Venta de corral

Un relato de la escritora Meryvid Pérez (Mérida, Yucatán,1998), que en pocas páginas condensa la tensión y reflejo de las violencias

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Por Meryvid Pérez

Desperté con el cuerpo atestado de plumas. Junto a mis patas, en el suelo de tablones enmohecidos, había un charco de agua sucia en el que mis ojos, al compás de mi pecho agitado, descubrieron que en lugar de boca tenía pico y que sobre mi cabeza, había una imponente cresta roja. Quise gritar, pero en lugar de palabras solté un cacareo que alborotó a la hilera de gallinas que estaba en el corral.

Mis recuerdos de la noche anterior eran muy vagos: el cumpleaños de Daniela y unas chelas. Tenía miedo, de ese que acalambra los huesos.

Los cacareos atrajeron a un muchacho de brazos manchados con sangre seca. Cargaba un cubo de aluminio del que sacó los puñados de maíz que arrojó sobre nosotras. Mis compañeras, hambrientas, llenaban sus picos tan rápido como los granos caían al suelo. Me mantuve inmóvil en una esquina del corral, ahí escuché una conversación que se acercaba desde lejos:

──Nunca he matado a una de estas.

──Pues igualito que a las demás, córtele el pescuezo de un tajo o estírele la lengua hasta arrancarla; así mueren las condenadas.

──Ojalá no sean chillonas, cuando estoy en lo mío no me gustan las quejas.

──Estas bien que se dejan, pero si acaso le toca alguna que ande de apretada, sujétela duro para que sepa quién manda. Verá cómo enseguidita se calma.

El muchacho seguía arrojando maíz con la misma tenacidad de un beisbolista. Mis compañeras, ya repletas, comían lento y con sigilo. Incliné el cuello para simular lo mismo y no llamar la atención de quienes se acercaban.

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──¿Cómo estuvo el viaje?

──Uy, bien largo. Y aquí hay un calorcito de la chingada. Que conste, no atravesé el Golfo para toparme con decepciones.

──De eso no tiene por qué preocuparse, tenga seguro que de aquí se lleva producto de calidad.

Ambos se detuvieron frente al corral. Uno de ellos, el de ojos abiertos y pupilas color reptil, apartó de un empujón al muchacho del maíz y nos miró hambriento.

──En serio que eres idiota. Buen momento eliges para repartir el maíz. Te lavas y regresas a la casa. ──Dijo el hombre de canas amarillas.

            El joven se marchó corriendo, mientras que el ojos de reptil humedecía sus labios sin dejar de observarnos detenidamente. 

──Están bien lograditas, ni a cuál irle, ──balbuceó arrastrando letras, sin perdernos de vista. 

──Le dije… producto de calidad. Las del frente llevan unos meses aquí. Y esas del fondo, ──dijo apuntándome a mí y a tres más──, son las más nuevecitas, apenas me las surtieron ayer.

──¿Así que ustedes son la carne fresca?, ──susurró el ojos de reptil.

 Las demás, con alivio de que no se hablara de ellas, se hicieron a un lado para que pudieran vernos mejor.

──Esa quiero. ──Dijo después de dudarlo un poco.

Se acercó en cuclillas, con los ojos prendidos a mi cuerpo. Había un silencio que era incluso más asfixiante que el calor debajo ese techo laminado. Dentro del corral solo se escuchaba el crujir del maíz y la madera bajo sus botas. 

Estiró sus brazos hacia mí. Usé mi pico para estirarle el pellejo de una mano. Eso le hizo encabronar, pues enseguida me agarró de las patas y me apresó contra su pecho. 

──Conmigo no hay pendejadas, mamacita. Deberías estar contenta de que entre tanta carne sabrosa me haya fijado en ti. 

Me quedé perpleja. Dejé que oliera y mirara que todo estuviera “a la orden”. Me inspeccionó meneando su lengua blanca. Parecía una serpiente gorda de ojos chinos.

 ──Justo como me gustan. No me niegues que hasta tú te las echas en un caldito.

Sin responder, el anciano mostró una sonrisa asquerosa al momento que me tomó de las patas para sopesarme a su gusto. Toda la sangre se me fue a la cabeza, pensé que me iba a explotar. Mis compañeras cacarearon exaltadas.   

──¿Qué pedo, cabrón? Me la vas a magullar.

──Solo estoy verificando el producto. Se está llevando a la más tiernita.

──Así que es una gallina santa…

──Carne intacta. Por ella tendrá que pagar el triple de lo acordado por otras.  Sin protestar, el ojos de reptil sacó un fajo de billetes verdes y afiló el machete.

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Meryvid Pérez (Mérida, Yucatán,1998) estudia la Licenciatura en Literatura Latinoamericana en la Universidad Autónoma de Yucatán. Es egresada del Centro Estatal de Bellas Artes en el área de Creación Literaria. Fue beneficiaria del programa “Formación de Nuevos Creadores” de la Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán (2019).

Ilustración de Elisa Zetina (Xalapa, Veracruz, 1992). Creadora de contenido gráfico online offline así como desarrolladora de proyectos creativos como: identidades corporativas, imágenes conceptuales para eventos, ilustración, entre otros.

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