Malén Denis: “Si la intimidad y la cotidianidad están infravaloradas es porque la historia de la teoría literaria la han hecho los hombres”

Una entrevista con la autora de Litio, Malén Denís, que nos habla sobre el feminismo, la creación literaria y de escritoras de diferentes épocas y latitudes

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Por Josué Tello Torres

Antes de que Malén Denis caminara veinte cuadras en Nueva York y viera solamente a cuatro personas en su recorrido, antes de que las morgues almacenaran cadáveres en vehículos refrigerados por el colapso de sus capacidades, antes de que la isla Hart recibiera féretros con fallecidos no reclamados ni identificados por nadie, antes de que se cavaran fosas comunes para enterrar a esos muertos en esa isla que resignificará su nombre como se ha vuelto costumbre después de ser manicomio, sanatorio y reformatorio, y mucho antes de que se anunciara el cierre de las escuelas hasta el fin del año escolar, y aún antes de que la cifra de muertos superará las 17 mil personas hasta la escritura de esta entrevista, las correderas que asoman por la ventanas del departamento de la escritora en la calle 30 entre las avenidas Park y Lexington en Manhattan eran ruidosas.

—Es un departamento antiguo, pequeño pero muy lindo el lugar donde vivo.

Malén Denis es hija de una psicoanalista, apasiona del arte, rutinaria, alegre y nostálgica, y, antes de que fuera obligatoria la medida por temas sanitarios, prefiere estar encerrada para sus momentos contemplativos, de creación o para el autoanálisis. Nacida en Argentina en 1989, es autora de poemarios Con una remera de Sonic Youth (2009), Buscar Drogas en Wikipedia (2014), Ciencias Naturales (2014), Las copias se hacen en el acto (2015) y La culpa de esta lluvia (2015), y recientemente publicó Litio (Caballo de Troya, 2020 | Concreto, 2019 ), su primera novela. Actualmente reside en Nueva York, donde el bullicio de las aglomeraciones y el tránsito vehicular se suplieron por el silencio: “Los únicos transeúntes son los trabajadores del correo, los chicos del delivery, el personal de transporte, el personal médico”, narró hace unos meses para Página 12 en Argentina.

Vivo en un país que no es el mío y a veces es difícil y, entonces, por momentos, estoy en un estado de nostalgia, aunque me resulta fascinante a la vez porque es apabullante, como esa tensión que digo de habitar mis propias contradicciones, un espacio que es culturalmente basto, gente de muchos países, una especie de mundo de ciencia ficción futurista.

 ¿Recuerdas cómo fue tu acercamiento a la literatura?

—Desde muy chica no recuerdo la vida sin la lectura. Fue a los 15 años haciendo un trabajo práctico en la secundaria, uno sobre Demian de Hermann Hess, me acuerdo que utilicé un concepto que estaba dentro del libro, sobre Abraxas, un dios que no era malo ni bueno sino un dios que era malo y bueno a la vez. Usé la escritura de otra persona como canal para decir algo que a mí me interesaba, recuerdo que era muy potente, que era un acto de comunicación, que las lecturas eran muy complejas y que se puedan trazar paralelismos improbables.

¿Cuáles son tus recuerdos de la biblioteca familiar?

—Había una biblioteca en mi casa, mi papá y mi mamá son lectores, sobre todo mi madre. De lo que recuerdo de la biblioteca era que cambiaba de tamaño, de forma, de espacios, de muebles… También me acuerdo de los libros verdes: obras completas de Freud que tenía mi mamá, eso lo tengo muy patente como parte del paisaje que tenía todos los días.

“En el paso de mi primer a mi segundo libro es cuando me doy cuenta de que soy escritora”

¿En qué momento te das cuenta de que puedes hacer esa transición de la lectura a la escritura?

—Creo que me doy cuenta de que soy escritora después de serlo, es como asumir mi responsabilidad como autora después de la publicación. Empecé a publicar mis textos en un blog, era un modo de comunicarme con mis amigos. Todos mis amigos estaban muy en la literatura, les gustaba mucho leer y escribir, mi mejor amigo Mateo tenía un blog donde…

 Tac-tac-tac-tac-tac-tac se oye de fondo: dedos presionando el teclado de una computadora, creo. La comunicación se interrumpe con la autora de Litio, una novela donde la voz narrativa dialoga consigo misma, con la madre, con lo que ocurre a la proximidad de la experiencia: el traslado y la mudanza, amigos y felinos, música y drogas: lo cotidiano.

