Dos cuentos de Luis Ricardo Palma de Jesús

Hoy, el joven narrador Luis Ricardo Palma de Jesús nos presenta dos cuentos incluidos en “El sueño que no era”, de próxima aparición.

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Por Luis Ricardo Palma de Jesús

El hombre que viajó en tren

Esa mañana en que amanecí con el mismo dolor de muela, no me pude rasurar la barba de tres días. Subí al tren de las seis. Dentro del vagón y desesperado por disipar la molestia, tomé un café sin azúcar y una fuerte dosis de analgésicos. Mientras el tren avanzaba pesado, un abanico de polvo azotó intempestivamente la ventana del vagón, la cortina de terciopelo verde dio un giro vertiginoso, haciendo ondulaciones, y un gorrión solitario entonó su canto a una distancia considerable de la estación. El dolor cesó por unos minutos, hasta que bajé del vagón polvoriento para ir al consultorio.

Tomé asiento en una silla reclinable y la luz de una lámpara amarillenta me pegó en los ojos como si fueran delgadas varillas de aluminio. Me acosté, cerré los ojos para evitar que el mal aliento me produjera náuseas y que el olor de mi cuerpo se esparciera por el consultorio. El dentista sacó de la gaveta una bandeja de instrumentos en reposo y los puso a hervir en una caldera. Cuando hirvieron sacó una pinza, tomó algodón y me dijo un poco irritado por mi mal aliento y por el calor sofocante:

—Abra la boca. Le pondré anestesia. Supongo que hizo los enjuagues bucales que le receté —dijo mientras inyectaba la anestesia en mi encía.

Le respondí que sí; aunque en el fondo apreté los puños en señal de remordimiento. Mientras tenía los ojos cerrados, apreté con mayor fuerza los puños, abrí la mandíbula y un frío delicado abrazó mis encías. El dentista cerró la gaveta de un solo golpe y dejó las pinzas en la caldera que comenzó a hervir con mayor intensidad como si los instrumentos hubiesen cobrado vida. Cuando se quitó el cubre boca, me dijo:

—Es todo. Venga la semana próxima para ver su progreso. —El dentista acomodó su     bata y se detuvo para aclararme un asunto—. Lo olvidaba: deje de fumar. Y por favor, trate de afeitarse esa barba que le viene mal, y báñese, porque acaba de dejar un olor pestilente en mi consultorio.

Con el sombrero en la mano y con la bolsa de analgésicos, me senté en la ventana de un vagón triste; avanzaba lento, como si los recuerdos de despedidas ajenas fueran toneladas de plomo.

Fruncí el ceño. No comprendí —hasta ahora— por qué olía tan mal, si en la noche tomé un baño de tina; y en la mañana, antes de abordar el tren, me volví a bañar. Quizá el olor a flores podridas del vagón impregnó mi ropa y mis zapatos. Pero asentí. Salí del consultorio y me dirigí a la estación del tren. Estos días son intolerables: el sol —que pega con más fuerza— en lo alto parece una naranja cuyo jugo abrasador cae en los techos de las casas hasta hacerlas retumbar de calor y los zancudos vuelan furiosos en remolinos. Con el sombrero en la mano y con la bolsa de analgésicos, me senté en la ventana de un vagón triste; avanzaba lento, como si los recuerdos de despedidas ajenas fueran toneladas de plomo. La cortina de terciopelo verde nuevamente dio giros vertiginosos; el viento caliente se metió por un cristal roto; a lo lejos no se escuchó el canto del gorrión solitario. Creo que se cansó de esperar. ¿A quién? No lo sé. ¿Se habrá muerto el gorrión?

Dieron las doce del día. La locomotora esparció por los aires nubes de humo que se desvanecieron en las costillas del cielo. Bajé del vagón y me dirigí al café. Me senté y con dificultad ordené la comida. Un viento caliente evaporó la hinchazón de las encías, trajo intempestivamente las hojas de los árboles secos, y aclaró un poco la celosía de una casa abandonada. Tomé de un escaparate el diario y me dispuse a leerlo, de modo que acomodé mi sombrero en el perchero, colgué la bolsa de los analgésicos y crucé las piernas haciendo un gesto de malestar. Mientras los dientes producían el ruido de los alimentos triturados, escuché un grito desgarrador justo cuando el tren anunciaba su llegada. El estruendo iba en aumento. Dejé la taza de café, enrollé el diario y alcé la mirada para ver qué sucedía. Esto fue lo que pasó: el tren aún no se había detenido cuando un hombre se lanzó estrepitosamente a los rieles oxidados, y antes de que sus piernas fueran arrancadas de un violento movimiento del vagón, alzó su mano en señal de despedida.

Al percibir el grito de las personas, me acerqué tratando de abrirme un espacio para ver al hombre muerto. La locomotora lanzó una espesa bocanada de carbón, los vagones se comprimieron por la inercia del impacto y cuando pude verlo me sorprendí porque el hombre se parecía mucho a mí. Alcé la mirada; pero fue imposible ver más allá de la boca abierta, hinchada, como si le hubiesen arrancado la dentadura completa.

Un comisario se acercó para auscultar en sus pertenencias alguna identificación. Sacó del pantalón una credencial. Tomando suficiente aire en los pulmones, se abalanzó en los rieles y pregonó:

—¿Alguien es familiar de Juan Díaz?

