En los huesos

Ulises Guzmán nos presenta un cuento en el que fantasmas se mezclan con la realidad, haciéndose presentes de diferentes formas.

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Por Ulises Guzmán

El animal movió un poco el rabo cuando vio al hombre, algo dentro de él ordenó sonreírle al perro, como si este pudiera entender los sentimientos humanos. La sonrisa se le ensanchaba más y más mientras el sol calentaba el mandado dentro de la bolsa de plástico que sostenía. Luego pasó el dorso de su mano libre por la boca para borrar la sonrisa, como si estuviera limpiando saliva.

Era uno de esos que utilizan para peleas, lo supo al ver que la oreja derecha había sido arrancada de un mordisco y que uno de los belfos estaba partido, la piel unida por medio de una cicatriz irregular. Estaba amarrado a un pequeño árbol, junto a él un traste de metal con comida y otro de plástico con agua sucia. El techo de la terraza lo cubría del sol y la lluvia. Respiraba con dificultad, echado en el piso de cemento con un enjambre de moscas alrededor. Abrió un ojo, luego lo cerró y el hombre continúo su camino hacia su casa.

Al entrar dejó la bolsa con el mandado en la mesa, lavó sus manos y fue a la habitación. Lo recibió el olor a lavanda del aromatizante que su mujer usaba. En la cama, acostada de un lado, estaba ella. La respiración pausada le hizo pensar que estaba dormida pero cuando comenzó a caminar sin hacer ruido su esposa le habló.

¿Trajiste todo lo de la lista?

No había la mayonesa que te gusta

No importa

Vi un perro

¿Un perro?

¿Y qué tiene eso de raro?

Estaba en los huesos

¿De verdad?

¿Dónde lo viste?

En la casa de enfrente, la que parece abandonada

Yo no he visto ningún perro ahí

Creo que antes no estaba. Aunque hace mucho que no sales

Puede ser

Haré la comida

Comieron en su cuarto mientras veían noticias. Levantones, accidentes. El hombre apagó el televisor. Su mujer comió la mitad de lo que había en el plato y luego dijo que no tenía hambre y volvió a acostarse.

Apenas ensuciaban, pero prefería tenerlo todo ordenado. Mientras guardaba los trastes tomó un enorme cuchillo y vio su reflejo en el acero. Pensó en aquel perro muriendo de hambre, las moscas zumbando a su alrededor.

Comieron en su cuarto mientras veían noticias. Levantones, accidentes. El hombre apagó el televisor.

Fue al otro cuarto, que ya no utilizaban, y se quedó parado en la puerta un rato. Pasó el dedo por el picaporte, estaba cubierto de polvo, era el único lugar en esa casa donde podía encontrarse. Ya dentro, una habitación normal. La cama ordenada, como había quedado desde entonces. En el
closet ropa para alguien muy pequeño y delgado. Vio una camisa de cuadros verdes, la acarició como si su frágil dueño la tuviera puesta. El cuello aún almidonado. Tragó saliva y salió de ahí.

De noche en su cama estuvo largo rato mirando el techo. Su mujer no se movía ni un centímetro y eso le inquietaba. Se puso de espaldas a ella y cerró los ojos para forzar el sueño.

La tarde siguiente llovió a cántaros. Observaba las gotas impactarse contra la ventana, totalmente empañada por la fría lluvia. Escribió ahí el nombre de alguien a quien nunca más volvería a ver y apenas dio el último trazo lo limpió con la manga de su pijama como si fuera algo sucio.

Súbitamente recordó al perro.

Buscó a toda prisa en el ropero su impermeable amarillo. Su mujer se sentó en la cama y mientras frotaba sus ojos le habló.

¿Qué hora es?

¿Viste mi impermeable amarillo?

¿Qué hora es?

Creo que las dos de la tarde

No lo veo desde hace mucho

¿Cuándo?

Desde la última lluvia

¿Cuándo fue eso?

No lo sé

¿No lo sabes?

No

¿Segura?

Aún éramos tres

Pasó a la cocina por una bolsa negra para basura, se cubrió con ella lo mejor que pudo y bajó las escaleras a toda prisa y fue a la casa donde vivía aquel perro.

El traste de metal donde le servían su comida lleno de agua mezclada con trozos de tortilla, pellejos de pollo y otras cosas que no logró identificar. Estaba empapado, parecía dormido o desmayado.

El hombre se acercó y justo cuando iba a levantarlo una voz le habló a sus espaldas.

