Montparnasse y Cortázar, un hilo frágil

Durante su viaje a París, Celia Pedrero visitó la tumba de Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse. Este texto es una ventana a su experiencia.

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Por Celia Pedrero

¿Usted también? Me sorprendió su pregunta y más su aparición, no lo sentí llegar. No sé cuánto tiempo estuve frente a la tumba de Julio Cortázar y Carol Dunlop. El viento movía en suaves compases las hojas doradas que caían de los árboles cercanos, el silencio apenas se cortaba por algún vehículo lejano; y él ahí, parado junto a mí, parecía un ejecutivo, traje verde oscuro de buen corte y un portafolio; me dijo que era chileno, le pedí me tomara una foto, yo también le tomé una. Estuvimos mirando largo tiempo los escritos en plumón, los boletos de metro, las flores, una caligrafía extraña, indescifrable con la firma de Roberto Bolaño. El hombre del traje se alejó con el rumor de sus pisadas sobre las hojas secas del suelo. No se despidió. Tomé una gran semilla de la tumba, alguien la había dejado en memoria de un árbol, de un cuento tal vez. Mi mano la sostuvo, la cerré con fuerza para que el recuerdo recién nacido no se diluyera con el viento.

París en cuatro días. Pregunté a amigos cercanos recomendaciones para pasear sin dinero. Sus comentarios fueron escuetos: caminar y ver, lo único seguro de este viaje es que iría a Montparnasse a visitar la tumba de Julio Cortázar; también seguir su sombra por el Sena, el Pont du Carrousel, el Pont des Arts, la Galeríe Vivianne, ir a los lugares donde vivió.

Y tuve la mejor bienvenida: en el aeropuerto me encontré con un hombre de 1.90 con un traje negro impecable y en las manos un cartel: “Madame Pedrero”.

Todo en París es Cortázar. Llegué a la Ciudad Luz el domingo 6 de septiembre en un vuelo procedente de Tel Aviv, donde vive mi hija Cristina. Un día antes estuvimos investigando la mejor manera de transportarme del aeropuerto Charles de Gaulle al Hotel Trip en el centro de París. Como buena Fama, una de las más célebres creaciones de Cortázar, Cristina tenía el temor si yo podría manejarme con la gran maleta que llevaba, si no me perdería, así que decidió contratar el servicio de traslado del hotel. Y tuve la mejor bienvenida: en el aeropuerto me encontré con un hombre de 1.90 con un traje negro impecable y en las manos un cartel: “Madame Pedrero”. Ya instalada en un coche, también de negro impecable, me sentía entre una “rock star” y una cronopia; al llegar a un París casi desmañanado fue inevitable decir, “La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad”.

Durante mi estadía en Israel estuve tentada a buscar guías, páginas de viaje, pero decidí que mi viaje al lugar de Rimbaud y de Balzac sería azaroso, simplemente me dejaría llevar por lo que el destino o la suerte dispusiera. Para muchos escritores París es una musa, una mujer muy cara, lujuriosa, tópico de tópicos, territorio de sueños. “La fiesta” de Hemingway. Para mí, fue un amante de cuatro días, un encuentro amoroso y apasionado que dejó el deseo de volver a él, un día, cualquier año, quién puede saber.

La ubicación del hotel me permitió ir caminando al Louvre, Palais Royal, Comedie Francaise, a la Madeleine, a la Pinacotheque de París, recorrer el centro y asombrarme a cada paso de ir reconociendo lugares que aparecen en tantas novelas, cuentos y películas. París es un gran museo, un museo vivo.

Para llegar al cementerio de Montparnasse —el segundo más grande de París, ubicado en el sur de la ciudad—, tomé un camión turístico y con mapa en la mano caminé, una cuadra antes de llegar ya todo era silencio. Este famoso cementerio de 19 hectáreas y más de 35,000 tumbas es de los más visitados; otros tres importantes cementerios son el Pére-Lachaise en el este; el Passy en el oeste, y el Monmarthe en el norte. El Montparnasse alberga las tumbas, entre otros famosos, la  Constantin Brancusi, Charles Baudelaire, Guy de Maupassant, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Samuel Bickett, Marguerite Duras, Eugene Ionesco, Tristan Tzara, Emili Cioran; entre los mexicanos más visitados están las tumbas de Porfirio Díaz y Carlos Fuentes. Decidí que no podía verlo todo, y tal como hice en el Louvre, visitaría lo que más me interesaba, encontraría a Julio Cortázar y a César Vallejo y si el tiempo lo permitía, lo que me quedara cerca.

En el último vagón del verano y con un pie en otoño, el clima invitaba a salir con un abrigo ligero, debí llevar una botella de tequila, pero demasiado tarde me acordé. Entré al famoso camposanto y me topé con un gran mapa de los sepulcros, numerados y con nombres de sus famosos habitantes; estaba a punto de dibujar mi recorrido cuando noté que en una caseta cercana habían mapas plastilizados para hacer más fácil la búsqueda.

