Salidas Internacionales

En la nueva entrega de la colaboración con el Máster en Creación Literaria, te traemos la voz de Carlos Ospina Maralunda, narrador colombiano que cuestiona algunos roles en este texto.

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Por Carlos Ospina Marulanda

Me despertaba a las cuatro, a las tres, cada vez más temprano y, sin lograr conciliar el sueño, pensaba en cómo se desmoronaba todo lo que había construido. Bajaba hasta la cocina preguntándome por qué me había casado con aquel hombre siempre correcto, siempre buen padre, aburridísimo. Ahora me doy cuenta de que el divorcio, a pesar de los seis meses de terapia que él propuso, era inevitable. Inevitable tras casi dos décadas de tedio absoluto que se transformó en insomnio. Mi miedo eran mis hijos: rodearlos de una atmósfera asfixiante en la que no sabía a qué los condenaba. ¿Por qué se sentencia a una mujer que toma decisiones sin pensar en sus hijos? ¿Entenderían ellos lo que yo quería?

Mi miedo eran mis hijos: rodearlos de una atmósfera asfixiante en la que no sabía a qué los condenaba. ¿Por qué se sentencia a una mujer que toma decisiones sin pensar en sus hijos? ¿Entenderían ellos lo que yo quería?

Estas preguntas surgen de noches medidas en estrías, polvos interrumpidos y un vago desprecio. Escuchaba la respiración uniforme de aquel hombre a lo lejos mientras, encerrada en el baño, observaba mi cuerpo envejecido decaer frente al espejo. Pensaba en el sexo que habíamos dejado de tener y en cómo debí decirle lo mucho que me costó sacrificar mi juventud por la juventud de ellos. Pero no lo hice; se me habría juzgado. ¡Qué egoísta!, gritarían mis amigas, sin haberse visto obligadas a dejar el cigarrillo, a no volver a dormir ni a soñar. Eran las mismas que no podían creerlo cuando les contaba que al segundo no lo había amamantado, que me había bastado con recordar el dolor dejado en mis pezones por mi hijo mayor. Abrían los ojos como si hubieran visto un demonio, señalándome por ser capaz de poner en riesgo a mi propio hijo. Habría que verlo ahora llegar tomado cada viernes con esa novia a la que no le cabe un solo tatuaje más.

Tras el divorcio me quedé con mis dos hijos en el apartamento. Comencé a viajar mucho al sur. Me iba durante semanas y volvía siempre a un apartamento vacío a cenar sopa de fideos recalentada en la mesa de la cocina. Confieso que me asustó verlos cada vez menos. Viajé primero por negocios, pero luego por mí. Hasta que llegó el día en que les dije que me iría a vivir a ese otro país. El tiempo que pasó entre el anuncio y el momento del adiós, con las maletas que no se terminaban de hacer sobre la cama, me transportó a las interminables dos décadas que lo precedieron. En la puerta de salidas internacionales los abracé llorando con la culpa clavada en el hígado. Me entregaron una carta y me hicieron prometer que no la leería sino hasta que el avión aterrizara en el sur del continente. Cinco horas después, frente a la cinta de equipaje que circulaba lenta ante la mirada acechante de los demás pasajeros, busqué la carta en el bolsillo de mi abrigo. En el pantalón, en el bolso. No estaba. Se habría quedado en el avión o junto al café que tomaba en la sala de embarque. Levanté mis dos maletas y caminé hacia las puertas que se abrieron automáticamente. La luz del día que allí comenzaba se clavó en mis ojos.

Carlos Ospina Marulanda. Bogotano de casi treinta años. Politólogo con máster en Demografía y Desarrollo-Bélgica. Cofundador de Café Banna. Autor de El Andariego: Crónicas de Caficultores Colombianos. Profesor del Taller de Escritura Facultad de Derecho de la U. Externado. Consultor en OIM-ONU y Alianza por la Solidaridad, Plan Internacional, Médicos del Mundo y Acción Contra el Hambre; escritor de historias de vida de beneficiarios de sus proyectos (Premio Concurso de Relatos Alianza por la Solidaridad, Madrid – España, 2020). Máster Creación Literaria UPF 2019-2020. Mail: carlospina1990@gmail.com

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