Qué hay, jefe

Dio un respingo y retuvo un grito en la garganta. Estaba tan apresurado en sacar de ahí a aquel animal que no se percató del cadavérico hombre sentado en la terraza, pegado al muro. En una mano llevaba un encendedor, en la otra una lata de refresco vacía. El techo lo cubría, pero el
agua al escurrirse le había mojado los pies. Estaba sentado sobre una cubeta de pintura.

Qué hay, jefe, volvió a decir el hombre

Qué hay

¿Qué le trae por aquí?

El perro

Aquella persona dirigió la mirada al animal, como si no hubiera notado antes su presencia.

El perro

¿Es usted el dueño de la casa?

Está chido, ¿no?

¿Qué cosa?

El perro

Quisiera llevármelo

¿Para qué?

Pues para tenerlo

El hombre que estaba sentado lo pensó un momento.

No creo, jefe, es de mi hijo. Pero podría negociarlo, dijo, y deslizó su dedo pulgar por las yemas del índice y el medio.

Entiendo. ¿A qué hora llega su hijo?

A las ocho o nueve de la noche, por la lluvia.

Aquí estaré. Mientras tanto, ¿podría resguardarlo de la lluvia?

Claro

Tomó de nuevo la bolsa y se la puso encima y caminó hacia su casa. Al subir las escaleras miró hacia atrás para asegurarse de que el perro ya estuviera resguardado de la lluvia pero ni el animal ni aquel hombre se habían movido de lugar.

Cinco minutos antes de las nueve de la noche fue a su habitación y le dijo a su esposa que saldría un momento. La respuesta fue apenas audible, pero suficiente.

Antes de salir lo pensó un poco, luego fue a la cocina por el enorme cuchillo y lo ocultó lo mejor que pudo en la parte trasera del pantalón y con la tela de la camisa. Entonces salió.

El perro seguía en la intemperie, inmóvil. No estaba seguro, pero creía que en la misma posición que en la tarde. La lluvia se le había secado en el pelaje. Puso las manos como bocina y gritó

¡Hola!

En verdad parecía una casa abandonada. Dentro sonaba música, voces, algunas maldiciones. Gritó varias veces más hasta que abrieron la puerta. Una mujer de aspecto descuidado salió.

¿Qué quiere?

Busco al dueño de la casa

Ella llamó a alguien y salió el mismo hombre de la tarde.

Qué hay, jefe

Vengo por el perro

Pase, pase

La verdad no quisiera

Que pase, hombre

Dentro, un foco incandescente pendía de un cable del techo y había charcos de agua y recipientes por todos lados para juntar lo que caía de las goteras. En la sala unos muebles viejos y en ellos algunos jóvenes pasándose una lata y un encendedor. Uno puso un extremo de esta en sus labios y quemó algo dentro de ella y aspiró. Humo denso y pesado. Olor a químicos. Los demás reían. El hombre alcanzó a ver algunas dentaduras. Piezas faltantes, encías inflamadas.

Vine por el perro

El dueño de la casa habló a uno de los jóvenes.

Este es el señor del que te hablé

¿El que quiere al perro?

Ese mero

En la sala unos muebles viejos y en ellos algunos jóvenes pasándose una lata y un encendedor. Uno puso un extremo de esta en sus labios y quemó algo dentro de ella y aspiró. Humo denso y pesado.

El joven se puso de pie. No pasaba de los 17 años. Caminó hasta quedar frente al que quería al perro, quien sintió el olor a químicos del muchacho.

¿Cuánto trae?

No mucho

¿Cuánto trae?

Extrajo de su cartera un billete de $500.

Es todo lo que tengo

El joven volteó hacia los demás, quienes miraban la escena con fascinación. Algunos asintieron, luego él hizo lo mismo.

Va, se hace

Me lo llevaré ahora

Salieron a la terraza, el chico y luego el hombre. El primero se arrodilló junto al perro y le acarició el muñón de la oreja. Luego el segundo, sintiendo el frío acero del cuchillo contra su piel, se acercó para quitar el nudo con el que lo amarraron. Cuando estaba a punto de lograrlo, alguien
habló.

Eh, si el ruco trae esa feria en la cartera a lo mejor trae más escondido
Ambos miraron al autor de aquella voz, luego entre ellos y el joven movió lentamente su mano hacia la espalda y luego la asomó sosteniendo una navaja.

Saque la feria, ruco

El hombre hizo lo propio y sacó el cuchillo. Los demás se acercaron lentamente. Detrás de él, el perro; detrás del joven, más jóvenes, sus padres, una casa entera.

