El proceso de exclaustración de las monjas concepcionistas de Yucatán

Como parte de su columna “El Guardián de la Historia”, Carlos A. Mendoza Alonso, en coautoría con Israel Cetina Nahuat, nos presenta la parte 1 de 2 de un ensayo que habla sobre los procesos que llevaron a la exclaustración de las monjas concepcionistas en el Yucatán del siglo XVIII.

No hay comentarios

Por Carlos A. Mendoza Alonso

Los métodos utilizados para llevar a cabo la evangelización de los indios novohispanos, llevadas a cabo principalmente por misioneros en el siglo XVI, fueron los primeros intentos de alejar a los indios de las costumbres que los conquistadores consideraban bárbaras. Para cumplir dicha misión fue necesaria la construcción de edificios destinados al culto divino y posteriormente a la impartición de enseñanza. Los hombres encargados de dicha labor estaban formados en los colegios y universidades europeas, y la tarea evangelizadora poco a poco se convirtió en una labor espiritual y social, pues a través de la enseñanza de los evangelios los indios aprendían el castellano y en algunos casos a leerlo y escribirlo.

 Al empezar a fundarse los colegios novohispanos en el siglo XVI, solo podían ingresar criollos y peninsulares, en algunos se menciona que también los hijos de principales de los pueblos como una medida política, pero la educación popular seguía recayendo en manos de los misioneros.[1] Mas entrado el siglo XVI, se previó la creación de colegios para niñas, para lo cual fue necesario traer maestras y monjas que se encargaran de tratar a las pequeñas doncellas; la razón era evitar que la recién creada sociedad novohispana se viera contaminada por las perversiones sociales en las cuales se habían visto muchas sociedades europeas por sus conductas inmorales.[2] La prostitución y la poligamia eran vistas como importantes faltas a la moral por los clérigos y desde luego como un cáncer social que afectaba principalmente a la población femenina y que arrastraba consigo a los varones por la tentación y el pecado.[3]

Sin embargo, a diferencia de lo que se pensaba, a pesar de haber logrado implantar un modelo educativo y darle apertura a algunos indios e indias, resultó incompatible con las arraigadas ideas culturales de los naturales condenando al fracaso los colegios de señoritas y quedando solamente algunos por su cuenta a modo de claustros. Por esta razón, el proyecto educativo trasladó entonces la responsabilidad de la educación femenina al hogar en el seno familiar y solamente en lo más elemental, como las obligaciones religiosas, a la Iglesia. Se consideraba pues, que una buena mujer era aquella que supiera cocinar, costurar y rezar para formar una buena familia y dar buen cuidado a los hijos.[4]

La prostitución y la poligamia eran vistas como importantes faltas a la moral por los clérigos y desde luego como un cáncer social que afectaba principalmente a la población femenina y que arrastraba consigo a los varones por la tentación y el pecado.

Esta idea prevaleció durante lo que restó de la segunda mitad del siglo XVI y prácticamente todo el siglo XVII, pues a finales de éste fueron retomadas las ideas de impartir una educación especializada para mujeres debido a la urgencia que representaba el rezago social y cultural en el que vivían muchas de ellas.[5]

Justo al inicio del siglo XVIII sucede el cambio de familia en el trono español y con ello se vienen una gran serie de cambios que afectarían todos los ámbitos en los reinos hispánicos, a través de las Reformas Borbónicas, que impulsadas con ideas de la Ilustración contemplarían la necesidad de reafirmar el carácter corporativo de la sociedad novohispana, a pesar de reconocer la conciencia individual en algunos casos, sin dejar de ser conscientes de su pertenencia a una colectividad organizada y jerarquizada. En lo que concernió a la educación, se ordenaron reformas que permitieron a todos recibir el mismo tipo de educación[6] para la cual se obligó a los sacerdotes a tener un espacio para impartir cátedra, además de sus labores religiosas, se retomó la idea de los colegios de niñas, lo cual se vio reflejado en el aumento de fundaciones dedicadas a la labor educativa femenina en manos de religiosas.[7]

Dado que hasta el siglo XVIII, la administración civil empezó a darle importancia relativa a la labor educativa en la búsqueda de generar conciencias individuales que permitieran buscar el bien común de la convivencia social,[8] los colegios, corregimientos, conventos y escuelas, adoptan la finalidad de formar pensamientos que perpetuaran la estructura social imperial, llevando de manera cuidadosa los planes de estudio. Empero, la Ilustración se abrió camino, y el mayor flujo de bibliografía francés empezó a “abrir cabezas” y para finales del siglo XVIII, ya corrían por todo el virreinato ideales ilustrados, tanto en el ámbito político como educativo, que desde luego iban de la mano.

