Moscas

Para cerrar la segunda semana de colaboraciones con la #UPF, Alejandra Cuberos Gómez nos presenta este texto que seguramente te hará preguntarte qué tanto quieres tus pulgares.

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Por Alejandra Cuberos Gómez

Parecía que las moscas se estuvieran procreando directamente sobre los platos sucios que se amontonaban en el lavaplatos. No se veían, pero una vez que alguien abría la llave del agua salían todas a volar. ¿De dónde? Ni idea. Tal vez subían por la tubería, pero ¿cómo? Estaba tapada, lavar la loza de un solo asado nos tomaba días. Ya habíamos sacado toda la comida de la cocina, para rociar el insecticida, pero cuando volvimos ahí seguían. Se acumulaban en el techo, y cuando se apagaba la luz volvían a dispersarse a sus escondites. Nosotros también nos escondíamos, entrando a la cocina solo cuando era estrictamente necesario. Yo iba corriendo a la habitación después de cada comida, me acostaba en la cama y respiraba profundo hasta que se me pasaba la rasquiña que sentía al dejar mi plato en el lavaplatos. Juan gritaba con asco, a veces incluso le daban arcadas. Las moscas convivieron con nosotros un par de semanas, pero, cuando nos empezó la picazón que no nos dejaba dormir, decidimos tomar acciones al respecto.  

Las moscas convivieron con nosotros un par de semanas, pero, cuando nos empezó la picazón que no nos dejaba dormir, decidimos tomar acciones al respecto.  

Juan no quería hacerlo, le parecía inútil, prefería que llamáramos a alguien, yo lo presioné para probar mi teoría. Apuntamos el insecticida directamente al desagüe del lavaplatos y disparamos. De adentro salió un enjambre de moscas, zumbando agonizantes. Nos tapamos la cara, pero igual las sentíamos tocándonos las manos y colándose por entre los dedos. “Qué asco, toca llamar a alguien” me dijo Juan, “Ya al menos salieron” le respondí, aun tapándome los ojos. Tapamos el lavaplatos, y volvimos a fumigar. Cuando regresamos estaban todas en el suelo, todas muertas. Con una simple barrida pudimos cocinar tranquilamente. Esa noche dormí como nunca.  

En dos días ya estábamos nuevamente invadidos. “Ahora si tengo asco” le dije a Juan cuando quitamos la tubería. El hedor que salió era inaguantable. Desde que nos pasamos al piso el mes anterior sabíamos que la cocina tenía un olor particular, pero habíamos asumido que se trataba de humedad. Yo traté de ignorarlo por completo, el piso era perfecto, y no quería que nada manchara la convivencia. Ahora teníamos dudas. Parecían haber más y más moscas dentro del tubo, así que decidimos seguirlas. Con gran dificultad quitamos el segundo tubo, y junto con las moscas salió disparado por el aire. “¿Qué mierda es eso?” preguntó Juan con cara de terror. “Un pulgar” le dije yo.

“No hay nada más” anuncié cuando terminé de inspeccionar la tubería. “¿Nada más? ¿No es suficiente con el pulgar?” Me dijo Juan aterrado. Recogí el dedo del piso y lo guardé en una bolsa, era más hueso que carne. Él salió corriendo de la cocina y se encerró en el baño. Yo me empecé a rascar el cuerpo desesperada, mientras trataba de dispersar a las moscas con el insecticida. Cuando logré que se fueran todas, limpié y desinfecté la cocina hasta que quedó perfecta. Juan seguía vomitando en el baño. Esa misma tarde acordamos llevar la bolsa del pulgar a los otros apartamentos con la esperanza de que alguien nos dijera de quién podía ser y, más importante aun, de dónde venían las moscas.

Con gran dificultad quitamos el segundo tubo, y junto con las moscas salió disparado por el aire. “¿Qué mierda es eso?” preguntó Juan con cara de terror. “Un pulgar” le dije yo.

Tocamos el timbre en el apartamento de enfrente, pero nadie respondió. Juan golpeó la puerta y salieron algunas moscas por el cerrojo. Miré a Juan con preocupación y le hice un gesto con la mano para que fuéramos al siguiente apartamento, en el piso de abajo. No alcancé a timbrar. Pisé el tapete de entrada y en ese instante se levantaron decenas de moscas. Por los lados de la puerta también empezaron a salir, llenando el pasillo. Bajamos corriendo las escaleras y las moscas nos siguieron. Sentía como se enredaban en mi pelo, mientras corría me rascaba el cuero cabelludo tratando de quitarlas, casi hasta sacarme sangre. Las arcadas de Juan eran incontrolables, me miraba con angustia, pero yo ya no podía hacer nada, seguimos bajando como pudimos. En uno de los apartamentos del primer piso se oía un televisor prendido, tenía que haber alguien. Timbramos y golpeamos la puerta, haciendo todo el ruido posible. Nos detuvimos, pero no hubo silencio. Un zumbido ensordecedor se acercaba desde dentro. Solté la bolsa y apreté mis propios pulgares entre mis manos.

Alejandra Cuberos Gómez (Bogotá, 1995) Es cuentista y guionista. Estudió comunicación social con énfasis en producción audiovisual, aspirando ser directora de cine. Después de algunos rodajes exitosos para el producto, pero inciertos para ella, encontró un lugar seguro detrás de la página. Allí permanece desde entonces.

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