Yo solo quiero llevarme al perro

Pues saque la feria

Ya te la he dado

Va a necesitar más

No tengo más

¿Cuánto está dispuesto a perder por su hijo?

¿Qué has dicho?

Que cuánto está dispuesto a perder por el perro

El oído le fallaba, estaba mareado. Apenas distinguía al joven acercándose lentamente a él. El grupo pronunciando improperios. De pronto el muchacho adelantó la distancia de un salto y el hombre trazó un arco en el aire con el cuchillo y luego un grito de dolor. La navaja cayó al piso y después la sangre. Inmediatamente las voces callaron. El joven sostenía su mano ensangrentada contra el pecho. La mujer corrió hacia él y tomando su cara entre brazos comenzó a besarlo. El hombre famélico también abrazó a su hijo mientras insultaba al otro, quien cortaba desesperadamente el amarre del perro.

Maldito hijo de la chingada

Lo siento

Hijo de la verga

En verdad lo siento

Ya chingaste a mi hijo

Cuando al fin logró cortar el amarre se deshizo del cuchillo y tomó al perro entre sus brazos, tan liviano y frío. Los recuerdos se le dispararon. Un ataque de pánico. Aquel joven que no paraba de sangrar.

No fue mi intención

Mi hijo, chingaste a mi hijo

Una vez tuve un hijo

Maldito, maldito, llévate al puto perro

El auto tenía las luces apagadas

Lárguese

No lo vi venir

¡Que se largue!

Mientras corría a su casa le hablaba al animal. Le decía cosas reconfortantes, que estaría bien, el dolor era pasajero, mamá le esperaba en casa. Llovían piedras e insultos detrás de él, los otros jóvenes le seguían.

Ya valiste verga, ruco

Te vamos a matar

Nadie chinga a la banda y la libra

Chingaste a mi compa

Te vamos a matar

Subió las escaleras a toda prisa y llegó a la entrada de su departamento sin dejar de hablar, cada vez más alto por los gritos de aquellos hombres. Azotó la puerta detrás de él e inmediatamente comenzaron a golpearla. Después, ruido de cristales rotos. Su mujer salió del cuarto, los ojos muy abiertos.

¿Qué está pasando?

Como en aquel entonces, no estaba seguro si lo que llevaba en brazos podía oírle, si estaba lo suficientemente herido como para perder la conciencia, pero hoy no había sangre ni olor a gasolina. Fue directo al cuarto cuyo pomo de la puerta tenía polvo. Depositó al perro suavemente en la cama y le acarició la cara. Su mujer entró después de él.

¿Por qué entras al cuarto del niño?

Necesita ayuda

¿Quién? ¿Quién necesita ayuda?

El perro

Estaban a punto de derribar la puerta. Más cristales rotos, olor a quemado.

Su mujer llevó sus manos a la boca.

¿Qué hiciste?

No permitiré que pase de nuevo

¿Qué has hecho?

Tienes que llamar a alguien

¿A quién voy a llamar?

A alguien

El hombre fue corriendo por el teléfono para dárselo a su esposa y volvió junto al perro.

Llama a alguien

Ella marco un número y puso el aparato en su oreja.

¿Hola? ¿Hola? ¿Me escucha?

Percibía lejanos los golpes en la puerta, la voz de su esposa. De nuevo escuchaba los latidos de su corazón, pero no los del otro.

Ya vienen en camino, te pondrás bien, dijo

Un sonido de madera rompiéndose. La mujer gritó, luego volvió a pegarse el teléfono.

Necesitamos ayuda. ¿Hola? ¿Hola? Necesitamos ayuda, ¿alguien me escucha?

Ulises Adonay Guzmán Hernández (Mérida, 1990) ha colaborado en distintos blogs de difusión de la literatura, como Juaritos Literario, Norteatro, Menudencias y SinEmbargo Mx. Actualmente cursa la maestría en estudios literarios en la UACJ.  

Uriel Pérez Maldonado (Veracruz, 1993). Docente, Diseñador Editorial, fundador de AUREA Laboratorio Editorial. Ha colaborado con ilustraciones y diseño para las revistas Morbífica, RYEL, entre otras.

Gabriel Magaña Rodríguez (Campeche, 1991). Químico Farmacéutico Biólogo. Está interesado en la conjunción de sus conocimientos en el área de la ciencia y la naturaleza con la ilustración.

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