Una tele para mamá

Mateo Peraza Villamil nos presenta un cuento en donde se entrelazan

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Por Mateo Peraza Villamil

Estoy desnudo, sentado en un rincón del cuarto y miro las noticias en la televisión que compré ayer. Es más grande si la comparo con la anterior, de treinta y dos pulgadas, y la puse sobre una silla y la conecté mientras, con la espalda recargada contra la pared, cambio los canales y lío un porro sobre la bandeja metálica. La televisión vieja está a un lado, encendida pero sobre el piso con sus colores opacos y sus espacios negros, píxeles muertos, como les dicen, y sintoniza un programa de concursos en la oscuridad. 

La sensación de mi escroto sobre las baldosas frías es grandiosa. Me endurece los testículos hasta sentir dolor. Recorre mi columna como un disparo o un animal que busca atravesar mi cerebro abriéndose paso con sus diminutas garras. 

En la televisión vieja una mujer pide a la audiencia responder la última letra que falta en una palabra, pero nadie llama, y, parada frente al pizarrón blanco, mueve los brazos con enjundia, como un ave agonizando en el fango, y se jala el cabello mientras repite la cantidad de dinero que ofrece por completar el único espacio restante. Su rostro es invisible por los píxeles muertos, un agujero negro, pero imagino sus ojos: extasiados, afilados, como sus movimientos.

Recorre mi columna como un disparo o un animal que busca atravesar mi cerebro abriéndose paso con sus diminutas garras. 

Voy  al cuarto de  mamá y reviso si respira. No enciendo la luz ni la muevo; pongo mi dedo índice bajo su nariz. Su estado es tan grave que su respiración se complica por desplazamientos mínimos. ¿Estás bien, ma? ¿Necesitas algo? ¿Quieres que te traiga agua? Pero yo sé que no puede responder: sus ojos están en dirección al techo, petrificados; los labios como cenizas y el cuerpo rígido e innecesario. Te compré una tele nueva, le digo, tocando su mano, está más grande que la anterior, se ve mejor el cable, si quieres la instalamos en tu cuarto y la ponemos sobre el buró. Su piel es áspera y sumamente delgada. Cuando la baño, con agua caliente, a veces termina con laceraciones. También compré una moto para traerla, agrego.

Cambio el canal y doy con un documental sobre la caza de cocodrilos en Estados Unidos. En Mississippi y otros estados del sur los matan porque son una plaga e impactan negativamente en la industria turística. El documental se enfoca en las familias dedicadas a su caza, venta, comercialización; hombres canosos y barbados, enjutos, que se desplazan en botes de bambú y miran el lago fijamente a la espera de burbujas. Uno de ellos aparece sin camisa abriendo fuego en cámara lenta contra las fauces trabadas en la red. 

Inhalo hasta sentir ahogo, mis pulmones inflados y ardientes; jalo la cortina, exhalo el humo por la ventana y busco luces al final de la calle. Me levanto y, sin pensarlo, abro el cajón donde guardo el dinero bajo pilas de reconocimientos que hablan sobre mi mamá. Cuando trabajaba en la universidad, en el departamento de Ecología, hace más de diez años. En una imagen, publicada en varios periódicos amarillentos, sostiene con un brazo un trofeo y con el otro me sostiene a mí. Nuestras pupilas son rojas por el flash. Entonces podía moverse, hablar, ir al baño sola. Cuento el dinero lamiéndome las yemas de los dedos: son varios miles de pesos, billetes verdes y cafés manchados de tierra y gotas de sangre.

El narrador de un documental dice en inglés que los arpones desgarran la carne suave de los calamares gigantes, los calamares Humboldt, los cuales viven a cientos de metros de profundidad, y mi verga da una sacudida. La aprieto con una mano mientras con la otra me pongo el porro sobre los labios y aspiro con fuerza. Subo el volumen de la otra televisión, la vieja, donde la mujer aún pide las letras, las llamadas telefónicas, por favor, que es el dinero que necesitan en la crisis que vivimos hoy, amigos míos. El sonido de ambas me anestesia y excita, es como activar un modo automático. Aislarme.

El sonido de ambas me anestesia y excita, es como activar un modo automático. Aislarme.

Luego de comprar la moto y traer la televisión, manejé a casa de Carlos y le pedí regresar a la caseta en la que vivía Sapo. Él dijo que sí y eso hicimos. El camino de terracería no levantó polvo porque acababa de llover. Estaba duro y a tramos enlodado, intransitable. Había ráfagas de aire que sacudían las ramas de las ceibas hasta hacerlas caer con un estrépito misterioso y amortiguado. El triciclo en el que fuimos a recoger piezas de chatarra y las pertenencias perdidas entre escombros, en el terreno que custodiaba Sapo, lo encontramos hundido al fondo de la aguada. De lejos llegaba el olor a leña de las casas cercanas. 

Corrí la puerta, un pedazo de lámina parcialmente oxidado, y vimos que el cuerpo de Sapo seguía en la misma posición. El golpe visible. Un manchón húmedo en la cabeza rapada y obesa, un río de sangre quieta sobre su espalda. Mejor lo echamos al agua, dijo Carlos. Así como está lo van a ver. Yo dije que sí. Buscamos en el baño si quedaban más billetes; dos días atrás, cuando todo sucedió, saqué la caja de metal que sabía escondida en el hueco de la pared, donde Sapo guardaba el dinero que le pagaban quienes accedían al terreno para hacer lo que quisieran. Eran muchos billetes y algunos se cayeron, se mojaron en los charcos de orina que Sapo dejaba sobre el suelo de su diminuto baño en obra gris. Los charcos que su pobre hija también pisaba, esa niña a la que veíamos tocar no como si fuera su hija. Cuando nos encontró con el dinero, corrió hasta perderse en el monte.

