Una introducción

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Por Alicia y Raquel

Cuando Samanta Schweblin nos dijo —en la cena de despedida que habíamos organizado de improviso para ella—, que lo que más acabaríamos valorando del Máster sería conseguir lectores, no entendimos muy bien. Nos quedamos mirando y levantamos los hombros. Al menos esa fue nuestra reacción presurosa para seguir devorando la pizza que teníamos enfrente. No pondremos al fuego las manos de todos.

“La vida de un crítico es sencilla en muchos aspectos, arriesgamos poco, y tenemos poder sobre aquellos que ofrecen su trabajo y su servicio a nuestro juicio”, escribe Ego tras probar el Ratatouille. Y es cierto: como artista o persona rayana a ser juiciosa, fabricamos opiniones sobre todo, lo que no excluye nuestro trabajo y el ajeno. Pero en estudios de este tipo —posgrado y con tutores de nombre tan rimbombante—, la vida te voltea la tortilla.

“La vida de un crítico es sencilla en muchos aspectos, arriesgamos poco, y tenemos poder sobre aquellos que ofrecen su trabajo y su servicio a nuestro juicio”, escribe Ego tras probar el Ratatouille.

Por razones obvias, tendemos a encontrarnos en los extremos del espectro de la crítica respecto a nuestra obra: o bien la protegemos con uñas y dientes jurando que está bien condimentada, o la destruimos y despedazamos frase tras frase, sílaba tras sílaba, en el antítesis de la clemencia, cayendo en el eterno círculo vicioso del síndrome del impostor —el peor—. Leer es ir masticando un chicle hasta que agotamos todo el sabor. Un escritor, al leer el trabajo de otro escritor, invariablemente recurre a la antropofagia.

Entregar y leer textos semana a semana fue desafiante en muchos sentidos: desde la contrainte de estilo y forma, hasta la carrera contrarreloj para entregar algo —según nosotras— digno de leer.

El hecho de saber nuestras letras expuestas a los ojos —y a las mandíbulas ansiosas de otros—, nos llevó al filo de la zona de confort. Bailando sobre la cuerda floja, aprendimos a balancear el ego maldito, que a veces te come. Las expectativas, temores y pereza de correcciones posteriores hasta encontrar un punto medio donde —ante la crítica o el cuestionamiento de alguien—, pudiésemos responder con la objetividad de alguien que ya no tiene ni instinto sobreprotector ni tendencias caníbales. Aprendimos a responder y a comportarnos como un autor más maduro, maridado (ojalá perdonen la aliteración) en las sensibilidades de otros.

Magia predecible: de entre aquellos críticos y filósofos literarios (independientemente de la carrera estudiada) germinaron y florecieron amistades bien chulas. Qué significa esta palabra en Chile, qué significa esta otra en Colombia, qué es eso del mate (pie para el jadeo argentino) qué hago en el párrafo dos para la clase de cuento, ¿lees mi poema, por favor?,  y ad infinitum. Mientras avanzaba el Máster, ya no entregábamos textos sin repartirlos entre amigos que también eran escritores, pero más importante aún, eran lectores críticos y perceptivos. A eso se refería Samanta: nuestro proceso creativo ya no terminaba con nuestro punto final, sino que avanzaba a través de distintos borradores, miradas y sugerencias, hasta volverse una obra más grande, caleidoscópica; que hubiese o no disminuido en caracteres, era mejor porque tenía más revisiones encima. Dos cabezas piensan mejor que una, dice el dicho, bueno; en nuestro caso, seis pares de ojos definitivamente leen mejor que un par. Es la evolución inevitable en la carrera de un Autor (cómo se antoja poner la mayúscula, ¡sí señor!), donde la confianza ya no tiene baluartes tambaleantes y más bien se construye entre el gremio, aunque sigamos con la manía de la antropofagia.

Magia predecible: de entre aquellos críticos y filósofos literarios (independientemente de la carrera estudiada) germinaron y florecieron amistades bien chulas.

La vida nos seguirá volteando la tortilla, pero mientras sigamos creando y compartiendo el fruto de dichas serendipias, atravesar el texto —e ir masticando, ya lo habíamos dicho— será delectación. Tenemos a nuestros lectores y amigos ya (por puro azar resultan también escritores y están diseminados por todo el mapa), ansiosos de desplumarnos del ego al volverlo objetividad, y viceversa. Llamémosle “un gesto de amor”.

Lo que queda es no soltar las letras. Aferrarse al sueño, porque no hay grito sin letras. No hay lucha sin párrafos. No hay catarsis sin páginas, no hay amor sin libros. De este lado, no se concibe el futuro sin esa reconfortante compañía, pero eso es cuento para otra sobremesa.

Raquel Guerrero Velázquez (Ciudad de México, 1994). Licenciada en Comunicación y Medios Digitales por el Tecnológico de Monterrey. Sus poemas forman parte de la primera publicación de Casa Tomada “Poesía sin paraísos”. Actualmente cursa el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra.  Instagram: @Raquelgv  

Alicia Hernández Sánchez (Ciudad de México, 1996) se licenció en Comunicación y Medios Digitales en el Tecnológico de Monterrey. Usa el pseudónimo Alicia Maya Mares. Actualmente cursa el 12º Máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra. Ha publicado en la sección Piensa Joven del Heraldo de México y en la revista digital Carruaje de Pájaros.

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