—Perdón, es que mi marido está haciendo algo y se cuela el sonido —dice Malén para retomar la charla—, Mateo me incentivó a escribir poemas, esto fue a mis 17, 18 años y a los 19 me contactaron por una editorial para publicarme un libro… yo no tenía pensado publicar un libro pero Nulú Bonsai, que es una editorial argentina principalmente de poesía y que en ese momento el proyecto tenía sólo un año de existencia, me propusieron editar y publicar Con una remera de Sonic Youth un libro que considero pura distorsión, poemas cortos, casi pensamientos, otros fragmentos, y en algún momento toma cierto estado de ruido, una suerte de ruido blanco.

Y cuatro años después vio la luz Buscar Drogas en Wikipedia.

—De una forma poética, mucho más clásica, aunque en Buscar drogas en Wikipedia seguí trabajando en verso libre.  En el paso de mi primer a mi segundo libro es cuando me doy cuenta de que soy escritora, pero me cuesta como 10 años encarnarlo y sentir realmente que soy una escritora. Es algo que se decide todos los días, en algún punto.

“Confieso que una de las ilusiones de mi vida es escribir alguna vez una novela hecha de cartas”, escribió Ricardo Piglia en Respiración artificial, y el también argentino Andrés Neuman publicó una novela escrita como si fueran correos electrónicos bajo el título de La vida en las ventanas, ¿Litio pertenece al género epistolar? De ser el caso, ¿cuál es la relación de las autoras y autores argentinos con ese género?

—Eso es muy loco porque uno de mis poemas más conocidos es Nosotros y las ventanas… no sé si Litio pertenece al género epistolar porque no creo mucho en los géneros, las cajas me incomodan en ese sentido. Más que epistolar es una especie de diálogo interior y exterior sin importar si es a carta o misiva porque lo que interesa es lo que se está contando: la complejidad de una cabeza y su historia atravesada por distintas violencias, distintos duelos, el suicidio de una madre, un ex internado, enfrentarse con el cuidado.

Nunca me interesó citar, no para Litio particularmente, una obra de otro porque quería que se sintiera lo menos posible un libro, quería que se sintiera la intimidad.

¿Cómo nace Litio?, ¿cómo ideas la estructura y esos capítulos en los que tomas lo cotidiano y haces ver al lector que a nuestro alrededor están sucediendo varias situaciones igual de trascendentales que cualquier tipo de descubrimiento científico?

—Litio nace de un ejercicio. Estaba tomando un seminario con Tamara Kamenszain [poeta y ensayista argentina] sobre escrituras de la intimidad, ella propuso que hiciéramos un diario durante el tiempo que durara el seminario, yo estaba cuidado unos gatos en la casa de mi mejor amigo, Mateo Renzulli, y al observar a los gatos tuve una chispa y entendí que había algo que se podía hacer con eso para el diario. Pase 30 días escribiendo la primera versión, ese borrador era un guion sin dividir, pero después tomó forma de diario en el que cada capítulo tenía un título, y trabajé para que cada uno pudiera funcionar con cierta autonomía.

Desde el arranque de Litio fijas una postura, o eso es lo que quiero pensar, por lo general autores comienzan con un epígrafe que comulga con libros de otros escritores, escritoras, fragmentos de obras de la literatura, cine o música… pero tú lo haces con el significado de litio tomado en Wikipedia, ¿por qué decides iniciar de esa manera?

—Originalmente había otra cita, una de la banda argentina Michael Mike, era Quisiera conocer dónde queda por caer / Si te veo abajo yo me bajo también. Nunca me interesó citar, no para Litio particularmente, una obra de otro porque quería que se sintiera lo menos posible un libro, quería que se sintiera la intimidad. Luego pensé “qué le pasaría a alguien si se encontrara con esta palabra y no supiera lo que significa”, sentí que lo primero que haría esa persona sería buscar litio en internet y seguro encontraría la definición en Wikipedia como primera opción. Me gusta dejar una pista y un misterio, me gusta desacralizar la idea de la cita que tiene que ser a una autora o autor que sean autoridad, me interesa usar ese espacio para contar algo más de la novela, sin que eso fuera necesariamente una instancia formal de la literatura donde tengo que hacer casi que pedirle permiso a otro escritor para hablar, utilizar la definición de Wikipedia no me parece un riesgo sino una decisión política.