Vuelvo a lanzar humo por la ventana y busco luces o figuras que se acerquen por la calle. En un programa un grupo de investigadores analiza los procesos de descomposición: las aves, tan livianas, desaparecen tras caer del cielo, pues sus huesos están vacíos, con poca masa muscular; los cerdos, por el contrario, son un jolgorio de gases y movimiento, una podredumbre viva. El sonido del cuerpo de Sapo al caer al agua no fue mayor al del triciclo. Se hundió, como todo a lo que se le pone peso. En las aguadas proliferan las moscas. Se trata de huecos con decenas de metros de profundidad creados artificialmente. No tienen oxígeno y todo lo que vive ahí, vive entre el hedor y la asfixia.  

¿Sabes lo que necesitas para ser feliz?, dice, por tercera vez, la mujer sin rostro en la televisión vieja, y yo acerco la pequeña lumbrera del porro a mis vellos púbicos y los quemo. Cambio el canal y la pantalla queda a oscuras salvo por el amarillo del subtitulado. Dos hombres atraviesan un túnel coronado por estalactitas. Puedo verme reflejado en la pantalla. Mi rostro como el de un fantasma en donde se enmarcan los cuerpos de los sujetos vestidos con trajes fosforescentes y equipados con sogas. En un momento se colgarán los tanques de buceo para sumergirse en un cuerpo de agua subterráneo del que podrían nunca salir.

¿Sabes lo que necesitas para ser feliz?, dice, por tercera vez, la mujer sin rostro en la televisión vieja, y yo acerco la pequeña lumbrera del porro a mis vellos púbicos y los quemo.

La baño con el aparato prendido y en dirección a la regadera, iluminados por él a través del pasillo, y la paro contra la pared mientras froto sus brazos con la esponja. 

Compré una televisión más grande porque mamá reacciona frente a ella. Tiembla, sus dedos hacen el intento por doblarse. La luz se refleja en sus ojos. En la pantalla veo la caseta de Sapo y las montañas de cascajo en donde se reúnen los perros. Su hija tomando la mano de un policía. La aguada con su hedor abominable. Una camilla de plástico intenta contener su cuerpo inmenso cuando lo trasladan a una ambulancia. Los efectivos atribuyen el asesinato a un robo, hay un detenido y un prófugo, precisa el reportero. 

El leucochloridium es un gusano parásito que afecta el comportamiento de los caracoles, controla sus movimientos, dice un biólogo en la televisión nueva. El colorido de los ojos, mismos que dan vuelta de forma anormal, hacia atrás, y el movimiento del gusano dentro del caracol, buscan atraer al pájaro para que se lo coma. El parásito completa su ciclo de vida a través de las heces de las aves, que también funcionan como huéspedes. Los huevos en la materia en descomposición vuelven a ser ingeridos por los caracoles. Cuando es devorado, dice, el caracol no siente dolor. 

Saco a mamá del baño, la seco, lentamente, y la acomodo en la cama. Pongo la televisión arriba del buró. Me acuesto sobre el suelo, al lado de su cama, desnudo, y me masturbo. 

Frente a nosotros, en la televisión nueva, un australiano, campeón mundial del concurso de apnea en océanos, narra las repercusiones del deporte en el cuerpo. A cierto nivel de profundidad hay un momento en donde no se ve nada, no se escucha nada, sólo una vibración que son los tímpanos resistiendo la presión hasta estallar; luego los pulmones se contraen y se abren forzosamente. Según La fisiología del ahogamiento, dice el hombre, respirar bajo el agua, a sabiendas de la muerte, es un optimismo neurológico, donde contra todo instinto es el último recurso que le resta al cuerpo para sobrevivir. Otros salen sin afectaciones pero mueren a los pocos minutos por derrames cerebrales, los vasos sanguíneos se obstruyen. Otros pierden zonas del cerebro y con ello la memoria, como si el mar les arrebatara los recuerdos.

Eyaculo sobre mi estómago. El sonido de la estática se instala en mi cerebro y percibo un sabor amargo en la boca. Sobre el rostro de mamá se derraman las luces que se acercan por la calle. Cada vez más cerca. Pongo un dedo bajo su nariz y constato que respira. Apago la televisión. Las luces, ya detenidas afuera de la casa, proyectan y unen nuestras sombras en el techo. La oscuridad del cuarto es como un mar donde, sin importar lo que pase, respiro hondo.  

Mateo Peraza Villamil (Mérida, Yucatán, 1995). Ha publicado en medios como Efecto Antabus, Tierra Adentro y Punto de Partida. Becario del PECDA en la categoría de Jóvenes Creadores.

Ilustración: Galia Gálvez Álvarez (Tuxtla Gutiérrez, 1994)estudió Artes Visuales en la Universidad Autónoma de Yucatán, y el diplomado Psicoterapia y Arte en el centro Serendipity. Actualmente trabaja en ilustración y diseño gráfico.

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