Entonces ¿qué hacían las mujeres mientras la filosofía política cambiaba en el contexto? Su “bienestar” quedaba siempre sujeto a diversas instituciones con objetivos diversos, pero siempre con un mismo propósito, el de conducirlas por el camino de lo sagrado, libre de impurezas. Estos colegios, corregimientos, conventos y escuelas, mantuvieron el fin de eliminar los malos hábitos de los indios, y preservar la virginidad femenina. 

Los colegios fueron aquellos que concentraban a varones, doncellas o niños: vivían en una casa bajo del gobierno de superiores y reglas, según la fundación de cada uno.[9] Los colegios de niñas de la Nueva España tuvieron como finalidad acoger a niñas huérfanas y preservarlas de los peligros del mundo mientras les llegaba el momento de “tomar estado”,[10] por lo tanto quien estuviera al mando de dicha institución tenía la obligación, por lo menos moral, de formar mujeres con valores intachables, por ello la necesidad de aprender lo mejor posible los deberes de una buena ama de casa provista de las mejores atenciones para el que fuere su contrayente.

Los colegios de niñas de la Nueva España tuvieron como finalidad acoger a niñas huérfanas y preservarlas de los peligros del mundo mientras les llegaba el momento de “tomar estado”

Similar formación se pretendió con los corregimientos, fundaciones de ayuda mutua para las mujeres en situación deplorable. Los corregimientos se clasificaban según la prioridad de la ingresada, pues había los de protección, mujeres que entraban por voluntad propia, y los de corrección, éste último trataba casos de mujeres que habían cometido alguna falta a la sociedad, como asesinato, robo, entre otros, aplicando métodos de castigo y trabajos forzosos.[11]

La escuela era la casa o pórtico donde enseñaban a leer y a escribir a los niños.[12] Las escuelas de amiga, nombradas así debido a que sus funciones se encontraban intermedias entre el hogar y las escuelas, tienen como propósito aliviar a las madres de la enseñanza de las hijas.[13] Como “migas” o amigas se designaba indistintamente a las señoras que educaban niñas y a los establecimientos en que las recibían,[14] sin embargo esto no garantizaba que fueran capacitadas para la enseñanza puesto que con saber tejer, cocinar, y lo principal, entretener a los niños, se les consideraban aptas para tenerlos a su cargo y lo más importante de tenerlos bajo su tutela es el carácter de impartición de catecismo y buenos modales.

De ahí pasamos a lo que nos atañe en este artículo: los conventos. Son la casa o monasterio de religiosos o religiosas en donde muchos viven en común conforme a las reglas de su instituto.[15] En ellos se encuentran mujeres que han quedado al servicio de Dios ofreciendo su castidad y fidelidad, las monjas son religiosas de votos perpetuos que vivirán en claustro perpetuo.[16] Durante el siglo XVII y XVIII las monjas concepcionistas consiguieron consolidar sus primeros conventos,[17] a pesar de haber arribado a la Nueva España desde el siglo XVI. Fue así como se formaron y salieron monjas para fundar sus conventos en las ciudades de Puebla, Oaxaca, Guadalajara y Mérida.[18]

La educación era primordial para insertar todas las consideraciones morales en el entramado social, por lo que estaba contemplada en todas las instituciones ya mencionadas, teniendo como finalidad la inculcación de principios religiosos y morales, sin embargo en la enseñanza de cuestiones cotidianas como las labores domésticas o patrones de comportamiento típicos como, la forma de vestir, no era necesario asistir a colegios o escuelas para adquirir dichos conocimientos,[19] debido a que en el seno familiar se aprendían como patrones socialmente aceptados, costumbre tal vez.

La educación era primordial para insertar todas las consideraciones morales en el entramado social…

Este tipo de actitudes y comportamientos estaba regido por principios religiosos y morales socialmente aceptados que todas las mujeres novohispanas, sin importar la raza, debían cumplir en acuerdo con los patrones que iban siendo adquiridos por mimetismo o emulación para adaptarse a lo que las circunstancias materiales les permitían y a lo que la sociedad les destinaba,[20] llegando a vislumbrarse entonces los roles sociales de acuerdo al género a pesar no tener conciencia plena aún de dicho concepto.

