Imán desempolvado

Una reseña de Alfredo Bojórquez sobre la figura de Santiago Savino Imán Villafaña, desde un análisis de obras como El llamado de los tunkules y De héroes olvidados

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Por Alfredo Bojórquez.

Para José Ángel Koyoc y las que nos ayudan a ser memoriosos.

Como lo demuestra la ciencia ficción, la literatura se puede adelantar a la ciencia y la historia, como sucedió con el rescate de la figura de Santiago Imán, un personaje que estuvo oculto más de siglo y medio entre periódicos empolvados. Primero salió El llamado de los tunkules (2011), la novela de la galardonada Sol Ceh Moo, y después De héroes olvidados (2013), la investigación del historiador guatemalteco Arturo Taracena. Ambos libros se centran en un personaje que demuestra la complejidad de escarbar en el pasado para entender el presente.

            Santiago Savino Imán Villafaña nació en Mérida al comienzo del siglo XIX, una época de matrimonios forzados en la que los azotes, los cortes de cabello, y otros castigos eran pan de cada día. Tiempos en los que se metían grillos en las celdas de los reos para castigarlos hasta en pesadillas. Santiago aprendió maya y vivió la mayor parte de su vida en Tizimín. Armó a los huites, los mayas orientales, a quienes dirigió a la hora de vencer en la revolución liberal y luego dar una patada a las tropas invasoras de México.

            En 1840, Imán publicó unas proclamas en las que señaló que “todos somos yucatecos, todos somos hijos de una madre común, no nos despedacemos inmolándonos recíprocamente”. Con estas palabras, Imán funda un discurso de identidad inclusiva, opuesto al regionalismo excluyente de Justo Siera O’Reilly y los hacendados que poco después intentaron acabar con los indios.

Como lo demuestra la ciencia ficción, la literatura se puede adelantar a la ciencia y la historia

El regionalismo yucateco, ese nacionalismo chiquito, suele ser inconscientemente antimaya. La independencia de Yucatán fracasó precisamente por su racismo, por no incluir a los indios, como también lo hizo la mayoría de la literatura yucateca del siglo de Imán. El sueño de las élites locales es conformar su propio Estado, mientras que muchos indios de hoy sólo desean que los dejen en paz; recuperar la dignidad y la autonomía; ejercer un idioma, un conocimiento, y unos hábitos propios sin que los obstaculicen las instituciones como dejó claro el documental ¿Qué les pasó a las abejas? (2019) de Adriana Otero y Robin Canul.

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Taracena cuenta que poco antes de la guerra había dos tipos de campesinos: los que cultivaban henequén, que tendían a ponerse del lado de sus patrones incluso para disparar contra los de su misma raza; y los que cultivaban maíz, que solían defender la autonomía de sus tierras y cultura. Así pasa hoy con los empleados que confunden sus intereses con los de sus jefes, por un lado; por el otro, los cenoteros, apicultores y campesinos que se inclinan a defender el agua, las plantas, la comida y medicina tradicional, todos esos elementos que procuran el sostenimiento de la vida.

Para mencionar a los yucatecos, Imán se refiere a ellos como “los descendientes de Tutulxiu y Cocom”. Decide poner el acento en la resistencia a la colonización. Esa misma tradición es la que venció a favor de la apicultura, la pelea que se libra contra cualquier monocultivo o megaproyecto. Esa que Iman subrayó es el pasado que hoy decidimos heredar activamente cada vez que vamos al mercado en vez de a una plaza, cada vez que empujamos el acento y los vocablos mayas para estropear el español.

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El discurso de Imán nos da elementos para superar el binarismo, el maniqueísmo, que nos limita a ver únicamente dos polos en la identidad: indio/blanco. Una reducción que hace siglos nos hace sentir ahorcados por una contradicción. El protagonista de la novela de Ceh Moo nos invita a aprender a vivir cómodos dentro de esa contradicción, sacar la energía que requiere el tratar de resolver la polarización e invertirla en prácticas encaminadas a un relación más cuidadosa con el pasado y el presente de nuestro contexto inmediato.

Al aprender a vivir y hablar entre indios, trabajando la tierra, Santiago Imán llevó a cabo lo que Silvia Rivera Cusicanqui considera una “(re)indianización consciente y autoadscriptiva”. Eso que Imán hizo es lo que la filósofa aymara, para el caso andino, llama ch’ixi y sería fácil para nosotros ubicar conceptualmente como maalix, lo impuro.

No es casual que sea una escritora maya, Sol Ceh Moo, la que actualice al precursor de un mestizaje alternativo. Como defensora de un idioma discriminado, Sol logra con la literatura lo que hasta ese punto las ciencias sociales, con todas sus herramientas de pretensiones científicas, habían sido incapaces de hacer: encontrar la raíz de un mestizaje que pone el acento en lo maya. Aunque en el área maya tenemos cierta autonomía cultural debido a que conformamos una nación propia, fracturada por distintas fronteras, nunca hemos tenido ni tendremos una raíz pura. Bebemos de muchos pozos, como todos los seres vivos. Ni los sujetos blanqueados, al rastrear los apellidos de la “gente bien”, ni los indios, con una herencia lingüística ininterrumpida, pueden jactarse de pureza racial o cultural. Por suerte siempre ha habido préstamos y traducciones. Y podemos ser activos a la hora de decidir qué prácticas y actitudes del pasado nos resultan significativas para habitar un presente más enraizado y amable.

Si mezclamos estudios como Unwriting Maya Literature (2019) de Rita Palacios y Paul Worley con las investigaciones de Taracena nos daremos cuenta de que el lado positivo del área maya es que tiene una botánica, astronomía, literatura y matemáticas, y que parte de ese conocimiento propio al dialogar con otras cocinas, idiomas y saberes. Pero el lado negativo está en que tiende a encerrar y sofocar el aprendizaje acumulado: borra matices, polariza, castiga las mezclas, genera culpa y esconde sujetos complejos que nos ayudan a desmenuzar el presente, como Santiago Imán y su mestizaje maalix, que sin la literatura no habría pasado a la historia.

Alfredo Bojórquez: Editor y traductor en Tumbalacasa. Músico que ha tocado en varias ciudades de México y Estados Unidos piezas de Michael Pisaro, Cornelius Cardew y otros. Ha dado talleres y círculos de estudio en diferentes espacios. Su primer libro de ensayo, Espero que no llueva, está en prensa para Máquina de aplausos.

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