Itzel Guevara: “Las editoriales independientes son el corazón de la literatura”

Itzel Guevara platicó con parte del equipo E. Antabus. Hablamos sobre el lenguaje en la literatura, las editoriales independientes, entre otros temas.

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Por Jesús M. Koyoc Kú

Es viernes por la mañana. Casi mediodía. Desde hace un par de semanas, la escritora Itzel Guevara del Ángel y yo acordamos reunirnos en este espacio virtual para platicar un poco sobre literatura. En Yucatán llueve desde hace casi una semana. Temo que antes o durante la conversación se vaya la luz, como pasa cada vez que llueve aquí. O peor aún: que la conexión a internet falle. Cristóbal arrastra sus lluvias y vientos sobre la península, primero lo hizo avanzando a la misma velocidad que una persona caminando, y luego un poco más rápido: tuvo el tiempo suficiente para inundar cientos de hogares en el estado y acabar con cultivos, apiarios, carreteras. En casa lidiamos con nuestra propia tormenta: la de las goteras que han sido nuestras acompañantes desde el inicio mismo de la semana, algo que no se compara nada con lo que pasa apenas a unas cuadras (donde el agua alcanzó hasta un metro) o en el sur profundo del estado de Yucatán, donde hubo gente que no pudo salvar nada de su patrimonio. Me siento un poco nervioso, como antes de cada una de estas charlas (algo irónico si pienso que doy clases en línea y básicamente hago lo mismo: sentarme frente a una cámara web para hablar con una persona al otro lado de la conexión a internet); me preparo un poco de té antes de iniciar la charla y a eso de las doce me pongo en línea a la espera de que Itzel lo haga también. A los pocos minutos, una notificación me avisa que hay una persona esperando la autorización para acceder a la videollamada—por supuesto que es Itzel Guevara del Ángel. Nada más saludarla y escucharla bromear, verla mover las manos, reír, los nervios se van. Al fondo puedo ver su librero y una ventana junto a este. Lo que ella ve detrás de mí es únicamente una pared blanca, un hamaquero y una bolsa verde que dice ALMADÍA DE NUEVO DE NUEVO ALMADÍA. Al inicio de la charla, platicamos sobre nuestros proyectos inconclusos—algo con lo que hemos aprendido a vivir en medio del encierro. Es parte de esto, nos decimos. Unos días antes de nuestra charla había escuchado el episodio 48 de Hablemos Escritoras Podcast, en donde Itzel Guevara habla sobre la literatura infantil y sus temas, algo que retomamos en esta charla; ella ha trabajado con públicos de diferentes edades, particularmente con la niñez y la adolescencia, y busca diferentes formas de generar un vínculo entre estas comunidades y la literatura. Le pregunto a Itzel, ¿qué temas abordar, cómo propiciar este acercamiento?