Cuando escuché el nombre el corazón me dio un brinco. Ése era el mío. Traté de abrirme espacio para preguntarle a un señor si había escuchado bien. Me dijo que sí. El muerto se llamaba Juan Díaz. No había error. Al día siguiente —cuando desperté— me di cuenta de que la oscuridad de mi tumba estaba viva; el aire seguía igual de frío que la noche anterior. Sí, desde hacía tiempo había muerto, sólo que el dolor de muela me pareció tan real que creí lo contrario.

Nadie desaparece al amanecer

Al primer canto de la catedral, intentaste abrir los ojos; pero eran tan pesados, como hojas de plomo, que fue imposible. Sentiste la textura de la sobrecama, el calor de la sábana y un frío que corrió desde tus pies hasta tu pecho. Levantaste el tronco de tu cuerpo y quisiste ver la hora en el reloj que estaba en la cómoda; pero también fue un intento fallido. Sobre tu calavera se dejó venir a tumbos el silencio, trotando lentamente como si fuera un caballo sin herraduras. El frío, de pronto, se convirtió en miedo. Un miedo de muerto. No podías percibir el olor de las acacias que adornaban tu ventana ni pronunciar ni una sola palabra. Después, cuando te levantaste a tientas al baño para verte en el espejo, descubriste que no tenías cabeza. Tus manos buscaron tu semblante. No había nada. Solo el vacío de lo que en algún momento habitaron tus sentidos.

         Tu casa parecía una tumba y tu puerta una lápida en cuyo interior había una persona muerta. Ésa eras tú. Pero te resististe a la idea de estar muerto. Así que bajaste despacio las escaleras, aún con el pijama y con las pantuflas puestas. Afortunadamente aún conservabas esa memoria imperturbable y prodigiosa que todo mundo ha celebrado. A pesar de tu condición de ciego, no hubo ni un solo instante en que no pensaras en practicar las partituras en el piano, pues tenías un concierto por la tarde en el Teatro de la Ciudad. Te sentaste en el banco y tus manos comenzaron a tocar. Tus dedos parecían un abanico que lentamente hacían sonar las notas que había en tu memoria. Pero, ¿cómo era posible que aún habitaran todas esas notas en tu memoria si no tenías cabeza? Siempre has creído que el corazón también tiene memoria y es ahí donde habita la esencia de lo que realmente somos.

Tu casa parecía una tumba y tu puerta una lápida en cuyo interior había una persona muerta. Ésa eras tú. Pero te resististe a la idea de estar muerto.

         Conocías perfectamente cada nota del piano. Las ocho octavas que había en él estaban guardadas en el baúl de tus recuerdos, de modo que no te preocupó no escucharlas, pues sabías que antes de ti alguien había padecido sordera y había creado sinfonías que se seguían interpretando. La tramontana se dejó caer sobre las tejas de la casa, el polvo salió disparado, suave y silencioso, cuando el reloj de pared dio las ocho de la mañana. Mientras tus dedos tocaban las teclas escuchaste un leve ruido. Era el timbre del teléfono. Como pudiste te levantaste a contestar.

         —Buenos días, Flavio. ¿Cómo estás? —dijo una voz de mujer.

         Intentaste responder pero fue imposible. Apenas podías escuchar la voz. Era la mujer que te había abandonado hacía dos años y, hasta ese momento, no sabías nada de ella. La voz de la mujer volvió a preguntar si estabas bien pero tú no pudiste articular ni una sola palabra. No había modo de entablar una conversación. Así que desesperado colgaste el auricular. Ya podías escuchar un poco el crujir de la madera del piso y el canto del canario. Regresaste al piano y te sentaste a practicar de nuevo el vals que habías de tocar por la tarde. Después de dos horas de práctica y de estimular el sentido auditivo poco a poco comenzaste a percibir los sonidos de la realidad. Pero seguías sin ver nada y sin oler nada.

         Te dispusiste a tomar un baño. Subiste lentamente las escaleras hasta llegar a tu habitación. La cama aún estaba tibia. Como pudiste buscaste la ropa en el ropero: tu blusa verde y tu pantalón blanco. Pero, ¿cómo encontrarlos si por medio del tacto ni del oído se pueden percibir los colores? Sacaste la ropa que creías que era de ese color y la pusiste sobre la cama. El viento se hizo débil. Ya no había fuerza en su voz. Abriste la llave y el agua caliente cayó sobre tu cuerpo. Era la primera vez que te despertabas sin cepillarte los dientes, sin probar desayuno y sin tomar agua.

De pronto, escuchaste un ruido en la habitación. Era como el chasquido de unos huesos rotos; pero alcanzaste identificar ese tono. Ese ruido no era cualquier ruido. Era un ruido lejano que decía tu nombre. Te guiaste por el sonido. Cada vez más cerca. Caminaste lento. Ahí el ruido se convirtió en una voz de hombre. El viento chilló despacio, como si también estuviera lejos. Lentamente abriste la puerta del armario y ahí estabas tú, mirándote cómo abrías la puerta y por primera vez el frío que inundaba tus huesos se convirtió en un mar de calma al verte idéntico, abriendo la puerta del armario para saber de dónde provenía ese ruido que decía tu nombre.

Luis Ricardo Palma de Jesús (Acapulco, 1990) es licenciado en Letras Hispánicas y Maestro en Humanidades. Premio Estatal de Ensayo CONACYT (2014), Premio Estatal de Cuento María Luisa Ocampo (2016), Premio Programa Editorial en Cuento por el libro Las maneras de conjugar la muerte (2017). Ha publicado el libro de cuentos El sueño que no era, Editorial Praxis. Becario del PECDAG (2015) y del Interfaz (2017).

La imagen de cabecera es un detalle de la portada del libro.

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