En su tesis de licenciatura, Cristina Manzano da a conocer un panorama amplio de las causas por las que ingresaban a los conventos las jóvenes de alta sociedad y las de clase baja, así como también el perfil con el que egresaban, ya inculcadas en las cátedras eclesiásticas, factor idealizado en la sociedad colonial. Manzano reconstruye la conceptualización de lo que es ser monja, así como las causas o los contextos sociales que las llevan al convento. Se trata de un estudio sobre México y parte de Puebla, sin embargo resulta una visión general del “deber ser” de la mujer, visto desde el marco religioso, de igual forma proporciona datos acerca de los principios de la educación de niñas y la formación de profesoras.[21]

El aspecto idealizado de la mujer es abordado por Julia Tuñón debido a que en el siglo XIX se construye una imagen pura de las féminas. Los diversos roles de la mujer deben ser desempeñados a conciencia moral en el ámbito público y privado, por ello es que se mencionan los diferentes espacios en donde se desenvuelven, desde la preparación en las aulas, la decisión de irse por el camino de Dios o una vida matrimonial y las etapas que conllevan a esto son parte del énfasis de una condición moral de lo aceptable y no concebido a nivel social. El estudio es general en cuanto al espacio, Guerrero, Guadalajara, México, entre otros, sin embargo el contenido hace una comparación de lo que era “ser hombre” y el “ser mujer”, condición que alude al género y que además toma en consideración a la educación como un importante referente en la acción social, que de la misma manera se ve reflejada en la monja, al considerarla como una imagen idónea para la enseñanza.[22]

El contexto reformador del México de mitad del siglo XIX tuvo como mayor premisa transformar el sistema político y establecer un nuevo orden, iniciado por los liberales, para así poder alcanzar el desarrollo económico y social de la nación y con ello el “progreso”. El ideal de progreso que surgió desde la segunda mitad del siglo XVIII fue el estandarte persistido en el discurso modernizador; éste tenía como mayores principios la igualdad social, la justicia y la soberanía nacional, los cuales servirían como trasfondo ideológico en la estipulación de las reformas en México.  La idea de progreso, además, estimuló la secularización de la sociedad como una fuerza promotora de las enunciaciones modernas del progreso,  dividiendo las cercanas relaciones entre Iglesia y Estado, al tomar este último la dirección en cuanto a muchas de las cuestiones sociales, políticas y económicas que durante siglos la Iglesia reguló[23].

El contexto reformador del México de mitad del siglo XIX tuvo como mayor premisa transformar el sistema político y establecer un nuevo orden, iniciado por los liberales, para así poder alcanzar el desarrollo económico y social de la nación y con ello el “progreso”.

 Las Leyes de Reforma[24] en Yucatán afectaron más la vida social, las costumbres,  las formas de pensar, la religiosidad, que los intereses económicos de la Iglesia[25]. Sin embargo, vio disminuida su función como regulador de la vida social al ser desplazada su legitimidad, otorgada por el Estado, como autoridad moral y detentora única de la verdad[26]. Su función, pues, quedó limitada al ámbito propiamente espiritual. Bajo esta premisa, la Ley de Desamortización o Ley Lerdo[27] de 1856 y la de Nacionalización de los Bienes Eclesiásticos[28], 1859, abarcaron a los monasterios de varones y de las corporaciones religiosas, en un intento de disminuir sus actividades para posteriormente suprimirlos.

 El monasterio de las monjas concepcionistas, único en la península de Yucatán y funcionando desde el año de 1596, no escapó de sus aplicaciones[29], sin embargo, sus efectos no fueron devastadores pues se permitió su existencia y la conservación de algunos de sus capitales, réditos y las dotes para su sostenimiento[30]. Fue a partir del 26 de febrero de 1863 que de  manera oficial se ordenó el cierre definitivo de conventos y monasterios en todo el país[31].


[1] Gómez, 1982, p. 97.

[2] Ídem.

[3] Ídem.

[4] Ídem

[5] Tostado, 1991, pp. 97-99

[6] Pietschmann, 1991, pp. 29-30

[7] Gonzalbo, 1990, p. 329.

[8] Tostado, 1991, p. 88

[9] Diccionario de autoridades, p. 412

[10] Gonzalbo, 1990, p.327.

[11] Tostado, 1990, pp. 251-255

[12] Diccionario de autoridades, p. 579.

[13] Gonzalbo, 1990, p. 322.

[14] Gonzalbo, 1990, p. 39.

[15] Diccionario de autoridades, p. 577.

[16] Manzano, 1995, p. 4

[17] Campuzano, 1997, p. 175.

[18] Gonzalbo, 1990, p. 337.

[19] Tostado, 1991, 89.

[20] Ídem

[21] Manzano, 1995.

[22] Tuñón, 1991.

[23]La institución de las ideas reformistas reflejadas en leyes que sin duda afectaron los intereses de la Iglesia, en primera instancia se llevarían a cabo con un lenguaje reconciliador entre los religiosos y los reformistas, al mencionar en el discurso de los liberales que el catolicismo debería ir a la par del proyecto progresista de la nación. Claro ejemplo de ello es cuando Melchor Ocampo, teórico de la Reforma, en varios escritos le otorgaría un gran sentido moral a las ideas religiosas, en el que explicaba que esta representaba fundamentos básicos para el seguimiento de la sociedad del orden y buenas costumbres, preceptos establecidos para alcanzar el progreso. Jacqueline Covo, Las ideas de la Reforma en México1855-1861, pp. 157-164.

[24] La Ley de desamortización de fincas rústicas y urbanas propiedad de las corporaciones civiles y religiosas del 26 de junio de 1856, la Ley de obvenciones parroquiales del 11 de abril de 1857 y después la Ley de nacionalización de los bienes eclesiásticos de 1859. 

[25]Yucatán en el orden colonial, 1517 – 1811. Sergio Quezada, Jorge Castillo Canché, Inés Ortiz Yam, coordinadores, Mérida, Yucatán: UADY, 2014,  pág. 263. Para entender el proceso de secularización de la vida cotidiana en Yucatán, en el entramado de las Leyes de Reforma, véase a Serrano Catzín, José Enrique, Iglesia y Reforma en Yucatán (1856-1876). Tesis para optar el grado de Maestro en Ciencias Antropológicas, UADY, Yucatán, 1998.

[26] Idem. 264.

[27] Estableció que las pertenencias eclesiásticas y civiles provenientes de corporaciones (conventos, hospitales, colegios, cofradías, casas) se otorgarán en propiedad a arrendatarios, con la amenaza de ser rematados al mejor postor sino se llevaba a cabo.  

[28] Su propósito fue establecer las bases de la separación de la Iglesia – Estado, en los ámbitos sociales, políticos y económicos, al suprimir las corporaciones religiosas de varones y mujeres (conventos, cofradías y hermandades).

[29] Por la Ley Lerdo, el 25 de junio de 1856 el gobernador de Yucatán solicitó la disminución de los bienes de las Monjas Concepcionistas, además de establecerse a un administrador seglar, el cual también se encargaba de asuntos contenciosos y monetarios. Ver: Grosjean Abimerhi, Sergio. El convento de Nuestra Señora de la Consolación: arqueología histórica en el monacato femenino de Mérida. Tesis para optar el grado de licenciado en Ciencias Antropológicas, UADY, Yucatán, pág. 149.

[30] Serrano Catzín, José Enrique, Iglesia y Reforma en Yucatán (1856-1876). Tesis para optar el grado de Maestro en Ciencias Antropológicas, UADY, Yucatán, 1998, pág. 52.

[31] Entre los principales artículos se estableció que los conventos tendrían que estar desocupados a los ocho días de haberse publicado este decreto en cada uno de los lugares donde se proyectó se ejecutare, y que el Gobierno entregaría sus dotes a aquellas Religiosas que no los hubiesen recibido todavía, además de que dicho mandato no comprende a las Hermanas de la Caridad. Ver: AHAY, Sección Gobierno, Serie Religiosos, caja 494, expediente 14

Carlos Mendoza Alonso. Originario de Cholul, Mérida, Yucatán. Licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Yucatán, estudiante del Master en Gestión de la Documentación, Bibliotecas y Archivos en la Universidad Complutense de Madrid, Coordinador General del Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Yucatán. Especialista en temas de Archivística eclesiástica, Historia de la iglesia yucateca y religiosidad popular. Correo: carlos_mendozaalonzo@outlook.com

Foto de Personas creado por jcomp – www.freepik.es

Se está procesando…
¡Bien! Ya estás en la lista.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .