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En este texto, Ángel Fuentes Balam explora los vínculos inesperados que se presentan entre personas.

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Por Ángel Fuentes Balam

No había visto a Alejandra en dieciséis años. Desde aquella fiesta de graduación en la escuela secundaria a la que asistió de mala gana. Llegó tarde y no se quedó hasta el final. Así era ella. Parecía no saber aún cómo relacionarse con los otros, rechazando su contacto con antelación. Lo último que oí de su boca, al despedirse, fue un ecuánime: “continúa escribiendo”. Acto seguido, me abrazó. ¡Qué suave era su cuerpo! Recuerdo cuán protegido me sentí pegado a él. Aunque mi memoria no puede recobrar sus labios: no le gustaba ser besada.

Habíamos sido novios en el segundo año, cuando ambos teníamos trece. Fuimos lo más cercanos que dos niños podían ser. Ella era tímida y hostil. Yo, melancólico y huraño. Su agresividad era incomprensible para mí. A esa edad, las piedras suelen parecer montañas. Alejandra venía de una familia acomodada, pero en proceso de desintegrarse. Los padres ya no intercambiaban más que palabras de odio. Ella era reservada, pero reflejaba esa ira contenida en agrios silencios: días enteros en los que decidía no hablarme. Al cuestionarla, sólo respondía que me fuera o que dejara de ser tan necesitado.

Fuimos lo más cercanos que dos niños podían ser. Ella era tímida y hostil. Yo, melancólico y huraño. Su agresividad era incomprensible para mí.

Terminamos porque ella lo quiso, bajo el argumento de que necesitaba tiempo para estudiar. Yo no protesté, aunque lloré por varios meses.    

Ayer soñé con ella.

Fue una experiencia onírica tan viva que me sorprendió por su detalle. Andábamos por una ciudad caótica, de grandes edificaciones, parecida a la capital. Alejandra se veía mayor: unos surcos de sombra abrazaban sus ojos, por lo bajo; pero tenía el mismo fulgor avasallante en la mirada. Llevaba un vestido de tirantes, color naranja, con diseños que se asemejaban a flamas breves. Era el único brillo que se distinguía en aquel ambiente nebuloso.

Caminamos un largo rato por calles y muros de granito, bajo un cielo nublado. Nos abrazábamos. Éramos novios otra vez. Su cuerpo seguía exudando esa delgada calma maternal que me enloquecía en plena adolescencia. A diferencia de mí, los años habían sido muy generosos con ella.

Me contó de su estancia en París y sus estudios en Barcelona. Emigró a Europa cuando terminó su Licenciatura en la Facultad de Matemáticas. Desde niña, su mente había sido un prodigio para la ciencia. Amaba los números como yo las letras.

—Tal vez por eso nunca pudimos comprendernos —murmuró, tocándome la cara—. Ahora me va bien. He llegado a ser lo que quería.

Yo le conté de mis cuatro humildes libros. De mis desencuentros con algunas mujeres, de mi grupo literario, de la música, de mis clases y mis hijos. No había ido a Europa y quizá nunca iría.

Alejandra me interrumpió en un punto para besarme: fue primero un rozar delicado, y luego derivó en empujes de lubricidad insoportable.

—Quería volver a verte —dijo entre la bruma del sueño.

Tomados de la mano, departimos como los niños amantes que una vez fuimos.

—Debo regresar —comentó en voz baja, arqueando las cejas, suplicante.

La acompañé a una estación de metro para que abordara un vagón blanco. Volvió a besarme con furor inesperado y luego se marchó.

Cuando desperté, la sensación de su vaporosa boca en mis labios permanecía intacta.


Amanecí de buen humor, pensando en cuánto tiempo tenía sin verla. Tomé la decisión de buscarla, sólo para husmear en su vida presente.
Después de desayunar, encendí la computadora para colocar su nombre en el servidor. Tecleé emocionado hasta que apareció la primera página.

Mi pecho vibró tan fuerte que las costillas me dolieron: ante mí, se desplegaba una noticia: “Maestra del Instituto X de Barcelona fallece en accidente de tránsito”.


Ubiqué una foto. Temblé por la conmoción. Alejandra estaba adentro de su automóvil, estampado en un muro gris. Llevaba un vestido de tirantes anaranjado, teñido de rojo en la parte del vientre; su rostro, sin embargo, no presentaba un solo rasguño.

Ubiqué una foto. Temblé por la conmoción. Alejandra estaba adentro de su automóvil, estampado en un muro gris.

Atónito, miré la escena. Ese cuerpo que había abrazado antes de abrir los párpados retorcido bajo los metales furiosos de la máquina. Aquella niña tímida, que amé en la pubertad, muerta en otra ciudad del mundo.

Pasé las otras fotografías. Varias lágrimas corrieron por mis mejillas, desbocadas como caballos salvajes: en una de las imágenes se mostraba una de sus manos, cercenada por el impacto; al lado, empapada por la sangre, pude reconocer la portada de uno de mis libros.

Ángel Fuentes Balam. Mérida, Yucatán, México. 1988. Director de teatro, escritor y actor. Director de “Perros que parecen laberinto Teatro”. Es autor de los libros: “Melodía tu engranaje quieto” (Editorial El Drenaje), “Cruoris o la rabia que fuimos” (Libros en Red), “Devoré el cráneo de Eros” (Ediciones O) y “Ya nadie cuida las antorchas” (Sangre Ediciones. En proceso). Ha publicado en antologías y revistas a nivel nacional e internacional. Facebook: Ángel Fuentes Balam Correo: angel.fuentes.balam@gmail.com

Foto de Fondo creado por jannoon028 – www.freepik.es

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