Permíteme citar a la narradora de Litio: “Anoche me dieron un cristal y ahora estoy flotando. Los gatos duermen, veo sus lomos inflarse y desinflarse en un fundido encadenado con la paz de la tarde, […]”. Gatos y drogas aparecen frecuentemente en Litio, ¿dónde nace esa inquietud tuya por retratar y visibilizar estos temas tan cotidianos, pensando también en Buscando drogas en Wikipedia, que en muchas ocasiones son infravalorados en las artes?

Para mí escribir tiene que ver con habitar una época. Más allá de que formalmente lo hago con mucho compromiso, leo muchísima literatura del siglo XIX y de comienzos del siglo XX, más de lo que mucha gente intuiría, pero en la literatura que escribo hablo desde el lugar que conozco. Lo de las drogas es un poco engañoso, si bien el personaje de Litio consume, lo hace de una manera un poco inconstante y entonces el consumo es casi que anecdótico, es un retrato generacional. En el momento en el que escribí Litio en Argentina estábamos entrando en una crisis y yo estaba viendo que se consumía todo lo que encontraba como si ya no hubiera peligro, eso me llamó la atención para retratarlo. También me planteé el por qué en distintas épocas usaban algunas drogas y se aplicaban de distintos modos, entonces me parece que más que entender cuál es el rol de droga en mí literatura quizás, en muchos años, se pueda entender cuál era la intensión de consumo en la gente de determinada generación en nuestra época.

Sobre la cotidianidad, me interesa porque es un campo minado, minado de sentido, de conflicto y es un área mucho más política de lo que se quiere asumir: la intimidad y cotidianidad son absolutamente políticas, y si están infravaloradas es porque hasta ahora la historia de la teoría literaria la han hecho hombres. La división entre lo público y lo privado es muy moderna, moderna de modernismo, y que tiene que ver con un binarismo letal: deja a la mujer dentro de la casa y al hombre afuera, le deja una marca de menor a las cosas que tiene que ver con lo cotidiano, como si hubiera una gran literatura y una literatura menor, una literatura de menos calidad y es por eso, entre otras cosas, que mi modo de escribir es una decisión política.

“Estamos a punto de explotar, espero que nunca leas esto.”, “Me cuesta irme y me cuesta volver.”, “Me gustaría que Google solucionara todos mis problemas.”, se lee en entre las páginas de Litio, ¿cómo consideras el actuar de esta generación que expresa sus sentimientos de manera natural a través de redes sociales, a diferencia de generaciones anteriores en donde las cosas eran más herméticas, incluso tabú dentro del círculo familiar?

Me parece un gran triunfo del feminismo que estemos empezando a transmitir nuestros sentimientos, nuestras emociones, es un modo de discutir al sistema capitalista que nos quiere pensando que los demás tienen vidas perfectas o consumiendo objetos, gastando dinero o modificando nuestro cuerpo para poder acceder a una felicidad que nadie tiene. El hecho que estemos todos constantemente comunicados, diciendo constantemente lo que nos pasa es un acto revolucionario, es una idea que tiene que ver con lo personal, lo político, si todos nos estamos sintiendo mal quizás sea el sistema el que nos está haciendo mal y no nuestras decisiones individuales; siento que es muy importante, que hay un revolución de los sentimientos y creo que todavía no sabemos hacia donde estamos yendo con esto, es algo que recién estamos empezando a estudiar, pero ya es un fenómeno muy consolidado, lo celebro.

En Argentina fue publicado en 2019 Litio por la editorial Concreto y tuvo críticas positivas, pero este año dio el salto a un público mayor, ¿cómo llega Litio a manos de la editora Luna Miguel y el editor Antonio J. Rodríguez, y cómo te sentiste al saber que alcanzaría a un público más extenso con su versión impresa en España y digital para países como México?

A Luna Miguel la conozco desde hace bastante años y siempre tuvimos una relación de colegas muy estrecha, de mucho intercambio. Nos reunimos en una visita de ella a Nueva York para tomar el café y hablamos sobre un ensayo que Luna estaba haciendo sobre escritoras latinoamericanas [El coloquio de las perras publicado por Capitán Swing en 2019], salió el tema de mis dificultades para publicar Litio en la Argentina, al estar viviendo en Estados Unidos se me complicaba el diálogo con las editoriales; ella me pidió leerla pero nunca pensé que fuera como para publicarla. Al poco tiempo, Concreto la publicó en Argentina, me emocionó porque es una editorial hecha por mujeres, con un catálogo de mujeres increíbles; al otro lado del Atlántico, Luna se la mostró a Antonio y me propusieron publicar en Caballo de Troya, fue un sí inmediato; la lectura de Luna y Antonio me interesa muchísimo porque tienen bagajes distintos y porque son grande lectores, grandes editores de nuestra generación, entonces me resultaba un honor e interesante porque una cosa era mi novela en Argentina y otra mi novela fuera de Argentina. Tenía dudas sobre si podía leerse fuera del contexto de la situación en mi país, el hecho que apareciera en Caballo de Troya en España fue un gran alivio.