Según el mapa sería fácil encontrar la tercera división y el número 23, di muchas vueltas, en medio de esa soledad acompañada, y ya con algo de impaciencia hice lo que siempre hago cuando me pierdo —suele sucederme con frecuencia—: me senté junto a un triste mausoleo y esperé a que alguien apareciera. Por fin un empleado del cementerio, con cara de fastidio, me llevó hasta Julio y Carol.

Frente al gran mármol blanco me di cuenta que no había viajado sola, estaban conmigo todos los amigos cortazarianos con los que al paso de los años he platicado sobre los cuentos, las novelas, las anécdotas y la música preferida de Julio. Después de la emoción primera, de la única lágrima, me pregunté si esto no era una devoción casi religiosa, si había caído en la ciénaga del fanatismo y me dije: “pues sí, creo que sí, pero no me importa, estoy por fin aquí”. Y comenzó el ritual.

Caminé alrededor de la tumba. En dos lápidas, Julio y Carol por siempre. La verde escultura de Julio Silva que representa, muy a su manera, a un cronopio, el diseño de Luis Tomasello, ambos amigos entrañables de Cortázar. Me detuve a leer los escritos en tintas rojas, negras, azules; vi rayuelas de todos los tamaños, veladoras, piedras, barquitos hechos con mapas. En el mármol sobresale un escrito con la firma de Roberto Bolaño ¿realmente sería de él? No importa, prefiero pensar que sí. A pesar de ser mediodía, un viento helado agita las ramas de los árboles.

No sé cuántos cigarros fumé mientras recordaba a la Maga, mi cuento preferido Lugar llamado Kindberg, también Historias de Cronopios y Famas, su barba y su cigarros, a Gerardo Rod y a Carolina Luna, quienes me regalaron los primeros libros, a su erre francesa y a su risa. Recordé que como leyenda se cuenta que estuvo en Mérida, camino a la Habana. Y como siempre hago, busqué un hilo que nos uniera, aunque frágil, algo en común. ¿Podrías darme una señal este martes 8 de septiembre?

En el mármol sobresale un escrito con la firma de Roberto Bolaño ¿realmente sería de él? No importa, prefiero pensar que sí.

Aquel chileno se fue. Dejé pasar muchos minutos antes de retirarme, busqué en mi bolsa la agenda vieja; tomé una la hoja que marcaba ese día; escribí los nombres de los amigos cortazarianos. Tomé una piedra para detenerla, durará lo que el sol y la lluvia permitan, como esta visita a Montparnasse, a París. Caminé detrás de Cortázar y Carol Dunlop y me topé con una tumba llena de flores, ositos, juguetes; el nombre era de una mujer joven y la fecha de fallecimiento de hace dos años. Entre aquellas flores una fotografía de dos jóvenes sonriendo, una fotografía de viaje, al fondo el Cuadrángulo de Monjas en Uxmal. El hilo frágil.

Las horas habían pasado sin sentir; no quería irme sin visitar a César Vallejo aunque presentía que no tendría toda la atención que Cortázar. Caminé buscando con afán, pero no lo encontré; estoy segura que pasé delante de su tumba y no la reconocí. Sentí la tristeza similar a cuando una promete una charla a un amigo y el tiempo y los pretextos pesan. Y en ese caminar, mi encuentro con Susan Sontag en una lápida gris, 1933-2004, ni flores ni veladoras, solo el reflejo de árboles en la placa de granito. Los cementerios también son museos, museos de nostalgia, de recuerdos de hombres y mujeres que fueron y que son, de encuentros y desencuentros.

Camino al aeropuerto conocí el París que no aparece en las guías: el de empleados esperando el camión, de altos edificios de viviendas, de barrios y sus tiendas sin glamour, de migrantes con mirada incierta y paso lento. Esta vez el servicio de transporte estuvo a cargo de una mujer de nacionalidad indefinida, poco amable, que me dejó en otra terminal, pero como siempre le encuentro el lado de bueno a los contratiempos, conocí la eficiencia de la transportación entre las terminales. Unos minutos, lo que me pareció una lentitud en el servicio de confirmación de vuelo, habían largas filas, y un mar de gente se había amontonado en torno a los despachos de las líneas áreas, tenía una razón, había una amenaza de bomba. Tendría algo emocionante que contar a mi regreso a Mérida, o a lo mejor no lo contaría. Ese día fue eso, solo una amenaza, ya que el 13 de noviembre París y el mundo conocerían una tragedia más del terrorismo, de la muerte sin sentido.

Desde el avión se veía París tan pequeño; la Torre Eiffel, como los llaveros que llevaba en la maleta, como la semilla en mi mano. Y París, siempre será París, y para mí siempre será Cortázar. “Bastaría asomarme…”, diría Julio…

Celia Pedrero escribe a pesar de ella misma. No tiene licenciatura, ni maestría ni doctorado, ni perrito que le ladre, tampoco tiene gato, pájaro, ni marido. Lo que sí tiene son algunos cuentos en antologías. Dice que algún día, si el coronavirus no se le cruza en su camino, publicará un libro. 

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