“Es un tema complicado. Yo trabajé con niños muchos años, en una biblioteca. Cuando digo muchos, es que fueron como 15 años. Mi chamba era contarles cuentos, y es claro que tienes que tener una sensibilidad diferente para acercarte a ellos. Sin embargo, creo que a veces se confunde la sensibilidad para tratar temas o para dirigirte a la niñez con la idea de que no son personas o que no entienden nada o que ni siquiera tienen por qué entender ciertos temas; la idea de “vamos a tenerlos en una burbujita porque o les vamos a dar ideas o les vamos a echar a perder la infancia”. Son dos posturas que me parece son extremas, y los extremos no existen. Antes no era algo común hablar de literatura infantil o juvenil, los niños y niñas crecían con lo que había y se lo apropiaban, y muchas grandes obras de la literatura universal que ahora son consideradas como infantiles o juveniles no lo eran, lo cual me parece una apropiación maravillosa. También hay que comprender que un niño o niña puede tomar cualquier libro. Yo recuerdo que como niña lectora pasé de literatura infantil de una biblioteca (porque no era fácil obtener libros o comprarlos) a literatura. No existía la literatura juvenil y tampoco tuve ningún mediador. Yo pasé de leer una colección que se llama Serendipity, con animales extraños y todo muy mono -con mensaje y moraleja, también- a leer a García Márquez, que era lo que había en mi casa; también recuerdo leer El retrato de Dorian Gray. ¿Qué entendí? ¡No sé qué entendí, yo tenía nueve años! Pero hubo algo que me fue llevando y llevando y llevando. Esa fue la literatura juvenil para mí, cosas que leí de adolescente o de niña. La literatura tiene que ver más con tu capacidad lectora que con tu edad: ¿qué herramientas tienes para leer? Lo que no entiendes ya lo entenderás: aprópiate de la literatura. Ahora pienso hay toda una industria dirigida a la niñez y la juventud. Cuando me dirijo a jóvenes y niños sí lo hago de otra forma; eso no quiere decir que me bajo a un nivel, solo significa que abordo desde otra sensibilidad y de otra forma los temas. Creo que cuando escribes literatura infantil o piensas en la niñez como público meta, sí es importante tener en cuenta la sensibilidad. Ahora, si por esa razón no tocas temas como la muerte, la sexualidad, la migración, la injusticia…no tiene nada que ver, por supuesto que hay que tocarlos, son cosas presentes en la vida de niñas y niños. Incluso una como autora siempre hay una línea sobre lo que te interesa decir, y a mí sí me interesa mucho la hipocresía social y por eso estoy atacando continuamente a la familia perfecta, al rol de la mujer, a esa doble moral de la sociedad. Es importante contrastar las apariencias con lo que realmente sucede, es algo que no puedo negar que me interesa contarle a la niñez, ¡pero claro que no lo voy a contar de la misma forma! Yo misma experimenté cosas que no entendía cuando era niña, y creo que hay que buscar la forma de narrar eso. De repente se tiene la idea de que literatura infantil o juvenil significa que vas a hablar con gente estúpida, y lees lo que se escribe también y te preguntas ¿qué es esto?, ¿a qué clase de gente están queriendo llegar? De entrada tienes que pensar que hay un individuo enfrente y que estás apelando a su inteligencia, a su sensibilidad, a su reflexión. De eso se trata mediar.”

De repente se tiene la idea de que literatura infantil o juvenil significa que vas a hablar con gente estúpida, y lees lo que se escribe también y te preguntas ¿qué es esto?, ¿a qué clase de gente están queriendo llegar?

            Siguiendo con este tema, le digo a Itzel que alguna vez leí Elvis Karlsson, una novela de María Gripe. El personaje principal, Elvis, es el hijo de una mujer que muchas veces se cuestiona su rol como madre. El padre de Elvis es una figura más bien ausente—un proveedor en la jungla del siglo XX. Elvis es un niño que tiene que descubrirse a sí mismo de diferentes maneras, lo mismo escapando de una casa con adolescentes que parecen peligrosos que encontrando a su gata perdida de visita en el campo. Elvis es un niño que siempre está a la expectativa, en medio de los conflictos familiares, de los juegos de autoridad entre su abuela, su padre y su madre. Elvis es un niño que muchas veces no es más que una pieza de equipaje. Elvis es, en palabras de su madre, la encarnación de todos los pecados del mundo. A pesar de los difícil de la situación del personaje principal, la editorial que lo publicó en español etiquetó Elvis Karlsson como un libro de literatura juvenil. Quizá la sencillez del lenguaje fue importante para tomar esta decisión –o quizá está construida con ese lenguaje para encajar en esa etiqueta. En su novela Una casa con jardín, Itzel Guevara del Ángel narra estos juegos de poder dentro de un matrimonio típico en el que el hijo y la hija quedan en medio; la voz narrativa de la niña, que es también el personaje principal, hace uso de diminutivos y tiene un debate sobre su significado. Al respecto de la novela y el lenguaje, Itzel Guevara nos hace escuchar lo siguiente:

            “Para empezar, a los niños y niñas, no todos pero en general, les hablan con diminutivos. Y voy a decir esto, un amigo escritor me dice ¡Ay, es que tú eres muy xalapeña, hablas y escribes siempre con diminutivos!, y es cierto, el lenguaje está ligado a nuestro lugar de crecimiento y cómo lo usamos en ciertos contextos. En Una casa con jardín hay una parte donde la narradora debate sobre los diminutivos, porque la mamá de su papá, la abuela, dijo que su mamá era morenita, y entonces la niña empieza a explicar cómo los diminutivos pueden ser malos porque son usados para humillar o denigrar, y la niña piensa que a ella le encantan ese tipo de palabras y se crea un conflicto por lo que el lenguaje significa cuando le das tal o cual sentido. ¡Qué chiquitita, qué pequeñita!, decimos cuando queremos minimizar algo. Para mí era importante que hubiera un debate, una confusión sobre esto, sobre los diminutivos y cómo en realidad lo importante es la intención de lo que quieres decir.