Argentina es sinónimo de buena literatura escrita por mujeres. En el pasado reciente, escritores argentinos han dicho que Borges impuso reglas y condiciones e incluso que era difícil escribir después de él, Piglia realizó un coloquio en televisión donde abordó de manera extensa este tema; pero pareciera que a las escritoras esa “losa” nunca fue impedimento o condicionamiento, ¿qué piensas sobre esto?

Me halaga mucho que pienses que Argentina es sinónimo de buena literatura escrita por mujeres, y sí yo leo más que nada mujeres argentinas. Todas mis escritoras favoritas son argentinas entre ellas se encuentra Silvia Molloy, pero no sólo mujeres vivas y activas, también poetas como Susana Thénon. Pero como toda persona Argentina leí a Borges sobre todo en la adolescencia, lo revisitó, obviamente que creo que es un escritor impresionante, pero su tipo de escritura tiene que ver con un tipo de control del texto y no es el que a mí me interesa, además su tipo de erudición que no es la que a mí me interpela en este momento. Obviamente que sus obras son maravillosas y que sus obras las puedes analizar una y otra vez y puedes encontrar algo distinto pero yo tengo qué pensar en quiénes me influenciaron y no tengo un pisca de nada borgiano; fueron más las mujeres las que me influenciaron, por ejemplo Silvina Ocampo, que más allá de la distancia de clase porque fue una mujer de la aristocracia y yo provengo de la clase media baja, más allá de eso, que yo haya ingresado a la clase media por medio de nuestra educación y universidad gratuita y que mi abuela es empleada doméstica, me identifico con la lucha de las clases trabajadoras; pero sí todo esto para decir que durante mucho tiempo la gran literatura argentina era para quienes venían de la alta erudición, de la alta alcurnia, de la buena familia, y creo que se ha democratizado mucho con el acceso a internet, el ascenso social de determinadas clases trabajadoras, considero que fue todo un fenómeno progresivo que hoy por hoy las personas que escribimos provenimos de distintos bagajes, disantos trasfondos; más allá de que soy una persona muy lectora, el tipo de trabajo que hacía Borges con las citas con el ingreso de otras textualidades no es el tipo de ingreso que me interesa a mí, eso se puede ver muy bien con el hecho de que yo cito a Wikipedia en la primera página, y no es que no haya leído un montón de libros que yo pueda citar, es simplemente una decisión.

Actualmente, ¿qué estás leyendo?, ¿cuáles son tus libros favoritos?, ¿tus géneros predilectos?

Justo mencionaba a Silvia Molloy, el último libro que leí es uno del 2001 que se llama El común olvido, y leí a mis compañeras de catálogo [Caballo de Troya]: a Ana Pacheco [Listas, guapas, limpias], a Elizabeth Duval [Reina], leo a muchas mujeres todo el tiempo, como el último de Camila Fabbri [El día que apagaron la luz], esta novela va sobre un boliche bailable donde murieron muchísimos chicos, fue una tragedia impresionante, el lugar se incendió y se murieron una cantidad de jóvenes, una cosa muy trágica para la sociedad argentina. También estoy releyendo, no es muy divertido lo que voy a decir, pasajes de Teoría estética de Adorno, y las obras completas de Colette. Mis libros favoritos son La campana de cristal de Silvia Plath, quien más… me quedé en blanco, Biografía del hambre de Amélie Nothomb, Agua viva de Clarice Lispector, y Franny and Zooey de Salinger, podríamos seguir y la lista no se agotaría, la mayoría de las escritoras argentinas son maravillosas, Mariana Enriquez, Mariana Muscarsel Isla… el 80 por ciento de mi biblioteca está escrita por mujeres. 

Páginas: 128
Editores: Luna Miguel & Antonio J. Rodríguez
ISBN: 978-84-17553-52-4
Publicación: 2020
Editorial: Caballo de Troya

Fotografía de portada tomada de la editorial Nulú Bonsai

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