Los Encerrados

Carlos Chuc presenta un texto sobre el encierro, acompañado por una ilustración de Soy Galia/La pluma rancia.

No hay comentarios

Por Carlos Chuc

―Hace poco encontré una tesis en la que me comparan con una sopa instantánea. En una ocasión leí un artículo cuyo contenido expuso primero mis valores de exactitud, de brevedad y de semántica. Hasta allí todo iba bien pero en el apartado de conclusiones, el académico estadounidense  mezcló mis valores  con pólvora china y me dispersó en el cielo. El artículo salió publicado  un cuatro de julio, la fecha resulta obvia, ¿no? Miren que hacerme explotar precisamente ese día. El académico me  redujo a simple pirotecnia. Cuánto lo odié.  En un blog especializado en textos sobre ecofeminismo, resulta que el ensayo más compartido habla de mí, la narrativa hiperbreve. La autora logra hacer una conexión ideológica entre  explotación de la naturaleza, explotación de la mujer y la explotación de mi figura, como la representación idealizada de un objeto pequeño, artesanal  y ecológico. La autora rastrea el origen de ese abuso. No voy a negar que los datos que aporta son valiosos, datos que incluso yo mismo desconocía. Amigos, de seguro  la pregunta ya les ronda como moscas encima de la cabeza ¿cuál es la conexión ideológica, entre la explotación de la  naturaleza, la explotación de la mujer y yo? La investigadora afirma que el corpus de mi narrativa es  semejante al Bonsái; diminuto y artesanal. La producción de un ejemplar requiere conocimiento del arte y mucha paciencia. Esas virtudes, según lo autora, fue lo que me había protegido durante siglos  de la explotación. Sin embargo las perspectivas cambian en 1984, que es la fecha señalada por la investigadora como el inicio de la explotación conceptual de mi figura a nivel global. En 1984, si ustedes no lo recuerdan, se estrena una película sobre un adolescente estúpido y de un anciano japonés maestro de artes marciales  y practicante del bonsái. Una trama simple. El maestro enseña karate, el adolescente aprende. Durante el filme se aprecia a Miyagi practicando el bonsái  y también cazando moscas con palillos, no ejecuta la caza de las moscas y la poda del bonsái al mismo tiempo, por supuesto, pero las dos escenas dan a entender que es un anciano con mucha sabiduría. El adolescente es un imbécil pero tiene suerte, caza una  mosca en su primer intento, situación que sorprende y enoja  a su propio maestro. En  una sola tarde logra podar todos los bonsái y lo hace con tal  maestría hasta el grado ganarse el respeto de Miyagi. El adolescente estúpido, por si todavía no lo captan, representa el referente pop, el modelo a seguir, el safe made man. ¿La conclusión?  Quizá no  están listos todavía para ese debate.

El adolescente es un imbécil pero tiene suerte, caza una  mosca en su primer intento, situación que sorprende y enoja  a su propio maestro.

—Mi problema no es el modo de producción o la explotación,  mi problema es de clase. ¿Quienes fueron mis primeros lectores? ¿En qué contexto económico  y de clase me inventan? Yo nací para las bibliotecas personales y para el ocio de la pequeña y del pequeño  burgués. Perdón si se me escapa una risotada, pero cada vez que cito este ejemplo se me olvidan las formas, pero acaso no les parece ridículo ver a un proleta cargando una enorme novela. No me tienen que responder. Créanme cuando les digo  que he escuchado todo tipo de respuestas. Siento una atracción irresistible por los datos duros, se podría decir que es mi opio. Las estadísticas  me matan, matarme en el sentido de que las disfruto demasiado, y calman mi ansiedad. Ser muy detallista me hace feliz, contar todo me resulta muy estimulante. ¿Mi relación con el lector? ¿Qué podría añadir? Ya el hábito de tomar a ésta  señora monstruosa para entretenerse y matar el tedio es una acto desesperado. Las editoriales nos prefieren así, con sobrepeso. Pero esa tendencia a lo mórbido es un engaño, una falsa episteme, una tesis de mercado. Saben qué es peor que el engaño, el autoengaño mis amores. Los editores se autoengañan, los escritores  se autoengañan, los lectores se autoengañan. Yo tomé consciencia y aquí estoy.  Hay ocasiones que  siento culpa.  

—Estoy de acuerdo con la señora, no tiene lógica autoengañarse. Ya no soporto la idea de tener siempre un inicio, un desarrollo y un final. La modernidad le podrá decir de otra forma a esos elementos básicos, es verdad, pero siguen siendo los mismos gatos. No importa en qué orden, la época, la lengua o la cultura. Esos gatos me seguirán por siempre a todos lados. En el pasado esos gatos nunca dudaron de encontrar  una   cabeza de pescado  al momento de saltar dentro del bote de basura. Hoy si les das a elegir prefieren las galletas con forma de pez. Lo de que soy una entidad oscura mejor ni hablar. Miro sus rostros y veo que no me entienden del todo. La personalidad oscura es alguien que ves siempre de perfil pero que nunca se revela de frente. Si alguna vez has pillado a alguien  detrás de un farol fumando y observando el tránsito de los autos y al pillarlo sientes inmediatamente como te cambia el estado de ánimo, como si llegara a su fin  una larga etapa de depresión y pensamientos suicidas, esa entidad detrás del farol es una metáfora de tu  historia personal, la entidad oscura de la que les hablo. Antes de terminar aquí me dediqué a  consumir horas y horas de artes marciales mixtas, las consumía aunque me frustrara no poder practicarlas, le doy de nuevo la razón a la señora con lo del autoengaño. Nunca me animé a practicar ese deporte  porque siempre me faltó el valor; es verdad que mi edad  sería una desventaja pero no una limitante, así que lo que me faltó fue valor. La realidad es que las historias cortas ya no se agarran a guantazos dentro de un cuadrilátero. Nunca superé ese autoengaño.    

 —Todas las tardes sobrevuela una ciudad habitada por perros de tres patas que ladran en Aimara y algunos cuantos en francés. No lejos de allí un dron de la misma serie  sobrevuela el cielo de otra ciudad, una ciudad  habitada por Papatos: patos cuya dieta se basa únicamente de papas. Las primeras gotas de una lluvia naranja provocan que las aves  eleven un vuelo corto y torpe para luego caer muertos y carbonizados. La lluvia quizá  les recuerda una temporada, una   estación del año, una migración. En la otra ciudad los perros se refugian en los edificios y el naranja tiñe las calles, pero ahora solo es la lluvia lo que se escucha. Los perros de tres patas han decodificado la lluvia y ahora permanecen callados, escondidos. El cielo mata. 

—Amigos, creo que es el mejor  momento para empezar  a ver  este confinamiento o encierro como un sistema, es decir,  pensar en una salida desde dentro. Desarrollar un instinto decodificador igual que  los perros de tres patas.  No teman, sé que a todo el mundo le da miedo meter el dedo en lo oscurito. Me pasó cuando tomé consciencia de la explotación que era víctima, ahora soy un bonsái con espinas y sé dañar. Pero imaginen a los perros de tres patas en sus primeras lluvias, todos de naranja fosforescente para ser un color brillante  en la oscuridad facilitando su ubicación.  Amigo, ese es el punto de vista de tu poesía ¿o me equivoco, tomar consciencia de la situación, correcto?

—Solo es paja poética, pequeño gran tule, pajas para no aburrirse, historias de cárcel, cosas que se cuentan los encerrados, mejor la paja que la  paranoia o  el sobrepeso o la depresión de tus amigos.  Te lo explico de forma gráfica, pequeño gran tule, imagina que tengo un sombrero,  que  introduzco la mano dentro y saco un animal. Un perro, inmediatamente le cambió o elimino una de sus patas. Luego necesitó  un escenario. En el supuesto de que vengo de la tradición occidental opto por un  escenario   postapocalíptico  que es un escenario con final abierto e individual…viene de nuevo amiguito,  ya lo escucho, no intentes volar como los papatos. Recuerda, silencio y ocultamiento, igual que los perros. 

La habitación donde estaban reunidos relucía un blanco de sanatorio. Detrás de la puerta se escuchó el movimiento y el chirrido de engranajes. Una fuerza empezó a embestir los cuatro muros. La fuerza iba en aumento hasta que de pronto nada. El ruido cesó por completo. Uno de ellos se soltó a llorar.

—Cada vez se pone peor—, dijo entre lágrimas.

El picaporte de la puerta giró. Se tomaron de las manos. Luego otra vez la calma, otra vez la blancura de sanatorio,  otra vez los cuatro. 

Karlos Chuuk (Canicab, Yucatán). Estudió en la escuela de escritores de Yucatán. Actualmente cursa el segundo año en la Academia de Lengua Maya Tzamná.

Galia Gálvez Álvarez. (Tuxtla Gutiérrez, 1994)estudió Artes Visuales en la Universidad Autónoma de Yucatán, y el diplomado Psicoterapia y Arte en el centro Serendipity. Actualmente trabaja en ilustración y diseño gráfico.

Se está procesando…
¡Bien! Ya estás en la lista.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .