El último silencio

Un relato corto del escritor Hugo Aguilar (Mérida, 1995)

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Por Hugo Aguilar

Abrió los ojos como un par de brújulas desorientadas, sin crispación ni cansancio, con la misma indiferencia que ahora no borrarán los días.

Despegó el cuerpo del suelo. Del resto de baba seca en las comisuras dedujo que el sueño fue tranquilo, sin ilusiones. En la habitación desnuda, a través de las sábanas amarillentas que hacían de cortinas, las últimas luces de la tarde se replegaban contra los rincones. Algo en ellas lo sedujo pero aún quiso contenerse. Se puso de pie. Al asomarse en la sala, o en lo que esta pieza era antes de arrojar los muebles al fuego, antes incluso de saciar su carne en el resplandor, adivinó entre los cerros de ropa hecha guiñapos una invasión de cucarachas. Casi le brinca una al querer tomar del montículo una bermuda y la camisa del día anterior: en el bolsillo de alguna prenda había dejado cigarrillos, tan solo ayer recolectó dos sueltos mentolados. Cuando los tuvo entre sus dedos, se dirigió a la cocina, encendió la cafetera y esperó a que la parrilla se calentara. Hace ya mucho dejó de preguntarse cómo era posible aquello de la corriente eléctrica, a qué milagro se debía; momentos como este, más bien, cuando la calma no le embotaba tanto el cerebro, se preguntaba si al prenderles fuego escucharía algún chillido, si acaso tendría las suficientes cucarachas en la pieza para sacarles un grito, aunque sea uno diminuto, un quejido, o si un millón de la misma especie arderían en absoluto silencio. Inclinado sobre el calor de la plancha, olvidó el asunto justo al calar y meterse en los pulmones el humo sabor menta. Si por él fuera los fumaría rojos, a pesar de la sed, a pesar de los mareos, del reacomodo inmediato de sus tripas. A ver qué saldrá hoy, si agua café como la del grifo o los racimos de plátano verde que almuerza o cena con hastío. Para suerte suya, siempre hasta entonces halló garrafas de agua en los almacenes; sin decírselo, claro, cambiaría la mitad por cigarros rojos. O por dejar de cagar agua. O por esa parte del día que ahora, irremediablemente, llegaba. Caminó hasta el vano que alguna vez fue puerta y que ahora, para llenar el hueco, usaba de mirador. Al otro lado de la calle, más allá del monte y de las hierbas, la carretera continuaba en su habitual mansedumbre. Le parecía lejano el rumor del tráfico y, si aún no lo olvidaba, la relación que el ruido guarda con el insomnio. Ya hace mucho sin embargo que ni los perros ladran. Tampoco se lo dice, pero si después de entrada la noche pudiera reencarnar en algo, querría tener cuatro patas, cola y maldecir a aullidos la luna y las estrellas juntas. Esta ilusión, en el fondo lo sabe, la perdió al recuperar el sueño; puede entonces dormir tranquilo, libre de esperanza, sordo a cualquier otro llamado fuera de esta tarde moribunda. Por eso ahora, hipnotizado como estaba, acude al fin a su encuentro. Da el primer paso como atraviesa el jardín, sin cuidar de los cortes que la acacia inflige en su cuerpo desnudo, ignorando los ardores de la hiedra alta sobre su piel. Por fin de cara a la carretera, incapaz de contener otro segundo su sangre arremolinada, se acaricia largamente la verga contemplando al sol. Lo mira a los ojos hasta sentirlo suyo por completo, sostiene su mirada y de pronto no puede más, no puede, simplemente no puede correrse, no logra sentir sus brasas y se dice, ahora sí se lo dice, que hasta aquí terminaba el mundo: Adiós al calor de otro cuerpo.

Resignado, salva el orgasmo apagando el cigarro contra el glande. Pega un grito y, enceguecido de placer, se derrumba extático al suelo. Dice, por última vez se dice: por algo serán tan largos los mentolados, y busca con qué encender otro. Pero ya es de noche.

Hugo Aguilar Hugo Aguilar (Mérida, 1995). Se ha jurado no volver a trabajar en farmacias, como asesor financiero ni estudiar otra vez Literatura. Actualmente vive de andar en bicicleta y, a veces, de escribir sin cobrar un solo peso por ello. Ha publicado textos en la revista electrónica Efecto Antabus y en la hoy extinta La Rabia del Axolotl. Ya no espera nada.

Foto de Fondo creado por jeswin – www.freepik.es

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