Opiniones públicas

Daniel Sibaja, joven narrador yucateco, nos presenta un texto que reflexiona sobre la academia y sus quehaceres.

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Por Daniel Sibaja

Soy el aviso comercial de mí mismo

que anuncia nada a nadie

Óscar Hahn

Consumada la interpretación académica de una película de Lars Von Trier, en el auditorio de la Universidad se escuchó una ovación insolente. Yo, una bachiller de literatura de 19 años, apenas había leído a Umberto Eco como para llegar a comprender lo que estaba en discusión aquella mañana. Llevaba queriendo escribir algún tipo de reseña o crónica en esos días; digo, por si el lado de la creación literaria me alcanzaba para comprarme un par de calcetines más cortos y fosforescentes. Era parte del comité organizador del Congreso y me sentía de la élite erudita siendo staff del escritor invitado, a quien me correspondía llevarle el café y una dona glaseada antes de la conferencia.

—Es el único académico que se toma en serio los análisis cinematográficos en el país —repetía con su boina francesa de la zona libre y unos aviadores en la cara; Julio, que también quería darle su USB para que el escritor le compartiera todos los libros digitales sobre la interpretación semiótica del cine, y no era el primero: atrás de él se formaban maestros y amigos de la facultad—. Hay que aprovechar su modestia —decía nerviosamente, aludiendo varios títulos de cabecera recomendados para los estudiantes insatisfechos de hacer artículos sobre la literatura del siglo XX—. ¿Escuchaste su conferencia? No es para nada aburrido. De hecho, creo que he encontrado mi vocación gracias a sus palabras.

Era común mirar a alguien hacer algo diferente y a toda una sartén de hormigas coludas apresurándose a componer una nueva identidad más snob-pensador-teórico-ricoeour, a todo lo Ernesto y su porte bunbury, y a la proclamación de sus instintos de cucaracha kafkiana. Era un olor a libro quemado o viejo. Consciente y a pesar de mis facultades míseras como estudiante, fui invitada (creo que por mí misma) a la cena exclusiva junto con el escritor.

—Vamos, el Gordito Chapulín está buscando talentos para la academia —me invitaron o eso deseaba escuchar gloriosamente; además, ese apodo xenófobo puesto por mi grupo de amigos comenzaba a desagradarme—. Es ridículo no estar presente —insistía Julio con verbogracia—, también debo darle mi correo electrónico, así podremos estar en contacto.

Consciente y a pesar de mis facultades míseras como estudiante, fui invitada (creo que por mí misma) a la cena exclusiva junto con el escritor.

Julio, con su continuidad marcada en el hoyuelo cerca de su boca, pensaba que al hablarle de su tesis acerca de Arreola y la luminosidad andante por sobre lo oscuro de Rulfo, el Gordito iba a invitarlo al Club de los Incomprendidos Excelentes Letrados (CIEL, por su abreviatura institucional y su referencia tácita a la marca de agua purificada de la nación). En el enorme golpeteo de nervios, como piñata arada con manos llenas de engrudo, el espantapájaros Girondo en mi interior no quiso premeditar uno de esos insultos intelectuales que no entiendo o no llegan a mi bagaje o abanico de ideas primitivas (quise decir: de principiante analítica). Fuimos al Café POP ubicado a un lado del edificio central, cuya historia rescata las tardes de taller a la que los escritores del estado solían acudir en busca de una frase contundente o un verso incomprensible; por ejemplo: Túrgida marcada de idea perfume adjudicante. Y me sentí incómoda por haber asistido sin invitación formal. Es mentira. También quise escuchar uno de sus mágicos consejos.  

Sobre la mesa había un mantel hecho con papel prensa en donde —según la Coordinadora del Congreso— era costumbre escribir cadáveres exquisitos; simples anotaciones y juegos dadaístas de la tradición para presumir los mitos del arte. Sentados a la mesa: la Coordinadora y Julio de lado izquierdo, y Gordito Chapulín con su esposa del lado derecho; hablaron de los tipos de hamburguesas que se podían degustar en la ciudad, pues el paladar del escritor era exigente. Yo, en cambio, estaba en la parte posterior de la mesa, enfrente de la pared, exactamente de su lado izquierdo.

—Mire, Maestro, MAESTRO, aquí tengo anotadas algunas frases que usted dijo en la conferencia —al parecer, y de la forma segura en la que lo decía, Julio estaba tratando de impresionar al académico—. Podría utilizarlo como decálogo o una lista de aforismos. Me tomé la libertad de escribir cada uno.

Del otro lado, el académico sacaba un portafolio con hojas amarillas y felicitaba la capacidad de atención de Julio.

—Él siempre trae consigo sus hojas y su pluma para situaciones como estas —afirmaba su esposa, que en realidad era más encantadora y carismática que él. Le había ayudado a vender unos libros que traía y, luego de una plática sobre mis intereses literarios, ella se tomó la molestia de alentarme a hacerle preguntas a Chapulín, pues en sus ratos libres, como me describía detalladamente, ayudaba a muchos estudiantes por correo.

