la devolvió con un agujero mediano que no estaba en el centro exacto de la moneda. Le agradecí. Me preguntó para qué me servía la moneda agujereada y yo me encogí de hombros. Mi papá era así. Me mandaba a hacer mandados extraños y nunca me explicaba para qué. Regresamos en los caballos hacia Mérida y antes del medio día ya estábamos de vuelta. Cuando llegamos a la hacienda, me dijeron que mi papá no estaba en la casa, pero que había dejado dicho que lo fuera a alcanzar. Lo encontré rodeado de gente en medio del campo de magueyes. Algunos indios que trabajaban con él y otras personas que yo no conocía. 

Pocas cosas me producen tanta satisfacción como atrapar algo en el aire; al vuelo. Para mí, esa sensación o una muy similar ocurre al escribir algo que suene medianamente bien. Esa ha sido siempre la pauta por la que me guío. El ritmo, la métrica, el enunciado; todo combinado para crear un texto, generalmente corto, que se sostenga por sí mismo, que camine; aunque sea con pasos torpes y dubitativos pero que camine hacia algún lado, incluso hacía atrás para tomar vuelo y lanzarse esperando que alguien lo cache.

En cuanto me vio llegar me sonrió y yo me fui a parar junto a él. En eso, sin que viniera a cuento, sacó una moneda de su bolsa, se la enseñó a todos los presentes y la aventó al aire con mucha fuerza, muy lejos. Desenfundó la pistola del cinturón y ¡pas! Todo el mundo se quedó callado, me imagino que nadie se lo esperaba, y mucho menos yo, y me dice “Ande, mijo, busque la moneda, a ver si le alcancé a dar” Y pa’ pronto salgo corriendo, la encuentro y corro a devolverle la moneda agujereada, y él se la presume a todos los presentes y todos se quedan boquiabiertos con la puntería de Don Antonio.  Yo no entendía bien por qué mi papá hacía esas cosas. Ni por qué tenía que ir hasta Ucú para perforar la moneda si había un herrero en la esquina. Luego, más grande entendí que con eso estaba asegurándose que nadie quisiera agarrarse a balazos con él. Ser hacendado en ese tiempo en Mérida era peligroso. Al final, yo quedaba agradecido con Dios por no haber dejado la moneda agujereada en la casa, por no haberme tardado más en el camino de regreso de Ucú, por haber entendido sin palabras lo que se esperaba de mí.

Diría que mi gusto literario se originó en gran medida al escuchar las historias que contaba el abuelo. Porque contaba siempre historias autobiográficas fantásticas, y las contaba con tal convencimiento y elocuencia que costaba mucho trabajo dudar de su veracidad. Quizá eso es una exageración, porque yo dudaba constantemente de la veracidad, sin embargo, él podía contestar indefectiblemente cada una de mis preguntas y recordaba con una memoria prodigiosísima que aún lo caracteriza, los detalles y pormenores de cada una de sus historias.

Yo no tendría esta manía por contar historias, por hacerlas plausibles, por construir relatos verosímiles a prueba de todo escrutinio, si no hubiera escuchado esas historias desde muy pequeño; si no se me hubiera inculcado el hábito de cuestionar los detalles. Recuerdo sobre todo eso; la duda que me generaba, el escepticismo. Es por eso que mi mito de origen comienza en la década de 1930, por ahí cuando mi abuelo obtuvo conciencia y memoria, unos 70 años antes de mi nacimiento, y sucede, como la mayoría de sus historias, en Mérida Yucatán en el suroeste mexicano.

Yo no tendría esta manía por contar historias, por hacerlas plausibles, por construir relatos verosímiles a prueba de todo escrutinio, si no hubiera escuchado esas historias desde muy pequeño; si no se me hubiera inculcado el hábito de cuestionar los detalles.

Estábamos un día haciendo los preparativos de una de las fiestas que hacía mi papá y cuando me dice. “Mire, mijo. Agarre a ese perro. Mátelo y ponga la cabeza sobre la barda esa.” Y ahí voy yo, sin chistar, porque así era con tu bisabuelo. Le pego un riflazo al perro y pongo la cabeza sobre la barda.

La fiesta pasó, comimos una cochinita buenísima, pero buenísima y estaba ahí jugando con los otros niños, desparpajado, cuando me llama mi papá. “Mitch ven acá. Cuéntale a Campos qué comimos”. Y mi cabeza rápido hace la conversión, porque ya sabía por dónde iban los tiros. “Perro, papá” “Ya vio, si se lo estoy diciendo”. “Y qué hiciste con lo que sobró, mijo” y yo nomás señalo a la barda que está atrás de él y el pobre Chivo Campos voltea y ve la cabeza del perro y se pone a vomitar ahí mismo donde estaba parado, y mi papá risa y risa…

Alguna vez le pregunté por qué no escribía un libro con todas las historias que contaba y me dijo que él no sabía escribir. El abuelo no terminó la primaria, pero es el lector más constante que conozco. Aún tiene – aunque ahora rapiñada, sobre todo por los miembros más jóvenes de la familia– una biblioteca que ocupa un cuarto entero de su casa. Cuatro paredes grandes con libreros de piso a techo. Recuerdo de muy chico entrar a ese cuarto con mis hermanos y mis primos a jugar a esconder un objeto específico que los otros tenían que encontrar en la inmensidad de los libreros. Después, poco a poco, fui descubriendo títulos y autores. Ahí me encontré con el boom latinoamericano, las novelas de Sherlock Holmes, Rulfo y otras novelas de autores mexicanos que no he visto en otro sitio, también, novelas históricas sobre el México independentista y revolucionario que contaban una historia muy distinta a la que estudiaba en los libros de la SEP. 

Está como ese día en que había ido a una fiesta a casa de Baldo, ahí por La Griega. Venía de regreso, medio borracho y a media carretera que veo unas patrullas de policía. Había un coche que se había salido de la carretera. Me bajé a ver si conocía al accidentado, porque pensé que tal vez también había estado en la fiesta. Pero no pude ver nada, porque los policías se dieron cuenta que andaba tomado y me dijeron “Váyase a su casa con cuidado o ahorita que llegué la siguiente patrulla nos lo llevamos” y yo pues patitas pa’ que las quiero, me subí al coche y me fui. Llegué a la casa con tu abuela, me cené algo y me quedé dormido hasta el día siguiente.

Bien temprano en la mañana empiezan a tocar el timbre dos, tres, cuatro veces. Y ahí va tu abuela a ver quién estaba jodiendo tan temprano. Regresa y me dice “Son unos policías, que quieren hablar contigo” “Qué carajo quieren” y bajo a ver qué carajo querían, y me dicen “Venimos por la patrulla” y yo sin entender les digo que qué patrulla, que ahí no había ninguna patrulla. Y me piden que les deje ver el garaje, y ahí voy yo de muy de mal humor, tirándolos de pendejos por levantarme de la cama tan temprano, y abro el garaje. Todavía con la torreta encendida estaba la patrulla de los policías que me había traído del lugar del accidente. Y nomás me río.

El abuelo es un ajedrecista excepcional, pero disfruta más de jugar al dominó; hábito que le inculcó a todos sus hijos y a la mayoría de sus nietos, sospecho que para tener con quién jugar en la vejez, como haría cualquier ajedrecista, pensando en la contienda larga. Repite constantemente las máximas del juego a cualquiera se siente a jugar con él por primera vez: Respeta la mano, repite la ficha, rechinga al de al lado. Tiene frases armadas que reproduce mecánicamente durante el juego y que me he sorprendido repitiendo en más de una ocasión: Esta ni de vecina, para las fichas con más puntos; cuéntenme ese ganadito, al tirar la ficha de la victoria; la pálida Musmé y la caja de cocas, para  nombrar la ficha blanca y la mula de seises.

Es tuerto desde muy joven, calvo desde que lo conozco, de carácter duro, de ideas fijas, de curiosidad inagotable. En una ocasión, al llegar a visitarlo, noté que tenía una herida en la coronilla. Al preguntarle qué le había pasado me contó que se puso ácido ascórbico en la cabeza calva para eliminar un lunar que le parecía raro.

¿Tú sabes por qué tu abuelo es calvo? Porque no tiene ni un pelo de tonto. Cuando era niño tenía unos caireles rubios y largos, largos. Los vecinos que nos visitaban le decían a la mamá Mila. “Qué bonitos caireles tiene Mitch”. Y ella decía que sí y me acariciaba el pelo. Luego me salía solo a la calle y me sentaba en una silla. Pasaban los vecinos y me decían “Qué bonitos caireles. ¿Me regalas uno?” “Se lo vendo” les decía yo. Y así los fui vendiendo hasta que me quedé sin pelo, pero con un carrito para poder vender cartón.

Tengo el recuerdo de observar detenidamente el cabello de todos mis familiares buscando uno rubio y rizado que le confiriera verdad a su historia. Yo tengo el cabello chino y negro; mi hermano, lacio y castaño claro. Quizá entre los dos se esconde la verdad del relato.

Está como esa vez que mi papá Antonio había quedado con sus amigos para ir a montar. En un momento me llama y me dice. “Agarra este sombrero y úntale un chile habanero en la badana antes de que nos vayamos”. Luego les ofreció sombreros a todos y le dio el del chile a su amigo Mario. Montamos una hora entera. Era el medio día en Mérida. Debía hacer un calor de 40 grados y el infeliz nomás sudaba y lloraba y no sabía qué hacer porque ni tallarse los ojos podía porque tenía las manos y la frente todas llenas de chile.

Era el medio día en Mérida. Debía hacer un calor de 40 grados y el infeliz nomás sudaba y lloraba y no sabía qué hacer porque ni tallarse los ojos podía porque tenía las manos y la frente todas llenas de chile.

Sentado indefectiblemente en la cabecera de la mesa, declama poemas juguetones y brinda por los muertos con la voz quebrada; tira bombas yucatecas mientras alguien cocina una carne asada en su jardín; habla de su padre o recuerda palabras y frases en maya que aprendió de niño yendo a la escuela en Yucatán.

“¡BOMBA!”, grita. “Me gusta el pan de cazón también el pan de pomuch pero lo que mas me gusta, lida, es lo que tienes bajo el tuuch.” Después de las risas y la obligada pregunta de alguien que no sabe qué carajo es el tuuch, se abstrae un rato de la conversación imagino que rebuscando en las circunvoluciones cerebrales, y vuelve después de cinco minutos “¡BOMBA! Quisiera ser zapatito y calzar tu lindo pie, para ver por un ratito lo que el zapatito ve.”

Estaba regando las plantas de la huerta. La verdad estaba jugando a que eran soldados a los que les disparaba con la manguera. Entonces regaba unas, y daba un salto; regaba las otras y pegaba otro salto. En eso sale mi papá echando fuego por los ojos porque había visto cómo estaba regando. Y ahí mismo donde estaba parado me gané, por no saber regar las plantas, veinte azotes con el cinturón de cuero.

Luego, un poco más grande, me mandó a comprar algo, no me acuerdo qué, y lo compré mal. Cuando regresé vi como empezaba a quitarse el cinturón. Me escapé de la casa. No tenía a dónde ir, así que me fui al centro por un helado. Me encontró mi hermano y me llevó de regreso. Estaba mi papá en la sala todavía con el cinturón en mano y le dije haciéndome el valiente “Yo ya estoy harto de que me pegues, papá. Si me pegas me voy a tener que defender” “¿Y cómo te vas a defender?”  “A mordidas, a patadas, como pueda, pero si me quieres volver a pegar, me vas a tener que matar.”

Carlos Ferráez (Ciudad de México, 1990) es escritor y cineasta. En 2019 publicó su primera novela “El Ciempiés Bicéfalo” con el sello editorial Palabras PaNarradores. A los once, se rompió la clavícula y se tragó una canica el mismo día. Ha plantado un árbol, escrito un libro y agarrado a un toro por los cuernos. Todo lo que ha escrito en la vida, incluyendo esta semblanza, es mentira.

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