“El predecesor de la novela, más no de publicación, es un libro de cuentos que se llama A qué le temen los niños. De aquí yo tomo el último cuento, Renault Alliance, amante y pistola, y nace Una casa con jardín. Digo que A qué le temen… es el antecesor porque el libro fue un ejercicio de la voz infantil; aunque no todos los cuentos están narrados así, se recuerda a la infancia en general. Cuando terminé de escribir este libro, muchas personas me dijeron que parecía una novela. Y yo misma empecé a dudar, a preguntarme si eso era posible, porque parecía que la voz narrativa era la misma, ya fuese de adulta o de niña, parecía que todos los cuentos estaban unidos y eso me hacía preguntarme si el libro estaba mal escrito. En ese tiempo leí un libro de cuentos que se llama “Y así es como la pierdes”, de Junot Díaz, en donde el mismo personaje narra todas las historias, y cuando lo leí dije, “Ay, si Díaz lo hizo, por qué yo no“. Pero esa era la sensación que A qué le temen… me daba: que todo estaba unido y que lo siguiente era una novela. Por eso digo que pude practicar mucho el lenguaje infantil y eso me hizo sentirme lista para llevarlo a algo más extenso, aunque mantener la voz de la niña en primera persona fue lo más difícil. La verdad es que me asustó un poco. Otra parte esencial para este libro fue leerlo todo en voz alta: generalmente leo mis textos de esa forma porque puedo notar muchas cosas como la repetición -yo repito palabras, tengo queísmos, todo el tiempo estoy rimando- pero para esta novela me ayudó a darme cuenta de la importancia del ritmo. Hay partes, como las peleas o momentos de mucho trauma, en las que decidí que todo pasara línea por línea; hay un impacto visual, y también a la hora de leerlo en voz alta hay una intencionalidad que no aparece si escribes todo de corrido. Decidí hacerlo así porque hay una novela que se llama Charlotte, de David Foenkinos, que está escrita de esa forma: en enunciados cortos y punto y a parte, punto y a parte. Es impresionante como Foenkinos logra hacerte pensar que no había otra forma de escribir esa novela. Cuando escribí Una casa con jardín me dije “Esto tiene que llevar cierto ritmo”; cuando la lees en voz alta es cuando dices, “Bueno, aquí sí va, aquí estoy exagerando, aquí no suena como una niña, aquí ya repitió muchas veces esta palabra”, es donde la cuestión del oído se volvió algo muy importante.”

En ese tiempo leí un libro de cuentos que se llama “Y así es como la pierdes”, de Junot Díaz, en donde el mismo personaje narra todas las historias, y cuando lo leí dije, “Ay, si Díaz lo hizo, por qué yo no.”

Itzel me comenta que el Instituto Veracruzano de la Cultura subió para descarga gratuita el libro A qué le temen los niños hace unas cuantas semanas. Yo le digo que me parece importante la mención a las lecturas de Díaz y Foenkinos y cómo estas llegaron en momentos adecuados en que ella necesitaba una especie de orientación o guía para continuar con sus procesos de escritura—unas lecturas que quizá llegaron sin mediador, como cuando Itzel era una niña; a final de cuentas, lo que la literatura enreda, también ella misma lo desenreda—sus caminos son inescrutables: quizá sin proponérselo, A qué le temen los niños fue, como ella dice, una manera de ensayar formas más largas de escritura, de experimentar con sus propios límites y forzar donde parece que se puede romper. Sobre la escritura del cuento y la novela, Itzel nos comenta:

“No creo que haya una diferencia. El principio para mí es la historia que se puede contar. Yo no estudié letras. En realidad llegué tarde a la literatura; aunque fui lectora desde niña, me alejé durante un buen tiempo hasta que decidí volver y no la solté; mi primer libro se publicó a los 31 años y creo que eso es tarde, sobre todo sin tener nada previo. Mis lecturas también son caóticas, no tuve a nadie que me dijera “Ahora vamos a leer al Siglo de Oro, vamos a leer al Boom”, no hubo nada de eso, y me encanta que no haya pasado. Creo que por eso mi forma de concebir la literatura es caótica y lo único que sí tengo es constancia. En eso es lo que creo: en el trabajo. Yo no creo en eso de “Vámonos de parranda toda la noche y llego y escribo la gran obra”, digo, habrá quien lo pueda hacer, fantástico. Pero yo no: para escribir soy muy esquemática, tengo que tener en la cabeza sobre qué quiero escribir y el sentido que quiero darle, y no es algo que decida yo, es más bien lo que tengo que escribir, algo que me incomode. Un ejemplo es que hace unos años salió una noticia de un zorro que se congeló y la foto me impactó mucho: era un zorro congelado en un cubo de hielo que iba caminando y hacía tanto frío que se quedó ahí y me impactó mucho la belleza y la crueldad de esa imagen; ahí empecé a coleccionar ese tipo de fotos de animales. Otro ejemplo es la de un cangrejo ermitaño que usa como caparazón la cabeza de una muñeca, pero ya sabes, una cabeza pelona, con el ojo caído: fue algo que me sacó de mi lugar cómodo y quiero escribir sobre eso.  No sé si lo pueda hacer o no, pero es algo que me mueve y me obliga a escribir; empiezo a tomar notas, a conformar, si serán cuentos, cuántos, si es una novela –que es nuevo para mí— me ayuda hacer un mapa que me de una idea de lo que va a pasar o cómo va a ser. Y sentarme a escribir. Y lidiar con la resistencia que hay frente a la hoja en blanco, que es lo que más me asusta. Por eso cuando voy a escribir me vuelvo la persona más linda del universo; acompaño a todo mundo a hacer cosas, le ofrezco ayuda a todos, porque quiero evitar lidiar con el texto. Pero ya que empiezo, no hay más eso. Generalmente trabajo en las vacaciones, porque soy maestra, y es cuando puedo estar trabajando todo el día y toda la tarde, me paro a comer, pero estoy sentada todo el tiempo trabajando, me duele todo el cuerpo. Además soy muy lenta, sumamente lenta: puedo estar diez horas en el mismo lugar y escribir apenas media hoja. Y hay otras veces en que puedo escribir textos de una sentada. Pero hay que estar lista, hay que estar ahí todos los días venciendo la decidia, venciendo el cansancio, porque a veces no sabes cómo va a ser el proceso. Solo creo en el trabajo, y un poco en la inspiración, pero creo más bien en la constancia. Creo que a veces hay momentos en los que la inspiración sí llega pero hay que sentarse a escribir y a darle porque se puede acabar.

Sobra decir que el cuento es un género que no le pide nada a la novela, aunque mucha gente piensa en “Cuento es chiquito y novela es grandota, entonces es menor y la otra es mayor”, ¡pero no es así!

Lo que sí podría decir es que antes de publicar libros, pensaba más bien en términos de cuentos, porque yo empecé como cuentista aunque ahora no sé si también soy novelista. Cuando piensas en términos de un libro también consideras la dirección de todo un volumen aunque los cuentos no tengan relación entre sí, y hay que tener el mismo compromiso que al escribir una novela. Hace cuatro años  yo no pensaba en escribir una. Sobra decir que el cuento es un género que no le pide nada a la novela, aunque mucha gente piensa en “Cuento es chiquito y novela es grandota, entonces es menor y la otra es mayor”, ¡pero no es así! Ya quisieran muchos grandes novelistas poder escribir un cuento corto condensando todo el contenido en tan poco. A mí no me preguntaban por los hijos, a mí me preguntaban, “¿Y cuándo vas a escribir la novela?” Y yo pensaba en que no tenía porqué escribir una. A lo mejor yo pensaba que no tenía las habilidades y fue más bien un reto personal para llevarme a mí misma y al compromiso con la escritura a otro nivel, porque luego pasa que te peleas con los personajes, con la familia, y ya no quieres saber nada. Lo que sucedió es que en un cuento de Domingo de summertime,  “Lady Di”, supe que estaba lista para escribir una novela: lo terminé y me dije “Esto es el principio de una novela pero no sé cómo escribirla así que no me voy a complicar la existencia y en este libro se va a quedar así”. Pero el gusanillo ya estaba ahí. Me preguntaba “¿Y si no sirve?” Pues no sirve y ya, será un ejercicio aparte del cuento. Y afortunadamente para mí salió una novela muy corta con la que me sentí muy cómoda. Dio la casualidad de que la terminé, la mandé a un concurso, ganó, y salió antes que el libro de cuentos. Estaba tan emocionada por un nuevo proceso –crear una novela— y luego tomé Renault Allianz, amante y pistola, me dije que sería bueno intentarlo también con ese cuento”.

Domingo de summertime fue precisamente como llegué a la obra de Itzel Guevara. Lo encontré en la estantería de una de las editoriales independientes más importantes de México, Paraíso Perdido, en una aplicación móvil para lectura. El volumen de cuentos, publicado entre finales de 2019 y principios de 2020, contiene diez cuentos entre los que se encuentra el que da título al libro, así como Los ángeles de Charlie y el ya mencionado Lady Di. Los cuentos se leen de manera fluida, sencilla—lo cual no quiere decir que su escritura lo haya sido. Tiempo después, encontré en línea la novela ya mencionada, Una casa con jardín, editada y publicada por #EnjambreLiterario, Casa Octavia, y Kaja Negra. Sobre la publicación y las editoriales independientes como las mencionadas en este párrafo, Itzel señala

Son el corazón de la literatura. Pienso en Paraíso Perdido, Dharma Books, El Naranjo, que publica literatura infantil. A mí me gustan las editoriales independientes porque hay una propuesta que no tienen de repente otras editoriales. Es cierto que la cuestión económica es lo más importante y a veces hay que publicar cosas que vendan para poder darse el lujo de sacar libros que sabes no irán dirigidos a las masas y que no se va a obtener ni un reconocimiento ni una ganancia inmediata. Las editoriales independientes me causan mucho respeto porque son proyectos personales que publican lo que va con la idea de literatura de quien edita. Sobre Paraíso Perdido me llamaba mucho la atención que publicaban a gente que no estaba en las grandes editoriales, no publicaban a Las y Los escritores, así con mayúsculas, quienes ya tienen un lugar con las editoriales transnacionales. La gente de Paraíso Perdido estaba realmente arriesgándose porque nadie te conoce, no tienes el apellido, no hay nada más que cosas en contra. Y además, publicando a gente que es de provincia o que estaban empezando y mujeres, muchas mujeres. Eso me hace pensar que Paraíso Perdido es una gran apuesta. Yo soy xalapeña y creo firmemente en la resistencia en contra del centralismo, ¡no estoy de acuerdo! No estoy de acuerdo con que solo lo que se haga en Ciudad de México exista. No hablo de esto porque no me gusta sentirme víctima y prefiero moverme antes que tener esa sensación, pero lo del centralismo es impresionante: si algo sucede ahí, toda la gente se entera, pero si es en otro estado, no pasa nada. Y además hay como una especie de paternalismo, como de “Nosotros somos los grandes escritores, vengan hijos, nosotros los vamos a ayudar”. Yo he visto a nivel personal cómo si me involucro con proyectos que tienen que ver con Ciudad de México mi nombre comienza a figurar y me empiezan a conocer, pero si no, se vuelve en un ¿quién es esa? Hay gente que aún considera a la literatura que no se produce en Ciudad de México como literatura periférica, y yo no tendría ningún problema con eso, pero ahí entran los diminutivos: “Ay, los escritorcitos de los estaditos”. Muchos conocidos se han ido a vivir a Ciudad de México para hacer carrera en muchas cosas, y también en la literatura, pero yo estoy muy cómoda en Xalapa, aquí quiero a quedarme a vivir y a comprobarme a mí misma que no se necesita estar en determinado lugar para hacer lo que se quiere hacer y que tiene el mismo valor que en cualquier otro lugar. ¿Cuesta más trabajo? Sí, sí cuesta más trabajo, pero yo me quedo acá. A Paraíso Perdido la conocí porque primero me acerqué ver cuál era el perfil de quien publicaba ahí, y yo les envié el manuscrito de Domingo de summertime; hace un tiempo tenían una convocatoria y bueno, estuvimos en pláticas cada cierto tiempo hasta que comenzamos el trabajo de edición para publicar el libro. Desafortunadamente salió a inicios de este año y nos agarró la pandemia. Pensábamos presentarlo en diferentes lugares, como la Feria Internacional del Libro Universitario aquí en Xalapa, ya estaba todo, y se nos fue la oportunidad. También pensaba presentarlo dos veces en Chiapas. Entonces el libro está ahí, está a la espera. Ahora, también está la necesidad de que nos tomemos en cuenta nosotros y nosotras, como el trabajo que comenzó Esther M. García, con el mapeo de escritoras mexicanas; ella misma, escritora del norte del país, fue quien decidió dejar al final a las escritoras de Ciudad de México y comenzar con las de otros estados. Yo sé que es verdad que lo que sucede, sucede ahí: las cadenas de libros que se diversifican y marcan tendencias están ahí, los agentes literarios están ahí, los eventos con grandes escritores y escritoras están ahí. Es cierto que cada quien hace lo que puede desde donde está, pero también es verdad que comienzas a figurar cuando te juntas con la gente de la Ciudad de México”.