Como era obvio, el académico pidió una hamburguesa. Yo había volteado mi mantel para escribir algunos de los libros y películas documentales que mencionaba.

—¡Apúntale bien! —me recomendó la Coordinadora; pese a todo, él no volvería en mucho tiempo, de manera que mis cuestiones debían hacerse antes de que acabara la cena. Así que tomé al toro por los cuernos y

—Señor —tartamudeé—. Maestro, ¿qué puede recomendarme para hacer una reseña?

—¿Qué tipo de reseña? ¿Una crítica, un artículo, un video, un blog, de una película, de un libro, de una saga, de una colección?, ¿dónde lo piensas publicar? Eres libre, no necesitas ningún consejo —hubo entonces una sonrisa airada, iluminada de ego, como si la cuestión hubiese sido la más estúpida y sin rigor esa noche.

Trajeron la cena.

—Hay un documental que he visto últimamente en una plataforma de streaming, es sobre el proceso de la carne de vaca para hamburguesas —así, dadas la circunstancias, me preparé para apuntar sobre el mantel—. Se llama Cowspiracy.

Lo siento, señor-doctor-profesor, soy otaku y lo único que reconozco es el Cowboy Bebop del Ánime Online por internet. Mi mano entonces se sacudía al mismo tiempo que el primer bocado del grillo intelectual a la hamburguesa. En mi nerviosismo olvidé cómo escribir vaca en inglés. Sólo podía mirar mi mano helada, y por dentro de la taza, el café ondulándose; por cada mordida un chirrido y por cada pregunta un guiño de su ojo bardo-teórico. Y sin más, Chapulín sacó su pluma y apuntó el nombre sobre el mantel.

Lo siento, señor-doctor-profesor, soy otaku y lo único que reconozco es el Cowboy Bebop del Ánime Online por internet.

Ahora, que no se detiene Julio y su arquitectura formalista, pienso que le queda ese apodo a la perfección, definitivamente. En el asiento delantero sube el MAESTRO, arrancan el auto y pasamos por la avenida principal. Vamos por otra hamburguesa. Una especie de resquebrajamiento comenzó a sonar por todo el vehículo: eran los aforismos dictados por Julio; escritos como por una mantis religiosa sobre el tablero. “Voluntad de la luz…”, dije entre dientes, “…que me den por muerta; él no puede ser el gran crítico de la narrativa internacional”. 

—Hagamos silencio, que acabamos de presenciar un hecho histórico, una revelación literaria —dice la Coordinadora frente al volante, mientras se detiene en un semáforo con su luz roja. Esta iluminación se puso entre el vidrio transparente y las manos del Chapulín escribiendo el toque de ángel perpetuo de su autoría.

—Mi hijo podría llegar a ser un creador prodigio, ¿les dije? Últimamente ha hecho un cuento. Bueno, funciona mejor como novela gráfica.

—¿Cómo es, Maestro?, ¿de qué va?

—Inicia: Hola, soy un niño.

Hola, señor-insecto, soy una estudiante y he cometido el error de querer escribir narrativa y verso a la vez; mi trabajo de investigación se basa en los últimos hallazgos intertextuales y metatextuales dentro de los libros de los autores más recientes publicados en las colecciones de la nueva imagen editorial. Procurando no incurrir las equivocaciones básicas frente a un posible consejero académico con renombre, me pongo las manos sobre la boca para no mentar palabras altisonantes, proclives a la ofensa de su porte espejismo y su melena canosa. Enclaustrados en su palabra, nos callamos durante su siguiente discurso de vanagloria. Madre de Dios. ¿Qué hago aquí? Quisiera decirle a usted, maestro, MAESTRO: 

bienvenido a esta ciudad. Es este un café beatnik fashion en donde no saben servir un espresso doble o doppio largo. Mire, escribamos juntos una crónica acerca de la historia de la escuelita literaria de provincia. Perdone, no traigo dinero para la cena. Sólo quiero un vaso de agua con cubitos de hielo. Antes de proseguir y después del bochorno, déjeme confesarle que las hamburguesas aquí son las más deliciosas de toda la zona antigua. En noches como esta, el fundador de los Tesoros del Estado firmaba un convenio para la colección de una saga de narrativa cyberpunk u horror o fantástica (algo parecido a lo que escribe el hijo de Stephen King, podría estar equivocada, ¿no?), y una de poesía maldita (si es que usted cree que exista ese término actualmente). Tampoco se alarme, sabemos que en Tijuana se escribe una narrativa, ¿cómo dice usted que se llama? Más impredecible y experimental, más cruda, una hiperrealidad necesaria y de auges sociales. ¿Cree en la Bestia? No estoy hablando para nada de la obra de Lovecraft. Hablo de la Bestia. ¿La conoce? Hay una narradora que escribió sobre unos niños perdidos que hacen toda una odisea por el país hasta llegar a lo que en libros y periódicos se conoce como El Río Bravo. Disculpe mi falta de conocimiento en geografía. Lo escuché de una canción itálica en voz de Dean Martin o en el himno de Ciudad Juárez de Juan Gabriel. Esto no es una queja. Se lo aseguro. Es que usted trae como un color a sur en los ojos. Debe conocer muy bien a la Bestia. Está aquí en el azul de su ojo: en la ocasional colección de niños separados de sus madres, en la imagen del ciego a través de lo invisible: la excusa perfecta para decirnos entre nos: que todos ellos no son del Ombligo-lunaje-y-laguna, que vienen de fuera: puede leerlo, su nombre también es americano, más que las listas de nombres prohibidos por meras coincidencias niponas como Gokú o de albures encontrados drásticamente en alguna publicación memera como el Galargas. Mi estudio que se apoya de letras y no de números te deja la cartera vacía; como despensa semanal: una respuesta a su consejo, a su falta de mirarme la cara cuando le hago preguntas, no sobre usted o su trabajo, sino de cómo dar mi opinión pública ante una sociedad que mira la parte de arriba de un mapamundi como si el sistema de escritura y lectura haya sido desde el comienzo de la vida de la cabeza a los pies, ¿por qué no voltearnos? Por razones increíbles de fingirnos ignorantes, profesor, digo, maestro. En este lugar se lee de izquierda a derecha enteramente el mundo, el sistema universal que tenemos, ¿no? Para que todo se convierta en una pregunta sin sentido; así  también usted se limpia la cátsup después de dar el último bocado, sin entender los temas más comunes de mi generación afrodita. Venga, respondamos, hagamos un slam poético: ¿quién se está contradiciendo aquí y ahora? / Aquí y ahora, ¿quién se está contradiciendo? / ¿Se está contradiciendo aquí y ahora? Entre este silencio incómodo, yo prefiero seguir el consejo de Safo de Lesbos: mientras la cólera se esparce por el pecho / sujeta la lengua que ladra en vano. Le escribo una carta dando mi opinión personal acerca de su actitud y el análisis de su conferencia en Iztapalapa; también le comparto un cuento mío. La carta acaba con la siguiente posdata: “El héroe de su libro no es más que una copia barata de los big bands swing de los años 30. Usted, por si lo olvida, es la puta de mis decisiones. ¿Acaso nunca ha intentado escribir el íncipit de un cuento corto de aquellos como los que hacen los Augustos?, o, ¿no le parece que los tópicos de la literatura de mi provincia son un poco más…”.

Enclaustrados en su palabra, nos callamos durante su siguiente discurso de vanagloria. Madre de Dios. ¿Qué hago aquí? Quisiera decirle a usted, maestro, MAESTRO…

No pude terminar la nota. Después de la última mordida pude escondérselo en el bolsillo de su pantalón. Doblé el papel prensa en origami como con forma de barquito. Yendo a casa, con el smoke en los labios, mirando a los hippies de la ciudad enredando sus rastas con cera de veladora, recibo una llamada:

—Hola, ¿es usted? Debí contarle que mi padre es de Centroamérica, llegó a México gracias a una beca por méritos honorarios, ¿se lo dije? Sobre su intento de cuento, remueva los calcetines de su lugar y escoja donde sentarse: lo que hace es una narrativa inentendible, con destiempos y nudos y palabras altisonantes; todo es innecesario, inverosímil. Le recomiendo, jovencita, que deje de escribir y dedíquese al análisis de recepción nada más.

—Espero no ofenderlo —respondo, tengo el celular en el oído; y en serio trato de contenerme—: es usted la persona más arrogante que he conocido. Y me importa un pito —lo he dicho, finalmente lo he dicho (gracias, Girondo)— la academia y todos sus títulos de posgrado, yo voy a crear un libro de ficciones para que usted tenga algo sobre qué escribir.

En el cerco de la calle con ladrillos, prendo otro de los cigarros después de colgar. En su sabor chocolate hay todavía un poco de amargura; dudo de mi profesión, dudo de las becas y los planes de movilidad, dudo de lo que escribo sin tintes de violencia y en mi primera publicación. Entonces me paro frente al vidrio de un Starbucks, turistas de todo el mundo hormiguean el paisaje, nuestros panas les ofertan blusas y cintas de manta floreada; estoy en el parque Hidalgo sobre la Quinta avenida de mi ciudad, y me pongo el sombrero: Soy Truman Capote, sheriffs! —Le digo a mi reflejo, como apuntándome con un revólver—. Y mañana desayunaré café con galletitas en el Tiffany’s de la teoría literaria. BANG!

Daniel Sibaja (Mérida, Yucatán, 1997) ha publicado en diversos medios digitales e impresos. Becario del PECDA Jóvenes Creadores en la categoría de Cuento (2017). Actualmente forma parte del Centro de Experimentación Literaria donde imparte talleres de narrativa. Es autor de Montejo Boulevard (La Comuna Girondo, 2019).

Uriel Pérez Maldonado (Veracruz, 1993). Docente, Diseñador Editorial, fundador de AUREA Laboratorio Editorial. Ha colaborado con ilustraciones y diseño para las revistas Morbífica, RYEL, entre otras.

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