Las editoriales independientes me causan mucho respeto porque son proyectos personales que publican lo que va con la idea de literatura de quien edita.

Finalmente, le pregunto a Itzel cuál cree que debería ser el papel del escritor y la escritora respecto a la difusión de su propia obra, a lo que ella responde diciendo que

La cuestión de la difusión necesariamente incluye la distribución de los libros. La mayoría de quienes hemos publicado con instituciones universitarias o culturales sabemos que no hay una gran idea de la distribución y la difusión. No es que sea la única verdad, pero es algo que pasa. Estas instituciones tienen un presupuesto ya asignado para las publicaciones y no importa si los libros se venden o no; hay instituciones que incluso tienen prohibido venderlos y eso me parece fatal, porque solo cumplen con publicarte y ya lo demás pues cada quien, te hacen una presentación y ya. Se olvidan de los círculos de lectura, de otros muchos espacios. Y es ahí cuando una termina haciendo el trabajo. Yo, como promotora de lectura, tengo un conflicto con llevar mi obra a los espacios donde trabajo porque personalmente creo que no debería ser, pero termina siendo y también eso llama la atención del lector, te preguntan si eres la escritora y a final de cuentas eso engancha a quien lee el libro. Pero una termina distribuyendo sus libros porque no quieres que se queden en un sótano perdido; también hay que promoverlos en redes sociales porque muchas veces no hay un plan de difusión por parte de las editoriales. Yo estoy peleada con eso porque creo que no debe ser así: la escritora debe escribir, leer, escribir y reescribir, estar pendiente de las correcciones de la editorial, ese es mi trabajo. Pero ser popular en las redes sociales, salir con tus libros bajo el brazo e irlos a distribuir a las librerías –donde además te quitan directamente el 30% de tus ganancias, algo que ya pagaste y por lo que estás perdiendo—, enviarle tu libro por correo –que muchas veces es más caro que el mismo libro— a alguien que te contactó por internet, todo eso no es parte del trabajo de la escritora. Si hay alguien que te está pidiendo tus libros y tienes la posibilidad, vas a terminar haciéndolo, yo misma lo hago, pero me quejo porque ese no es mi papel como escritora, yo nunca vendo libros, ¡nunca pude vender ni un chicle en la escuela! Yo me niego a vender mis libros pero trato de ser el vínculo entre la editorial y las librerías aunque creo personalmente ya es demasiado. Sí es cierto que hay que promover nuestras propias obras porque es una forma de compartir un poco lo que te interesa o lo que quieres. A mí me gusta promover, me gusta compartir los libros que hago y que leo porque me parece muy bien que alguien pueda acercarse a esos libros así como yo llegué viendo otros más en Instagram o Facebook, si además las editoriales no hacen posible la difusión, nosotras como lectoras tenemos formar nuestras redes. La popularidad no es algo que está escrito pero sabemos que es lo que mueve la industria editorial –no la independiente— y lo podemos ver con los booktubers y cómo las editoriales los buscan, les dan sus libros, los promueven: saben que si esa persona habla de sus libros van a llegar a diez millones de compradores, pero no necesariamente, la popularidad no puede ser el único parámetro”.

Le agradezco a Itzel haber tomado la videollamada. Ella pregunta, preocupada, por el clima, ha leído en las noticias que en Yucatán estamos en medio de un huracán. Platicamos un momento más, hablamos sobre el té, el café. El confinamiento, claro, los proyectos que hemos dejado (y nos han dejado) por la paz. Itzel sonríe. Itzel también agradece. Itzel se despide agitando la mano. Yo hago lo mismo. Cada quien desde su lado de la pantalla, desde su propia geografía y su propio espacio personal.

Colgamos.

Fuera, la lluvia sigue amenzando.

Itzel Guevara del Ángel. Narradora, profesora y promotora de la lectura mexicana. Ha tomado talleres de escritura en la Universidad de Texas El Paso UTEP y en la Universidad Central de Colombia. Segundo lugar en el Premio Nacional de Novela Corta de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá PUJ.

Jesús M. Koyoc Kú. Halachó, Yucatán, 1992. Ha publicado en diferentes medios como Punto de Partida, Crónicas de Asfalto, El Guardatextos, Revista Replicante, Tropo a la uña, entre otros. Ganador del Premio al Periodismo Heineken en 2018, Crónica. Becario del PECDA Yucatán 2017-18 en la categoría de narrativa.

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